Las vestiduras peligrosas
Silvina
Ocampo
Los días de la
noche, 1970
12 min de lectura
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Sinopsis: «Las vestiduras peligrosas» es un
cuento de Silvina Ocampo publicado en 1970 en el libro Los días de la
noche. La protagonista, Piluca, es una modista que relata su experiencia
trabajando para Artemia, una joven obsesionada con la moda que le pide crear
vestidos cada vez más atrevidos y extravagantes. La historia se centra en cómo
esta obsesión por la indumentaria altera profundamente la vida de ambas
mujeres. Con cada nueva prenda, más provocativa que la anterior, la vida de
Artemia se ve envuelta en una serie de eventos disruptivos en los que se
difumina la línea entre la realidad y la fantasía, lo que tiene un impacto
surrealista y perturbador en el desarrollo de la narración.
Las vestiduras peligrosas
Silvina
Ocampo
(Cuento completo)
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Lloro como una
Magdalena cuando pienso en la Artemia, que era la sabiduría en persona cuando
charlábamos. Podía ser buenísima, pero hay bondades que matan, como decía mi
tía Lucy. Lo peor es que por más que trate, no puedo describirla sin quitarle
algo de su gracia.
Me decía:
—Piluca, haceme un
vestido peligroso.
Era ociosa y dicen
que la ociosidad es madre de todos los vicios. A pesar de eso, hacía cada
dibujo que lo dejaba a uno bizco. Caras que parecía que hablaban, sin contar
cualquier perfil del lado derecho que es tan difícil; paisaje con fogatas que
daba miedo que incendiaran la casa cuando uno los miraba. Pero lo que hacía
mejor era dibujar vestidos. Yo tenía que copiarlos después, esa era la macana,
porque la niña vivía para estar bien vestida y arreglada. La vida se resumía
para ella en vestirse y perfumarse; en seguida me decía chau y ni un lebrel la
alcanzaba. Cuántas personas menos buenas que ella hay en el mundo que están
todo el día en la iglesia rezando.
Yo había trabajado
de pantalonera antes de conocerla y no de modista como le dije, de modo que
estaba en ascuas cada vez que tenía que hacerle un vestido.
Perdí mi empleo de
pantalonera, porque no tuve paciencia con un cliente asqueroso al que le probé
un pantalón. Resulta que el pantalón era largo de tiro y había que prender con
alfileres, sobre el cliente, el género que sobraba. Siendo poco delicado para
una niña de veinte años manipular el género del pantalón en la entrepierna para
poner los alfileres, me puse nerviosa. El bigotudo, porque era un bigotudo,
frente al espejo miraba su bragueta y sonreía. Cuando coloqué los alfileres, la
primera vez me dijo:
—Tome un poco más,
vamos —con aire puerco.
Le obedecí y volvió
a decirme con el mismo tono, riéndose:
—Un poco más, niña,
¿no ve que me sobra género?
Mientras hablaba,
se le formó una protuberancia que estorbaba el manejo de los alfileres. Entonces,
de rabia, agarré la almohadilla y se la tiré por la cara. La patrona no me lo
perdonó y me despidió en el acto diciendo que yo era una mal pensada y que la
protuberancia se debía al pantalón que estaba mal cortado.
Soy una mujer seria
y siempre lo fui. La señorita Artemia me tomó por el diario. Acudí a su casa
con la cédula. En seguida simpatizamos y le dije que me llamara por el
sobrenombre, que es Piluca, y no por el nombre, que es Régula.
Iba a su casa tres
veces por semana, para coser. Siempre me invitaba a tomar un cafecito o una
tacita de té, con medias lunas. Yo perdía horas de trabajo. ¿Qué más quería? Si
yo hubiera sido una cualquiera, qué más quería; pero siendo como soy me daba no
sé qué. A pesar de la repugnancia que siento por algunas ricachonas, ella nunca
me impresionó mal. Dicen que estaba enamorada. Sobre su mesa de luz, pegada al
velador, tenía una fotografía del novio que era un mocoso. Tenía que serlo para
dejarla salir con semejantes vestidos. Pronto me di cuenta de que ese mocoso la
había abandonado, porque los novios vienen siempre de visita y él nunca. El
amor es ciego. Le tomé cariño y bueno, ¿qué hay de malo?
