jueves, 17 de septiembre de 2020

Iannis Xenakis - Keqrops (Abbado / Woodward)

Iannis Xenakis - Metastasis (Spectral View)

No tan resumido: Cuento: Cassette de Enrique Anderson Imbert

Año: 2132. Lugar: aula de cibernética. Personaje: un niño de nueve años.
Se llama Blas. Por el potencial de su genotipo ha sido escogido para la clase Alfa. O sea, que cuando crezca pasará a integrar ese medio por ciento de la población mundial que se encarga del progreso. Entretanto, lo educan con rigor. La educación, en los primeros grados, se limita al presente: que Blas comprenda el método de la ciencia y se familiarice con el uso de los aparatos de comunicación. Después, en los grados intermedios, será una educación para el futuro: que descubra, que invente. La educación en el conocimiento del pasado todavía no es materia para su clase Alfa: a lo más, le cuentan una que otra anécdota en la historia de la tecnología.

Está en penitencia. Su tutor lo ha encerrado para que no se distraiga y termine el deber de una vez. Blas sigue con la vista una nube que pasa. Ha aparecido por la derecha de la ventana y muy airosa se dirige hacia la izquierda. Quizás es la misma nube que otro niño, antes que él naciera, siguió con la vista en una mañana como esta y al seguirla pensaba en un niño de una época anterior que también la miró y en tanto la miraba creía recordar a otro niño que en otra vida... Y la nube ha desaparecido. 

Ganas de estudiar, Blas no tiene. Abre su cartera y saca, no el dispositivo calculador, sino un juguete. Es una cassette. 

Empieza a ver una aventura de cosmonautas. Cambia y se pone a escuchar un concierto de música estocástica. Mientras ve y oye, la imaginación se le escapa hacia aquellas gentes primitivas del siglo XX a las que justamente ayer se refirió el tutor en un momento de distracción. 
¡Cómo se habrán aburrido, sin esa cassette! 
"Allá, en los comienzos de la revolución tecnológica --había comentado el tutor-- los pasatiempos se sucedían como lentos caracoles. Un pasatiempo cada cincuenta años: de la pianola a la grabadora, de la radio a la televisión, del cine mudo y monocromo al cine parlante y policromo.
¡Pobres! ¡Sin esta cassette cómo se habrán aburrido! 
Blas, en su vertiginoso siglo XXII, tiene a su alcance miles de entretenimientos. Su vida no transcurre en una ciudad sino en el centro del universo. La cassette admite los más remotos sonidos e imágenes; transmite noticias desde satélites que viajan por el sistema solar; emite cuerpos en relieve; permite que él converse, viéndose las caras, con un colono de Marte; remite sus preguntas a una máquina computadora cuya memoria almacena datos fonéticamente articulados y él oye las respuestas.
(Voces, voces, voces, nada más que voces pues en el año 2132 el lenguaje es únicamente oral: las informaciones importantes se difunden mediante fotografías, diagramas, guiños eléctricos, signos matemáticos.
En vez de terminar el deber Blas juega con la cassette. Es un paralelepípedo de 20 X 12 X 3 que, no obstante su pequeñez, le ofrece un variadísimo repertorio de diversiones.
Sí, pero él se aburre. Esas diversiones ya están programadas. Un gobierno de tecnócratas resuelve qué es lo que debe ver y oír. Blas da vueltas a la cassette entre las manos. La enciende, la apaga. ¡Ah, podrán presentarle cosas para que él piense sobre ellas pero no obligarlo a que piense así o asá!
Ahora, por la derecha de la ventana, reaparece la nube. No es nube, es él, él mismo que anda por el aire. En todo caso, es alguien como él, exactamente como él. De pronto a Blas se le iluminan los ojos: 
-- ¿No sería posible --se dice mejorar esta cassette, hacerla más simple, más cómoda, más personal, más íntima, más libre, sobre todo más libre? 
Una cassette también portátil, pero que no dependa de ninguna energía microelectrónica: que funcione sin necesidad de oprimir botones; que se encienda apenas se la toque con la mirada y se apague en cuanto se le quite la vista de encima; que permita seleccionar cualquier tema y seguir su desarrollo hacia adelante, hacia atrás repitiendo un pasaje agradable o saltándose uno fastidioso... Todo esto sin molestar a nadie, aunque se esté rodeado de muchas personas, pues nadie, sino quien use tal cassette, podría participar en la fiesta. Tan perfecta sería esa cassette que operaría directamente dentro de la mente. Si reprodujera, por ejemplo, la conversación entre una mujer de la Tierra y el piloto de un navío sideral que acaba de llegar de la nebulosa Andrómeda, tal cassette la proyectaría en una pantalla de nervios. La cabeza se llenaría de seres vivos. Entonces uno percibiría la entonación de cada voz, la expresión de cada rostro, la descripción de cada paisaje, la intención de cada signo... Porque claro, también habría que inventar un código de signos. No como esos de la matemática sino signos que transcriban vocablos: palabras impresas en láminas cosidas en un volumen manual. Se obtendría así una portentosa colaboración entre un artista solitario que crea formas simbólicas y otro artista solitario que las recrea...
-- ¡Esto sí que será una despampanante novedad! --exclama el niño--. El tutor me va a preguntar: "¿Terminaste ya tu deber?" "No", le voy a contestar. Y cuando rabioso por mi desparpajo, se disponga a castigarme otra vez, ¡zas! lo dejo con la boca abierta: "¡Señor, mire en cambio qué proyectazo le traigo!"...



(Blas nunca ha oído hablar de su tocayo Blas Pascal, a quien el padre encerró para que no se distrajera con las ciencias y estudiase las lenguas. Blas no sabe que así como en 1632 aquel otro Blas de nueve años, dibujando con tiza en la pared, reinventó la Geometría de Euclides, él, en 2132, acaba de reinventar el libro.)

No tan resumido: El reglamento es el reglamento de Adela Basch



El reglamento es el reglamento de Adela Basch


Personajes

Señora
Cajera
Supervisor
Gerente
Escena uno


La escena transcurre en un supermercado. La señora está en la caja, pagándole a la cajera.

