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jueves, 31 de julio de 2008

J.K. Rowling


Rowling publicará libro de cuentos de hadas para caridad

Por Michelle Nichols
NUEVA YORK (Reuters) - La autora de la serie de libros de Harry Potter, J.K. Rowling, anunció el jueves que publicará en diciembre un libro de cuentos de hadas y magos y que donará los 8 millones de dólares que espera obtener a su organización de caridad para niños en situación de riesgo.
"The Tales of Beedle the Bard," que será publicado el 4 de diciembre, es mencionado en el séptimo y último libro de Harry Potter, como entregado por el profesor Albus Dumbledore, director de la escuela Hogwarts, a la amiga de Harry Hermione Granger.
Rowling inicialmente sólo editó siete copias del libro, con cubiertas de cuero marrón marroquí y decoradas con plata y piedraluna.
La autora regaló seis copias a personas cercanas a la edición de la saga de libros de Potter y subastó el séptimo volumen, adquirido en diciembre por Amazon.com, el minorista de internet conocido por la venta de libros, por cerca de 4 millones de dólares.
Bloomsbury Publishing y Scholastic publicarán ediciones con una introducción de Rowling, que se venderán a 12,99 dólares, mientras que Amazon editará hasta 100.000 copias de una edición de colección, que buscarán reproducir el aspecto del libro original y se venderán a 100 dólares cada una.
"La nueva edición incluirá los cuentos originales, traducidos de las runas de Hermione Granger, y con ilustraciones mías, pero también con notas del profesor Albus Dumbledore, que aparecerán gracias al permiso del archivo de directores de Hogwarts," indicó Rowling en una declaración.
La escritora dijo que la recaudación del libro será donado a Children's High Level Group, una organización benéfica que Rowling fundó en el 2005 para ayudar al millón de niños que aún viven en instituciones en Europa.
De las cinco historias del libro de 157 páginas, sólo una, "The Tale of the Three Brothers," es contada en las novelas de Potter. El cuento aparece en el último libro de la serie, "Harry Potter and the Deathly Hallows."
Cuando salió en julio del año pasado, el último libro de Harry Potter rompió todos los récords como la publicación de venta más rápida de la historia.
La serie de aventuras de Harry Potter ha vendido más de 350 millones de copias en el mundo y ha sido traducida a 65 idiomas.
(Editado en español por Lucila Sigal)

miércoles, 30 de julio de 2008

Reeditan las obras infantiles de Tomi Ungerer



Hace un tiempo, una de esas misteriosas casualidades del destino dejó en mis manos una edición alemana de Underground Sketchbook. El libro recopilaba una serie de dibujos y bocetos de Tomi Ungerer dirigidos a un público adulto con reflexiones sobre las relaciones humanas, la guerra y la sexualidad. Todos ellos matizados con el particular sentido del humor que también aparece, aunque algo más suavizado, en sus obras infantiles.




Tras indagar un poco, descubrí que el autor de estos dibujos que a veces resultaban tan crudos (apenas unas cuantas líneas contrastadas en ocasiones con potentes rojos que suelen representar sangre) lo era también de un libro que me enganchó mucho cuando era pequeño: Los tres bandidos.









Esta obra, escrita e ilustrada en 1961, cuenta la historia de tres ladrones que un día, al asaltar un carruaje, descubren que no contiene tesoro alguno. En su lugar, hay una niña pequeña, Tiffany, que cambiará la orientación de sus vidas. Recientemente, Hayo Freitag adaptó el libro a una película de animación.








Un fotograma de la adaptacion animada





A pesar de su indudable calidad, el carácter y el tono de sus obras han asustado a más de un padre. Tras unos años de éxito, Ungerer cayó en el olvido, hasta el punto de que el editor londinense de Phaidon llegó a describirlo como “el autor de libros para niños más famoso del que nunca has oído hablar”. Pero la cosa va a cambiar.

La misma editorial Phaidon va a reeditar sus obras infantiles en EE.UU. y Reino Unido, empezando por Los tres bandidos. Aquí en España no es especialmente difícil encontrar algunas de sus obras, pero no estaría mal que también empezaran a darle el reconocimiento que se merece.

Vía | NY Times
Más información | Tomi Ungerer (Imaginaria)

lunes, 21 de julio de 2008

letra de Clint Eastwood (en español) de Gorillaz - MUSICA.COM

letra de Clint Eastwood (en español) de Gorillaz - MUSICA.COM


No soy feliz, me siento alegre
Tengo un sol brillante en una cartera
Soy un inútil, pero no por mucho tiempo
El futuro está llegando
No soy feliz, me siento alegre
Tengo un sol brillante en una cartera
Soy un inútil, pero no por mucho tiempo
El futuro está llegando
Está llegando
Está llegando
Está llegando
Si... Ja Ja!

Por fin alguien me dejó salir de mi prisión
Ahora, el tiempo para mi no es nada porque no cuento los años
Ahora, no tendría que estar aquí
Ahora no tendrías que estar asustado
Soy bueno para reparar
Y estoy bajo cada trampa
Impalpable
Apuesto a que no pensaste que te controlé
Vista panorámica
Mira, lo haré todo manejable
Toma y escoge
Siéntate y pierde
Todos tus diferentes equipos
Trampas y dudas
¿Quién piensas que esta pateando la melodía?
Imagen que adquieres en un tubo imaginario
Como encendiste el fusible
Crees que es ficción
¿Místico? Puede ser
Espiritual
Audible
Lo que aparece en ti es para aclararte la vista porque estás demasiado loco
Sin vida
Que saber la definición de que es la vida
Inapreciable
Para ti porque te he puesto en una porquería
¿Te gusta?
Pistola humeante justo con un toque
Psíquico entre esos
Poseerte en un instante...

