sábado, 21 de febrero de 2026

Finales felices de Margareth Atwood

 



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Margaret Atwood


Margaret Eleanor Atwood nació en Ottawa, Canadá, en 1939. Es poetisa, novelista, cuentista, profesora, crítica literaria y activista de los derechos humanos. Es hija de Carl Edmund Atwood, zoólogo, y Margaret Dorothy William, nutricionista. Debido a la investigación que llevaba a cabo su padre sobre entomología forestal, Atwood pasó gran parte de su infancia entre el norte de Quebec, Ottawa y Toronto.

Pronto se convirtió en una gran lectora de todo tipo de literatura, desde novelas de misterio, hasta cuentos de los hermanos Grimm, mitos, leyendas y cómics.

Atwood empezó a escribir a los 16 años. En 1957 inició sus estudios universitarios en la Victoria University de Toronto. Se graduó en 1961 como licenciada en filología inglesa, con estudios de francés y filosofía.

En 1968, se casó con Jim Polk, de quien se divorció en 1973. Luego, contrajo matrimonio con el novelista Graeme Gibson.

Autora muy prolífica, obtuvo reconocimiento internacional con su novela La mujer comestible (1969), a la que siguieron Resurgir (1972), Doña Oráculo (1976), Life Before Man (1980), Ojo de gato (1988) y La novia ladrona (1993). La trama de sus obras se centra frecuentemente en la mujer, su madurez y los cambios en los roles sexuales.

En su poesía recurre a referencias mitológicas, culturales, literarias y pictóricas como en Double Persephone (1961), The Circle Game (1964) y Procedures for Underground (1970). En You are Happy (1974) y en Two-Headed Poems (1978) reveló su interés por la literatura social: en el primero exploró la opresión de la mujer y en el segundo el conflicto latente en Canadá entre dos culturas y dos lenguas. Asimismo, algunas de sus novelas se han adaptado al cine y al teatro, como La mujer comestible (1969), El cuento de la criada (1985), Alias Grace (1996) y El asesino ciego (2000), entre otras. La novela Oryx y Crake (2003), la colección de relatos The Tent (2006) y el libro de poesía The Door (2007) son sus últimos títulos.

Ha sido reconocida con el Príncipe de Asturias de las Letras 2008. En el 2000 ganó el Booker, máximo galardón de la literatura en lengua inglesa, con la novela El asesino ciego, cuyo dinero donó a fines humanitarios y ecologistas. Ha sido propuesta para el Nobel de Literatura.

Interesada por el avance científico y, especialmente, la función del movimiento feminista, considera que el aporte más radical del feminismo es su esencia, es decir, a que las mujeres confíen en sus capacidades.

Es doctora honoris causa por varias universidades como Cambridge, Oxford, Leeds, Toronto y Montreal, es Caballero de la Orden de las Artes y las Letras de Francia y Companion de la Orden de Canadá. Además, ha recibido la Orden de Ontario, la Orden del Mérito Literario de Noruega y es miembro de la Royal Society de Canadá.

Ha sido traducida a una treintena de idiomas, incluidos el japonés, estonio, finlandés, turco, iraní o el coreano.




Finales felices

 

John y Mary se conocen.

¿Qué pasa después?

Si quieres un final feliz, elige el A.

 

A.

 

John y Mary se enamoran y se casan. Ambos tienen trabajos dignos y muy lucrativos, que les parecen interesantes y estimulantes. Compran una casa encantadora. El valor de las propiedades sube. Cuando finalmente pueden pagar por un servicio de limpieza, tienen dos hijos, a quienes adoran. Los niños crecen bien. John y Mary tienen una estimulante y a la vez desafiante vida sexual, y también amigos que valen la pena. Juntos disfrutan de divertidas vacaciones. Se jubilan. Ambos tienen pasatiempos que encuentran estimulantes y desafiantes. Por último, mueren. Este es el final de la historia.

 

B.

