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martes, 23 de mayo de 2017

El hombre y la cultura en Alejo Carpentier Dr. Sc. Rigoberto Pupo Pupo


El hombre, la cultura y la historia son temas recurrentes en la obra de Carpentier. Le interesa el hombre en su intrincado y complejo cosmos, y para penetrar en él, la cultura y la historia les son imprescindibles. Su filosofía humanista, desplegada y concretada en la literatura deviene reflexión crítico-analítica del hombre en sus circunstancias temporales y en su constante afán de encontrarse como tal.
En su propia búsqueda hace profesión de fe y confesión de principio. “En cuanto a mí, a modo de resumen de mis aspiraciones presentes, citaré una frase de Montaigne que siempre me ha impresionado por su sencilla belleza: ‘No hay mejor destino para el hombre que el de desempeñar cabalmente su oficio de Hombre’.
Ese oficio de hombre he tratado de desempeñarlo lo mejor posible.  En eso estoy, y en eso seguiré, en el seno de una revolución que me hizo encontrarme a mí mismo en el contexto de un pueblo.  Para mí terminaron los tiempos de soledad.  Empezaron los tiempos de la solidaridad.
Porque, como bien lo dijo un clásico: ‘Hay sociedades que trabajan para el individuo y hay sociedades que trabajan para el hombre’.  Hombre soy, y sólo me siento hombre cuando mi pálpito, la pulsión profunda, se sincronizan con el pálpito, la pulsión   de todos los hombres que me rodean”.[1]
1. El hombre y la historia como diálogo permanente
El hombre y la historia dialogan constantemente en la producción literaria de Alejo Carpentier.  El sentido histórico es inmanente a su discurso.  Pero no es un historicismo de corte fenomenológico, mecanicista  teleológico.  Es un historicismo, donde el tiempo y el espacio devienen agentes propios.  El hombre en perenne búsqueda de sí, de su “yo profundo”, de su encuentro en tanto tal, se dirige a la historia, es decir, rememora el pasado, lo compara con el presente, e intenta proyectarse al porvenir por cauces espacio-temporales.  Es que las preguntas ¿Quién soy?, ¿de dónde vengo?, y ¿hacia dónde voy?, son interrogantes inmanentes del quehacer humano.  No importa las vías de búsqueda, ya sean precientíficas, a través de mitos y leyendas, fábulas, etc. “Aquí está Haití –refiere Portuondo a El Reino de este mundo- aquí la historia viva, de rigurosa base documental, de un rey haitiano, Henri Christophe, aquí la parábola portentosa de su ascensión y su caída, vista con los ojos haitianos de Ti Noel, contada en el más rico español de nuestro tiempo.  La novela nos da la visión de una realidad germinal descrita por una mentalidad precientífica, subdesarrollada, que apela a la fabulación mitológica para explicar lo que se le oculta o escapa por vías racionales.  Frente a lo desmesurado brota la imagen también desmesurada, surge el mito que justifica sin explicar.  Ti Noel, en el postrer instante, comprenderá, recobrado, vuelto en sí, del ensueño mágico, de regreso ya de la mitología”.[2]
La unidad indisoluble hombre-historia, en la obra de Carpentier, en mi criterio, responde a tres razones esenciales:
1. Cada obra suya es resultado de acuciosas investigaciones históricas.
2. Su preocupación por la historia del hombre está estrechamente vinculada a motivos filosóficos en torno al problema del tiempo y el espacio.  En Carpentier, el tiempo deviene o le interesa en tanto tiempo histórico, como devenir temporal humano[3], en sus diversas expresiones.
3. Como creador latinoamericano comprometido con su región, le interesa la historia, no sólo desde la perspectiva literaria, sino además filosófica, y en función de ello, la historia resulta imprescindible: la memoria que fija y compara sus mitos, leyendas, fábulas, etc.  Una historia donde no se puede soslayar el aquí y el allá, el pasado, el presente y el futuro de América Latina, realidad negada y realidad postulada, aprehensión histórica y enajenación en nuestro mundo, etc. etc.  La historia como base identitaria y modo particular de aprehensión latinoamericana.