No soy feliz, me siento alegre
Tengo un sol brillante en una cartera
Soy un inútil, pero no por mucho tiempo
El futuro está llegando
No soy feliz, me siento alegre
Tengo un sol brillante en una cartera
Soy un inútil, pero no por mucho tiempo
El futuro está llegando
Está llegando
Está llegando
Está llegando
La esencia básica
Sin ella lo harás tu
Permíteme hacer esto
Chico, como en la naturaleza
Ritmo
Lo tienes o no es un engaño
Estoy en ello
Cada árbol germinando
Cada niño por persona
Cada nube que ves
Tu ves con tus ojos
Yo veo destrucción y muerte
Corrupción en disgusto
De esta jodida empresa
Ahora absorbo tus mentiras
A través de Russ, a través no de sus músculos sino de la percusión que provee
Con migo como guía
Ahora me puedes ver porque no miras con tu ojo

Percibes con tu mente
Este es el truco
Me voy a enganchar con Russ y voy a ser un mentor
Con algunas rimas pues hijos de perra
Recuerda donde está el pensamiento
Yo traje todo esto
Puedes sobrevivir cuando la ley es ilegal
Sentimientos, sensaciones cuando pensaste que estabas muerto
No chilles, recuerda
(que todo esta en tu cabeza)
No soy feliz, me siento alegre
Tengo un rayo de sol en una maleta
Soy un inútil, pero no muy lejos
El futuro está llegando
El futuro está llegando
No soy feliz, me siento alegre
Tengo un sol brillante en una cartera
Soy un inútil, pero no por mucho tiempo
El futuro está llegando
Está llegando
Está llegando
Está llegando
Mi futuro está llegando
Está llegando
Está llegando
Está llegando
Mi futuro está llegando
Está llegando
Está llegando
Está llegando
Mi futuro está llegando
Está llegando
Está llegando
Está llegando
Mi futuro está llegando
Está llegando
Está llegando
Está llegando
Mi futuro está llegando
Está llegando
Está llegando
Mi futuro

Fuente: musica.com

Gorillaz

Letras de canciones traducidas de Evanescence - My immortal - inglés - español

Letras de canciones traducidas de Evanescence - My immortal - inglés - español

Mi inmortal


Estoy tan cansada de estar aquí
Reprimida por todos mi miedos infantiles
Y si te tienes que ir
Desearía que solo te fueras
Porque tu presencia todavía perdura aquí
Y no me dejará sola

Estas heridas no parecerán sanar
Este dolor es simplemente demasiado real
Hay demasiado que el tiempo no puede borrar

Cuando tu llorabas yo secaba tus lágrimas
Cuando gritabas yo luchaba contra todos tus miedos
Y tomé tu mano a través de todos estos años
Pero tu tienes todavía todo de mí

Tu solías fascinarme
Por tu luz resonante
Ahora estoy limitada por la vida que dejaste atrás
Tu rostro ronda por mis alguna vez agradables sueños
Tu voz ahuyentó toda la cordura en mí

Estas heridas no parecerán sanar
Este dolor es simplemente demasiado real
Hay demasiado que el tiempo no puede borrar

Cuando tu llorabas yo secaba tus lágrimas
Cuando gritabas yo luchaba contra todos tus miedos
Y tomé tu mano a través de todos estos años
Pero tu tienes todavía todo de mí

He intentado tan duro decirme a mi misma te has ido
Y aunque todavía estás conmigo
He estado sola todo desde el principio

Cuando tu llorabas yo secaba tus lágrimas
Cuando gritabas yo luchaba contra todos tus miedos
Tomé tu mano a través de todos estos años
Pero tu tienes todavía todo de mí

Love generation- Bob Sinclair

letra de Love generation ( en español) de Bob Sinclar - MUSICA.COM

letra de Love generation ( en español) de Bob Sinclar - MUSICA.COM

Letra subida por williamcali13

Bam, el bam, el bam de la baba, el bam,)
(el bam de la baba, el bam, el babam de bam de baba.......)

De Jamaica al mundo,
es sólo amor,
es sólo amor,
¡Sí!

Por qué debe nuestros niños juegan en las calles,
los corazones rotos y los sueños marchitados,
paz y ama a todos que usted se encuentra,
no lo haga el cuidado, podría ser tan dulce,
Simplemente parezca al arco iris, usted verá
el sol brillará hasta la eternidad,
Yo tengo el tanto amor en mi corazón,
Ningún-uno puede rasgarlo aparte,
Sí,

Sea la generación de amor,
Sí, sí, sí,
Sea la generación de amor,
El C'mon c'mon c'mon c'mon sí,

(silbando.....)

Sea la generación de amor,
Sí, sí, sí, sí
Sea la generación de amor,
Ooohhh sí-sí,

No se preocupe por una cosa,
es el gonna sea bien,
No se preocupe por una cosa,
es el gonna sea bien,
No se preocupe por una cosa,
es el gonna sea bien,
Gonna es, gonna, el gonna, el gonna es bien,

Por qué debe nuestros niños juegan en las calles,
los corazones rotos y los sueños marchitados,
paz y ama a todos que usted se encuentra,
no lo haga el cuidado, podría ser tan dulce,
Simplemente parezca al arco iris, usted verá
el sol brillará hasta la eternidad,
Yo tengo el tanto amor en mi corazón,
Ningún-uno puede rasgarlo aparte,
Sí,

(silbando.....)

Fuente: musica.com

Bob Sinclar

Poema Oda A La Cuchara de Pablo Neruda - Poemas de

Poema Oda A La Cuchara de Pablo Neruda - Poemas de

Poema Oda A La Cuchara de Pablo Neruda

CUCHARA,
cuenca
de
la más antigua
mano del hombre,
aún
se ve en tu forma
de metal o madera
el molde
de la palma
primitiva,
en donde
el agua
trasladó
frescura
y la sangre
salvaje
palpitación
de fuego y cacería.

Cuchara
pequeñita,
en la
mano
del niño
levantas
a su boca
el más
antiguo
beso
de la tierra,
la herencia silenciosa
de las primeras aguas que cantaron
en labios que después
cubrió la arena.

El hombre
agregó
al hueco desprendido
de su mano
un brazo imaginario
de madera
y
salió
la cuchara
por el mundo
cada
vez
más
perfecta,
acostumbrada
a pasar
desde el plato a unos labios clavelinos
o a volar
desde la pobre sopa
a la olvidada boca del hambriento.

Sí,
cuchara,
trepaste
con el hombre
las montañas,
descendiste los ríos,
llenaste
embarcaciones y ciudades,
castillos y cocinas,
pero
el difícil camino
de tu vida
es juntarte
con el plato del pobre
y con su boca.

Por eso el tiempo
de la nueva vida
que
luchando y cantando
proponemos
será un advenimiento de soperas,
una panoplia pura
de cucharas,
y en un mundo
sin hambre
iluminando todos los rincones,
todos los platos puestos en la mesa,
felices flores,
un vapor oceánico de sopa
y un total movimiento de cucharas.

La Maquina de Tiempo, una revista de literatura.....


La Maquina de Tiempo, una revista de literatura.....

domingo, 20 de julio de 2008

Feliz Día del amigo!!!!

