sábado, 14 de febrero de 2026

¿Qué es el AMOR? (San Valentín) Transmisión en vivo



 

La gloriosa mañana de abril en que me crucé a la chica 100% perfecta para mí. Por Haruki Murakami

 

La gloriosa mañana de abril en que me crucé a la chica 100% perfecta para mí.

Por Haruki Murakami

(traducción y nota de Juan Forn) 

Una gloriosa mañana de abril del año 1981, caminando por una callecita transversal del distrito Harajuku de Tokio, me cruzo con la chica 100% perfecta para mí.

Para ser franco, no es especialmente despampanante. Nada en ella llama la atención. Ni la manera de vestir. Y el pelo conserva todavía la marca de la almohada. Tampoco es especialmente joven (ha de andar cerca de los treinta: o sea que ni siquiera califica como chica, si hablamos con propiedad). Pero aun así, y ya a cincuenta metros de distancia, sé que es la chica 100% perfecta para mí. Desde el momento en que la vi empecé a sentir este temblor en el pecho y tengo la boca más seca que el desierto.

Cada uno de ustedes ha de tener su tipo favorito de chica: las de tobillos finos, las de ojos grandes, las de manos hermosas; quizá se sienten atraídos sin saber por qué a esas chicas que se toman su tiempo para comer. Yo también tengo mis preferencias. A veces en un restaurant me quedo mirando arrobado a una chica de otra mesa sólo por la forma de su nariz.

Pero nadie puede garantizarnos que la chica 100% perfecta para nosotros responda a nuestros gustos predeterminados. A pesar de mi debilidad confesa por cierta clase de nariz, no puedo recordar ni remotamente la forma que tenía la de ella. Lo único que recuerdo de verdad es que no había nada en ella que llamara la atención.

Ya sé que es extraño. Me imagino contándoselo a un amigo:

Ayer me crucé por la calle a la chica 100% perfecta para mí.

¿Sí? ¿Era muy hermosa?, diría él.

No especialmente.

¿Pero era tu tipo de chica?

No sé, no puedo acordarme nada en concreto de ella. Ni el color de ojos ni el tamaño de las tetas…

Qué cosa más rara, diría mi amigo, ya aburrido. ¿Y qué hiciste? ¿Le hablaste? ¿La seguiste?

No, tendría que contestarle yo. Sólo me la crucé por la calle. Ella venía caminando del este hacia el oeste; yo iba del oeste al este. Y era una mañana gloriosa.

Que se volvería realmente gloriosa si me animara a hablarle. Media hora bastaría –para preguntarle cosas de ella, para hablarle de mí y especialmente para explicarle las complejidades del destino que condujeron nuestros pasos hasta esta calle transversal de Harajuku, en esta gloriosa mañana de abril. Sería un monólogo lleno de detalles secretos perfectamente encastrados entre sí, como esos viejos relojes construidos en los tiempos en que la paz reinaba en el mundo. Después de aquella conversación en la calle iríamos a almorzar a alguna parte, y después al cine o a un bar a tomar unos tragos. Con un poco de suerte terminaríamos en la cama. Así es como golpea el destino la puerta de nuestro corazón.

Pero la distancia entre ella y yo se ha acortado ahora a menos de quince metros. ¿Cómo hacer para abordarla? ¿Qué decir?

“Buen día, preciosa. ¿Puedo robarte media hora de tu valiosísimo tiempo?” Ridículo; me consideraría un vendedor de seguros.

“¿Podrías decirme dónde hay un lavadero automático cerca?”. Igual de ridículo: no llevo ninguna bolsa de ropa sucia. 

Quizá lo mejor sería decirle la verdad: “¿Sabes que eres la chica 100% perfecta para mí?”.

No. No me creería. E incluso si me creyera, no le interesaría hablar conmigo: “Lo lamento”, me diría, “puede que yo sea la chica 100% perfecta para ti, pero tú no eres el chico 100% perfecto para mí”. Y si ocurriera eso, yo me derrumbaría en pedazos. Nunca me recobraría del impacto. Ya tengo treinta y dos años; y ésa es la clase de cosas que vienen con la edad.

