martes, 28 de septiembre de 2021

La Hora de los Hornos - Documental completo - Cine Liberación

Las aventuras de Juan QuinQuin

Las aventuras de Juan Quinquín (película de 1967)

 


Las aventuras de Juan Quinquin
Información sobre la plantilla
ficción | Bandera de Cuba Cuba
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Película cubana
Estreno1967
GuiónJulio García Espinosa
DirectorJulio García Espinosa
Producción GeneralHumberto Hernández
Dirección de FotografíaJorge Haydú
RepartoJulito Martínez
Erdwin Fernández
Agustín Campos
Mayda Limonta
Margarita Muñoz
ProductoraICAIC
PaisBandera de Cuba Cuba

Las aventuras de Juan Quinquín es una película cubana de 1967 basada en la novela Juan Quinquín en Pueblo Mocho del escritor cubano Samuel Feijóo (1914-1992). Es el tercer largometraje de ficción del cineasta Julio García Espinosa (1926-2016), en el cual se perfilan sus teorías sobre el «cine imperfecto».

Sinopsis

Juan Quinquín es un campesino buscavidas que jamás se resigna a su suerte. Junto a su amigo Jachero y a Teresa, su amada, se enfrenta al medio. El choque que produce su enfrentamiento origina sus aventuras.

Ficha técnica

  • Año: 1967
  • Duración: 110 min.
  • Formato: 35 mm /B-N
  • Director: Julio García Espinosa
  • ProductoraICAIC
  • ProductorHumberto Hernández
  • Argumento y guion: Julio García Espinosa
  • FotografíaJorge Haydú
  • MúsicaLeo Brouwer, Luis Gómez, Manuel Castillo
  • Edición: Carlos Menéndez
  • Sonido: Eugenio Vesa, Adalberto Jiménez, Ricardo Istueta
  • EscenografíaPedro García Espinosa
  • Argumento: Basado en la novela Juan Quinquín en Pueblo Mocho de Samuel Feijóo.

Elenco

Aventuras de Juan Quinquin.jpg

Premios

  • 1967: «Uno de los filmes más significativos del año». Selección Anual de la Crítica. La Habana (Cuba).
  • 1968: Mención de Honor. Encuentro de Cine Iberoamericano de Barcelona (Cataluña).
  • 1969: Premio Apsara de Oro a la mejor dirección. Festival Internacional de Cine de Phnom Penh (Camboya).
  • 1976: Certificado al Mérito. Festival Internacional de Cine de Georgetown (Guyana).

Opiniones

Las aventuras de Juan Quinquín fue el anuncio práctico de lo que más tarde se conocerá desde el punto de vista teórico como «cine imperfecto», esa aspiración de colocar junto al lenguaje cinematográfico dominante los otros lenguajes que han de conformar el imaginario fílmico común que todos compartimos.
Juan Antonio García Borrero, crítico y ensayista cubano[1]

{{sistema:cita|Como todo filme inspirado más en renovación que en la reafirmación, en su momento de estreno las opiniones quedarían radicalmente divididas en el contexto nacional: para algunos se trataba de una cinta mal editada, pretenciosa, cuando no extravagante; para otros era el primer síntoma de un cine cubano auténticamente popular.|Juan Antonio García Borrero, crítico y ensayista cubano[2]

Fuentes

  • Colectivo de autores (2004): «Las aventuras de Juan Quinquín», expediente publicado en el Catálogo de producciones del ICAIC (1959-2004). La Habana, Cinemateca de Cuba, 2004.
  • García Borrero, Juan Antonio (2002): «Julio García Espinosa en Las eternas estrategias de un provocador». Fundación Festival de Cine Iberoamericano de Huelva, Casa de América, 2002.

Aventuras de Juan Quin Quin: entre el neorrealismo y el western


Aproximación a uno de los títulos fundadores de la modernidad del cine cubano, a fines de la década de 1960, que sigue siendo un enigma formal y un experimento como pocos dentro de la filmografía de la isla caribeña.

De izq a der, Julio García Espinosa, Erdwin Fernández y Julito Martínez, en el rodaje de Aventuras de Juan Quin Quin.

Foto: Tomada de Revista Cine Cubano.

Historiadores, críticos, teóricos y público han consentido en llamar “los cuatro clásicos del cine cubano” a un conjunto de largometrajes que ya cumplen medio siglo de creados: Aventuras de Juan Quin Quin (1967), Memorias el subdesarrollo (1968), Lucía (1968) y La primera carga al machete (1969). De ellos, el primero ha sido el más taquillero de nuestra industria fílmica. El segundo, probablemente el más estudiado; el tercero, muy citado por los académicos, mientras que el último ha sido el más preterido.