Cajera: Su vuelto, señora.
Señora: Gracias. Buenas tardes.
Cajera: Un momento. Todavía no se puede ir. ¿No vio ese cartel? (Lo señala y lo lee.) "Señores clientes es obligación mostrar la cartera a las amables y gentiles cajeras".
Señora: Discúlpeme, pero yo no se la puedo mostrar.
Cajera: ¿Qué dice? Imposible. Me la tiene que mostrar antes de salir.
Señora: Por favor, no insista, señora cajera. No le puedo mostrar la cartera.
Cajera: Mire, lo lamento, pero es el reglamento. ¿Me está escuchando lo que le digo?
Señora: Sí, la escucho. Pero lo siento mucho. No-le-pue-do- mos- trar-la-car-te-ra(Pronuncia las últimas palabras con mucha fuerza.)
Cajera: Pero, ¿qué es esto? ¿Cómo que "no-le-pue-do-mos-trar-la- car-te-ra"? (Imita la forma en que lo dijo la señora.)
Señora: (Grita) ¡No me haga burla!
Cajera: ¡Y usted, mejor no me aturda!
Señora: ¡Y usted, no diga cosas absurdas!
Cajera: Creo que usted exagera. Solamente le pedí que mostrara la cartera.
Señora: Por favor, no me haga perder el tiempo. Estoy apurada. Tengo invitados para la cena.
Cajera: ¿Ah, sí? ¡Qué pena! Si está apurada, no sé qué espera. ¡Muéstreme la cartera!
Señora: ¡Déjese de pavadas! ¡No se la muestro nada!
Cajera: ¡No me hable de ese modo! ¡Y mejor me muestra todo!
Señora: ¿Pero qué tiene usted en la sesera? No se la puedo mostrar y no es porque no quiera. Lo que pasa, mi querida, es que no tengo cartera.
Cajera: ¿Cómo? ¿Está segura?
Señora: (Toma una planta de lechuga.) Como que esto es verdura.
Cajera: ¡Pero qué locura! No puede ser. No sé qué hacer. No sé qué pensar. No sé cómo actuar. A ver, empecemos otra vez. Yo le pido a usted que me muestre la cartera y...
Señora: Y yo le digo que no se la puedo mostrar aunque quiera, simplemente porque no tengo cartera.
Cajera: ¿Y ahora qué hago?
Señora: Haga lo que quiera.
Cajera: Muy bien, quiero ver su cartera.
Señora: ¡Pero no tengo!
Cajera: No comprendo... No entiendo... Soy la cajera y estoy obligada a revisar las carteras. Usted no tiene cartera, así que no puedo cumplir con mi obligación. ¡Qué situación! ¡Qué complicación! Esta situación imprevista me saca de las casillas. ¡Necesito mis pastillas!
Señora: ¿Quiere una de menta?
Cajera: No, no me gusta la menta.
Señora: Lo lamento.
Cajera: ¿Qué lamenta?
Señora: Que no le guste la menta.
Cajera: (Toma un teléfono) ¡Por favor, por favor, que venga el supervisor!

Escena dos
Entra el supervisor.

Supervisor: ¿Qué sucede? ¿Qué ocurre? ¿Qué pasa?
Señora: Me quiero ir a mi casa. Compré, pagué y me quiero ir. Pero la cajera insiste en que muestre la cartera. Y yo...
Supervisor: Es correcto. Si no la muestra, no se puede ir. (Saca del bolsillo un papel enrollado y lo desenrolla.) Así dice el reglamento de este establecimiento.
Cajera: ¿Vio, señora, que no miento?
Señora: Sí, pero no tengo nada que mostrar.
Supervisor: ¿Por qué? ¿Tiene algo que ocultar? ¿Lleva algo sin pagar?
Señora: No, señor supervisor, usted está en un error. ¡No sea insolente! ¡Soy una mujer decente!
Supervisor: Entonces, ¿qué espera? ¡Muéstrenos la cartera!
Señora: Señor, si no se la muestro, no es por mala voluntad.
Supervisor: ¿Y por qué es?
Señora: ¡Terminemos con esta sonsera, trate de entender que yo no tengo cartera!
Supervisor: Entiendo. Es una situación complicada, pero no puedo hacer nada. (Mira el papel.) Tenemos que cumplir con el reglamento. Y el reglamento dice...
Cajera: Que es obligación de los clientes mostrar la cartera...
Señora: ¡A las amables y gentiles cajeras! ¡Pero yo no traje cartera!
Supervisor: Señora, lo hubiera pensado antes. No se puede salir a hacer compras de cualquier manera. El reglamento es el reglamento. Y hay que cumplirlo. Si no, ¿dónde vamos a ir a parar?
Señora: ¡Yo quiero ir a parar a mi casa! ¡Esto es una locura!
Supervisor: Usted es una cabeza dura. Si hubiera traído alguna cartera... no tendríamos este problema.
Señora: Señor, no traje cartera y no me voy a quedar aquí toda la vida. Así que pensemos en alguna solución.
Supervisor: A mí no se me ocurre. Las situaciones imprevistas me paralizan el cerebro.
Cajera: Y a mí me atacan los nervios. Señora, usted me está impidiendo cumplir con mi obligación de revisar las carteras, y eso me confunde, me irrita y me desespera. Se me nubla la mente...
Supervisor: Tengo una idea... ¡Llamemos al gerente!
Cajera: (Toma el teléfono) Por favor, es muy urgente. ¡Necesitamos al gerente!





Escena tres
Entra el gerente.