El hombre y el tiempo histórico humano (historia)  es una constante en la obra de Carpentier.  Además tratados con imaginación y genio artístico-literario y cosmovisivo.  “A pesar de su carácter global, su universalidad e incluso su cosmicidad, todos estos son problemas subrayadamente terrenales, humanos, espacios nuestros en orden por los hombres y un tiempo que entra en vigor sólo gracias a los esfuerzos del hombre, a su creatividad, a su trabajo y lucha (...) El hombre debe retornar una y otra vez a sí mismo, para descubrir en sí mismo las posibilidades y valores latentes y hallar los medios para continuar su camino”.[4]
Con su portentosa mente sensible y su magistral oficio artístico-literario, Carpentier juega con la historia del hombre para expresarla mejor y poder seguir con eficacia su lógica.  Es que en nuestra América los tiempos se superponen, las historias se repiten o coinciden en diferentes momentos.  “Esto atestigua directamente –señala con razón Juri Talvet- la concepción de lo real barroco y maravilloso que es propia del autor: una realidad en la que siempre existen simultáneamente el pasado, el presente y el futuro; una cultura de la humanidad cuya grandeza se manifiesta en su infinita variedad, en la coexistencia renovadora y enriquecedora de numerosas culturas independientes; una historia en la que siempre debe haber lugar para el mito y la maravilla, para todo lo que nos ayuda a dar sentido al presente y abrirnos paso hacia el futuro, hacia lo desconocido”.[5]  La unión de tiempos no se opera a ultranza, se revela en la propia vida de la realidad objetiva y subjetiva en que se mueve la trama del creador y sus personajes.[6]
La correlación del mito y la historia y a veces la historia hecha de mitos, le abren vías de acceso insospechadas a la creación.  Pero consciente que a pesar de que el mito, la leyenda y lo maravilloso son fuentes infinitas de aprehensiones varias para el conocimiento, no deben convertirse en dogmas anquilosados.  Como parte de la tradición hay que trabajarlos para renovarlaos y garantizar su vitalidad histórica.  En Carpentier, historia y creación van de las manos, y la riqueza histórica es aprovechada con extraordinaria maestría.
Lo épico en la historia adquiere en su obra nuevos sentidos.  Si bien se aferra a la definición clásica, no lo reduce a una acción grande y pública paradigmática.  Lo épico, lo heroico lo descubre, lo devela en el quehacer humano que trasciende lo común y altera las circunstancias.  “Mi amigo Rubén Martínez Villena –escribe Carpentier- hombre endeble, enfermo, aparentemente con muy pocas energías, apoyado, desde luego, por estudiantes y obreros, logró, desde su cama de enfermo, esa obra maestra de acción revolucionaria que consistió en derribar al dictador Machado.  Ahí hay un caso de personaje heroico, y hay un caso de epopeya contemporánea”.[7]
En la América nuestra, en su historia, descubre lo épico terrible y lo épico hermoso, como cosa cotidiana, que aflora constantemente, a través de la actividad de los hombres.  Se apoya en Martí o continúa su concepción para mostrar que la independencia   de América y su ser existencial están y vienen de sí misma.