El cine es entretenimiento y, aunque parece una verdad irrebatible, lo cierto es que cada cual tiene su personal manera de considerar lo que es entretenido o no, como cada tiempo histórico cuenta con su propio rasero para medirlo. Hay películas que hoy nos parecen extremadamente viejas, porque las formas de narrar, de interpretar o de resolver aspectos conceptuales o formales han sido renovadas por nuevos criterios tecnológicos, estilísticos o narrativos. Es decir, la necesaria dialéctica entre contenido y forma ha sufrido variaciones tales que ya no reconocemos la historia y el conflicto narrado en esos filmes como fenómenos concurrentes, reales, posibles o verosímiles, en tanto conciernen al género humano; o será que, como dice Jean Baudrillard, “en la medida en que la técnica y la eficiencia cinematográfica dominan, la ilusión se va[1].” Indiana Jones se va haciendo viejo, ¡qué decir de Tom Mix y Douglas Fairbanks!

Es evidente que la comunicación lograda entre obra de arte y público marcó el éxito de Juan Quin. Más de tres millones y medio de espectadores concurrieron a las salas de cine para ver esta joya cinematográfica. Pero ¿qué buscaba y qué vio el público de aquella época en tan renombrado título?

Dirigido por Julio García Espinosa y estrenado el 12 de febrero de 1968, Aventuras de Juan Quin Quin está inspirada en la novela homónima de Samuel Feijóo Juan Quinquín en Pueblo Mocho. La dirección de fotografía corrió a cargo de Jorge Haydú, quien casi logró convertir el paisaje rural y semi-montañoso de la región central de Cuba en escenografía actuante, como predica el western. Leo Brower fue el encargado de componer la música, sin cuyo virtuosismo habría sido imposible disimular las arritmias que se producen en los instantes donde la acción debía ser trepidante; mientras que los intérpretes de primera línea son Julito Martínez, Erdwin Fernández y Enrique Santiesteban, en roles que no implicaban un particular despliegue de habilidad histriónica. Santiesteban, por ejemplo, no pasa de ser el Plutarco Tuero del programa televisivo “San Nicolás del Peladero.”

Erdwin Fernández en un fotograma de Aventuras de Juan Quin Quin.

Julio García Espinosa, fundador del Instituto Cubano de Arte e Industria Cinematográficos (ICAIC), se había destacado desde su juventud por su trabajo en el teatro y la radio. A principios de la pasada década del cincuenta viajó a Italia para estudiar, durante tres años, en el Centro Experimental de Cinematografía de Roma. A su regreso, se integra a la Sociedad Cultural “Nuestro Tiempo”, vanguardia intelectual de la época, y en 1955 dirige El Mégano, documental de denuncia social y antecedente insigne de nuestra cinematografía prerrevolucionaria.

También se destaca como teórico, con interesantes artículos y ensayos, el más famoso de los cuales, “Por un cine imperfecto”, contiene los fundamentos de su concepción moderna del cine y constituye una reflexión inspirada por el filme que había rodado dos años antes, Aventuras de Juan Quin Quin. Cinta polémica a los ojos de la crítica, sugería un camino experimental, según su autor; pero en cuya lectura más lineal el público pareció encontrar, al menos, un eco de respuesta a su avidez por el cine de entretenimiento.

Recién llegado de Italia, en mayo de 1954, García-Espinosa dicta una conferencia en la Sociedad Cultural “Nuestro Tiempo”, titulada “El Neorrealismo y el cine cubano”. Entonces afirma: “El Neorrealismo es, esencialmente, la tendencia a registrar la vida misma a través de sus hechos más característicos, más típicos”[2]. A continuación explica que una película neorrealista no basa su argumento en una realidad que ya de antemano se vulnera; es decir, que no debe ser neorrealista un filme cuya idea o argumento altera la realidad, falseando los hechos típicos, característicos. De su explicación subsiguiente se deriva que el cine estadounidense de género quedaría excluido de cualquier consideración vinculante con el neorrealismo.

El cine de género (aventura, policíaco, western, comedia, etc.) funciona como estrategia del movie business, que subdivide y clasifica a los públicos, para manipularlos con facilidad, al ofrecerles el tipo de producto de entretenimiento para el cual han sido pacientemente moldeados. El cine fabricado por esa industria cultural sobrevive a un reciclaje infinito de sus fórmulas, con un cierto barniz ético, bajo el cual se oculta su potencial ideológico verdadero. Los preceptos fundacionales del ICAIC estaban muy lejos de considerar ese tipo de cine como una referencia aceptable para la cinematografía cubana en ciernes. Sin embargo, García Espinosa lo arriesgó todo en su intento de “buscar el cine dentro de ese cine. No había que hacer otro cine, sino buscar el nuevo en la confrontación con el viejo cine (…) Aceptar y rechazar (…) Como ocurre en todas las verdaderas confrontaciones, donde uno asimila al mismo tiempo que niega”[3].

Sus dos filmes anteriores, Cuba baila y El joven rebelde, se habían gestado sobre la base de los principios consustanciales al neorrealismo. Por el contrario, en Juan Quin Quin, el realizador cree haber hallado un modo de expresión a través del cual “se me ocurre a mí –dice él– tratar al guerrillero en clave de comedia, de aventuras, en clave de géneros considerados menores, en vez del género épico, dramático y superior que se suponía adecuado para tratar a estos personajes reales”[4].