Gerente: ¿Qué sucede?
Supervisor: Tenemos un problema.
Cajera: Una situación imprevista. La señora quiere irse sin mostrar la cartera.
Gerente: Eso es imposible.
Cajera: Es incomprensible.
Supervisor: Es increíble.
Gerente: Además, es contrario al reglamento.
Cajera: Y el reglamento...
Supervisor: ...es el reglamento.
Gerente: Señora, usted tiene la obligación de mostrar la cartera.
Señora: Lo siento, no traje cartera.
Gerente: Si no la trajo, es porque no quería mostrarla. Y si no quería mostrarla, seguramente quería ocultar algo.
Señora: Pero señor...
Gerente: Déjeme terminar. Si quería ocultar algo, tal vez se lleve algo sin pagar.
Señora: Pero señor... si no la traje, ¿cómo voy a ocultar algo?
Gerente: Ya le dije. ¡No la trajo porque no la quería mostrar! ¡Y el reglamento dice que tiene que mostrar la cartera!
Señora: ¿Pero qué cartera?
Gerente: ¿Qué sé yo? ¡Cualquiera!
Señora: ¿Cualquiera, cualquiera, cualquiera?
Gerente: Sí, cualquiera. ¡Pero muestre la cartera!
Señora: Muy bien. Gentil y amable cajera, ¿tendría la bondad de prestarme su cartera? Por un minutito, nada más.
Cajera: Está bien. Tome. (Le da su cartera.)
Señora: ¿Quiere revisarla, por favor?
Cajera: ¡Cómo no! (La abre y la mira por todos lados.) Está bien.
Señora: Entonces, me voy. Le devuelvo su cartera.
Cajera: Gracias por su compra. Vuelva pronto. Da gusto atender a clientes como usted.
Señora: (Tratando de disimular su fastidio.) Sí, sí, cómo no.
Supervisor: Ah, nos podemos quedar tranquilos.
Gerente: Tranquilos y contentos. ¡Hemos cumplido con el reglamento!

Telón
ADELA BASCH
Nació en la ciudad de Buenos Aires, en 1946. Es escritora y editora egresada de la carrera de Letras de la Universidad Nacional de Buenos Aires. El primer libro que escribió fue Abran canchaque aquí viene don Quijote de La Mancha, una obra de teatro estrenada en el año 1979. Posteriormente muchas otras de sus obras fueron llevadas al teatro, entre ellas: ¿Quién me quita lo talado?El velero desveladoMinutos a toda horaOiga, chamigo aguaráColón agarra viaje a toda costa José de San Martín, caballero de principio a fin.
A lo largo de su trayectoria como escritora ha recibido numerosos premios y menciones.

El mató a un policía motorizado - El perro (Video oficial)

No tan resumido: CUENTO POPULAR: Gilgamesh busca el secreto de la i...

CUENTO POPULAR:
Gilgamesh busca el secreto de la inmortalidad
( Fuente: Theodore Gaster, Los más antiguos cuentos de la humanidad, Bs. As., Hachette, 1956. Trad, de Hernán Rodríguez. Otras fuentes en español: cfr. O. A. Hyland, Los orígenes de la filosofía en el mito y los presocráticos.Una de las versiones más completas de la saga sumeria de Gilgamesh fue redactada, hacía el siglo Vil A.C., por un escriba de la biblioteca del rey asirio Asurbanipal, pero algunos autores señalan rastros y fragmentos de la historia entre los siglos XX y XII A.C., y no dudan en ubicarla junto a las más antiguas que conserva el hombre.)