Breves reflexiones sobre la amistad


Breves reflexiones sobre la amistad: "Breves reflexiones sobre la amistad

Yin Yang Harmony - Faist, Rick
Yin Yang Harmony , Faist, Rick
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Sobre discusiones que no son peleas

'Trata de verlo de mi modo', dice una hermosa canción de Lennon & Mc Carteney, 'Podemos solucinarlo'.

¿Por qué pasamos tanto tiempo esperando que sea el otro el que tenga que 'ceder'? Acaso porque tendemos a ver la discusión como una compentencia en la que sólo uno puede 'ganar'. ¿Contra quien competimos? Quizá el adversario no sea más que nuestro propio temor al cambio... descubrir que estábamos equivocados total o parcialmente y que deberíamos adaptarnos a una nueva situación.

Intentar verlo de otro modo, ponerse en los ojos del otro... es poder entender mejor la realidad. Acordar más adecuadamente las observaciones intersubjetivas, ajustar la lente.

Discutir es construir. Escuchar serenamente el argumento del otro es una actitud inteligente. Porque el conflicto (entre lo que yo sostego y el otro cuestiona) es el motor del conocimiento dicen los constructivistas y creo que es una buena definición.

Por eso, evadir las discusiones es perderse lo más rico de la comunicación. Y es algo que solo depende de nosotros."

No somos Irrompibles


No somos Irrompibles

No somos Irrompibles

Little Words II - Sophie Harding


Little Words II , Sophie Harding
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Los cristales pueden quebrarse.

A veces basta un leve golpe de abanico.

Las telas suelen desgarrarse al contacto de una diminuta astilla.

Se rasgan los papeles...

Se rompen los plásticos...

Se rajan las maderas...

Hasta las paredes se agrietan, tan firmes y sólidas que parecen.

¿Y nosotros?

Ah!...Nosotros tampoco somos irrompibles.

Nuestros huesos corren el riesgo de fracturarse, nuestra piel herirse...

También nuestro corazón, aunque siga funcionando como un reloj suizo y el médico nos asegure que estamos sanos.

¡CUIDADO! ¡ FRÁGIL ! El corazón se daña muy fácilmente.

Cuando oye un "no" redondo o un "sí" desganado, una especie de "nnnnsí" y merecía un tintineante "¡Sí!"...

Cuando lo engañan...

Cuando encuentra candados donde debía encontrar puertas abiertas.

Cuando es una rueda que gira solitaria día tras día...noche tras noche...

Cuando...

Entonces, siente tirones desde arriba, por adelante, desde abajo, por detrás...o es un potrillito huérfano galopando dentro del pecho.

¿Se arruga?

¿Se encoge?

¿Se estira?

No.

Late lastimado.

¿Y cómo se cura?

Solamente el amor de otro corazón alivia sus heridas.

Solamente el amor de otro corazón las cicatriza.

(Mi amigo y yo lo sabemos.

Por eso somos amigos)

Elsa Isabel Bornemann

viernes, 18 de julio de 2008

Ómnibus, Julio Cortázar (1914-1984)

Ómnibus, Julio Cortázar (1914-1984)

¡Buenas! Hoy es viernes, julio 18, 2008 y son las 11:35 pm

Julio Cortázar
(1914-1984)


Ómnibus
(Bestiario, 1951)