Cuando por fin nos cruzamos es justo delante de un puesto de flores. Una levísima masa de aire cálido toca mi piel. El asfalto está húmedo, el aroma de las flores también. Yo no consigo dirigirle la palabra y ella tiene puesto un suéter blanquísimo y lleva en la mano derecha un sobre igual de inmaculado. Está yendo al correo a despachar esa carta. Que estuvo toda la noche escribiendo, a juzgar por el cansancio de su mirada y el estado de su peinado. Quizás ese sobre contiene todos sus secretos.

Unos pasos después de cruzarme con ella me doy vuelta a mirarla, pero ya se ha esfumado entre la multitud.

Y, como siempre sucede, recién ahora se me ocurre qué tendría que haberle dicho –aunque hubiera sido demasiado largo, y demasiado complicado de decir en la calle, a una desconocida. Las ideas que se me ocurren carecen por lo general de eficacia.

El monólogo habría empezado con “había una vez” y terminado con “qué historia triste, ¿no?”.

Había una vez un chico y una chica. El chico tenía dieciocho años y la chica dieciséis. Él no era especialmente apuesto y ella no era especialmente hermosa. Eran un chico y una chica como cualquier otro. Pero los dos creían con todo su corazón  que en algún lugar del mundo había un chico 100% perfecto y una chica 100% perfecta para ellos. Sí, los dos creían en milagros. Y el milagro ocurrió.

Un día los dos se cruzaron en una esquina. 

“Alucinante”, dijo él. “Te estuve buscando toda mi vida. Aunque no me creas, eres la chica 100% perfecta para mí”.

“Y tú eres el chico 100% perfecto para mí”, dijo ella. “Eres tal como te imaginaba. Es como un sueño”.

Se sentaron en el banco de un parque, tomados de las manos, y se contaron la historia de sus vidas. Hablaron durante horas. Ya no habría soledad para ellos: habían encontrado a la persona 100% perfecta. Un milagro, un milagro cósmico.

Sin embargo, mientras conversaban, un ínfimo matiz de duda fue asomando en sus corazones: ¿podía ser que los sueños se hicieran realidad tan fácilmente? En un silencio de la conversación, el chico le dijo a la chica:

“Probémonos. Por una única vez. Si realmente somos 100% perfectos para el otro, volveremos a encontrarnos. Y cuando eso ocurra sabremos que somos el uno para el otro, y nos casaremos, ese mismo día. ¿Qué dices?”

Ella asintió: “Es lo que tenemos que hacer”.

Así que se levantaron del banco y se alejaron por el parque, uno en dirección al este y el otro hacia el oeste.

Pero el trato que habían convenido era por completo innecesario. De hecho, jamás debieron comprometerse a tal cosa, porque eran realmente el uno para el otro, y sólo un auténtico milagro había permitido que se encontraran. Pero, claro, cómo habrían de saber tal cosa dos mocosos como ellos.

Las caprichosas mareas del destino procedieron entonces a sacudirlos sin piedad. Un invierno, tanto el chico como la chica pescaron una terrible gripe que atacó la ciudad. Luego de tenerlos más de una semana entre la vida y la muerte, el virus remitió, pero les borró la memoria. Cuando despertaron, ambos carecían de todo recuerdo de su vida previa a la enfermedad.

Como eran dos jóvenes voluntariosos y decididos, lograron a través de esfuerzos incansables ir adquiriendo los recursos necesarios para interactuar nuevamente en sociedad. Gracias al cielo, pudieron convertirse en ciudadanos de bien, que se orientaban perfectamente cuando tenían que hacer combinación de líneas en el metro o llamadas telefónicas de cobro revertido. De hecho, incluso fueron capaces de enamorarse de nuevo, llegando a veces a estar con la persona 75%, hasta 80% perfecta para ellos.

El tiempo pasó con asombrosa rapidez. Pronto él tuvo treinta y dos años y ella treinta. Y una mañana maravillosa de abril del año 1981, él andaba buscando un bar donde tomarse una buena taza de café y ella iba al correo a despachar una carta. Él iba caminando en dirección al oeste y ella iba en dirección al este por la misma callecita transversal del distrito Harajuku de Tokio. Cuando se vieron, un leve chispazo iluminó durante el más breve de los instantes los pasillos vacíos de sus memorias. Cada uno de los dos sintió un temblor en el pecho y supo:

Es la chica 100% perfecta para mí.

Es el chico 100% perfecto para mí.

