sábado, 18 de junio de 2016



EL TEOREMA ZERO: Desesperanza y vacío, pero bonitos.





Amigos: El cine no ha muerto. Los guionistas no se han extinguido. Y, por suerte, todavía quedan directores como Terry Gilliam para demostrarlo.

Por Teresa Domingo


Hacía mucho que no me topaba con una película que me hiciera pensar tanto como The Zero Theorem. Y no porque sea una película difícil de digerir, al contrario, hay tanto que ver que se hace deliciosa, visualmente hablando. No, me refiero a que llevo tres días dando vueltas al mensaje de la película. Y es que, tras todo ese compendio filosófico y metafísico en el que uno se ve envuelto desde el principio, se esconde una constante alegoría del vacío existencial motivado por el desconocimiento del sentido de la vida. Algo que da para pensar. Y mucho.
Al ver los créditos del principio me sorprendió que el guión no corriera por cuenta del Monty Python, aunque tampoco me importó mucho, desde el primer plano la mano de Gilliam es evidente, con esa forma tan reconocible de enlazar los planos, esas escenografías tan tremendas y la cantidad de detalles que las colman, que hacen que, a pesar del torbellino de ideas al que nos vemos sometidos, disfrutemos de la originalidad de este gran director. Eso sí, no busquéis el fino humor inglés típico de las conversaciones de las obras de Terry Gilliam porque, no lo vais a encontrar, en esta ocasión, los gags verbales son sustituídos por innumerables desvaríos filosóficos
El Teorema Zero se centra en la historia de Qohen, no Queen, Qohen Leth (Christoph Waltz), un calculador de entidades, que trabaja en una moderna empresa resolviendo teoremas y demostrando teorías. Leth vive en una capilla gótica abandonada y su sencilla, austera y monótona vida contrasta con el mundo ruidoso y excéntrico que le rodea. Un tío raruno y oscuro que habla en plural y cuyo único objetivo es conseguir la baja laboral o trabajar desde casa para poder recibir una misteriosa llamada que espera desde hace mucho tiempo. La Dirección (Matt Damon), la alegoría del poder absoluto, del Gran Hermano que todo lo ve y que realmente decide si merecemos desarrollarnos como individuos o no, le permite esta licencia, siempre y cuando trabaje en demostrar el teorema Zero, un proyecto que acaba quemando a cualquiera que trabaja en él. Con la ayuda de una app de psicóloga en directo (Tilda Swinton), una ciberputilla (Melanie Thierry) con la que mantiene un pseudorromance virtual y un jovencísimo hacker (Lucas Hedges). Un grupo de secundarios histriónicos con los que Qohen, no Queen, se lanzará a la resolución del teorema mientras espera su llamada.
De principio a fin, cada segundo del metraje se convierte en un canto al desasosiego del ser humano ante el vacío de su vida e invita a ser disfrutado en primera persona. Desde el primer paseo de Qohen de casa al trabajo se aprecia claramente el universo Gilliam, nos adentramos en un mundo que bien puede enmarcarse en un futuro distópico o en una realidad paralela, donde las diferencias no hacen más que acercar la historia a nuestra realidad presente. Bombardeos de publicidad personalizada atestan las paredes de los edificios, en los que se anuncian desde prendas de moda hasta la Iglesia de Batman el Redentor, acosan al protagonista, mientras se acosa al espectador con el permanente mensaje de que estamos solos y vacíos, de que somos pequeñas piezas insignificantes en un gran universo que jamás llegaremos a entender.
Acompañar constantemente al protagonista y ahondar en sus temores nos deja poco margen para no reflexionar en multitud de cuestiones que turban al ser humano desde que el mundo es mundo: nacemos solos y moriremos solos, el temor a la nada, el sentido de la vida, la insatisfacción personal que solemos ocultar bajo mil vicios, los autoengaños que nos mantienen con vida para aceptar La Insoportable Levedad del Ser…
Gustará más o menos, pero no se puede negar que Terry Gilliam es un maestro del lenguaje cinematográfico y se ha ocupado personalmente de presentar estos dilemas en planos picados, contrapicados, desencuadrados, y virados en ángulos casi imposibles para remarcar el desasosiego que transmite la interpretación de Chistoph Waltz, que lo mismo te hace de nazi que de ermitaño tarado. Privado del pelo y de la expresividad de las cejas, la angustia vital que se refleja en su rostro te contagia y te pierde en el torbellino filosófico que acecha en cada recoveco. Tantas cosas para expresar tanto vacío… Por si fuera poco, su peculiar costumbre de hablar en plural no hace más que acrecentar esa sensación de representación de la humanidad en un solo ente y nos invita a embadurnarnos bien con el duro mensaje que director y guionista nos quieren transmitir.
“Estamos muriendo. Nosotros, nosotros mismos”. Para empezar y no parar de divagar.

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