En una isla situada en los confines de la tierra vivía –según se comentaba– el único mortal del mundo que había podido escapar a la muerte: un hombre muy, muy viejo, cuyo nombre era Utna-pishtim. Gilgamesh decidió buscarlo y aprender de él el secreto de la vida eterna.
En cuanto amaneció se puso en viaje, y finalmente, luego de haber caminado mucho tiempo, recorriendo una gran distancia, llegó hasta los confines de la tierra, y vio ante sí una inmensa montaña, cuyos picos gemelos tocaban el firma-mento, y cuyas raíces llegaban hasta los más profundos infiernos. Delante de la montaña había un enorme portón, guardado por terribles y peligrosas criaturas, mitad hombre y mitad escorpión.
Gilgamesh vaciló un momento, y se llevó las manos a los ojos para protegerlos de tan horrible visión. Pero luego se recobró y avanzó resueltamente hacia los monstruos. Cuando éstos vieron que no se asustaba, y cuando contemplaron la belleza de su cuerpo, advirtieron de inmediato que no tenían ante sí a un mortal común. Pese a ello, le cortaron el paso y le preguntaron cuál era el objeto de su viaje.
Gilgamesh les dijo que se había puesto en ca¬mino para encontrar a Utnapishtim, a fin de co¬nocer el secreto de la vida eterna.
–Eso –le respondió el capitán de los monstruos– es algo que nadie alcanzó a saber, ni hubo jamás mortal alguno que haya podido llegarse hasta ese sabio inmune al tiempo. Pues el camino que nosotros guardamos es el camino del sol, sombrío túnel de doce leguas; un camino que no puede ser hollado por la planta humana.
–Por largo y obscuro que sea –contestó el hé¬roe–, por grandes que sean las fatigas y los peligros, por más tórrido que sea el calor y por más glacial que sea el frío, yo estoy firmemente resuelto a darle cabo.
Al oír estas palabras, los centinelas tuvieron por cierto que se las habían con algo más que un mortal, y enseguida le abrieron el portón y le franquearon el paso.
Audaz e intrépidamente penetró Gilgamesh en el túnel, pero a cada paso que daba el camino se volvía más obscuro, de modo que muy pronto se vio privado de la visión, tanto hacia adelante como hacia atrás. Sin embargo, continuó avan-zando y cuando ya le parecía que su ruta era interminable, un soplo de viento acarició su rostro, y un tenue rayo de luz atravesó las tinieblas.
Cuando salió a la luz, un maravilloso espectácu¬lo se ofreció a su vista, pues se encontró en me¬dio de un jardín encantado, cuyos árboles esta¬ban cuajados de pedrería. Y cuando todavía esta¬ba absorto en la contemplación de tanta belleza, la voz del Dios - Sol bajó hasta él desde el cielo.
–Gilgamesh –le dijo– no avances más. Este es el jardín de las delicias. Quédate en él un tiempo y disfrútalo. Nunca antes habían los dio¬ses concedido tal gracia a un mortal, y no debes esperar nada más grande. La vida eterna que buscas, nunca la podrás encontrar.
Pero ni siquiera estas palabras pudieron desviar al héroe de su rumbo, y dejando detrás de sí el paraíso terrenal, siguió adelante en su camino.
Al fin, fatigado y con los pies doloridos, llegó a un gran edificio con apariencia de posada. Arrastrándose hasta él lentamente, pidió que se le permitiera la entrada.
Pero la posadera, cuyo nombre era Siduri, lo había visto venir desde lejos, y juzgando por su desastrada apariencia que no era sino un vagabun¬do, ordenó que la puerta fuera atrancada ante sus propias narices.
En un primer momento, Gilgamesh se enfureció, y amenazó con quebrantar la puerta, pero cuando la señora le habló desde la ventana y le explicó la causa de su alarma, su cólera se enfrió, y tranquilizándola, le dijo quién era, la naturaleza de su viaje, y por qué razón estaba tan desgreñado. Entonces, ella abrió los cerrojos y le dio la bienvenida.
Al caer la noche se hallaban en franca conversación, y la posadera trató de disuadirlo de su empresa:
–Gilgamesh –le dijo–, nunca encontrarás lo que buscas. Pues cuando los dioses crearon al hombre, le dieron la muerte por destino y ellos se quedaron con la vida. Deléitate, pues, con lo que se te concede. ¡Come, bebe, y diviértete, que para eso has nacido!
Pero ni aun así se inmutó el héroe, sino que, por el contrario, se puso a preguntar a la posadera por el camino a Utnapishtim.
Ella le respondió:
–Vive en una isla lejana, y para llegar deberás cruzar un océano. Pero ese océano es el océano de la muerte y ningún hombre viviente ha navega¬do por él. Sin embargo, se encuentra ahora en esta posada un hombre llamado Urshanabi. Es el bo¬tero del anciano sabio, y ha venido aquí por un mandado. Tal vez puedas persuadirlo para que te cruce.
De modo que la posadera presentó a Gilgamesh al batelero, y éste accedió a conducirlo hasta la isla.
–Pero con una condición –le dijo–. No debe¬rás permitir que tus manos toquen las aguas de la muerte, y una vez que la pértiga que utilices se haya sumergido en ellas, deberás soltarla de inmediato y usar otra, para que ninguna gota moje tus dedos. De manera que toma tu hacha y corta ciento veinte pértigas, pues es un largo viaje, y las necesitarás todas.
Gilgamesh hizo lo que se le aconsejaba, y poco después ambos se hacían a la mar en el bote.
Pero al cabo de algunos días de navegación las pértigas se acabaron, y pronto hubieran quedado a la deriva y hubieran fondeado, si Gilgamesh no se hubiera arrancado su camisa para mantenerla en alto como si fuera una vela.
Entretanto, Utnapishtim estaba sentado en la ribera de la isla, contemplando las olas, cuando de pronto sus ojos percibieron a la familiar embarcación balanceándose precariamente sobre las aguas.
–Algo anda mal –murmuró–. Me parece que se ha roto el aparejo.
Pero cuando el bote se aproximó, vio la extraña figura de Gilgamesh manteniendo alzada su cami¬sa contra el viento.
–Este no es mi botero –murmuró–. Con se¬guridad que algo anda mal.
Cuando tocaron tierra, Urshanabi llevó de inme¬diato a su pasajero ante Utnapishtim, y Gilgamesh le dijo por qué había venido, y lo que buscaba
–¡Ay, joven –le dijo el sabio–, nunca encon¬trarás lo que buscas! Pues nada hay eterno en la tierra. Cuando los hombres firman un contrato, le fijan término. Lo que hoy adquieren, tendrán que dejárselo mañana a otros. Las viejas rencillas terminan por extinguirse. Los ríos crecen y se desbordan, pero al fin vuelven a bajar sus aguas. Cuando la mariposa sale de su capullo no vive sino un día. Todo tiene su tiempo y su época.
–Cierto –le contestó al héroe–. Pero tú mismo no eres sino un mortal, en nada diferente de mí; y sin embargo, vives perennemente. Dime cómo has encontrado el secreto de la vida, para llegar a ser semejante a los dioses.
Los ojos del anciano adquirieron un matiz de lejanía. Pareció como si todos los días de todos los años estuvieran pasando en procesión ante él. Finalmente, al cabo de una larga pausa, levantó su cabeza y sonrió.
–Gilgamesh –dijo lentamente–, te diré el se¬creto, un secreto noble y sagrado, que nadie conoce fuera de los dioses y de mí mismo. –Y le relató la historia del gran diluvio que los dioses habían enviado sobre la tierra en época remota, y cómo Ea, el benévolo dios de la sabiduría, le había advertido de antemano por medio del silbido del viento que gemía entre los juncos de su cabaña. Obedeciendo las órdenes de Ea había construido un arca, la había calafateado con alquitrán y as-falto, había embarcado en ella a su familia y su ganado, y había navegado durante siete días y siete noches mientras las aguas crecían, las tormen¬tas rugían desencadenadas, y los relámpagos centelleaban. Y al séptimo día el arca había encallado en una montaña en los confines del mundo, y él había abierto una ventana en el arca, soltando una paloma, para ver si las aguas habían descendido. Pero la paloma había regresado, por falta de lugar donde posarse. Luego había soltado una golondrina, y ella también había retornado. Por último, ha¬bía soltado un cuervo, y éste no regresó. Entonces había desembarcado a su familia y a su ganado, y había hecho ofrendas a los dioses. Pero repentina¬mente el dios de los vientos descendió del cielo, lo volvió a conducir al arca, junto con su esposa, y lo hizo navegar sobre las aguas nuevamente, hasta llegar a la isla del lejano horizonte, donde los dioses lo habían colocado para morar en ella eternamente.
Cuando Gilgamesh oyó este relato, se dio cuenta enseguida de que su búsqueda había sido vana, pues ahora era evidente que el anciano no tenía fórmula alguna que darle. Se había vuelto inmortal, como acababa de revelarlo, por gracia especial de los dioses, y no, como Gilgamesh había imagina¬do, por la posesión de algún conocimiento oculto. El Dios-Sol tenía razón, y también la tenían los hombres-escorpiones, al igual que la posadera; lo que buscaba, nunca lo encontraría; al menos, de este lado de la tumba.
Cuando el viejo hubo terminado su historia, miró fijamente el rostro ajado y los ojos fatigados del héroe.
–Gilgamesh –le dijo bondadosamente– debes descansar un poco. Acuéstate, y duerme durante seis días y siete noches. –Y no bien hubo pronun¬ciado estas palabras, he aquí que Gilgamesh se durmió profundamente.
Entonces Utnapishtim se volvió hacia su mujer:
–Ya ves –le dijo–, este hombre que quiere vivir eternamente, ni siquiera puede estarse sin dormir. Cuando despierte, por supuesto que lo negará –los hombres siempre han sido mentirosos– de modo que quiero que le des una prueba de su sueño. Por cada día que duerma, cuece una hogaza de pan y colócala junto a él. Día tras día esas hogazas se pondrán duras y se enmohecerán, y al séptimo día, cuando las vea en hilera ante sí, comprobará, por su estado, cuánto tiempo ha pa-sado durmiendo.
Así fue cómo todas las mañanas la esposa de Utnapishtim coció una hogaza, e hizo una marca en la pared para llevar cuenta de que otro día ha¬bía pasado; y, naturalmente, al cabo de seis días, la primera hogaza se había secado, la segunda es¬taba como cuero, la tercera estaba empapada, la cuarta tenía manchas, la quinta estaba llena de moho, y sólo la sexta parecía fresca.
Cuando Gilgamesh se despertó, pretendió por supuesto que nunca había dormido:
–¿Qué es esto? –le dijo a Utnapishtim–. En el momento en que voy a echarme una siestita me empujas el codo ¡y me despiertas! –Pero Utna¬pishtim le mostró los panes, y entonces Gilgamesh comprendió que había dormido durante seis días y siete noches.
Entonces Utnapishtim le ordenó lavarse y lim¬piarse, y prepararse para el viaje de regreso. Pero cuando el héroe subía ya a su bote, listo para partir, la esposa de Utnapishtim se acercó.
–Utnapishtim –dijo–, no puedes enviarlo de vuelta con las manos vacías. Ha cumplido un largo viaje, con gran esfuerzo y fatiga, y debes hacerle un regalo al partir.
El anciano alzó la mirada, y contempló detenida¬mente al héroe:
–Gilgamesh –le dijo–, te diré un secreto. En las profundidades del mar hay una planta que parece una estrellamar y tiene espinas como una rosa. ¡El hombre que de ella se apodere y la saboree recuperará su juventud!
Cuando Gilgamesh oyó estas palabras ató pesadas piedras a sus pies v se sumergió en las profundidades del mar, y allí, en el lecho del océano, encontró a la espinosa planta. Sin cuidarse de sus pinchazos la asió con sus dedos, cortó los lazos que sujetaban las piedras a sus pies, y esperó que la marea lo llevara hasta al costa.
Entonces mostró la planta a Urshanabi el botero:
–Mira –le dijo–, ¡ésta es la famosa planta lla¬mada "Rejuvenece-barba-gris!" ¡Aquel que la prueba renueva su plazo de vida! La llevaré conmigo a Erech y haré que el pueblo la coma. ¡Al menos así tendré alguna recompensa por mis fatigas!
Luego de haber cruzado las peligrosas aguas y de tocar la tierra, Gilgamesh y su compañero iniciaron el largo viaje a pie hasta la ciudad de Erech. Cuando hubieron recorrido cincuenta leguas el sol comenzó a ponerse, y buscaron entonces un lugar donde pasar la noche. De súbito dieron con un fresco arroyuelo.
–Descansaremos aquí –dijo el héroe–. Yo voy a bañarme.
Se quitó enseguida sus ropas, depositó la planta en el suelo, y se sumergió en las frescas aguas del arroyo. Pero en cuanto volvió sus espaldas, una serpiente salió del agua, y al olfatear la fragancia de la planta se la llevó consigo. Y apenas la probó, se desprendió de su vieja piel y recuperó su juventud.
Cuando Gilgamesh vio que la preciosa planta había escapado de sus manos para siempre, se sentó y lloró con amargura. Pero pronto volvió a levantarse, y resignado finalmente a compartir la suerte de toda la humanidad, volvió a la ciudad de Erech, retornando a la tierra de donde había venido.
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No tan resumido: CUENTO POPULAR : El anillo de Giges