 

Mary se enamora de John pero John no corresponde a sus sentimientos. Tan sólo usa su cuerpo para saciar su propio placer y, de una manera indiferente, para satisfacer su ego. Va a su departamento dos veces a la semana y ella le cocina (notarás que él ni siquiera cree que ella merece una cena fuera), después de que come se la coge y finalmente se duerme mientras ella lava los platos, para que no piense que es desaseada con todos esos platos sucios tirados por doquier, y se pone lápiz de labios para verse bien cuando él despierte, pero cuando se despierta él ni se da cuenta, se pone sus calcetines y sus pantalones y su camisa, y su corbata y sus zapatos, justamente al revés de como se los quitó. No desnuda a Mary, ella lo tiene que hacer, actúa como si se muriera de ganas cada vez, no porque le guste mucho el sexo, no le gusta, pero quiere que John piense que sí le gusta porque si lo hacen con regularidad seguro que él se acostumbrará a ella, aprenderá a depender de ella y se casarán, pero John difícilmente se despide cuando cruza la puerta para irse y tres días después regresa a las seis en punto y repiten todo lo anterior.

 

Mary se quiebra. Llorar hace que una cara parezca deslucida, todos lo saben, incluso Mary, pero no puede parar. En su trabajo lo empiezan a notar. Sus amigos le dicen que John es una rata, un cerdo, un perro, que no la merece, pero ella no lo puede creer. Dentro de John, ella piensa, hay otro John que es mucho mejor. Ese otro John surgiría como una mariposa de su capullo, como un muñeco de una caja de resorte, como un hueso de una ciruela, si tan sólo exprimiera lo suficiente al primer John.

 

Una tarde John se queja de la comida. Nunca se había quejado de la comida. Mary se siente herida.

 

Sus amigos le dicen que lo han visto en un restaurante con otra mujer que se llama Madge. En realidad, ni siquiera es Madge quien molesta a Mary, es el restaurante. John nunca llevó a Mary a ningún restaurante. Mary junta todas las pastillas para dormir y aspirinas que puede encontrar, las toma junto con media botella de jerez. Puedes saber qué clase de mujer es por el hecho de que ni siquiera tiene whisky. Deja una nota para John. Espera que la descubra y la lleve al hospital a tiempo y se arrepienta y se casen, pero nada de esto ocurre y ella muere.

 

John se casa con Madge y todo sigue como en A.

 

C.

 

John, que es un hombre maduro, se enamora de Mary, y a ella, que tan sólo tiene veintidós, le causa compasión porque está preocupado por su incipiente calvicie. Se acuesta con él aunque no está enamorada. Lo conoció en el trabajo. Está enamorada de un tipo llamado James, quien, como ella, tiene veintidós, pero que no está listo para sentar cabeza.

 

John, por el contrario, sentó cabeza hace mucho tiempo: esto es lo que le está fastidiando. John tiene un trabajo fijo y respetable y está ascendiendo en su área, pero Mary no está impresionada, le fascina James, que tiene una motocicleta y una increíble colección de discos. Pero James monta en su motocicleta en busca de la libertad demasiado seguido. La libertad no es lo mismo para las chicas, así que, por mientras, Mary pasa los jueves con John. Los jueves son los únicos días que John tiene libres.

 

John está casado con una mujer llamada Madge, y ellos tienen dos hijos, una casa encantadora que compraron justo antes de que las propiedades subieran de precio, y pasatiempos que ambos encuentran estimulantes y desafiantes… cuando tienen tiempo. John le dice a Mary que ella realmente le importa, pero que por supuesto no puede dejar a su esposa, porque un compromiso es un compromiso. Él repite esto más veces de las necesarias y Mary encuentra el tema realmente fastidioso, pero los hombres maduros pueden hacerlo por mucho más tiempo así que no se la pasa tan mal.

 

Un día, el viento trae consigo a James, a su motocicleta y a un híbrido de California genial; James y Mary están más drogados de lo que podrías creer y así se van a la cama. Todo parece como si sucediera por debajo del agua, pero el viento trae también John, quien tiene las llaves del departamento de Mary. Los encuentra drogados y pegados. Difícilmente está en una posición de tener celos si se toma en cuenta a Madge, pero aun así enloquece. Después de todo se encuentra en la crisis de los cuarenta; en dos años se quedará tan pelón como un huevo y simplemente no puede soportarlo. Compra una pistola diciendo que la necesita para practicar el tiro al blanco —esta es la parte más sutil de la historia, pero se puede retomar más tarde— y les dispara a los dos y luego a sí mismo.