Sin embargo, Juan Quin Quin era profundamente neorrealista en un aspecto básico: su guion se basaba en el registro de la vida misma a través de sus hechos más característicos, más típicos. Cada uno de los episodios del filme se inspira directamente en situaciones reales que vivía el campesinado cubano antes de 1959: la valla de gallo, el circo; hambre, desalojo, tiempo muerto, estafa, abuso, explotación y coerción de latifundistas, gringos y militares, y como contraposición y alternativa a todo esto, la guerrilla armada. García Espinosa dibujó estampas rurales extraídas del pasado superado, pero reciente. Logró con ello ofrecer la realidad construida como si fuese espontánea. Apropióse, además, del modelo que le ofrecía el cine de aventuras, la comedia y el western, e introdujo lo que él consideró recursos brechtianos y de narración no convencional.

No obstante, coincidimos con Ambrosio Fornet cuando, al referirse a los efectos de distanciamiento utilizados en el filme, expresa: “Claro que una cosa es poner en guardia al espectador demostrándole que no hay lenguaje neutro o inocente, y otra muy distinta ganarlo para la propia causa utilizando el lenguaje culpable, pero con un signo ideológico inverso. En Juan Quin Quin esa mutación no llegó a producirse orgánicamente[5].”

Juan, Jachero, Teresa y el villano

A través de una llanura arbolada asoma una tropa de jinetes, de la que de inmediato se distancia un hombre a galope. Congelado en la imagen queda el héroe sobre su cabalgadura. Ese es Juan Quin Quin y esa su historia. Así se presenta en las primeras tomas del filme, para que el espectador sepa que hay un individuo, surgido de la masa, empoderado, único, superior, modelo ideal (¿patriarcal?) para el anclaje satisfecho de la mirada masculina. Juan es más o menos el tipo duro, el galán, el cowboy; se manifiesta en diferentes avatares: monaguillo, torero, cirquero, jornalero, aparcero, guerrillero…

Se ha dicho que Aventuras de Juan Quin Quin se nutre de la novela picaresca, del cine de aventuras, de la sátira y hasta del vernáculo. No obstante, Juan está lejos de ser un pícaro; su caracterización está entre el pringado del pueblo y el muchachón temerario. Su socio, Jachero, es un tipo menor; carece del garbo y la osadía del protagonista; pero es el compañero de peripecias que le ayudará a mejor lucir su cortesía y valentía. Es el Sancho sin Panza, que no crece a la sombra del tipo duro, pero que le sirve de palanca de Arquímedes. Es un personaje soso, de contrapunto, sin el carisma necesario para encender la chispa de comicidad que debiera esperarse de él. Su propia historia de amor con una joven campesina queda inexplicablemente trunca, en alguno de los momentos de arrebato brechtiano que atraviesan el filme. Por ejemplo, una mañana Jachero aparece ahorcado por la guardia rural; al verlo, la muchacha huye a campo traviesa y es baleada por el sargento; se escucha el grito de Juan: “Teresaaaa…”. Corte, y ya estamos en otro instante del filme, a partir del cual ni Jachero está muerto, ni vuelve a saberse nada de la campesina.

En tercer lugar, tenemos a Teresa (Adelaida Raymat), objeto del amor del héroe, indiscutible motivación. Teresa apenas alcanza a rebasar el modelo femenino tropical que propone el filme. Es una guajira robusta, entre trigueña y mestiza, cuyos encuentros con Juan bordean el recato absoluto. El desnudo de Teresa que se sugiere en el río queda amputado y sellado por el jugueteo pueril en que se enreda con Juan, ya fuera del agua y vestida otra vez. Por el contrario, el relato despacha en varias escenas a dos mujeres de cuerpos escandalosamente bellos, una soberbia mulata y una despampanante rubia –como para cubrir un arco de preferencias masculinas–, semidesnudas, cirqueras irredentas que han ido un pasito más allá que la puta del pueblo (a quien el cura sermonea con dureza).

Lo cierto es que estas cubanas, cuyas protuberancias cárnicas se ofrecían al público como literal carnada, carecían de la belleza insólita, imperfecta, impactante e inolvidable que Humberto Solás había descubierto con Adela Legrá[6]. La condición polarizada y excluyente de la mujer, virgen o puta, reiterada por Hollywood como parte de su ideología sexista, se retoma en el filme cubano, añadiendo la sentencia bíblica como simple humorada traviesa. Por consiguiente, mientras Teresa y Juan comentan su tierno y recatado romance bajo una palma, en el tronco se dibuja la estampa de la serpiente.

Por último, el villano (Enrique Santiesteban), cuarto elemento medular e imprescindible para que la historia tenga sentido y enganche al destinatario. El actor se desdobla en varios personajes: el alcalde, el apoderado y el administrador del central. En su función de antagonista, acompaña al héroe en su recorrido, planteándole diversos obstáculos que desencadenan las peripecias y el triunfo final del bien sobre el mal.

El malo de la película, como se dice vulgarmente, nace en el cine estadounidense como una traslación de la literatura. El villano es una figura clave en el oeste americano, donde por lo general encarna en un matón a sueldo, un cowboy vengativo o un sheriff traidor. En el cine cubano se da a través de aquellos que representan los estamentos de poder durante el período republicano anterior a 1959: latifundistas, soldados, oficiales, guardias rurales, torturadores, alcaldes, concejales, politiqueros en general o miembros de la oligarquía. Al villano de Juan Quin Quin lo encontraremos más adelante, replicado en un estereotipo inmejorable, el Don Francisco Gavilán de El elefante y la bicicleta (Juan Carlos Tabío, 1994), interpretado por Raúl Pomares.