CUENTO POPULAR : El anillo de Giges

Fuente de esta versión: Platón, República, II, 350 d. El filósofo pone la historia de Giges en boca del sofista Glaucón al reflexionar sobre la naturaleza de la justicia.La vieja historia de Giges fue contada, asimismo, por Heródoto, Xantus, Filóstrato y Cicerón, quien la incluye en De Otficis, III, 38. Anillos de la invisibilidad se encuentran tam­bién en Las mil y una noches ("Historia We Aladeo"), en Or­lando Furioso, III, 74, etc.
Giges era un pastor al servicio del rey de Lidia. Un día, después de una violenta tempestad y de un temblor de tierra, se agrietó el suelo y se abrió un abismo en el sitio donde Giges hacía pacer sus rebaños. Asombrado, cuentan, Giges descendió al abismo y allí vio, entre otras maravillas, un caba­llo de cobre, hueco, con multitud de aberturas pe­queñas, por una de las cuales introdujo Giges la cabeza y alcanzó a ver en su interior un cadáver de talla superior a la humana, que no llevaba sobre sí más que un anillo de oro en un dedo. Giges to­mó el anillo y se fue.
Los pastores solían reunirse todos los meses pa­ra enviar un informe al rey sobre el estado de los rebaños. Giges concurrió también a esta asam­blea, llevando consigo el anillo, y tomó asiento entre los pastores. Por casualidad, volvió hacia adentro el engarce del anillo, y al punto se hizo invisible para los demás pastores, que comenzaron a hablar como si él se hubiese retirado, lo cual lo llenó de asombro. Entonces volvió con suavidad el engarce hacia afuera, y de nuevo se hizo visi­ble. El hecho despertó su curiosidad, y a fin de saber si obedecía a una virtud propia del anillo, repitió la experiencia: cuantas veces volvió el ani­llo hacia adentro se tornó invisible, y siempre que lo volvía hacia afuera, tornaba a hacerse visible. Seguro ya de la virtud del anillo, se hizo nombrar miembro de la comisión de pastores que debía rendir cuentas al rey. En cuanto llegó al palacio, sedujo a la reina, y entendiéndose con ella, atacó y mató al rey, y se apoderó del trono.