Si le viene bien, tráigame El Hogar cuando vuelva —pidió la señora Roberta, reclinándose en el sillón para la siesta. Clara ordenaba las medicinas en la mesita de ruedas, recorría la habitación con una mirada precisa. No faltaba nada, la niña Matilde se quedaría cuidando a la señora Roberta, la mucama estaba al corriente de lo necesario. Ahora podía salir, con toda la tarde del sábado para ella sola, su amiga Ana esperándola para charlar, el té dulcísimo a las cinco y media, la radio y los chocolates.
A las dos, cuando la ola de los empleados termina de romper en los umbrales de tanta casa, Villa del Parque se pone desierta y luminosa. Por Tinogasta y Zamudio bajó Clara taconeando distintamente, saboreando un sol de noviembre roto por islas de sombra que le tiraban a su paso los árboles de Agronomía. En la esquina de Avenida San Martín y Nogoyá, mientras esperaba el ómnibus 168, oyó una batallla de gorriones sobre su cabeza, y la torre florentina de San Juan María Vianney le pareció más roja contra el cielo sin nubes, alto hasta dar vértigo. Pasó don Luis, el relojero, y la saludó apreciativo, como si alabara su figura prolija, los zapatos que la hacían más esbelta, su cuellito blanco sobre la blusa crema. Por la calle vacía vino remolonamente el 168, soltando su seco bufido insatisfecho al abrirse la puerta para Clara, sola pasajera en la esquina callada de la tarde.
Buscando las monedas en el bolso lleno de cosas, se demoró en pagar el boleto. El guarda esperaba con cara de pocos amigos, retacón y compadre sobre sus piernas combadas, canchero para aguantar los virajes y las frenadas. Dos veces le dijo Clara: “De quince”, sin que el tipo le sacara los ojos de encima, como extrañado de algo. Después le dio el boleto rosado, y Clara se acordó de un verso de infancia, algo como: “Marca, marca, boletero, un boleto azul orosa; canta, canta alguna cosa, mientras cuentas el dinero.” Sonriendo para ella buscó asiento hacia el fondo, halló vacío el que correspondía a Puerta de Emergencia, y se instaló con el menudo placer de propietario que siempre da el lado de la ventanilla. Entonces vio que el guarda la segía mirando. Y en la esquina del puente de Avenida San Martín, antes de virar, el conductor se dio vuelta y también la miró, con trabajo por la distancia pero buscando hasta distinguirla muy hundida en su asiento. Era un rubio huesudo con cara de hambre, que cambió unas palabras con el guarda, los dos miraron a Clara, se miraron entre ellos, el ómnibus dio un salto y se metió por Chorroarín a toda carrera.
“Par de estúpidos”, pensó Clara entre halagada y nerviosa. Ocupada en guardar su boleto en el monedero, observó de reojo a la señora del gran ramo de claveles que viajaba en el asiento de adelante. Entonces la señora la miró a ella, por sobre el ramo se dio vuelta y la miró dulcemente como una vaca sobre un cerco, y Clara sacó un espejito y estuvo en seguida absorta en el estudio de sus labios y sus cejas. Sentía ya en la nuca una impresión desagradable; la sospecha de otra impertinencia la hizo darse vuelta con rapidez, enojada de veras. A dos centímetros de su cara estaban los ojos de un viejo de cuello duro, con un ramo de margaritas componiendo un olor casi nauseabundo. En el fondo del ómnibus, instalados en el largo asiento verde, todos los pasajeros miraron hacia Clara, parecían criticar alguna cosa en Clara que sostuvo sus miradas con un esfuerzo creciente, sintiendo que cada vez era más difícil, no por la coincidencia de los ojos en ella ni por los ramos que llevaban los pasajeros; más bien porque había esperado un desenlace amable, una razón de risa como tener un tizne en la nariz (pero no lo tenía); y sobre su comienzo de risa se posaban helándola esas miradas atentas y continuas, como si los ramos la estuvieran mirando.
Súbitamente inquieta, dejó resbalar un poco el cuerpo, fijó los ojos en el estropeado respaldo delantero, examinando la palanca de la puerta de emergencia y su inscripción Para abrir la puerta TIRE LA MANIJA hacia adentro y levántese, considerando las letras una a una sin alcanzar a reunirlas en palabras. Lograba así una zona de seguridad, una tregua donde pensar. Es natural que los pasajeros miren al que recién asciende, está bien que la gente lleve ramos si va a Chacarita, y está casi bien que todos en el ómnibus tengan ramos. Pasaban delante del hospital Alvear, y del lado de Clara se tendían los baldíos en cuyo extremo lejano se levanta la Estrella, zona de charcos sucios, caballos amarillos con pedazos de sogas colgándoles del pescuezo. A Clara le costaba apartarse de un paisaje que el brillo duro del sol no alcanzaba a alegrar, y apenas si una vez y otra se atrevía a dirigir una ojeada rápida al interior del coche. Rosas rojas y calas, más lejos gladiolos horribles, como machucados y sucios, color rosa vieja con manchas lívidas. El señor de la tercera ventanilla (la estaba mirando, ahora no, ahora de nuevo) llevaba claveles casi negros apretados en una sola masa casi continua, como una piel rugosa. Las dos muchachitas de nariz cruel que se sentaban adelante en uno de los asientos laterales, sostenían entre ambas el ramo de los pobres, crisantemos y dalias, pero ellas no eran pobres, iban vestidas con saquitos bien cortados, faldas tableadas, medias blancas tres cuartos, y miraban a Clara con altanería. Quiso hacerles bajar los ojos, mocosas insolentes, pero eran cuatro pupilas fijas y también el guarda, el señor de los claveles, el calor en la nuca por toda esa gente de atrás, el viejo del cuello duro tan cerca, los jóvenes del asiento posterior, la Paternal: boletos de Cuenca terminan.
Nadie bajaba. El hombre ascendió agilmente, enfrentando al guarda que lo esperaba a medio coche mirándole las manos. El hombre tenía veinte centavos en la derecha y con la otra se alisaba el saco. Esperó, ajeno al escrutinio. “De quince”, oyó Clara. Como ella: de quince. Pero el guarda no cortaba el boleto, seguía mirando al hombre que al final se dio cuenta y le hizo un gesto de impaciencia cordial: “Le dije de quince.” Tomó el boleto y esperó el vuelto. Antes de recibirlo, ya se había deslizado livianamente en un asiento vacío al lado del señor de los claveles. El guarda le dio los cinco centavos, lo miró otro poco, desde arriba, como si le examinara la cabeza; él ni se daba cuenta, absorto en la contemplación de los negros claveles. El señor lo observaba, una o dos veces lo miró rápido y el se puso a devolverle la mirada; los dos movían la cabeza casi a la vez, pero sin provocación, nada más que mirándose. Clara seguía furiosa con las chicas de adelante, que la miraban un rato largo y después al nuevo pasajero; hubo un momento, cuando el 168 empezaba su carrera pegado al paredón de Chacarita, en que todos los pasajeros estaban mirando al hombre y también a Clara, sólo que ya no la miraban directamente porque les interesaba más el recién llegado, pero era como si la incluyeran en su mirada, unieran a los dos en la misma observación.Qué cosa estúpida esa gente, porque hasta las mocosas no eran tan chicas, cada uno con su ramo y ocupaciones por delante, y portándose con esa grosería. Le hubiera gustado prevenir al otro pasajero, una oscura fraternidad sin razones crecía en Clara. Decirle: “Usted y yo sacamos boleto de quince”, como si eso los acercara. Tocarle el brazo, aconsejarle: “No se dé por aludido, son unos impertinentes, metidos ahí detrás de las flores como zonzos.” Le hubiera gustado que él viniera a sentarse a su lado, pero el muchacho —en realidad era joven, aunque tenía marcas duras en la cara— se había dejado caer en el primer asiento libre que tuvo a su alcance. Con un gesto entre divertido y azorado se empeñaba en devolver la mirada del guarda, de las dos chicas, de la señora con los gladiolos; y ahora el señor de los claveles rojos tenía vuelta la cabeza hacia atrás y miraba a Clara, la miraba inexpresivamente, con una blandura opaca y flotante de piedra pómez. Clara le respondía obstinada, sintiéndose como hueca; le venían ganas de bajarse (pero esa calle, a esa altura, y total por nada, por no tener un ramo); notó que el muchacho parecía inquieto, miraba a un lado y al otro, después hacia atrás, y se quedaba sorprendido al ver a los cuatro pasajeros del asiento posterior y al anciano del cuello duro con las margaritas. Sus ojos pasaron por el rostro de Clara, deteniéndose un segundo en su boca, en su mentón; de adelante tiraban las miradas del guarda y las dos chiquilinas, de la señora de los gladiolos, hasta que el muchacho se dio vuelta para mirarlos como aflojando. Clara midió su acoso de minutos antes por el que ahora inquietaba al pasajero. “Y el pobre con las manos vacías”, pensó absurdamente. Le encontraba algo de indefenso, solo con sus ojos para parar aquel fuego frío cayéndole de todas partes.
Sin detenerse el 168 entró en las dos curvas que dan acceso a la explanada frente al peristillo del cementerio. Las muchachitas vinieron por el pasillo y se instalaron en la puerta de salida; detrás se alinearon las margaritas, los gladiolos, las calas. Atrás había un grupo confuso y las flores olían para Clara, quietita en su ventanilla pero tan aliviada al ver cuántos se bajaban, lo bien que se viajaría en el otro tramo. Los claveles negros aparecieron en lo alto, el pasajero se había parado para dejar salir a los claveles negros, y quedó ladeado, metido a medias en un asiento vacío delante del de Clara. Era un lindo muchacho sencillo y franco, tal vez un dependiente de farmacia, o un tenedor de libros, o un constructor. El ómnibus se detuvo suavemente, y la puerta hizo un bufido al abrirse. El muchacho esperó a que bajara la gente para elegir a gusto un asiento, mientras Clara participaba de su paciente espera y urgía con el deseo a los gladiolos y a las rosas para que bajasen de una vez. Ya la puerta abierta y todos en fila, mirándola y mirando al pasajero, sin bajar, mirándolos entre los ramos que se agitaban como si hubiera viento, un viento de debajo de la tierra que moviera las raíces de las plantas y agitara en bloque los ramos. Salieron las calas, los claveles rojos, los hombres de atrás con sus ramos, las dos chicas, el viejo de las margaritas. Quedaron ellos dos solos y el 168 pareció de golpe más pequeño, más gris, más bonito. Clara encontró bien y casi necesario que el pasajero se sentara a su lado, aunque tenía todo el ómnibus para elegir. Él se sentó y los dos bajaron la cabeza y se miraron las manos. Estaban ahí, eran simplemente manos; nada más.