Al mismo tiempo establece un vínculo estrecho entre la historia y la política.  En su concepción “el pasado pesa tremendamente sobre el presente, sobre un presente en expansión, que avanza quemando las etapas hacia un futuro poblado de contingencias.  Desde sus guerras de independencia, América toda vive en función del acontecer político”.[8]  Concepción de la política que sólo la concibe como zona de la cultura.[9]
Para Carpentier la historia es inmanente al ser humano y a su esencia humana en tanto tal, y los comportamientos humanos se revelan de modo semejante o parecido en distintas épocas y tiempos históricos.  Ante la pregunta del por qué en su novela, a pesar de ser eminentemente autobiográfica, la historia juega un papel protagónico, sin vacilación responde: --“Toda novela es forzosamente un tanto autobiográfica, puesto que parte de experiencias personales.  En mi primera versión de Los pasos perdidos  el personaje que narra su historia es un fotógrafo.  Releyendo el manuscrito me di cuenta de que al no haber sido fotógrafo mal podía expresar los mecanismos mentales de alguien que ejerciera esta profesión.  Así, el personaje se transformó en músico por el hecho de que yo mismo he practicado la música y siempre he vivido rodeado de músicos.  En cuanto a lo histórico diré que creo de tal manera en la persistencia de ciertas constantes humanas que no veo inconveniente en situar una acción en cualquier momento del pasado puesto que los hombres en todas las épocas han tenido reacciones semejantes ante ciertos acontecimientos.  Lo que tú ves como dicotomía yo lo veo como elemento complementario, como partes de una unidad.
Hay un delicioso sainete de Herondas, el griego decadente, donde se asiste a la compra de un par de zapatos por una elegante dama de su época... Pues bien: lo que se dicen la cliente y el zapatero es exactamente lo mismo que se dirían hoy los dos personajes en idéntica situación... Por eso es que siempre son actuales los epistolarios amorosos, así daten del siglo XVIII, del Medioevo o de la Antigüedad.  Siempre me he sentido contemporáneo de los hombres del pasado... En Florencia, en Venecia, me asombro siempre ante las caras renacentistas o medioevales de ciertos transeúntes... Éste, tiene cara de Tintoretto... El otro, narigudo hondamente arrugado, es un “donador” del Quatroccento... Aquélla, es una princesa de mosaico bizantino... O, como dijo un humorista famoso. “aunque el hombre vuele a veintitrés mil pies de altitud, a velocidad supersónica, sigue descansando sobre el trasero de siempre”... Recuerdo también la pregunta de otro humorista: “¿Conocen ustedes, hoy, un hombre más inteligente que Platón?...”[10] 
La historia, como huella humana del tiempo en general o tiempo histórico hecho por la actividad del hombre es recurrente en la creación carpenteriana.  Por supuesto el tiempo como modo existencial de la realidad natural y la cultura lo trasciende todo.  Y al hombre, como ser natural, sociocultural, finito y mortal, con necesidades, intereses y fines, para trascender también, el tiempo se convierte en una constante preocupación, en obsesión desmesurada.  Es que el tiempo como forma de existencia es inmanente al devenir del hombre y al modo en que piensa la realidad y se piensa a sí mismo.  “Siendo adolescente me llamó la atención, lo recuerdo, una novela de Anatole France (Los dioses tienen sed) donde un mismo capítulo se repite, casi textualmente, en dos latitudes del relato.  Algo semejante ocurre en dos momentos de mi “Camino de Santiago”, donde el relato precisa de una recurrencia... El nouveau roman francés ha especulado mucho con esto del tiempo.  Acaso por ello, Nathalie Sarraute considera El acoso como novela precursora del nouveau roman,.  Volviendo al tiempo, recordemos que el “Viaje a la semilla” viene a ser una biografía tomada desde el momento de la muerte del personaje hasta el momento de su nacimiento.  No es enteramente vano el juego si pensamos que una vida al reverso o al derecho tiene