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Sencillamente

No tan resumido: Diferencia entre cuento y relato. ¿Qué es la diége...

Diferencia entre cuento y relato. ¿Qué es la diégesis?

CUENTO: un cuento es UNA VARIEDAD del relato ("discurso que integra una sucesión de eventos de interés humano en la unidad de una misma acción”). El cuento se realiza mediante la intervención de un narrador y con preponderancia de la narración  sobre las otras estrategias discursivas (descripción, monólogo  y diálogo), las cuales, si se utilizan, suelen aparecer subordinadas a la narración y ser introducidas por ella.
El origen del cuento es muy antiguo, respon­de a la necesidad del hombre de conocerse a sí mismo y tiene su raíz en el subconsciente y en los mitos.
RELATO
La esencia del relato consiste en que da cuenta de una historia, narrada o representada. El relato comunica sucesos, ya sea me­diante la intervención de un narrador, ya sea mediante la repre­sentación  teatral efectuada en un escenario y ante un público por personajes  en las obras dramáticas. El cuento, la novela, la epopeya, la fábula, el mito, la leyenda, son relatos narrados. El drama (tragedia, farsa, comedia, paso, etc.), son relatos repre­sentados.


 ¿Qué es la diégesis?
  Es la sucesión de las acciones que constituyen los hechos relatados en una narración  o en una representación (drama). Es lo que:
·      Todorov llama historia
·      Barthes llama relato
·      Rimmon llama significado  o contenido narrativo
·      HELSMELEV el "plano del contenido"
·      Jakobson, el nivel de los "hechos re­latados"
·      Genette: el "proceso de lo enunciado" de

Fuente: Diccionario práctico de figuras retóricas y términos afines  de Fernández Viviana H. De

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No tan resumido: Cuento: David Swan de Nathaniel Hawthorne

David Swan de Nathaniel Hawthorne 

Los humanos conocemos, aunque parcial e incompletamente, los acontecimientos que influyen en forma real en el curso de nuestra vida o nuestro destino. Hay, sin embargo, una serie innumerable de otros acontecimientos —si es que pueden llamarse así— que descienden oscuramente sobre nosotros y que pasan de largo sin producir ningún efecto y sin evidenciar su presencia o su proximidad, ni siquiera por un rayo de luz o una sombra dejada en nuestras mentes. Si conociéramos todas las vicisitudes de nuestro destino, la vida estaría tan plena de esperanza y de temor, de optimismo y desaliento, que no nos permitiría una sola hora de tranquila serenidad. Una página de la historia secreta de David Swan podrá ilustrarnos esta idea. 

La vida de David Swan no nos interesa hasta que nos lo encontramos, a los veinte años de edad, caminando por la carretera que conduce desde su lugar natal a la ciudad de Boston, donde su tío, un pequeño comerciante de especias, iba a emplearlo en el negocio. Baste decir que era oriundo de New Hampshire, descendiente de una familia respetable y que había recibido la corriente educación escolar con la consiguiente terminación de un año en la Academia Gilmanton. Después de haber caminado a pie desde la salida del Sol hasta cerca del mediodía de un día de verano, la fatiga y el creciente calor lo hicieron sentarse en la primera sombra que encontrara, a fin de esperar allí el paso de la diligencia. Como plantado a propósito para él, casi inmediatamente surgió ante su vista un pequeño grupo de arces con un claro en el medio y un manantial fresco y rumoroso, tan sugestivo todo, como si hubiera estado verdaderamente esperando a David Swan.  

El viajero besó el agua con sus labios sedientos y se tendió después a la orilla del manantial, envolviendo en un pañuelo alguna ropa y poniéndolo todo debajo de la cabeza a modo de almohada. El resplandor del sol no llegaba hasta él; de la carretera, empapada por la lluvia del día anterior, no se levantaba polvo ninguno, y su lecho de hierba era para el más joven caminante, suave y cómodo como un colchón de plumas. El manantial murmuraba levemente a su lado, las ramas oscilaban bajo el azul del cielo y un sopor profundo, cargado quizá de sueños, fue descendiendo sobre David Swan. Pero lo que aquí vamos a relatar no son los sueños de nuestro protagonista. 

Mientras él yacía profundamente dormido en la sombra, otra gente muy despierta iba y venía a pie, a caballo y en toda clase de vehículos a lo largo de la carretera inundada de sol. Algunos no miraban ni a la derecha ni a la izquierda y no se daban cuenta de que nuestro viajero dormía a la vera del camino; otros, miraban simplemente la carretera, sin admitir la presencia del durmiente entre sus afanosos pensamientos; otros, se reían al verlo durmiendo tan profundamente, y otros, en fin, cuyos corazones se abrasaban en la llama de la soberbia, lanzaban sus venenosas banalidades contra David Swan. Una viuda todavía joven y sin nadie en el mundo volvió la cabeza hacia la orilla del manantial, diciéndose que el adolescente respiraba un encanto indescriptible, sumido como estaba en su profundo sueño. Un predicador de la liga de la abstinencia miró también hacia él y llevó al pobre David al texto de su sermón de aquella tarde, poniéndolo como un caso repulsivo de embriaguez al borde mismo de la carretera. Pero lo mismo la censura que la alabanza, la alegría, el desprecio y la indiferencia, todo era igual, es decir, todo era nada para David Swan. 