—¡Chacarita!— gritó el guarda.
Clara y el pasajero contestaron su urgida mirada con una simple fórmula: “Tenemos boletos de quince.” La pensaron tan sólo, y era suficiente.
La puerta seguía abierta. El guarda se les acercó.
—Chacarita —dijo, casi explicativamente.
El pasajero ni lo miraba, pero Clara le tuvo lástima.
—Voy a Retiro —dijo, y le mostró el boleto. Marca marca boletero un boleto azul o rosa. El conductor estaba casi salido del asiento, mirándolos; el guarda se volvió indeciso, hizo una seña. Bufó la puerta trasera (nadie había subido adelante) y el 168 tomó velocidad con bandazos coléricos, liviano y suelto en una carrera que puso plomo en el estómago de Clara. Al lado del conductor, el guarda se tenía ahora del barrote cromado y los miraba profundamente. Ellos le devolvían la mirada, se estuvieron así hasta la curva de entrada a Dorrego. Después Clara sintió que el muchacho posaba despacio una mano en la suya, como aprovechando que no podían verlo desde adelante. Era una mano suave, muy tibia, y ella no retiró la suya pero la fue moviendo despacio hasta llevarla más al extremo del muslo, casi sobre la rodilla. Un viento de velocidad envolvía al ómnibus en plena marcha.
—Tanta gente —dijo él, casi sin vos—. Y de golpe se bajan todos.
—Llevaban flores a la Chacarita —dijo Clara—. Los sábados va mucha gente a los cementerios.
—Sí, pero...
—Un poco raro era, sí. ¿Usted se fijó...?
—Sí —dijo él, casi cerrándole el paso—. Y a usted le pasó igual, me di cuenta.
—Es raro. Pero ahora ya no sube nadie.
El coche frenó brutalmente, barrera del Central Argentino. Se dejaron ir hacia adelante, aliviados por el salto a una sorpresa, a un sacudón. El coche temblaba como un cuerpo enorme.
—Yo voy a Retiro —dijo Clara.
—Yo también.
El guarda no se había movido, ahora hablaba iracundo con el conductor. Vieron (sin querer reconocer que estaban atentos a la escena) cómo el conductor abandonaba su asiento y venía por el pasillo hacia ellos, con el guarda copiándole los pasos. Clara notó que los dos miraban al muchacho y que éste se ponía rigido, como reuniendo fuerzas; le temblaron las piernas, el hombro que se apoyaba en el suyo. Entonces aulló horriblemente una locomotora a toda carrera, un humo negro cubrió el sol. El fragor del rápido tapaba las palabras que debía estar diciendo el conductor; a dos asientos del de ellos se detuvo, agachándose como quien va a saltar. el guarda lo contuvo prendiéndole una mano en el hombro, le señaló imperioso las barreras que ya se alzaban mientras el último vagón pasaba con un estrépito de hierros. El conductor apretó los labios y se volvió corriendo a su puesto; con un salto de rabia el 168 encaró las vías, la pendiente opuesta.
El muchacho aflojó el cuerpo y se dejó resbalar suavemente.
—Nunca me pasó una cosa así —dijo, como hablándose.
Clara quería llorar. Y el llanto esperaba ahí, disponible pero inútil. Sin siquiera pensarlo tenía conciencia de que todo estaba bien, que viajaba en un 168 vacío aparte de otro pasajero, y que toda protesta contra ese orden podía resolverse tirando de la campanilla y descendiendo en la primera esquina. Pero todo estaba bien así; lo único que sobraba era la idea de bajarse, de apartar esa mano que de nuevo había apretado la suya.
—Tengo miedo —dijo, sencillamente—. Si por lo menos me hubiera puesto unas violetas en la blusa.
Él la miró, miró su blusa lisa.
—A mí a veces me gusta llevar un jazmín del país en la solapa —dijo—. Hoy salí apurado y ni me fijé.
—Qué lástima. Pero en realidad nosotros vamos a Retiro.
—Seguro, vamos a Retiro.
Era un diálogo, un diálogo. Cuidar de él, alimentarlo.
—¿No se podría levantar un poco la ventanilla? Me ahogo aquí adentro.
Él la miró sorprendido, porque más bien sentía frío. El guarda los observaba de reojo, hablando con el conductor; el 168 no había vuelto a detenerse después de la barrera y daban ya la vuelta a Cánning y Santa Fe.
—Este asiento tiene ventanilla fija —dijo él—. Usted ve que es el único asiento del coche que viene así, por la puerta de emergencia.
—Ah —dijo Clara.
—Nos podíamos pasar a otro.
—No, no. —Le apretó los dedos, deteniendo su moviento de levantarse.— Cuanto menos nos movamos mejor.
—Bueno, pero podríamos levantar la ventanilla de adelante.
—No, por favor no.
Él esperó, pensando que Clara iba a agregar algo, pero ella se hizo más pequeña en el asiento. Ahora lo miraba de lleno para escapar a la atracción de allá adelante, de esa cólera que les llegaba como un silencio o un calor. El pasajero puso la otra mano sobre la rodilla de Clara, y ella acercó la suya y ambos se comunicaron oscuramente por los dedos, por el tibio acariciarse de las palmas.
—A veces una es tan descuidada —dijo tímidamente Clara—. Cree que lleva todo, y siempre olvida algo.
—Es que no sabíamos.
—Bueno, pero lo mismo. Me miraban, sobre todo esas chicas, y me sentí tan mal.
—Eran insoportabes —protestó él—. ¿Usted vio cómo se habían puesto de acuerdo para clavarnos los ojos?
—Al fin y al cabo el ramo era de crisantemos y dalias —dijo Clara—. Pero presumían lo mismo.
—Porque los otros les daban alas —afirmó él con irritación—. El viejo de mi asiento con sus claveles apelmazados, con esa cara de pájaro. A los que no vi bien fue a los de atrás. ¿Usted cree que todos...?
—Todos —dijo Clara—. Los ví apenas había subido. Yo subí en Nogoyá y Avenida San Martín, y casi en seguida me di vuelta y vi que todos, todos...
—Menos mal que se bajaron.
Pueyrredón, frenada en seco. Un policía moreno se habría en cruz acusándose de algo en su alto quiosco. El conductor salió del asiento como deslizándose, el guarda quiso sujetarlo de la manga, pero se soltó con violencia y vino por el pasillo, mirándolos alternadamente, encogido y con los labios húmedos, parapadeando. “¡Ahí da paso!”, gritó el guarda con una voz rara. Diez bocinas ladraban en la cola del ómnibus, y el conductor corrió afligido a su asiento. El guarda le habló al oído, dándose vuelta a cada momento para mirarlos.
—Si no estuviera usted... —murmuró Clara—. Yo creo que si no estuviera usted me habría animado a bajarme.
—Pero usted va a Retiro —dijo él, con alguna sorpresa.
—Sí, tengo que hacer una visita. No importa, me hubiera bajado igual.
—Yo saqué boleto de quince —dijo él — Hasta Retiro.
—Yo también. Lo malo es que si una se baja, después hasta que viene otro coche...
—Claro, y además a lo mejor está completo.
—A lo mejor. Se viaja tan mal, ahora. ¿Usted ha visto los subtes?
—Algo increíble. Cansa más el viaje que el empleo.
Un aire verde y claro flotaba en el coche, vieron el rosa viejo del Museo, la nueva Facultad de Derecho, y el 168 aceleró todavía más en Leandro N. Alem, como rabioso por llegar. Dos veces lo detuvo algún polícia de tráfico, y dos veces quiso el conductor tirarse contra ellos; a la segunda, el guarda se le puso por delante negándose con rabia, como si le doliera. Clara sentía subírsele las rodillas hasta el pecho, y las manos de su compañero la desertaron bruscamente y se cubrieron de huesos salientes, de venas rígidas. Clara no había visto jamás el paso viril de la mano al puño, contempló esos objetos macizos con una humilde confianza casi perdida bajo el terror. Y hablaban todo el tiempo de los viajes, de las colas que hay que hacer en Plaza de Mayo, de la grosería de la gente, de la paciencia. Después callaron, mirando el paredón ferroviario, y su compañero sacó la billetera, la estuvo revisando muy serio, temblándole un poco los dedos.
—Falta apenas —dijo clara, enderezándose—. Ya llegamos.
—Sí. Mire, cuando doble en Retiro, nos levantamos rápido para bajar.
—Bueno. Cuando esté al lado de la plaza.
—Eso es. La parada queda más acá de la torre de los Ingleses. Usted baja primero.
—Oh, es lo mismo.
—No, yo me quedaré atrás por cualquier cosa. Apenas doblemos yo me paro y le doy paso. Usted tiene que levantarse rápido y bajar un escalón de la puerta; entonces yo me pongo atrás.
—Bueno, gracias —dijo Clara mirándolo emocionada, y se concentraron en el plan, estudiando la ubicación de sus piernas, los espacios a cubrir. Vieron que el 168 tendría paso libre en la esquina de la plaza; temblándole los vidrios y a punto de embestir el cordón de la plaza, tomó el viraje a toda carrera. El pasajero saltó del asiento hacia adelante, y detrás de él pasó veloz Clara, tirándose escalón abajo mientras él se volvía y la ocultaba con su cuerpo. Clara miraba la puerta, las tiras de goma negra y los rectángulos de sucio vidrio; no quería ver otra cosa y temblaba horriblemente. Sintió en el pelo el jadeo de su compañero, los arrojó a un lado la frenada brutal, y en el mismo momento en que la puerta se abría el conductor corrió por el pasillo con las manos tendidas. Clara saltaba ya a la plaza, y cuando se volvió su compañero saltaba también y la puerta bufó al cerrarse. Las gomas negras apresaron una mano del conductor, sus dedos rígidos y blancos. Clara vio a través de las ventanillas que el guarda se había echado sobre el volante para alcanzar la palanca que cerraba la puerta.
Él la tomó del brazo y caminaron rápidamente por la plaza llena de chicos y vendedores de helados. No se dijeron nada, pero temblaban como de felicidad y sin mirarse. Clara se dejaba guiar, notando vagamente el césped, los canteros, oliendo un aire de río que crecía de frente. El florista estaba a un lado de la plaza, y él fue a parase ante el canasto montado en caballetes y eligió dos ramos de pensaminetos. Alcanzó uno a Clara, después le hizo tener los dos mientras sacaba la billetera y pagaba. Pero cuando siguieron andando (él no volvió a tomarla del brazo) cada uno llevaba su ramo, cada uno iba con el suyo y estaba contento.


