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sábado, 20 de diciembre de 2008

"Anna Julia" Los hermanos

Generación beat

De Wikipedia, la enciclopedia libre

(Redirigido desde Generación Beat)
Véase también: Beatnik

El término generación beat (en inglés Beat Generation) surge durante una conversación entre Jack Kerouac y John Clellon Holmes en 1948. La intención de sus miembros no era la de nombrarla, sino la de "desnombrarla". A finales de 1952 apareció en el New York Times Magazine un artículo de John Clellon Holmes titulado "This is the Beat Generation" que captó la atención del público.

El término comenzó a utilizarse de tal manera, y sin discriminación alguna, hasta el punto de que en 1959 Kerouac considerara necesario corregir públicamente el abuso de esta denominación en los medios de comunicación, donde se empleaba con las connotaciones de "totalmente vencido", o fracasado, o en el sentido de "ritmo". Jack intentó mostrar el sentido correcto de beat sugiriendo su relación con palabras como "beatitud" y "beatífico", conexión que se explicaba porque, en sus ideales, el movimiento beat se sentía atraído por la naturaleza de la conciencia orientada a la comprensión del pensamiento oriental, hacia prácticas de meditación, etc. Esta "redefinición" que Kerouac hacía del término pretendía orientar hacia imágenes simbólicas del estilo de la derrota u oscuridad necesarias, precedentes a la apertura a la luz y la supresión del ego que conducen a la iluminación religiosa.

Como reacción y con la intención de parodiar y desprestigiar el movimiento beat, en 1958 apareció el término "beatnik", producto de la fusión de las palabras "beat" y "Sputnik", el primer satélite en alcanzar el espacio ese año, de fabricación rusa, sugiriendo una condición antiestadounidense y comunista del movimiento beat.

Allen Ginsberg, uno de sus integrantes más famosos, observaba en el prólogo al libro The Beat Book, editado por Anne Waldman y Andrew Schelling, otro posible significado: "acabado", "completo", en la noche oscura del alma o en la nube del no saber. E incluso "abierto", en el sentido whitmaniano de "apertura a la humildad". Pero, independientemente del significado que quiera dársele, el uso de Beat Generation pasa a designar un movimiento literario formado por un grupo de amigos que desde mediados de los años cuarenta habían trabajado juntos escribiendo poesía y prosa, y que compartían una idea de cultura y aficiones o fuentes de inspiración similares, tales como la música jazz.

El grupo inicial estaba formado por Jack Kerouac, Neal Cassady, William Burroughs, Herbert Huncke, John Clellon Holmes y Allen Ginsberg. En 1948 se unieron Carl Salomon y Philip Lamantia; en 1950 Gregory Corso; y en 1954 Lawrence Ferlinghetti y Peter Orlovsky.

Este grupo, que acabó denominándose la Generación Beat, revitalizó la escena bohemia cultural norteamericana. Su energía se desbordó hacia los movimientos juveniles de aquella época (En el camino, —1957— de Kerouac, asumió carácter de manifiesto universal de una juventud que quería huir de lo establecido), y fue absorbida por la cultura de masas y por la clase media hacia finales de los años cincuenta y principios de los sesenta.

Sus ideales abogan por un arte como manifestación de las texturas de la conciencia. Su canto a la liberación espiritual derivó hacia una liberación sexual que hizo de catalizador en los movimientos de liberación de la mujer y de los negros, e indirectamente de los homosexuales. Llevados por una visión tolerante y no-teísta, un antifascismo cósmico, un eclecticismo... se interesaron por las sustancias psicodélicas como herramientas de conocimiento.

Centraron su lucha en contra de los valores tradicionalistas y puritanos de Estados Unidos, contra el American Way of life, un repudio implícito a los valores comerciales, para cuyo reemplazo proponían los ideales expuestos por Walt Whitman en "Hojas de hierba".

Los involuntarios miembros fundadores del movimiento rechazaron abiertamente la masificación y frivolización en la que acabaron los beatniks. El cine, especialmente, contribuyó a poner de moda una supuesta "estética beat" falsa, en la que todos los jóvenes bohemios vestían de negro, lucían barbas y perillas, llevaban boina y pasaban su tiempo en viejos cafés leyendo poesía, fumando y tocando los bongos.


Aquiles, Heisenberg y la tortuga


Por Leonardo Moledo

Hace unos dos mil quinientos años, Zenón de Elea, discípulo del gran Parménides, de la misma colonia griega del sur de Italia, planteó la paradoja más famosa, probablemente, de todos los tiempos: la de Aquiles que corre a una tortuga sin alcanzarla nunca; desde entonces, ha hecho correr ríos de tinta, sin olvidar los dos breves ensayos que Borges dedicó al tema.

Y es así: Aquiles, que Homero llama “de los pies ligeros” (ocus podas), es el más rápido de los guerreros griegos, y se dispone a dirimir una carrera contra una tortuga, el más lento de l

os animales (con excepción de los gusanos y las lombrices, pero Zenón no tenía muy presente la biología). Y bien: Aquiles, que corre diez veces más rápido que la tortuga, le da diez metros de ventaja.

Y aquí viene lo sorprendentemente paradojal: cuando Aquiles recorre diez metros y llega a donde estaba la tortuga, ésta ha avanzado un metro; cuando Aquiles recorre ese metro, la tortuga recorrió diez centímetros, cuando Aquiles los recorre, la tortuga ha avanzado un centímetro, y así, siempre que Aquiles cree alcanzarla, la tortuga está una fracción más adelante, de tal manera que Aquiles nunca la alcanza.