No había dormido más que unos pocos momentos, cuando un carruaje de color pardo, arrastrado por un magnífico grupo de caballos, se inclinó levemente hacia un lado y fue a detenerse a la misma altura, precisamente, del lugar en el que se hallaba descansando David. Un perno del eje se había caído, haciendo que una rueda se saliera de su sitio. El accidente no revestía importancia y tan solo causó una alarma momentánea a un comerciante ya de alguna edad y a su mujer, que volvían a Boston en el vehículo. Mientras que el cochero y un criado se esforzaban en colocar de nuevo en su sitio la rueda, el comerciante y su mujer se acomodaron a la sombra de los arces, observando el curso del manantial y el profundo sueño de David. Impresionados por el aura de respeto que todo durmiente, aun el más humilde, derrama en torno a sí, el comerciante se retiró todo lo levemente que su gota le permitía y su esposa se esforzó en evitar el susurro de su vestido de seda, a fin de no despertar a David súbitamente. 

—¡ Qué profundamente duerme! —murmuró el comerciante— ¡Mira con qué ritmo respira! Un sueño así, producido sin narcótico ninguno, es para mí de más valor que la mitad de mi fortuna. Este sueño significa salud y una conciencia tranquila. 

— Y juventud, además —dijo la esposa—. Aun con salud, en la edad madura no se duerme así. 

Cuanto más lo miraban, tanto más interesado se sentía el matrimonio en el joven desconocido, para el que el resplandor de la carretera y la sombra de los arces parecían constituir algo así como un aposento retirado ornado de ricas telas. Al darse cuenta de que un rayo de sol le daba en el rostro, la esposa enlazó una rama con otra, con el fin de interceptarlo. Y al llevar a cabo este gesto de ternura, comenzó a sentirse como una madre frente al durmiente. 

—La providencia parece habernos traído aquí —susurró a su esposo— y habernos hecho encontrarlo, después del desengaño que hemos sufrido con el hijo de nuestro primo. Me parece incluso ver en él una semejanza con nuestro pobre Enrique. ¿No lo despertamos? 

—¿Para qué? —dijo el comerciante indeciso—. No sabemos nada de su carácter. 

—¡Pero... y ese rostro sin nubes! —replicó la esposa en voz baja también, pero en tono serio—. ¡Ese sueño inocente, sobre todo! 

Mientras el matrimonio hablaba así, ni el corazón del durmiente experimentó la más mínima emoción, ni su respiración se hizo más acelerada, ni, en fin, sus rasgos traicionaron el menor interés. Y sin embargo, la Fortuna estaba inclinada sobre él, dispuesta en aquellos momentos a volcar sobre su persona el cuerno de la abundancia. El viejo comerciante había perdido su único hijo y no tenía más herederos de todo su patrimonio que un pariente lejano, con cuya conducta no estaba satisfecho. En casos como este, los hombres acostumbran a realizar actos aún más extraños que el de representar el papel de mago bondadoso y despertar a la riqueza y al esplendor a un joven que se había dormido poco antes en la miseria. 

—¿No quieres que lo despertemos? —repitió la señora en tono persuasivo. 

—El coche está listo, señor —dijo a sus espaldas la voz del criado. 

El matrimonio enrojeció y se puso en marcha apresuradamente, admirándose ambos de que por un momento hubieran pensado en hacer una cosa tan ridícula. El comerciante se aisló en una esquina del carruaje y comenzó a meditar sobre el proyecto de construir un asilo magnífico para hombres de negocios arruinados. Mientras tanto, David Swan gozaba tranquilamente de su sueño. 

No se habría alejado el coche más de una milla o dos, cuando una muchacha linda y esbelta pasó por el camino con un paso saltarín, que indicaba cómo le iba bailando el corazón en el pecho. Quizá fue precisamente este alegre compás de su paso lo que hizo que —¿nosatrevemos a decirlo?— se le aflojara una de sus ligas. Dándose cuenta de ello, la joven se dispuso a remediar el inconveniente y se dirigió al bosquecillo de arces, donde, de pronto, se vio frente al joven dormido. 

Enrojeciendo hasta la raíz del cabello, como si hubiera penetrado en el dormitorio de un hombre, la joven se dispuso a alejarse en puntillas para no turbar el reposo del durmiente. Pero justamente en aquel instante un peligro se cernía sobre la cabeza de este. Una abeja, una monstruosa abeja, había estado zumbando todo el tiempo, unas veces posada en las ramas de los árboles, otras, reluciendo en los rayos de luz que se filtraban entre las hojas, otras, refugiándose en la sombra, hasta que, al fin, se posó precisamente en uno de los párpados de David Swan. La picadura de una abeja puede ser mortal, a veces. Tan valerosa como inocente, la joven atacó al insecto con su pañuelo, lo espantó y no paró hasta que lo vio alejarse debajo del árbol en cuya sombra dormía David. ¡Qué cuadro tan dulce e inocente! Cumplida esta buena acción, con la respiración entrecortada y el rostro encendido de rubor, la joven lanzó una larga mirada a aquel desconocido por cuya causa había luchado con un dragón alado. 

—¡Qué hermoso es! —pensó, y enrojeció aún más intensamente. 

¿Cómo podría ser que ningún ensueño de felicidad turbara la mente de David? ¿Cómo era posible que ningún presentimiento lo agitara permitiéndole ver a la linda viajera entre los fantasmas que poblaban su sueño? ¿Por qué, al menos, ninguna sonrisa de bienvenida iluminó su rostro? 