Pero aquel destello de sus memorias fue demasiado leve y ni el uno ni el otro tuvo la claridad de pensamiento que había tenido catorce años antes. Se cruzaron sin decirse una palabra y cada uno siguió su rumbo, hasta perderse en la multitud, para siempre.

Qué historia triste, ¿no?

Sí, eso es exactamente lo que debería haberle dicho.

   Haruki Murakami despierta pasiones encontradas. No sólo hay gente que lo ama y gente que lo detesta. Hay gente que lo ama y lo detesta a la vez. Es mi caso: me resulta difícil de creer que la persona que escribió Crónica del pájaro que da cuerda al mundo sea la misma que escribió Tokio Blues (Norwegian Wood). Cuando leo o cuando escucho hablar a un fan de Murakami y a uno que lo detesta, suelo estar del lado de quien lo detesta. Pero entonces me cruzo con alguna maravilla escrita por él (los Cuentos extraños de Tokio, por ejemplo) y me reconcilio.

   “La gloriosa mañana de abril en que me crucé a la chica 100% perfecta para mí” es uno de esos casos. El cuento pertenece al libro The elephant vanishes, que apareció en inglés en 1994. Yo estaba viviendo en Washington cuando se publicó, hasta entonces sólo había leído de Murakami una novela (La caza del carnero salvaje), pero en aquella estadía me devoré todos los libros suyos que conseguí en inglés (entre ellos Dance dance dance y Hardboiled Wonderland and the end of the world, que siguen sin traducirse hasta el día de hoy) y en ese estado de ebriedad me puse a traducir para Página/30 el cuento que tienen delante de sus ojos. No me acuerdo si Página/30 cerró antes o después de publicarlo. Lo que sí me acuerdo es que la traducción que hice no me conformó demasiado. Y que por esa época empezaron a aparecer en castellano los libros que me irritan de Murakami (Sputnik mi amor; Al sur de la frontera, al oeste del sol; Tokio Blues; Kafka en la orilla) y, con ellos, los fans de Murakami.    El tiempo pasó. A principios de este año apareció en castellano su último libro de cuentos, Sauce ciego, mujer dormida. De los veinticuatro relatos del libro, diecinueve pertenecen a la categoría Sputnik-Tokio Blues (léase, mejor perderlos que encontrarlos). De los otros cinco, cuatro son los ya mencionados e hipnóticos Cuentos extraños de Tokio. El relato restante se llama “La chica del cumpleaños” y no se parece en nada a nada que haya escrito Murakami, salvo a “La gloriosa mañana de abril en que me crucé a la chica 100% perfecta para mí”. En honor a esa afinidad me senté a traducirlo de vuelta. Espero que lo disfruten como yo disfruté traduciéndolo.

https://amaliasato.com/la-gloriosa-manana-de-abril-en-que-me-cruce-a-la-chica-100-perfecta-para-mi/

miércoles, 11 de febrero de 2026

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'El corazón pide placer primero' de Emily Dickinson

 

'El corazón pide placer primero' de Emily Dickinson


Este es uno de los pocos poemas de Emily Dickinson que realmente me han marcado a lo largo de los años. Era el tipo de poema que simplemente no me dejaba ir. Así que pensé en compartirlo con ustedes, junto con mis pensamientos.


El corazón pide primero placer,
y luego, disculpa del dolor;
y luego, esos pequeños analgésicos
que amortiguan el sufrimiento;

y luego, irse a dormir;
y luego, si fuera
la voluntad de su inquisidor,
la libertad de morir.

Es un poema relativamente corto, pero con un gran significado. Tomemos el primer verso: «El corazón pide placer primero». Es evidente de inmediato que Emily siente que la pasión, el placer, cualquier tipo de emoción, proviene del corazón, no de la cabeza. Por lo tanto, el amor, a su entender, no es algo racional. También implica que su corazón está subordinado a algo más porque ella «pide». No está en posición de exigir amor, afecto o placer; tiene que pedirlo. Quizás Emily intenta decir que, incluso en el amor, una mujer está subordinada a un hombre y tiene que mendigar amor. Por otro lado, podría estar planteando una idea más general sobre los amantes. Uno siempre anhela el amor y el afecto del otro, quien, por lo tanto, es más fuerte. Esta interpretación podría ser más válida si se tiene en cuenta el resto del poema.