Parece obvio que García Espinosa quería hacer un filme cuyo empaquetado guardara la mayor semejanza con el cine de cowboys, mientras su contenido fuera netamente nacional. Pero toda parodia tiende a la legitimación de su referente, por lo que, para el espectador de aquella época, Juan Quin Quin era lo más parecido a una emocionante película de vaqueros, con el añadido de retratar un pasaje de la historia reciente con sabor criollo.

Situaciones episódicas se suceden, siguiendo el esquema natural que se asocia con el género aludido: La trifulca en la valla de gallos sustituía el aquelarre propio de la taberna o saloon; mientras la corrida de toros y el asalto al cuartel homologan el asalto a la estación de correos o al banco, sucesos típicos del más puro oeste. Juan escapa por una ventana saltando tan orondo sobre su caballo. Un par de escenas más tarde, le ordena a Teresa saltar desde la azotea y ella cae en los brazos de un guardia rural que, obviamente, la salva de partirse, cuanto menos, un tobillo. La persecución de Juan en el ingenio culmina con un poco elaborado pero evidente rescate de última hora (last minute rescue), recurso que se repite con igual ineficacia en el salvamento de Teresa. David Wark Griffith, quien fue un maestro en este tipo de secuencia, legó a la historia del cine y al lenguaje cinematográfico modelos de esa figura de acción dramática, que se ha explotado con eficacia interminable hasta en el cine de animación, y que García Espinosa pudo haber aprovechado mucho mejor para levantar el impacto emotivo de la secuencia. Ya luego era suficiente cerrar –según sucede– con el último diálogo entre Teresa y Juan, antes de que se vea al héroe partir, por fin librado de Teresa, con su tropa monte adentro, como colofón de la historia.

Algunos experimentos cinematográficos interesantes sobre cómo utilizar estructuras dramatúrgicas o recursos estilísticos propios del cine de género para contar historias autóctonas han demostrado qué se puede hacer, con un saldo positivo: El extraño caso de Rachel K (Oscar Valdés), El hombre de Maisinicú (Manuel Pérez), Clandestinos (Fernando Pérez), si entendemos por saldo positivo no solo conquistar al público y hacer taquilla, sino también dar la clarinada en términos de cierta novedad estética.

Aventuras de Juan Quin Quin lo logró en su momento, tomando como divisa que “podía haber más arte en un corto de ficción filmado en las calles agitadas de cualquier país nuestro, que en la película de ficción con la más acabada tecnología, con la más acabada factura que se pudiera imaginar[7].” Como señala Fornet: “Tal vez convenga acuñar el término “género impuro” para designar esas variantes que, sin responder a los patrones clásicos de uno u otro género, se apoyan no obstante en sus estructuras narrativas[8]”.

Transformar el modelo desde adentro

Con su controvertido filme, García Espinosa pretendía transformar el modelo desde adentro, en este caso tomando como referencia el western y adaptándolo al contexto de nuestra realidad insular. De hecho, Juan Quin Quin no se ajusta a la normatividad del Modo de Representación Institucional urdido y consolidado en el cine estadounidense por excelencia. El filme cubano resulta más bien un producto neto de los nuevos cines, fenómeno que se refiere al renacimiento de las cinematografías nacionales, que se repostulan con una estética y ética de nuevo aliento, a principios de la pasada década de los sesenta.

Juan Quin Quin no es un relato lineal, sino circular con tendencia al bucle, pues la historia no se clausura de modo explícito, sino que queda abierta a la especulación sobre otras peripecias del héroe; no obstante, hay un final implícito, pues ya que Juan pertenece a una guerrilla, no puede avizorarse otro desenlace que el histórico, es decir, el triunfo de la Revolución cubana; ergo, el triunfo del héroe. La cámara tiende a permanecer estática durante los diálogos y es bastante morosa y flemática en las escenas de acción. Por momentos se producen cortes abruptos que rompen el raccord y la continuidad narrativa, al punto de no poder afirmarse si son imperfecciones de la edición o efectos brechtianos, con lo cual todo ilusionismo e intención de transparencia narrativa quedan desvirtuadas (¿cine imperfecto?). Juan Quin Quin no cede nunca espacio a un contenido evasivo o alienante; su argumento ha sido extraído de la realidad y volcado sobre los moldes de la comedia de aventuras. Los procesos de identificación entre mimesis y diégesis son continuamente interrumpidos por los efectos autoconscientes del discurso fílmico, ya sea a través de carteles, materiales de archivo, apropiaciones formales del comic o la mirada a cámara que pone en evidencia al narratario.