Había llegado ella, la mujer cuya alma, según una antigua y hermosa metáfora, era parte de la suya y a quien él, en todos sus vagos pero apasionados anhelos, había ambicionado encontrar un día. A ella solo podía amar con amor perfecto, lo mismo que solo a él podía recibir ella en las últimas profundidades de su corazón; y ahora su imagen se reflejaba en la fuente a su lado mismo. Si ella partía, la lámpara de la felicidad de David Swan no volvería a lucir ya sobre su vida. 

—¡Qué profundamente duerme! —murmuró la viajera. 

Y la muchacha partió, pero su paso no era ya tan saltarín y ligero como cuando llegó. 

Pensemos, además, que el padre de la joven era un comerciante muy floreciente establecido en un lugar cercano, el cual, a la sazón, buscaba un joven de las mismas condiciones aproximadamente que David Swan. Si David hubiera trabado conocimiento con la muchacha, una de esas amistades que se anudan en los viajes, es seguro que se hubiera convertido en empleado del padre con todas las consecuencias que ello hubiera significado para él. También aquí, pues, la fortuna —la mejor de las fortunas— había pasado tan cerca de él que su aliento lo había rozado; y, sin embargo, David no se había dado cuenta de nada. 

Apenas se había perdido de vista la muchacha, cuando dos hombres penetraron en el círculo de sombra de los arces. Ambos tenían facciones siniestras, puestas aún más de relieve por una especie de gorra que llevaban encasquetada hasta los ojos. Sus trajes estaban gastados por el uso, pero no parecían de cierta elegancia. Era una pareja de vagabundos y salteadores de caminos, acostumbrados a vivir de lo que el demonio les ponía al paso, y que se disponía a jugarse ahora a las cartas el producto de su próxima fechoría. De pronto, sin embargo, vieron a David durmiendo a pierna suelta y uno de los bandidos susurró al otro: 

—¡Pst! ¿No ves el hatillo que tiene debajo de la cabeza? 

El otro asintió con la cabeza, hizo un gesto con la mano y miró a su alrededor. 

—Apuesto una copa de brandy —dijo el primero— a que el muchacho tiene ahí o bien una cartera o bien un montón de monedas sueltas escondidas entre los calcetines. Y, si no, es seguro que las tiene en el bolsillo del pantalón. 

—Pero ¿y si se despierta? —objetó el segundo. 

—¡Tanto peor para él! —dijo su compinche, abriéndose la chaqueta y señalando el mango del puñal que llevaba a la cintura. 

—¡Vamos, pues! —murmuró en voz baja el otro. 

Los dos rufianes se acercaron al pobre David, y mientras uno dirigía la punta del puñal al corazón del joven, el otro comenzó a registrar el hatillo que tenía debajo de la cabeza. Los dos rostros siniestros y contraídos, en los que se reflejaba, a la vez, la culpa y el temor, tenían un aspecto tan horrible como para que David los hubiera tomado por enviados del infierno en el caso de haberse despertado súbitamente y haberlos visto inclinados sobre él. Es seguro que si se hubiesen visto en el espejo de la fuente, ni ellos mismos se hubieran reconocido. Pero David Swan dormía con un aspecto tan tranquilo, como cuando de niño reposaba en el regazo de su madre. 

—Tengo que quitarle el hatillo de debajo de la cabeza —dijo uno de los bandidos. 

—¡Si se mueve, lo liquido! —susurró el otro. 

En aquel preciso momento, sin embargo, apareció un perro olisqueando la hierba, el cual se quedó mirando sucesivamente a los dos salteadores y después al joven dormido. A continuación, bebió un poco de agua del manantial y partió corriendo. 

—¡Maldito sea! —dijo uno de los rufianes—. No podemos hacer nada ahora. Es seguro que el dueño del perro va a aparecer de un momento a otro. 

—¡Bebamos un trago y marchémonos! —dijo el otro. 

El que había esgrimido el puñal volvió a meterlo en la funda y sacó una especie de pistola, pero no de las que matan o hieren. Era un frasco de aguardiente, con un tapón metálico en el cuello, el cual adoptaba la forma de un arma de fuego. Cada uno bebió de él un largo trago y abandonaron el lugar con tales ademanes y riéndose de tal manera por el frasco de la fechoría, que cualquiera diría que la alegría les escapaba del cuerpo. A las pocas horas habían olvidado completamente todo el asunto, sin pensar siquiera que el Ángel del Recuerdo había escrito en el debe de sus almas el pecado de asesinato, con letras tan indelebles como la misma eternidad. En lo que a David Swan se refiere, su sueño continuaba siendo tan profundo y tranquilo como antes, plenamente inconsciente de la sombra de muerte que había rendido sobre él y sin sentir tampoco la llama de la nueva vida que había lucido al desvanecerse aquella sombra. 

Poco después, sin embargo, el sueño del joven dejó de ser tan tranquilo como antes. Una hora de reposo había borrado de sus miembros la fatiga que había pesado sobre ellos después de una mañana entera de camino. Ahora comenzó  a agitarse, sus labios se movieron sin pronunciar un sonido, murmuró algunas palabras como para sí y pareció dirigirse a los espectros que habían visitado su sueño en aquel mediodía radiante. De repente, se oyó el ruido de ruedas, cada vez más nítido, hasta que disipó, al fin, los últimos restos del sueño de David. Era la diligencia, David abrió los ojos, se puso en pie de un salto y de nuevo fue el de siempre. 

—¡Eh!, ¡cochero! ¿Puede tomar otro pasajero? —gritó. 

—¡Acomódate! —respondió el mayoral. 

David subió al vehículo y, sacudido por sus vaivenes y saltos, siguió alegremente el camino hacia Boston, sin tener ni la más leve idea de aquel tumulto de vicisitudes que, semejantes a un acontecimiento irreal, habían pasado a su lado. Ni sabía que la Riqueza había inclinado un momento sobre él su cuerpo dorado ni que el Amor había suspirado a su lado, ni que la Muerte había asomado también su cara lívida i junto a él. Y todo eso en aquella hora escasa en que había estado entregado al sueño. Dormidos o despiertos, los hombres no percibimos nunca la el paso alado de las cosas que "casi han sucedido".