las mismas características al comienzo como en su término.  En “El Camino de Santiago”, que abre el tomo Guerra del tiempo, un segundo personaje empieza a vivir su vida, a partir de un momento dado, con casi las mismas palabras que sirvieron para narrar la vida del personaje anterior; es decir, que hay un regreso en redondo a la temporalidad inicial.  En "Semejante a la noche”, el personaje central, en cambio, no se mueve, y lo que se mueve detrás de él al revés o al derecho es el telón de fondo de la historia y de las épocas.  En cuanto a Los pasos perdidos, es evidente que el gran río, que es el Orinoco, en su inmutabilidad, representa el transcurso del tiempo.   Y quiero creer que la especulación no es meramente literaria pues el personaje central, al remontar el tiempo identificado con el curso del Orinoco, atraviesa los distintos estadios de la vida humana que todavía subsisten en América y acaso sólo en América, donde el hombre del siglo XX puede vivir contemporáneamente con un hombre de provincia que se asemeja al del romanticismo europeo; con un hombre de poblados sin periódicos ni comunicaciones, que se asemeja al de la Edad Media, y con un hombre de la selva que representa lo que era el “civilizado” de hoy en los albores de su vida en el planeta... En El acoso, en cambio, hay el intento de encerrar una acción compleja en un tiempo mínimo, que es el fijado en este caso por los cuarentiséis minutos de ejecución de la Sinfonía heroica de Beethoven.”[11]
El hombre y la historia en su permanente diálogo: presente-pasado-futuro se tematiza con raíces fuertes en la creación carpenteriana y en el discurso en que toma cuerpo.  Algunos autores, quizás por desconocer el numen filosófico que media su literatura han querido deducir de su concepción de la historia y el tiempo, un discurso pesimista, que cierra al hombre y no deja alternativa de acceso al porvenir.  Criterios enteramente desacertados si se lee la obra siguiendo la lógica particular del creador al asumir su objeto y sus personajes.  Su intelección del  “presente como adición perpetua”, está permeada de elan dialéctico-cultural en la comprensión del tiempo y la historia.  “El presente es adición perpetua.  El día de ayer se ha sumado ya al de hoy.  El de hoy se está sumando al de mañana.  La verdad es que no avanzamos de frente: avanzamos de espaldas, mirando hacia un pasado que, a cada vuelta de la Tierra, se enriquece de veinticuatro horas añadidas a las anteriores.  No somos –en cualquier tránsito de nuestras vidas- sino hechura de nuestro pasado.  Lo que hacemos hoy no es, no puede ser, sino consecuencia de lo hecho hasta ahora –aunque un comportamiento, una decisión, inesperados, operen por proceso de reacción, negación o rechazo.  Pero sólo puedo rechazar lo que conozco.  Como, igualmente, sólo puedo seguir en lo que conozco por haberlo aceptado como bueno, después de conocido... Se ha dicho que mis personajes suelen mostrarse pesimistas porque nunca parecen completamente satisfechos de lo realizado, de lo logrado.  Pero es que el hombre totalmente satisfecho de lo alcanzado y que no busca algo más allá, se inmoviliza.  Es decir: deja de vivir, en el pleno sentido del término. La grandeza del hombre está en “no dormirse sobre sus laureles” –para emplear- la expresión popular.  Cada día, al salir del sueño, debe entrar en la vida con ánimo prometeico, diciéndose: “Hasta ahora nada hice”, por muchos que hayan sido sus éxitos aparentes... “Hay que mejorar lo que es”, dicen a menudo mis personajes, aunque lo ya hecho, lo ya visto por ellos, no esté del todo mal”.[12]
Se trata de un creador humanista, cuya filosofía y su quehacer práctico han penetrado a profundidad en la naturaleza humana.  El hombre es un ser con necesidades crecientes, y por ello eternamente insatisfecho.  Siempre quiere mejorar.  Se impone tareas para perfeccionar su obra y trascender humanamente.  De lo contrario, estaría aún en su estadio primitivo.  La insatisfacción, el nacimiento de nuevas necesidades –y Carpentier lo capta con inusitada certeza- en el hombre constituye una ley del devenir humano y una exigencia de la cultura en que toma cuerpo.
2. Revelación cultural y naturaleza humana
En gran medida la grandeza insuperable de la obra de Carpentier se funda en su excelsa sensibilidad para aprehender al hombre y su naturaleza humana, insertos en la cultura.