Pretender juzgar la película desde la inmediatez, o sea, desde el juicio actualizado que impone el presente, es inevitable y tentador, dada la socorrida pero salomónica idea de que toda historia es historia contemporánea, aunque solo sea porque no puede organizarse ideológica y narrativamente más que desde la óptica actual[9]. He ahí una buena razón para volver a ver Aventuras de Juan Quin, estudiarla, cuestionarla, disfrutarla, no dejarla morir; a sabiendas de que muy pocas obras del arte cinematográfico son capaces de desafiar el paso del tiempo. (2019)

Notas:

[1] Jean Baudrillard, La ilusión y la desilusión estéticas.
 
https://cinedocumentalyetnologia.files.wordpress.com/2013/09/duelo.pdf
 
[2] Julio García Espinosa, Algo de mí, 2009, pág. 166.
 
[3] Juan A. García Borrero, Guía crítica del cine cubano de ficción, 2001, pág. 65.
 
[4] Julio García Espinosa, Las estrategias de un provocador, 2001, pág. 27.
 
[5] Ambrosio Fornet, Las trampas del oficio, 2007, pág. 49.
 
[6] “El acento típicamente serrano de la improvisada actriz (Adela Legrá), la belleza salvaje de su rostro anguloso, esa mezcolanza nunca antes vista en la pantalla, produjo una especie de anagnórisis colectiva, el reconocimiento de una estética mestiza profundamente arraigada en la idiosincrasia popular.” Fornet, 2007, pág. 48.
 
[7] García Borrero, Guía crítica del cine cubano de ficción, 2001, pág. 66.
 
[8] Fornet, 2007, pág. 281.
 
[9] Fornet, 2007, pág. 50.
https://www.ipscuba.net/sin-categoria/aventuras-de-juan-quin-quin-entre-el-neorrealismo-y-el-western/

JUAN QUIN QUIN

lunes, 27 de septiembre de 2021

Cangaceiros: Bandidos Rurales

 

Investigamos 

Cangaceiros: Bandidos Rurales

Cangaceiros

Si bien la presencia del cangaço[1] en el nordeste de Brasil data de 1830-1840, fue un grupo de cangaceiros el que hizo famoso el fenómeno de bandidismo rural entre 1890 y 1940, época que se extiende entre la instauración de la Primera República y el Estado Novo. Cangaceiros como Antônio Silvino, Sinhô Pereira, Ângelo Roque, Jararaca, Lampião y Corisco eran bandidos nómades que asolaron la región, enfrentándose al poder económico, representado por unos pocos hacendados y terratenientes que para enriquecerse no miraban las necesidades de los campesinos, pertenecientes a un pueblo empobrecido y explotado.

Hay que decir que la geografía era inhóspita, con vegetación xerófila, grandes extensiones de tierra con escasas fuentes de agua y un clima extremo que iba desde los 7 grados por las noches a los 45 del mediodía. En ese espacio árido se extendían el Agreste y el Sertão, por donde se desplazaban estos grupos, compuestos de cangaceiros y sus mujeres (sin niños, porque podían delatarlos), sin lugar fijo para establecerse, con la finalidad de despistar a los ejércitos particulares de los “señores feudales” del sector.

Corisco y Dadá
Corisco y Dadá

Los cangaceiros formaban un bando alrededor de un líder, que a partir de la jefatura de Lampião se había organizado según ciertas normas rígidas que los protegió como grupo, obteniendo escasas derrotas. Cada uno de ellos tenía su pareja y practicaba la monogamia. Si alguno moría, su escolta se hacía cargo de la “viuda”. Los niños  eran entregados a la Iglesia o a alguna institución de bien público para que los criara… Estos hombres y mujeres vestían de manera particular. Pertenecían a la Civilización del Cuero, así que sus cinturones y botas estaban confeccionados por ellos mismos y sus ropas eran muy particulares. Los hombres usaban una especie de traje con pantalón pescador y un saco que parecía dos talles menor del que necesitaban, colgaban de sus hombros, en forma de cruz sobre el pecho, dos alforjas cuyas manijas estaban bordadas por flores de colores. Iban armados con revólver y espada, en sus pechos cruzaban cananas de cuero y cada uno empuñaba un fusil.  Sus armas no fueron suficientes para enfrentar la ametralladora con la que se actualizó su enemigo. Las mujeres se cubrían con vestidos y botas, ataban un pañuelo al cuello y atravesaban a modo de alforjas utensilios de cocina y bolsas.

Las mejores fotografías obtenidas de su vestuario, de sus costumbres: rezar, coser a máquina, luchar, perseguir ganado, descansar junto a los perros, perfumarse o bailar, se obtuvieron de un pionero que se adentró en la región, satisfaciendo su curiosidad personal y los intereses de los jerarcas del pueblo para localizar a los cangaceiros de Lampião. El inmigrante libanés Benjamin Abrahão, apadrinado por el Padre Cícero (otro personaje que mucho tuvo que ver con esta historia),  fue equipado por ABA-Film en 1936, antes de internarse en el sertão. Periódicamente, enviaba artículos y fotos sobre Lampião y su banda para el Diário de Pernambuco y O Povo de Fortaleza. Uno de esos textos se titula: “Un viaje de 18 meses por los sertones nordestinos” y muestra las primeras fotografías de los cangaceiros. Interesante personaje, Abrahao, aventurero y curioso… tanto que terminó sus días cosido a puñaladas pocos meses antes de la muerte de Lampião, el “Rey del cangaço”. Había entre Benjamin y Virgulino muchos intereses y agentes contrapuestos. La venganza pudo venir de cualquier lado… lo cierto es que le debemos al libanés las primeras y únicas imágenes del cangaço y sus míticos personajes.