Lo que el corazón pide se vuelve cada vez más perturbador. Emily pasa del placer al dolor y al sufrimiento. Si bien ha pedido lo primero, lo segundo y lo tercero le suceden. Sin embargo, no pide que el dolor se detenga, sino una excusa o algo que atenúe su sufrimiento. Parece que no puede o no quiere enojarse por su dolor, sino que quizás lo ve como su propia culpa. Esto podría ser lógico desde la perspectiva del amor cortés, donde el dolor debe superarse para ser digno del amante. Sin embargo, aquí parece que el dolor conduce al inevitable final de la relación. La narradora de Emily se siente herida, pero parece estar demasiado enamorada como para preocuparse. Preferiría sufrir con su amante que estar sin dolor sin él. 

El «Inquisidor» mencionado por Emily podría interpretarse como su amante. Se ha entregado por completo a él y, por lo tanto, es él quien puede decidir su destino. Un inquisidor formaba parte de la inquisición, cuyo objetivo era eliminar la herejía en nombre de la Iglesia. Esto revela algo sobre la naturaleza de la relación. Quizás siente que la castigan por amar demasiado o por no ser como la gente, especialmente su amante, esperaba que fuera. El verso también  parece llevar la metáfora de «entregar el corazón a alguien» un poco al extremo, ya que él es «su» Inquisidor, no el suyo. Se ha entregado por completo a él y está a su merced. Y, sin embargo, sigue deseando morir. Él no se lo exige, pero ella siente que la muerte sería una «libertad» comparada con la prisión de dolor en la que ha quedado atrapada tras el fin de su relación. 

El poema expresa claramente la opinión de Emily Dickinson sobre el fin del amor. Lo considera algo antinatural. Lo enfatiza al vincular el amor con el corazón. Por lo tanto, el fin del amor también debe ser el fin de los latidos de su corazón, lo que inevitablemente conduce a la muerte. Otros poetas suelen expresar esto mediante imágenes de la naturaleza moribunda, para mostrar que no está en la naturaleza humana amar y luego perder el amor.

En ambas estrofas, todos los versos, excepto el cuarto, tienen seis sílabas, mientras que el cuarto y el octavo tienen ocho. Dado que Emile usa verso libre (no usa rima consistente), esta estructura rítmica es crucial para saber cómo debe leerse el poema. Hay algo importante en esos dos versos: esos «pequeños apaciguadores » que alivian su dolor, y el «Inquisidor», que le causa dolor pero también tiene el poder de liberarla. 

¿Qué opinas del poema y de cómo Dickinson presenta el amor, especialmente su final? ¿Tienes algún otro poema de Dickinson que te guste?

Como añadido tardío a esta publicación, me gustaría añadir la hermosa cuarta canción de la banda sonora de The Piano  , titulada «The Heart Asks Pleasure First». Junto con este poema, la he escuchado durante años.


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Lo que Jane Austen comía y Charles Dickens sabía Resumen Audiolibro

Daniel Pool

La vida cotidiana y costumbres en la Inglaterra del siglo XIX.

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Información
Lo que Jane Austen comía y Charles Dickens sabía por portada del audiolibro
Autor:
 Daniel Pool
Narrador:
 Ryan
Formato:
 MP3
ISBN:
 
Idioma:
 Spanish
Fecha de publicación:
 
Duración del audiolibro:
 31 min
Tasa:
 
5574 calificaciones (Referencia de Goodreads)
Descripción
En "Lo que Jane Austen comió y Charles Dickens sabía", Daniel Pool invita a los lectores a emprender un cautivador viaje a través de los vibrantes mundos de dos queridos gigantes literarios. Basándose en los detallados entramados y referencias culturales hallados en las obras de Jane Austen y Charles Dickens, Pool teje una narrativa convincente que no solo arroja luz sobre los contextos sociales, históricos y políticos que los autores atravesaron, sino que también ofrece fascinantes percepciones sobre la vida cotidiana de los personajes en sus novelas. Fusionando con maestría análisis literario con un tesoro de curiosidades victorianas, este intrigante libro es un compañero encantador que no solo profundizará tu entendimiento y aprecio por las obras maestras de Austen y Dickens, sino que también te transportará en el tiempo a una era rebosante de encanto, convenciones sociales y los secretos ocultos bajo la superficie.
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1
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