Excelsa sensibilidad que no nace por generación espontánea.  Requiere de mucho trabajo y esfuerzo, de mucho saber y cultura[13] (...) El talento también se cultiva para que dé frutos (...) Y Carpentier lo cultivó desde su infancia hasta su muerte.  En él, conocimiento y sensibilidad, razón y sentimiento, teoría y praxis siempre marchan juntas.
Su concepción de la cultura, a diferencia de muchos de sus contemporáneos, jamás la identificó con la acumulación de conocimiento, con la erudición, o con la llamada “cultura” artístico-literaria. En su intelección, la cultura es ante todo encarnación del devenir del hombre, de su actividad, y al mismo tiempo, y por ello, ser esencial del hombre y medida cualificadora de su ascensión humana.
Para Carpentier, la cultura es el mundo del hombre en estrecha vinculación con la naturaleza y el entorno social que ha creado con su actividad.  Por eso en él, la revelación cultural es el modo en que el hombre aprehende su ser en la  vida del trabajo y de su creación integral, que incluye conocimiento, praxis, valor y comunicación.
“Cultura –es también en su concepción- el acopio de conocimientos que permiten a un hombre establecer relaciones por encima del tiempo y del espacio, entre dos realidades semejantes o análogas, explicando una en función de sus similitudes con otra que puede haberse producido muchos siglos atrás (...)[14], al igual que su llamada “dimensión imaginaria (recurso artístico-literario) es concebido como” (...) un nuevo yo, un medio de indagación y conocimiento del hombre de acuerdo con una visión de la realidad que pone en ella todo y más aún de lo que en ella se busca (...)[15], en fin, modos creadores de revelación cultural, a partir de la aprehensión de la naturaleza humana en relación con su contexto histórico y sus varias mediaciones y condicionamientos.
Tanto el barroquismo carpenteriano, como la teoría de los contextos y lo real maravilloso, son formas aprehensivas de la cultura, en tanto concreción del hombre en sus determinaciones varias.
La comprensión real de la carpenterística no puede soslayar que  las distintas teorías y concepciones de su quehacer artístico-literario están mediadas por un elan filosófico que imprime a su discurso, método y estilo un cauce holístico, devenido sentido cultural en el abordaje del hombre y sus circunstancias.  Olvidar o desechar esto, es permitir que los árboles impidan ver el bosque. “La selva carpenteriana” es de una sola pieza y se accede a ella sólo con sentido cultural carpenteriano.
La teoría de los contextos constituye un excelente aporte carpenteriano a la revelación cultural del hombre latinoamericano.  No se trata sólo de determinaciones espaciales.  Es mucho más.  Refiere a componentes totalizadores que cualifican la identidad o dan cuenta de ella, “(...) en menos de tres décadas –escribe Carpentier- el hombre se ha visto brutalmente relacionado, imperativamente relacionado, con lo que Jean Paul Sartre llamaba los contextos.  Contextos políticos, contextos científicos, contextos materiales, contextos colectivos; contextos relacionados con una disminución constante de ciertas nociones de duración y de distancia (en los viajes, en las comunicaciones, en la información, en los señalamientos...); contextos debidos a la praxis de nuestro tiempo (...)”[16]. Todo en los marcos “(...) de un orden establecido por las relaciones”[17]que ha determinado realidades concretas (contextos) latinoamericanos que nos cualifican como tales, en la unidad y en la diferencia, pues en su vocación ecuménica lo latinoamericano a pesar de sus particularidades es una manifestación de la cultura universal, es decir, una cultura de raíz autóctona inserta en la universalidad.  No olvidar que para Carpentier, la verdadera universalidad pasa por lo particular, por lo local.