En Dios y el Diablo en la Tierra del Sol (Deus e o Diabo na Terra do Sol, 1964), una de las películas más representativas del Cinema Novo brasilero, Glauber Rocha lleva a imágenes su teoría estética acerca de la violencia, mostrando la realidad del Brasil profundo, en una época en que el cine solo representaba el aspecto más pintoresco de su cultura autóctona.

En ese film, el campesino Manuel asesina al hacendado que lo somete. Al huir, Manuel y su mujer se unen al beato Sebastião, quien termina asesinado junto a sus seguidores, pero la pareja se salva y se suma a la tropa diezmada del cangaceiro Corisco, que busca vengar la muerte de su capitán Lampião.

En una ocasión, luego de asistir a una matanza feroz, Manuel pone en duda el carácter justiciero del cangaceiro. Corisco le aconseja: «Si yo muero vete con tu mujer… Por donde vayas podrás decir que Corisco está más muerto que vivo. Virgulino (Lampião) murió de una sola vez y Corisco murió con él. Pero era necesario que quedara en pie, luchando hasta el fin, desarreglando lo arreglado, hasta que el sertão se haga mar y el mar se haga sertão”.

Moreno y Durvinha
Moreno y Durvinha

Esas líneas de diálogo escritas para una película de 1964 vieron su plasmación en la historia real que narra el documental Los últimos cangaceiros (Os últimos cangaceiros, Wolney Oliveira, Brasil, 2011), donde Moreno y su mujer, Durvinha, con 95 años a cuestas, develan su historia pasada de cangaceiros del grupo de Corisco y su huida del sertão, caminando a lo largo de unos tres mil kilómetros, para salvar sus vidas, al precio del anonimato por más de medio siglo. La justificación de su pasado violento puede encontrarse en unas líneas de Dios y el Diablo…, cuando Corisco le dice a Manuel: “En esta tierra, un hombre sólo vale cuando toma las armas para cambiar su destino. No es con el rosario, sino con el rifle y con el puñal».

Si bien la primera de las películas mencionadas es ficción y la segunda, un documental, hay lazos entre ellas que se trenzan desde la historia. Porque Corisco realmente existió y sus peripecias junto a Lampião dan argumento para opiniones encontradas, para reflexiones sobre la lucha de clases, el bandolerismo y el misticismo como paliativos ante la pobreza, el papel de la política en los intereses económicos de las clases más poderosas, el rol de la Iglesia en ese puente que debería tender entre ricos y pobres, la administración de la justicia por parte del Estado o por mano propia… Todo puede encerrarse en la misma idea de “violencia”, que adquiere un carácter amplio y novedoso desde la teoría de Glauber Rocha, cuando dice:

El comportamiento normal de un hambriento es la violencia, pero la violencia de un hambriento no es por primitivismo: la estética de la violencia, antes de ser primitiva, es revolucionaria, es el momento en que el colonizador se da cuenta de la existencia del colonizado. A pesar de todo, esta violencia no está impregnada de odio sino de amor, incluso se trata de un amor brutal como la violencia misma, porque no es un amor de complacencia o de contemplación, es amor de acción, de transformación. [2]

Si bien en cangaço y la revolución cubana –que está en perspectiva para 1964 como posible solución a la política latinoamericana- son empresas colectivas, Rocha prefiere dejar a Manuel a salvo, como único sobreviviente que logra encontrarse con un sertão convertido en mar.

 

[1] Bandolerismo rural.

[2] Estética de la violencia, Génova, 1965

Dios y el Diablo en la Tierra del Sol y “La estética de la violencia”, de Glauber Rocha

 


dios y diablo en la tierra del sol

En el Brasil, los indios reales son asesinados en sus aldeas y luego reinventados, con disfraces de indios norteamericanos en los desfiles de las Escolas do Samba, en el carnaval. Los niños de la calle son asesinados y luego llorados como ángeles que sobrepueblan los cielos o los infiernos (no tengo certeza). Los negros son fusilados por decenas en las favelas cada semana y después son reinventados y africanizados en las danzas, con los cuerpos pintados de colores vivos, como si fuesen salidos de un film de Tarzán. Si buscáramos lo genuinamente brasilero encontraríamos casos interesantes, como por ejemplo, el cangaçeiro, símbolo del Nordeste brasilero.

“L’imitation de soi-même”, en Cinémas d’Amerique Latine, nro. 6, 1998, pp. 66-67.

 

La amplia geografía del sertão, en el nordeste de Brasil, fue el escenario elegido por el máximo exponente del cine brasilero, Glauber Rocha, para componer su obra más famosa: Deus e o Diabo na Terra do Sol (1964) y su secuela: O Dragão da Maldade contra o Santo Guerreiro (1969).