Es inquietante, y desafía al sentido común. Naturalmente, Zenón no sostenía que en la realidad se produjera esa carrera interminable y que verdaderamente Aquiles nunca alcanza a la tortuga. Para nada; sabemos perfectamente (y Zenón lo sabía) que sí lo hace (si no fuera así, nadie alcanzaría a nadie aunque corriera más rápido). La intención de Zenón, fiel a la escuela de su maestro Parménides, era mostrar que los fenómenos resultan ininteligibles y conducen a paradojas lógicas; así, la filosofía no d

ebe detenerse en el mundo de las apariencias (los fenómenos), sino capturar la verdadera realidad, esto es el Ser, que Parménides había descripto como eterno, infinito, inmóvil y continuo, llevando a la incipiente ciencia griega a un callejón sin salida: si los fenómenos son aparentes, si nada puede ser analizado sin llegar a contradicciones, los primeros intentos de los filósofos de Mileto (Thales, Anaximandro, Anaxímenes) estaban condenados desde ya al fracaso; no podría haber ciencia, sino solamente metafísica.

Es comprensible, entonces, que la inquietante paradoja de Zenón (junto a las relativamente similares de la flecha y del estadio) haya sido

analizada del derecho y del revés. Recién en el siglo XVII, con el advenimiento del cálculo infinitesimal por obra y gracia de Newton y Leibniz, se pudo dar una respuesta matemática al problema: el cálculo, con su capacidad de sumar series infinitas, permite, justamente, sumar los infinitos trechos recorridos por ambos contendientes, y el resultado muestra que son iguales: en medio de la Revolución Científica, Aquiles finalmente alcanzó a la tortuga; por lo menos en el terreno de las matemáticas puras.

Pero hay una vuelta interesante que se le puede dar al problema, y esta vez no en el terreno de las matemáticas, sino en el de la física. Uno de los pilares de la mecánica c

uántica es el Principio de Incertidumbre de Heisenberg, que establece que es imposible medir, o conocer, digamos, simultáneamente algunos pares de magnitudes, la velocidad y la posición de una partícula tal como el electrón, por ejemplo, o la energía y el tiempo (los efectos del principio de incertidumbre son absolutamente insignificantes en el mundo cotidiano; y sólo adquieren relevancia en el micromundo del átomo). Hasta el punto de que si conocemos perfectamente la posición, nada sabremos de la velocidad, y viceversa. El principio de incertidumbre es algo probado y recontraprobado en innumerables teorías y experimentos.

Ahora: como en el esquema de Zenón los dos corredores se aproximan cada vez más: un centímetro, un milímetro, un millonésimo de milímetro y así, tarde o temprano la distancia que los separa caerá dentro de las dimensiones en las que empiezan a pesar las leyes cuánticas: de

tal manera que, o bien sabemos la velocidad, o bien la posición de ambos corredores; para simplificar, Aquiles: si estamos seguros de que Aquiles está detrás de la tortuga, es decir, si conocemos su posición suficientemente como para asegurar que está detrás de la tortuga, nada sabemos sobre su velocidad, con lo cual uno de los presupuestos de problema –que Aquiles corre más rápido que la tortuga– se cae, y la paradoja pierde sentido. Y si aceptamos las condiciones del problema, y nos aseguramos de que Aquiles corre diez veces más rápido que la tortug

a, otra vez, por el principio de incertidumbre, nada sabremos sobre su posición, hasta el punto de que no podemos decir si está atrás o delante de la tortuga, si la alcanzó o no la alcanzó, y nuevamente la paradoja se cae.

Es un juego cuántico, una divagación sobre un problema siempre presente, una –quizá– solución de la paradoja. ¿Qué dirían el infinito Parménides, el sólido Zenón y el tremendo Meliso de Samos, que extremó las posiciones de sus maestros hasta un límite intolerable?

No lo sabemos, y la tentación de escribir “pero de todos modos, en algún sitio, Aquiles y la tortuga siguen jugando su juego eterno”. Y la tentación, ya se sabe. Oscar Wilde

decía: “Pued

o resistir a todo, menos a la tentación”, así que... de todos modos, en algún sitio, Aquiles y la tortuga siguen jugando su juego eterno.


Cuento de las dos vasijas


"Un aguador de la India tenía sólo dos grandes vasijas que colgaba en los extremos de un palo y que llevaba sobre los hombros. Una tenía varias grietas por las que se escapaba el agua, de modo que al final de camino sólo conservaba la mitad, mientras que la otra era perfecta y mantenía intacto su contenido. Esto sucedía diariamente. La vasija sin grietas estaba muy orgullosa de sus logros pues se sabía idónea para los fines para los que fue creada. Pero la pobre vasija agrietada estaba avergonzada de su propia imperfección y de no poder cumplir correctamente su cometido. Así que al cabo de dos años le dijo al aguador: "Estoy avergonzada y me quiero disculpar contigo porque debido a mis grietas sólo obtienes la mitad del valor que deberías recibir por tu trabajo".El aguador le contestó: "Cuando regresemos a casa quiero que notes las bellísimos flores que crecen a lo largo del camino". Así lo hizo la tinaja y, en efecto, vio muchísimas flores hermosas a lo largo de la vereda; pero siguió sintiéndose apenada porque al final sólo guardaba dentro de sí la mitad del agua del principio.El aguador le dijo entonces: "¿Te diste cuenta de que las flores sólo crecen en tu lado del camino? Quise sacar el lado positivo de tus grietas y sembré semillas de flores. Todos los días las has regado y durante dos años yo he podido recogerlas. Si no fueras exactamente como eres, con tu capacidad y tus limitaciones, no hubiera sido posible crear esa belleza. Todos somos vasijas agrietadas por alguna parte, pero siempre existe la posibilidad de aprovechar las grietas para obtener buenos resultados."

Cuento de la tradición hindú.

Fuente: http://www.votemosy.com.ar/2007/06/cuento-de-las-dos-vasijas.html