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Una sobreviviente de la masacre de Napalpi cuenta su historia

Por Pedro Jorge Solans*
"Crímenes de sangre", un libro de Pedro J. Solans

"Crímenes en sangre" es un relato que desnuda en forma de novela los trasfondos de un episodio aberrante que sucedió en el Territorio Nacional del Chaco el 19 de julio de 1924, cuando fueron asesinados centenares de peones rurales aborígenes.

Se abordan las nefastas consecuencias de aquella trágica matanza y se alerta sobre "el actual genocidio de los pueblos originarios, que ocurre a silencio, sigilosamente, a fuego lento, en forma casi desapercibida para la opinión pública".

Se pone de relieve, seguidamente, cómo los episodios actuales ratifican la vigencia de los sucesos trágicos de Napalpí y, a través de distintos testimonios, se revelan los intereses ocultos que hay detrás de la desaparición de los aborígenes. El libro, finalmente, se convierte en una reflexión acerca de la deuda que existe con las naciones aborígenes.

Pedro J. Solans, cuyo abuelo fue uno de los civiles que participaron del ataque a los aborígenes "sublevados", es oriundo de Quitilipi pero larga radicación y trayectoria en el campo del periodismo y de la literatura cordobesa. Fundó y dirige actualmente "El Diario Cordobés" y "El Diario de Carlos Paz", respectivamente.