Un enorme ventanal
ofrecía el cielo a mis ojos, una regia máquina de coser eléctrica estaba a mi
disposición, un maniquí rosado traído de París, que daba ganas de comerlo, una
tijera grandota, que parecía de plata, un millón de carreteles de sedalina de
todos colores, agujas preciosas, alfileres importados, centímetros que eran un
amor, brillaban en el cuarto de costura. Una habitación con sus utensilios de
trabajo no parece nada, pero es todo en la vida de una mujer honrada.
Hay bondades que
matan, como dije anteriormente; son como una pistola al pecho, para obligarle a
uno a hacer lo que no quiere.
—Piluca, hágame
este vestido para mañana. Piluquita, aquí está el género y el modelo —rogaba la
Artemia.
—Pero niña, no
tengo tiempo.
—Yo sé que lo vas a
hacer en un cerrar y abrir de ojos.
—Manos a la obra
—yo exclamaba sin saber por qué, y me ponía a trabajar—. Me tenía dominada. A
veces yo trabajaba hasta las cinco de la mañana, con los ojos desteñidos por la
luz, para concluir pronto. El lirio de la Patagonia me ayudaba. Llevaba siempre
su estampita en mi bolsillo.
La señorita Artemia
era perezosa. No es mal que lo sea el que puede, pero dicen que la ociosidad es
madre de todos los vicios y a mí me atemorizan los vicios. Sin embargo, para
algo no era perezosa. Dibujaba, de su idea propia, sus vestidos, ya lo dije,
para que yo se los copiara. No crean que esto era fácil. Con un molde, yo
cortaba cualquier vestido; pero sacar de un dibujo el vestido, es harina de
otro costal. Lloré gotas de sangre. Ahí empezó mi desventura. Los vestidos eran
por demás extravagantes. A veces ella misma pintaba las telas, que en general
eran livianas y rosadas. El jumper de terciopelo, el único de terciopelo que le
hice, tenía un gran escote por donde me explicó que se asomaría una blusa de
organza, que cubriría sus pechos. Varias veces le recordé, después de
terminarle el jumper, que tenía que comprar la organza, para hacerle la blusa.
El día que se le antojó estrenar el jumper, no estaba hecha la blusa: resolvió,
contra viento y marea, ponérselo. Parecía una reina, si no hubiera sido por los
pechos, que con pezón y todo se veían como en una compotera, dentro del escote.
Mama mía. La acompañé hasta la puerta de calle y después hasta la plaza. Allí
me despedí de ella. No pude menos que admirar la silueta envuelta en el hermoso
forro negro de terciopelo que a regañadientes yo le había cortado y cosido. Qué
extravagancia. Al día siguiente, cuando la vi, estaba demacrada. Tomó el diario
bruscamente y me leyó una noticia de Budapest, llorando. Una muchacha había
sido violada por una patota de jóvenes que la dejaron inanimada, tendida y
desgarrada en el suelo. La muchacha llevaba puesto un jumper de terciopelo, con
un escote provocativo, que dejaba sus pechos enteramente descubiertos. La
Artemia lloraba como si se hubiera tratado de una parienta o de una amiguita o
de su madre. Yo le pregunté por qué lloraba: qué podía importarle de una
muchacha de Budapest que no había conocido. ¡Qué sensibilidad!
—Debió de sucederme
a mí —me contestó, enjugándose las lágrimas.
—Pero niña, está
bien que sea buena —le dije— pero no hasta el punto de querer sacrificarse por
la humanidad.
—Es horrible que
esto haya pasado. Comprenda que es mi jumper el que llevaba esa mujer. El
jumper que yo dibujé, el que me quedaba bien a mí.
No comprendí. Me
ruboricé y sin decirle nada salí del cuarto, para tomar una tacita de tilo.
Al día siguiente
volvió con el dibujo de un vestido no menos extravagante, para que se lo
copiara. Fruncí el ceño y exclamé involuntariamente:
—¡Dios mío! ¡Virgen
Santísima!
—¿Qué tiene de
malo? —me dijo fulminándome con la mirada. Y como yo no contestaba, prosiguió:
—¿Para qué tenemos un hermoso cuerpo? ¿No es para mostrarlo, acaso?
Le dije que tenía
razón, aunque no lo pensara, porque soy educada muy a la antigua y antes de
ponerme un vestido transparente, con todo al aire, me muero.
—Usted es una
santulona, pero no hay derecho de imponerle sus ideas a los demás.
—Fui educada así y
ya es tarde para cambiarme.
—Yo me eduqué a mí
misma y no es tarde para cambiarme, pero no voy a cambiar. Ayúdeme, entonces
—me dijo.
