viernes, 2 de junio de 2023

Elena Ferrante presenta su nuevo libro "La vida mentirosa de los adultos".

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La mujer en la literatura actual

 


La jugadora de ajedrez. Bertina Henrichs
 La jugadora de ajedrez. Bertina Henrichs.

La mujer lucha con tesón por el espacio que le corresponde en la sociedad. Para ello la cultura literaria es primordial sin excepción alguna de géneros.

El mundo femenino continúa su ya larga lucha con la razón de su parte para lograr justos derechos ya reflejados  en las grandes obras de la literatura universal desde la Antígona de Sófocles, Rojo y negro de Sthendal, Anna Karenina de Tolstoi, sin olvidar La regenta de Clarín,   escritas por hombres. Luego feminismo erróneo puede ser la actitud de crear una literatura para mujeres escrita exclusivamente por escritoras.

Más objetivo, sólido y fructífero, puede ser  insistir en la necesidad de leer la buena literatura tanto de autor como de autora. Y abordo a modo de ejemplo una novela de la escritora, guionista y directora de cine, Bertina Henrichs, La jugadora de ajedrez (Alianza Editorial), que vuelve a ser actualidad editorial

Un día tras otro el  mundo laboral de nuestra protagonista resulta ser pura monotonía rutinaria y  asfixiante. La obligación de  tener que preparar en un hotel “Veinte habitaciones, cuarenta camas, ochenta toallas, ceniceros para vaciar, en número variable”, no era motivo para brindar por el éxito todas las mañanas. Este era el trabajo de la griega Eleni camarera de pisos, en un hotel de la isla helena de  Naxos la más grande de las Ciclades.

Eleni, casada y con dos hijos y los cuarenta años cumplidos le aburre y agota el transcurrir de su vida frente a un mar bellísimo y  una casa, la suya, donde después del trabajo debe preparar la comida, tenerla a punto para cuando llegue su marido que tras cenar rápido se marchará  a la taberna a echar el rato con los amigos. Así de plana y triste se desarrolla su vivir hasta que uno de eso días de rutina laboral en el hotel, mientras sueña con otra posible existencia distinta, conseguir escapar a otros lugares rompiendo la horrible monotonía cotidiana que tanto agota el cuerpo y la mente. Porque no se trata de encontrar un diamante, sino de algo que cambie la agobiante práctica de cada día. Y mientras le da vueltas a sus pensamientos arreglando mecánicamente la habitación de una pareja de turista, de pronto, carambola de la vida, mientras sus pensamientos la mantienen distraída, golpea una pieza del tablero de ajedrez que los clientes que ocupan la habitación han dejado a mitad de la partida  para bajar un rato a disfrutar del sol en la playa.

Ella no sabe nada de ese juego, pero intuye que debe de ser interesante, distinguido, por lo que se le despierta  la necesidad  de aprender a jugar. El problema es cómo. Su marido es indiferente a participar, de manera que decide optar por un viejo profesor que le enseñará a hurtadillas. Entonces, esa misteriosa  ausencia de casa para aprender a jugar al ajedrez, despierta curiosidad en la vecindad de la isla donde todo se sabe porque todo se vigila, levantando rumores y especulaciones. Pero a ella no le importa nada porque ha descubierto algo que puede llenar su vida, dotarla de algún sentido que justifique su ser y estar. Poder romper ese automatismo que la agobia y desespera en silencio, vestir el diario de sentido para enriquecer  su persona con algo diferente e interesante.

Es la historia sencilla de una mujer que necesita sentirse algo más que una pieza de ajedrez sin tablero, que esos cuarenta años cumplidos no vegeten y envejezcan sin más, porque sabe que existen otros mundos, que ha descubierto en los turistas que visitan la isla,  buscando un  pasado embriagador una mitología que ella misma ignora, aunque si es consciente de la belleza del paisaje y el mar, pero eso solo forma parte de su sensibilidad de una cultura oculta, de lo que ha significado su isla en el remoto pasado.

Y ese paisaje es el que la impulsa a pensar de otra manera de vivir, poder salir de unas costumbres atávicas, que contempladas desde fuera pueden ser exóticas y curiosas, pero que ella las cambiaría por París, por ejemplo. Porque se siente como prisionera, recluida, condenada sin esperanzas, sometida a los arcaicos dogmas del hombre y el honor trasnochado del que dirán. Sencilla, historia que a medida se  va desarrollando  muestra la hondura de unas inquietudes que tiene algo de vieja tragedia griega narrada con un estilo sobrio y cuidado, como de quien espera la belleza del alba al despertar y toma de conciencia de ser una mujer sometida al marido y la odiosa vecindad como juez castigador. Alguien que necesita escapar cabalgand0 sobre un sueño de ese marco geográfico asido a un tablero de ajedrez. Mas la belleza natural del mítico paisaje no la dejará abandonar  el  aura que la envuelve en los amaneceres.