Su última publicación fue "Agua, Tierra y Aire", un libro de investigaciones periodísticas. Es miembro del Instituto de Historia y Letras de Villa Carlos Paz. Trabajó y colaboró en medios periodísticos televisivos, gráficos y radiales regionales, provinciales, nacionales e internacionales.

Fuente: Datachaco, 05/09/07
Melitona Enrique también apeló al silencio para salvarse. Tuvo su prueba de fuego cuando la arrastraron hacia el corazón del monte bajo la balacera policial. Tenía que aguantar el dolor.
Las espinas, los arbustos y no sé cuántas cosas más, marcaron su cuerpo como en una yerra. Nada podía ser más fuerte que su vida. Sólo gesto. Nada de gritos. Nada de llantos.
Su tío le dijo que el silencio era tan importante como esconderse. Si era necesario había que olvidar.
Ella, una hermosa joven toba de 23 años, no sabía cómo borrar lo sucedido esa mañana.
Esa mañana de sábado, 19 de julio de 1924, cuando esos hombres blancos mataban y mataban desde un aparato que volaba. Aquellos labios de aquellas bocas con aquellas dentaduras. Aquellos hombres blancos, hombres blancos con gafas negras, que miraban y se reían desde arriba.
¡Cómo olvidarlo!
Se reían como diablos, y gritaban como lobos.
Abrían la boca. Abrían la boca. Se reían, y festejaban, cuando caían los niños, las mujeres, los ancianos…
¡Cómo olvidarlo! ¡
Cómo olvidarlo!
Y después los policías a caballo que disparaban y los de a pie que degollaban con tanta furia que los uniformes reventaban. No parecían seres humanos.
¿O sí?
¡Cómo olvidarlo! ¡Cómo olvidarlo! ¡Cómo olvidarlo!
Pero el miedo exterminó el párrafo más triste:
Corrían hacia el monte con desesperación. Caían y se arrastraban entre cadáveres de familiares, de amigos, entre los truenos de las armas, entre los gritos, entre los sollozos.
Durante el mediodía de ese maldito sábado, el avión recorrió varias veces la zona para ver si quedaban aborígenes vivos. Sobrevolaba el lugar de la masacre.
Aquella mañana, Melitona corría hacia el monte, y cayó, y entre todos la arrastraron. Estuvo días sin comer .Ella y su madre no probaron bocado. No tenían nada, ni agua. Varios días, varias noches.













Melitona se salvó. Anduvo escondida por los bosques hasta que se hizo olvido, y con el olvido a cuesta pudo llegar a Quitilipi. En el peregrinar perdió los abuelos, los tíos, los primos. Pero recordó al tío; el silencio era la salvación y el olvido, la eternidad.

Luego pasó a Machagai, donde el olvido se le hizo más profundo, tan profundo como el miedo.

Y así, sí, mansamente, emprendió el regreso al paraje El Aguará. Llegó como un fantasma, como si lo vivido hubiese sido una leyenda. La angustia se había hecho hueso en las entrañas de Melitona. Su piel empezó a oler distinto. La mujer había cambiado para siempre.

Sobreviviente.

El Aguará es triste cuando llueve. Llueve y el carro que va de cuneta a cuneta, como tractor, hace huellas en el barro intransitable.

El fuego late apenas en el rancho de los hermanos Irigoyen. El fuego late apenas, entre cenizas que prolongan el gris de la cabellera de Melitona, que alguna vez fue azabache.

La toba qom vive aún ahí con dos de sus doce hijos, postrada en algo semejante a un catre, donde pelea un lugar con los animales, las garrapatas, los insectos y con quien quiera compartir sus 106 años. Esos años que le enseñaron que su historia, la historia de su pueblo, se había reducido a derrota.

Mueve constantemente sus manos como si estuviera hilando algodón. Aquel algodón que tanto apetecían los ingleses, los norteamericanos; pero que ella sólo sabía de capataces y colonos blancos. Acaricia un trapito azul agradeciendo la única suavidad que conoció sus agrietados dedos. Se limpia con una precisión horaria, a cada rato, sus ojos profundos. Esos luceros que se humedecían automáticamente y parece que siguen llorando a cuenta de tanto horror que vio. Se limpia con el mismo trapito azul la boca que se abre buscando oxígeno y para dibujar palabras después de tanto silencio.

Sobrevive aquella terrible masacre que soportaron tobas y mocovíes a manos de policías, gendarmes y vecinos chaqueños.

El padecimiento de Napalpí amasó silencio de víctimas, y más silencio de victimarios. Años y años en silencio. Años y años de crónicas distorsionadas. De lechuzas malagüeras, de quitilipis heridos.

Napalpí sigue siendo impunidad, miedo, resignación.

La vida siguió dura, durísima, cruel para los aborígenes. A tal extremo que no parece vida para ellos.

Los descendientes de las víctimas dicen que vivirán un eterno Napalpí. Un Napalpí actualizado, un Napalpí vigente.

La masacre de todos los días.

Melitona enfermó y no le quedan fuerzas. Ya no tiene aquella fuerza que usó aquella mañana cuando los policías del Territorio del Chaco ametrallaban y ametrallaban.

Y no puede escapar a tiempo como escapó con su madre.

"Los policías andaban a caballo. Pero la infantería ametralló primero." Todavía tiene miedo a los uniformados.

De tanto olvido, ahora está olvidada, lejos del pavimento, reducida a un cofre donde hay silencios, o cosas sencillas, o sabiduría que no cotizan en el mercado de valores.

Hoy sigue el hambre, pero come, come al compás del salto de un caballo en el ajedrez y tiene medicamentos, cuando hay gasoil para la F100 de la posta sanitaria de El Aguará.
Se refugiaron en la casa de don Segundo donde protegían a los refugiados. Allí se enteraron que desde el aparato que volaba mataron a sus abuelas, y los policías a caballo asesinaron a los abuelos.





Melitona tenía los crímenes en la sangre cuando se casó con Dalmacio Irigoyen. Sus doce hijos heredaron el miedo y se debilitó la dignidad qom de los caciques Dialrochií y Juanalraí.
Prevaleció la derrota.

La sangre se estiró inevitablemente y como brazos infinitos, de aquí en más, sobrevivirá.

Licuada.

Mezclada.

Extinguiéndose en una lengua muda.

Hace poco se enteró que sus hijos y sus hermanos están desparramados por Buenos Aires, por Santa Fe, por Chaco, y nunca más los vio.