Para comprender el auge –y el fin- del cangaço debemos referirnos a una serie de circunstancias que hacen a la historia de los personajes involucrados. Muchos han querido hacer un paralelismo entre el western norteamericano y el cine de cangaceiros brasilero. En ambos casos se trata de regiones inhóspitas, donde la civilización intenta hacerse un espacio, con la llegada de los pioneros que buscan establecerse y adueñarse de la mayor porción de tierras, el acompañamiento de religiosos y santones que pretenden llevar la fe al bárbaro para civilizarlo, la creación de ejércitos personales como necesidad de protección, la brecha inmensa e injusta que se instala entre los ganaderos y los campesinos… Todo esto en una época en que se daban las migraciones internas en busca de trabajo, la construcción del ferrocarril para llegar a los lugares más distantes, la industrialización del país que llevaba a la instalación de un estado moderno…

Sin embargo, el fenómeno del cangaço es singular, exclusivo del Sertão y del Agreste. Ambas regiones se caracterizan por sus extensas áreas áridas. El nordeste brasilero posee un relieve irregular que se extiende en sus casi 800 mil kilómetros de superficie total, con ciudades importantes como Salvador de Bahía, Fortaleza y Recife. Para la época a la que nos estamos refiriendo, apenas eran avanzadas de civilización, donde los terratenientes impusieron la agricultura invasiva y el pastoreo del ganado, lo cual fue cambiando el paisaje que transitaban los cangaceiros del siglo veinte. Esa zona también es denominada “caatinga”, un lugar donde la naturaleza se vuelve esquiva al hombre, permitiendo la presencia de fuertes desigualdades sociales.

Si bien se han filmado más de cincuenta películas sobre cangaceiros, entre documentales y ficciones, en distintos géneros como docudramas, pornochanchadas o comedias, además de relatos históricos, es el mayor representante del Cinema Novo, Glauber Rocha, quien ha representado la violencia como eje de posible solución a la dramática situación social del campesinado del nordeste brasilero.

Dios y el Diablo en la tierra del solDios y el Diablo en la Tierra del Sol relata la historia de Manuel, un campesino que debe huir luego de haber discutido y dado muerte al capataz del campo donde trabaja. Seguido por su mujer Rosa busca refugio junto al beato Sebastião, donde se va convirtiendo en un ser alienado que solo sigue las instrucciones que el santón le indica. Muerta de celos, Rosa atenta contra la vida de Sebastião, dándole muerte. Con las manos manchadas de sangre, la pareja se salva de la matanza de fieles que lleva a cabo el mercenario Antonio das Mortes. En su huida, encuentran cobijo junto al cangaceiro Corisco, cuyo grupo ha quedado diezmado y pretende vengar la muerte de su capitán Lampião. Lo acompañan su mujer, Dadá, y dos hombres.

Glauber Rocha le dedica casi media hora al cangaço en su película. Esta secuencia podría dividirse en tres grandes partes: el encuentro con el cangaceiro, el ataque al hacendado y el enfrentamiento con Antonio das Mortes. En la primera, combina los planos generales que dan cuenta de la aridez del paisaje con los primeros planos que muestran la fiereza de Corisco.  La narración está a cargo de un juglar, el ciego Julio, que va contando las peripecias de Manuel en su tránsito hacia la independencia.

Canta el ciego Julio: «La historia continúa, presten mucha atención. Manuel y Rosa recorrieron el sertão…”, mientras los vemos en plano general, enmarcados en una puerta en ruinas en medio del campo. Sigue cantando: “… hasta que un día para bien o para mal, en sus vidas entró…»,  y pasa a un primer plano de un cactus, a modo de metáfora, “¡Coriiiiisco!». Se oyen disparos y con un violento zoom out nos muestra un claro, donde vemos, en leve picado, a  los cangaceiros que arrastran a Manuel y a Rosa junto a otros campesinos con sus niños, a los que matan. Con zoom in vemos a Corisco acercarse a Dadá, a la que toca rudamente. Ella mira en dirección opuesta a donde están los muertos. La cámara sigue en paneo a Corisco hasta que queda centrado en el plano (entre la mujer y los asesinados) y empuñando su fusil grita: «Estoy cumpliendo la promesa a mi padrino Cícero, no dejo al pobre morir de hambre… ¡¡Ahhhh!!”. Gira hacia un lado y otro, y con las dos manos sube el fusil, gritando: “No maté a mi compadre Lampião».

Dios y el diablo en la tierra del solLa escena en blanco y negro con alto contraste resume en su banda sonora y en su imagen los rastros de una historia que realmente sucedió. Corisco y Dadá existieron. Ella fue secuestrada por él a los catorce años y desde entonces no se separó de su lado. Se dice de ella que fue la única mujer que tomó un arma y disparó cuando ambos fueron atacados. Dadá fue herida en una pierna y, cojeando, arrastró a su compañero desfalleciente hasta un sitio seguro. Corisco murió, pero ella aún vive.