El vestido que
había dibujado era más indecente que el anterior. Era todo de gasa negra, con
pinturas hechas a mano: pinturas muy delicadas, que parecían reales, como el
fuego de las fogatas y los perfiles. Las pinturas representaban sólo manos y
pies perfectamente dibujados y en diferentes posturas; manos con anillos y sin
anillos. Al menor movimiento de la gasa, las manos y los pies parecían
acariciar el aire. Cuando terminé el vestido y se lo probó me ruboricé. La
Artemia se complacía frente al espejo, viendo el movimiento de las manos
pintadas sobre su cuerpo, que se transparentaba a través de la gasa. Le
pregunté:
—¿Cómo le hago el
viso?
—Su abuela —me
contestó—. ¿No sabe que se usa sin viso? Usted, vieja, está muy anticuada.
Esa noche salió a
las dos de la mañana. Como era el mes de enero y hacía calor, no se puso un
abrigo ni un chal para cubrirse. Con temor la vi alejarse y no dormí en toda la
santa noche.
Al día siguiente la
encontré malhumorada, frente al desayuno. Tomó el diario en una mano, mientras
con la otra bebía el café con leche. Me leyó una noticia: en Tokio, en un
suburbio, una patota de jóvenes había violado a una muchacha a las tres de la
mañana. El vestido provocativo que la muchacha llevaba era transparente y con
manos y pies pintados.
La Artemia se echó
a llorar y yo traté de consolarla.
—No puedo hacer
nada en el mundo sin que otras mujeres me copien —exclamó sacudiendo la cabeza.
—Pero, niña, no
diga esas cosas.
—Son unas copionas.
Y las copionas son las que tienen éxito.
—¿Qué éxito es ése?
No es nada de envidiar.
—No me entiende,
Régula.
—Llámeme Piluca y
no se enoje.
El siguiente
vestido me sacó canas verdes. Era de tul azul, con pinturas de color de carne,
que representaban figuras de hombres y mujeres desnudos. Al moverse todos esos
cuerpos, representaban una orgía que ni en el cine se habrá visto. Yo, Régula
Portinari, metida en ésas; no parecía posible.
Durante una semana
cosí temblando la túnica pintada con lúbricas imágenes, pero no sabía los
efectos que sobre el cuerpo de la Artemia podían producir.
Rebajé cinco kilos
cosiendo ese dichoso vestido; rompí varias agujas de puro nerviosa. Aquel
cuarto de costura era un tendal de géneros mal aprovechados. Senos, piernas,
brazos, cuellos de tul, llenaban el piso.
Felizmente la noche
del estreno del vestido hubo un apagón en la cuadra y nadie vio salir a la
Artemia de casa, cubierta de esa orgía de cuerpos que se agitaban al menor
movimiento. Le previne:
—Va a tener frío,
niña. Lleve un abrigo.
—Qué frío puedo tener
en el auto con calefacción.
Era pleno invierno,
pero la niña no sentía frío.
Al día siguiente,
nada nuevo auguraba su rostro. Otra vez leyendo el diario, sorprendió una
noticia que la impresionó a tal punto que tuve que prepararle una taza de tilo.
En Oklahoma, una muchacha salió a la calle con un vestido tan indecente, que la
ciudad entera la repudió y un grupo de jóvenes, para ultrajarla, la violó. El
vestido era de tul y llevaba pintados cuerpos desnudos que en el movimiento
parecían abrazarse lúbricamente. Me dio pena y horror la perversidad del mundo.
Aconsejé a la
Artemia que se vistiera con pantalón oscuro y camisa de hombre. Una vestimenta
sobria, que nadie podía copiarle, porque todas las jóvenes la llevaban.
En mala hora me
escuchó. Con suma facilidad y rapidez le hice el pantalón y una camisa a
cuadros, que corté y cosí en dos patadas. Verla así, vestida de muchachito, me
encantó, porque con esa figurita ¿a quién no le queda bien el pantalón?
Cuando salió de
casa me abrazó como nunca lo había hecho. Tal vez pensó que no volvería a
verme. Cuando fui a mi trabajo, a la mañana siguiente, un coche patrullero de
la policía estaba estacionado frente a la puerta. Ese silencio, esa luz cruel
de la mañana, me anunciaron algo horrible que después supe y leí en los
diarios:
Una patota de
jóvenes amorales violaron a la Artemia a las tres de la mañana en una calle
oscura y después la acuchillaron por tramposa.
FIN
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