La teoría carpenteriana de los contextos da cuenta del ser existencial latinoamericano y el entorno cultural en que se desarrolla: contextos raciales, económicos, ctónicos, políticos, burgueses, de distancia y proporción, de desajuste cronológico, culturales, culinarios, de iluminación e ideológicos.  Expresan múltiples aristas de su propia historia y devenir, como región que se ha formado en constante actitud de sospecha, resistencia, acecho y aprehensiones varias.  Especificidades propias que no impide “hallar lo universal en las entrañas de lo local(...). Es erigir lo inmediato, en la categoría de los mitos universales”.[18]
En Carpentier la revelación cultural de la naturaleza humana de nuestros pueblos pasa por el vínculo de lo local con lo universal, sin caer en localismos estériles ni en universalismos abstractos.  Son mediaciones que se resuelven no tanto en la contradicción como en la conexión.  Se trata más que todo de un sentido identitario que no soslaya la universalidad, que “el novelista de América está cobrando, cada día más, la conciencia de esta verdad”.[19]  Exige al novelista latinoamericano, al mismo tiempo, ser cronista de su tiempo. “(...) Cada cual ha de estar en su sitio.  Grandes acontecimientos se avecinan (...) y debe colocarse el novelista en la primera fila de espectadores.  Los acontecimientos traen transformaciones, simbiosis, trastrueques, movilizaciones de bloques humanos y de estratos sociales.  Un país nuestro puede cambiar su fisonomía en muy pocos años (...). Ahí en la expresión del hervor de ese plasma humano está la auténtica materia épica para el novelista nuestro”.[20]   Sencillamente, “para nosotros –enfatiza Carpentier- se ha abierto en América Latina, la etapa de la novela épica, de un epos que ya es y será nuestro en función de los contextos que nos incumben”[21].  Y es que lo épico en nuestros países es parte consustancial, a su existir, vivir y devenir.  No hay que construirlo.  Es inmanente a la realidad y encuentra concreción o se revela en los múltiples contextos en que se expresa.  No hay que buscarlo con “lupa”, está ahí.  Igualmente sucede con el barroquismo y lo real maravilloso.  Pero el estar ahí y su revelación no se da por generación espontánea.  Requiere de sujetos con pensamiento alado, de mucha imaginación y alta sensibilidad aprehensiva.  Los cosmos de misterios y maravillas “acompañados de himnos mágicos”, emergen a los cosmos espiritualmente ricos.  Por eso Carpentier en su magna novelística no tenía que emplear recursos externos y artificios.  Se revelaban a sí, porque dentro los llevaba.  Revelación cultural y naturaleza humana de nuestro ser esencial, fluyen en Carpentier como las aguas cristalinas de un río virgen que sólo esperan cauces para asomar su lozanía y complicidad con el creador mismo.  Una realidad prodigiosa llena de encantos, de mitos y de leyendas, donde la mirada humana puede encontrar verdad, bondad y belleza, si une la razón con los sentimientos, el oficio con la misión y deja que la realidad cobije su imaginación y la deje volar. 
El descubrimiento de lo real maravilloso, síntesis creadora de una cosmovisión humanista que une en apretado haz filosofía y literatura, hizo mucho y dijo más...
Referencias: 
[1] Carpentier, A. Razón de ser. Obra citada, pp. 27-28.
[2] Portuondo, J. A. Alejo Carpentier, creador y teórico de la literatura.  En Alejo Carpentier. Serie Valoración múltiple. Casa de las Américas, La Habana, 1975, p. 87.