La jugadora de ajedrez


La jugadora de ajedrez
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Resumen y sinopsis de La jugadora de ajedrez de Bertina Henrichs

Eleni lleva una vida monótona y tediosa en la isla griega de Naxos. Una existencia previsible que se reparte entre su trabajo de mucama en un hotel, las labores domésticas y atender a su marido, Panis, y a sus dos hijos, Yannis y Dimitra. Sueña con otras vidas, con otros lugares, con escapar de la mediocridad cotidiana, quizá a París. Todo cambiará cuando un día tira por accidente una ficha de ajedrez en la habitación de unos turistas franceses. No sabe dónde colocarla, desconoce las reglas de un juego en el que cree ver un signo de distinción. Desea aprender a jugar pero, ante la indiferencia del marido, opta por un viejo profesor que le enseña a hurtadillas. Sus ausencias desatarán rumores y equívocos en una isla griega en donde todo se sabe y la tradición todo lo subyuga bajo el peso de las Erinias. Pero le da igual, el ajedrez le permite abstraerse de su vida cotidiana mientras le aporta otras miras y enriquece su vocabulario.

Con un estilo sobrio y cuidado, alejado de cualquier efectismo sensiblero, Bertina Henrichs nos descubre su talento como narradora, evocando los soleados paisajes de las Cícladas, esbozando costumbres atávicas y describiendo con emotiva elegancia las ideas y reflexiones de una mujer que toma conciencia del encorsetamiento al que está sometida por su marido y sus vecinos insulares, que se abre al mundo gracias a un tablero arlequinado. Sobre todo, al asimilar el poder y la movilidad que tiene la reina.

‘El tigre’, de William Blake (1757 – 1827)

 


¡Tigre! ¡Tigre!, reluciente incendio

En las selvas de la noche,

¿Qué mano inmortal u ojo

Pudo trazar tu terrible simetría?

¿En qué lejanos abismos o cielos

Ardió el fuego de tus ojos?

¿Sobre qué alas se atreve a elevarse?

¿Qué mano se atrevió a tomar el fuego?

¿Y qué hombro, y qué arte

Pudo torcer el vigor de tu corazón?

Y cuando tu corazón empezó a latir,

¿Qué espantosa mano? ¿Y qué espantosos pies?

¿Qué martillo? ¿Qué cadena?

¿En qué horno estaba tu cerebro?

¿Qué yunque? ¿Qué espantoso puño

Osa abrazar su mortales terrores?

Cuando las estrellas tiraron sus lanzas

Y mojaron el cielo con sus lágrimas,

¿Sonrió al ver su obra?

¿Aquel que hizo al cordero, te hizo a ti?

¡Tigre! ¡Tigre!, reluciente incendio

En las selvas de la noche,

¿Qué mano inmortal u ojo

Pudo trazar tu terrible simetría?

Sería necesario un Oliver Sacks que tradujese al lenguaje clínico las visiones extáticas de este p(r)o(f)eta, pintor y grabador inglés. Si los dibujos de la monja medieval Hildegard eran manifestaciones de origen jaquecoso, quizá los de William Blake también sean explicables desde la fisiología. Paradójico destino para un enemigo de las ciencias físicas y la filosofía natural que detestaba a Locke y a Newton.

En cualquier caso, el poder de su imaginación (visionaria), unido a un cristianismo místico, vital y enérgico, y a su indudable don artístico dieron como resultado -en palabras de Cernuda- “un orden nuevo, iniciando experiencias que alguna generación futura pueda estimar dignas de continuación”. Esa generación bien pudo ser la de la segunda mitad del siglo XX: Aldous Huxley y sus ‘puertas de la percepción’, Carlos Castaneda y su ‘Don Juan’.

El tigre es uno de los poemas de su último ciclo poético, Cantos de experiencia. El poder de la imagen de una naturaleza oculta, cuya perfección resulta enigmática y hasta desoladora, es una de las características de esta poesía. Compárese con El Otro tigre de Borges:

Pienso en un tigre. La penumbra exalta

la vasta Biblioteca laboriosa

y parece alejar los anaqueles;

fuerte, inocente, ensangrentado y nuevo,

él irá por su selva y su mañana

y marcará su rastro en la limosa

margen de un río cuyo nombre ignora

(en su mundo no hay nombres ni pasado

ni porvenir, sólo un instante cierto.)

NOTA: El lenguaje críptico y místico de Blake es un reto para los traductores de su poesía. Aquí hemos elegido la traducción que para Visor realizó Soledad Capurro, pero con un rápido vistazo en Internet se descubren otras diferentes. Por ejemplo, el verso «Tyger!, Tyger! burning bright», aquí traducido por «¡Tigre! ¡Tigre! reluciente incendio», en otros lugares aparece como «¡Tigre! ¡Tigre! que te enciendes en tu luz» o también como «¡Tigre! ¡Tigre! ardiendo brillante».

Seleccionado y comentado por Nacho Segurado.

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