Otro dolor que está vivo.

Las piernas no le responden. La sacan afuera cuando hay lindo día, para que camine un poco, para que vea con esos ojos llorosos el campo, para que no pierda el suspiro de belleza que es soñar, aunque sea, por una ayuda.

Melitona no está acostumbrada a usar la memoria. La mantuvo quieta, casi agonizante mucho tiempo. Pero, de a poco, naturalmente, su memoria quiere resucitar. Y en esos espasmos memoriosos, habló, recordó que trabajaban los hombres y las mujeres todo el día. Había organización. Las mujeres se ocupaban de los quehaceres en el rancho y en la cosecha. Dijo que se escaparon muchos y, prácticamente, no sabe porqué vinieron a matarlos ese día de crespón negro. Piensa que ellos no tenían ninguna culpa.

"Nadie avisó que querían pelear. Estábamos durmiendo porque la noche anterior tuvimos fiesta. Los administradores y los capataces se habían ido."

Su tío se volvió loco. Pegaba cabezazos a la tierra, a los árboles, y corría de un lado para otro. Enloqueció cuando regresaba al lugar de la matanza y en el camino vio como los cuervos destrozaban los cuerpos de su madre y de su hermano.

Vuelve a la memoria, y en un qom contaminado de castellano primitivo, dijo que su marido también se había escapado de Napalpí. Irigoyen trabajaba de boyero, y contó:

"Los aborígenes se amontonaban para el reclamo. Le pagaban muy poco en el obraje, por los postes, por la leña, y por la cosecha de algodón. No le daban plata. Sólo mercadería para la olla grande donde todos comían. Por eso se reunieron, y reclamaron a los administradores, y a los patrones. Y se enojaron los administradores y el Gobernador.
Le pagaban con la comida. No conocían ropa nueva.
Trabajaban para la Administración y ahí por eso, seguramente, se enojaron y nos mataron.
En el Aguara éramos como mil aborígenes cuando atacaron. En
las tolderías no había armas de fuego. Y nos mataron más de doscientos: hombres, mujeres, ancianos, ancianas, y niños. Los hombres queríamos volver a las tolderías pero éramos perseguidos por la policía. Nunca hubo malones. Querían sacarnos las tierras y eliminarnos.
Querían eso. Eliminar a todos los aborígenes
y meter gente criolla, gente gringa. Mis hijos aborígenes. Y los aborígenes queremos trabajar en agricultura."

Melitona se hunde en el qom y Mario y Savino Irigoyen, los hijos que más la cuidan, se hunden con ella, pero desde una profundidad milenaria nace una voz, imposible de saber si era de la anciana sobreviviente o de los hijos, pero la esencia era una sola:

"Queremos trabajar como aborigen. Los aborígenes no somos malos. Los blancos nos quieren eliminar; y yo pregunto: ¿Por qué? Sí todos somos iguales."

Silencio.
Vuelven del silencio.
Ella espera.
Ella necesita.
"Al techo de su rancho le pusimos una frazadita por la calentadura del sol"; explicó Savino Irigoyen.
Verano en el Chaco adentro.
*Autor del libro "Crímenes de sangre" Fuente: www.misionesonline.net, 13/07/07 Fotos: Santiago Solans

martes, 1 de julio de 2008

Otra versión de Thank You

Thank you, por Alanis Morissette - letras de canciones - letrasmp3.com

Thank you, por Alanis Morissette - letras de canciones - letrasmp3.com




How 'bout getting off these antibiotics
How 'bout stopping eating when I'm full up
How 'bout them transparent dangling carrots
How 'bout that ever elusive kudo

Thank you india
Thank you terror
Thank you disillusionment
Thank you frailty
Thank you consequence
Thank you thank you silence

How 'bout me not blaming you for everything
How 'bout me enjoying the moment for once
How 'bout how good it feels to finally forgive you
How 'bout grieving it all one at a time

Thank you india
Thank you terror
Thank you disillusionment
Thank you frailty
Thank you consequence
Thank you thank you silence

The moment I let go of it was the moment
I got more than I could handle
The moment I jumped off of it
Was the moment I touched down

How 'bout no longer being masochistic
How 'bout remembering your divinity
How 'bout unabashedly bawling your eyes out
How 'bout not equating death with stopping

Thank you india
Thank you providence
Thank you disillusionment
Thank you nothingness
Thank you clarity
Thank you thank you silence

Yeah yeah
Ahh ohhh
Ahhh ho oh
Ahhh ho ohhhhhh
Yeaahhhh yeahh

http://letrasmp3.com/Letra-thank-you_4318.html


Traducción


QUÉ TAL DEJAR ESTOS ANTIBIÓTICOS
QUE TAL DEJAR DE COMER CUANDO ESTOY LLENA
QUE TAL TRANSPARENTES ZANAHORIAS COLGANDO
QUE TAL AQUEL SIEMPRE HUIDIZO KUDO

GRACIAS INDIA
GRACIAS TERROR
GRACIAS DESILUSIÓN
GRACIAS DEBILIDAD
GRACIAS CONSECUENCIA
GRACIAS, GRACIAS SILENCIO

QUE TAL NO CULPARTE POR TODO
QUE TAL DISFRUTAR EL MOMENTO POR UNA VEZ
QUE TAL QUE BIEN SE SIENTE CUANDO FINALMENTE TE PERDONA
QUE TAL AFLIGIR TODO DE UNA VEZ

GRACIAS INDIA
GRACIAS TERROR
GRACIAS DESILUSIÓN
GRACIAS DEBILIDAD
GRACIAS CONSECUENCIA
GRACIAS, GRACIAS SILENCIO

EL MOMENTO LO DEJO IR
ERA UN MOMENTO QUE TENÍA MAS DE LO QUE PODÍA MANEJAR
EL MOMENTO QUE LO SALTÉ
FUE EL MOMENTO QUE TOQUÉ
QUE TAL NO SER MAS MASOQUISTA
QUE TAL RECORDAR TU DIVINIDAD
QUE TAL IMPERTURBABLEMENTE GRITANDO TUS OJOS AFUERA
QUE TAL NO IGUALAR LA MUERTE CON PARAR

GRACIAS INDIA
GRACIAS TERROR
GRACIAS DESILUSIÓN
GRACIAS DEBILIDAD
GRACIAS CONSECUENCIA
GRACIAS, GRACIAS SILENCIO


http://www.letras4u.com/alanis_morissette/thank_you.htm