[3] “En el mundo de la novela de Alejo Carpentier, la semántica del tiempo y el espacio tiene una importancia primordial; sólo comprendiéndola podemos acercarnos a su barroco y a “lo real maravilloso”.  Además, aquí el papel del tiempo-espacio, cambia de obra en obra: ora el autor desarrolla una tensión entre el tiempo de la narración (o del cuento) y el llamado tiempo contado (o del “contenido”), ora revela su punto de vista formando lo dominante en las interrelaciones del espacio y el tiempo del “contenido”.  En unas cuantas novelas Carpentier pone en correspondencia el desarrollo del contenido con un tiempo musical(...)  En todas las grandes novelas del escritor cubano, el drama y el tiempo individuales retroceden ante los grandes espacios épicos y ante el tiempo humano que transcurre en el plano más amplio, ante los procesos, conflictos y bruscos cambios colectivos.  Esto no significa que los héroes no tienen su papel en la historia: ellos tienen un papel, pero es sólo una parte, un papel que tarde o temprano será agotado y sólo al precio de la más alta tensión, de una auténtica autosuperación, del descubrimiento en sí mismo de fuerzas creadoras, pueden ellas dejar huellas en el tiempo de la humanidad” (Talvet, J. Algunos aspectos del tiempo y del espacio en la novelística de Alejo Carpentier. En Coloquio sobre Alejo Carpentier. Obra cit. pp. 141-142)
[4] Ibídem, p. 149. 
[5] Ibídem, p. 150.
[6] “(...) Puede decirse que en nuestra vida presente conviven las tres realidades temporales agustinianas: el tiempo pasado -tiempo de memoria-, el tiempo presente –tiempo de la visión o de la intuición-, el tiempo futuro o tiempo de espera.  Y esto en simultaneidad.  La historia de nuestra América pesa mucho sobre el presente del hombre latinoamericano; pesa mucho más que el pasado europeo sobre el hombre europeo” (Carpentier, A. Razón de ser. Obra cit. p. 98). 
[7] Ibídem, p. 97.
[8] Ibídem.
[9] Por eso Carpentier hace tanto énfasis en el ensayo de Martí “Nuestra América” y lo cualifica como obra barroca.  Con razón, pues, “Nuestra América” es un ensayo cultural, identitario con alma política, de raíz americana y con vocación ecuménica.
[10] Carpentier, A. Habla Alejo Carpentier. Obra citada pp. 23-24
[11] Ibídem, pp. 25-26.
[12] Ibídem.
[13] ¿Qué consejos daría usted a un joven escritor para que se desarrolle y alcance madurez, en cuanto a técnica y expresión?
“¿Consejos? Trabajar, trabajar, trabajar... Probar con todos los géneros para saber cuáles corresponden realmente a su sensibilidad.  Hallar el género, el medio de expresión, adecuados.  Eso lo descubre el escritor por sí mismo, sin que tengan que hablarle ni aconsejarle.  Una mañana, una tarde, una noche, al terminar de ennegrecer una cuartilla, el escritor siente que aquello que andaba buscando, dando tumbos y palos de ciego, ha cristalizado.  Ahí apareció un estilo suyo, un enfoque personal, una forma, que lo satisfacen... Por lo demás, es menester que los escritores jóvenes dejen de lado  toda impaciencia por ser conocidos o reconocidos.  La carrera literaria es la más larga de las carreras.  Yo  calculo que se necesitan veinte años de actividad para que la firma de un autor... empiece apenas a ser conocida por el público lector.  Después, es la recompensa, el premio... Cuando el público reconoce a un autor, lo sigue en todas sus creaciones”. (Ibídem. P. 43)
[14] Carpentier, A. Sobre el meridiano intelectual de nuestra América.  En Ensayos. Edit. Letras cubanas, La Habana, 1984, pp. 155-156.
[15] Carpentier A. “Cervantes en el alba de hoy.  En Ensayos. Edit. Letras cubanas, La Habana, 1984, p. 229.
[16] Carpentier, A. Tientos y diferencias. Obra cit. p. 17.
[17] Ibídem, p. 18.
[18] Carpentier, A. De lo local a lo universal.  En El nacional, Caracas, 27 de febrero de 1955.
[19] Carpentier, A. El escenario y la novela.  En El nacional, Caracas, 10 de abril de 1956.
[20] Carpentier, a. El escenario y la novela.  En El nacional, Caracas, 10 de abril de 21952, pp. 34-35.

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