El aparente rechazo de la mujer nos habla de la imposibilidad de ejercer su maternidad. En un momento, mientras los campesinos son arrastrados para matarlos, Corisco arranca de sus brazos a un bebé y lo ultima. Por seguridad, estos bandidos rurales debían deshacerse de los niños para que su llanto no los delatara. Así, sus hijos crecieron lejos de sus padres y muchos han vivido sin conocer su identidad.

La furia de Corisco, el Diablo Rubio, como le decían, está exaltada por la muerte de Lampião, que fue vilmente asesinado y decapitado para construir un altar macabro. Suerte que seguirá el propio Corisco unos años más tarde.

Manuel y Rosa huyen de una situación violenta para encontrarse con otra aún más sangrienta. Corisco menciona al padre Cícero, su padrino, quien le ha entregado un mandato que no estamos seguros haya interpretado cabalmente: No deja morir al pobre… de hambre. ¡Lo mata! Estos bandidos forman parte de una mitología que los ubica como justicieros. Los acompaña un entorno inhóspito, una vestimenta vistosa, una valentía incalculable y la habilidad para burlar a la autoridad. Sin embargo, Corisco en un momento alza su espada y vemos su rostro divido por el filo en dos: una mitad iluminada y la otra en sombras: Dios y el Diablo…

Mientras Manuel cree estar en el camino correcto y Rosa lo acompaña, seducida por el bandido, asisten a la matanza de un hacendado que está celebrando su boda. La brutalidad con que lo matan y violan a su mujer no deja duda sobre el camino equivocado que ha tomado Manuel. La escena es en un interior, iluminada por la luz de las velas. Los personajes pasan frente a cámara, aunque lo que realmente sucede de atroz ocurre en el segundo plano que nos ofrece la profundidad de campo. Una serie de elementos cobran significado: el velo de la novia que se coloca Rosa y el crucifijo que blande Manuel.

La tercera parte, cámara en mano, estamos otra vez en el sertão, Manuel se atreve a enfrentar a Corisco, que le dice: «¿En qué pensabas cuando fuiste al Monte Santo?». Manuel responde que Sebastián prometía justicia, pero que no se puede hacer justicia derramando sangre. Corisco explica su pasado y su sed de venganza. Los encuadres son en primer plano, recortando parte del rostro de Manuel. Con mirada a cámara, Corisco dice: “Tú eres como un ángel. Si yo muero, vete con tu mujer (…) Era necesario que quedara en pie, luchando hasta el fin, desarreglando lo arreglado, hasta que el sertão se haga mar y el mar se  haga sertão”. La cámara en mano registra el rostro de Manuel, que nos mira, como si terminara de entender dónde hay que buscar la felicidad.

Dios y el diablo en la tierra del solEn esta tercera parte hace su aparición Antonio das Mortes, que luego de mantener una conversación con el ciego Julio llega y mata a todos, con excepción de Rosa y Manuel, quienes huyen por el sertão, en un plano general que los devuelve mínimos. Rosa cae en un momento y Manuel la ayuda… mientras el juglar canta: “Más fuertes son los poderes del pueblo. Mataron a Corisco, balearon a Dadá. A divertirse, pueblo, hasta el amanecer”. Rosa cae de nuevo y Manuel sigue, corre velozmente, solo en la inmensidad… hasta que el sertão se confunde con el mar. El ciego Julio entona: “Mi historia está terminando, verdad o imaginación, espero que hayan aprendido esta lección, que estando mal repartido este mundo, anda mal. Que la tierra es del hombre, ni de Dios ni del Diablo”.

Como hemos descrito, Glauber Rocha hace utilización de cámara en mano y corte directo, la imagen ofrece un alto contraste y no se utiliza ningún tipo de filtro. Tampoco se busca el lado pintoresco de la historia. Si bien en un momento la cámara recorre la vestimenta del cangaceiro, además de ofrecernos una imagen cargada de gran plasticidad, recordando las fotografías de Tina Modotti, nos revela la fidelidad histórica con que ha encarado su filmación. La utilización del zoom no hace más que subrayar lo que nos va diciendo el juglar en su canción, poniendo el énfasis en la imagen, apareándola con la banda sonora. En cambio, la mirada a cámara nos incluye (o nos distancia, según se quiera ver) en el trasfondo social y político que se nos quiere transmitir. En esos primeros planos de Corisco quizá sobreviva la estética lograda por el aprendiz Benjamin Abrahão, el primero en plasmar el contraste ofrecido por la luz sertaneja y en capturar el rostro de Corisco en un acercamiento que casi rebasa la cámara.

Cuando Glauber Rocha se refiere a la violencia, no la plantea como odio, sino como voluntad de transformación. En su estética anárquica puede hallarse el germen de ese concepto. Rocha opone el Cine de la Violencia a la Cultura del Hambre. Por medio de la violencia es posible romper la parálisis creativa. La violencia se aplica, por un lado, contra una manera masiva de entender la cultura, aceptando una serie de formas estéticas establecidas y, por el otro, contra las estructuras de producción, distribución y consumo. Por eso ha trascendido la máxima de Glauber Rocha que no caduca: “Una cámara en la mano y una idea en la cabeza”. Es todo lo que necesita un creador para hacer cine.

Dios y el Diablo en la Tierra del Sol, Glauber Rocha, 1964.