 

Madge, después de guardar luto durante un periodo razonable, se casa con un comprensivo hombre llamado Fred y todo continúa como en A pero con nombres diferentes.

 

D.

 

Fred y Madge no tienen problemas. Tienen una relación excepcionalmente buena y son capaces de solucionar cualquier dificultad que pueda surgir, por pequeña que sea. Sin embargo, su encantadora casa está cerca de la costa y un día un gigantesco maremoto se aproxima. Los valores de bienes raíces bajan. El resto de la historia trata de qué fue lo que causó el maremoto y cómo ellos logran escapar. Lo logran, aunque miles mueren ahogados. Una parte de la historia trata sobre las circunstancias de la muerte de los ahogados, pero Fred y Madge son virtuosos y afortunados. Cuando al fin llegan a un terreno alto se abrazan —empapados, chorreando, agradecidos—, y todo continúa como en A.

 

E.

 

Sí, pero Fred sufre del corazón. El resto de la historia gira sobre cuán amables y compresivos son hasta la muerte de Fred. Entonces Madge se dedica a obras de caridad y termina como en A. Si quieres, puede ser “Madge”, “cáncer”, “confundida y culpable” y “aficionada a la ornitología”.

 

F.

 

Si piensas que lo anterior es demasiado burgués, convierte a John en revolucionario y a Mary en una agente de contraespionaje, a ver qué tan lejos llegas. Recuerda que estamos en Canadá. Aunque en el intermedio desarrolles una saga escandalosa y excitante, de carácter pasional, una crónica fuera de tiempo más o menos, de todos modos terminarás en A.

 

Tendrás que enfrentar que los finales siempre son los mismos sin importar cómo construyas la historia. No te engañes con otros desenlaces, son todos falsos, ya porque sean engaños maliciosos y deliberados, ya porque hayan sido motivados por un excesivo optimismo, por no llamarle sentimentalismo.

 

El único final auténtico es el que viene a continuación:

John y Mary mueren. John y Mary mueren. John y Mary mueren.

 

Eso es todo lo que hay que decir sobre los finales. Los inicios son siempre más divertidos. No obstante, se sabe que los verdaderos conocedores prefieren alargar el espacio entre uno y otro, ya que es lo más difícil de trabajar.

 

Eso es básicamente todo lo que se puede decir de las tramas: que al final no son más que una acción tras otra, un qué y un qué y un qué.

 

Ahora intenta con Cómo y Por Qué.



sábado, 14 de febrero de 2026

¿Qué es el AMOR? (San Valentín) Transmisión en vivo



 

La gloriosa mañana de abril en que me crucé a la chica 100% perfecta para mí. Por Haruki Murakami

 

La gloriosa mañana de abril en que me crucé a la chica 100% perfecta para mí.

Por Haruki Murakami

(traducción y nota de Juan Forn) 

Una gloriosa mañana de abril del año 1981, caminando por una callecita transversal del distrito Harajuku de Tokio, me cruzo con la chica 100% perfecta para mí.

Para ser franco, no es especialmente despampanante. Nada en ella llama la atención. Ni la manera de vestir. Y el pelo conserva todavía la marca de la almohada. Tampoco es especialmente joven (ha de andar cerca de los treinta: o sea que ni siquiera califica como chica, si hablamos con propiedad). Pero aun así, y ya a cincuenta metros de distancia, sé que es la chica 100% perfecta para mí. Desde el momento en que la vi empecé a sentir este temblor en el pecho y tengo la boca más seca que el desierto.

Cada uno de ustedes ha de tener su tipo favorito de chica: las de tobillos finos, las de ojos grandes, las de manos hermosas; quizá se sienten atraídos sin saber por qué a esas chicas que se toman su tiempo para comer. Yo también tengo mis preferencias. A veces en un restaurant me quedo mirando arrobado a una chica de otra mesa sólo por la forma de su nariz.

Pero nadie puede garantizarnos que la chica 100% perfecta para nosotros responda a nuestros gustos predeterminados. A pesar de mi debilidad confesa por cierta clase de nariz, no puedo recordar ni remotamente la forma que tenía la de ella. Lo único que recuerdo de verdad es que no había nada en ella que llamara la atención.

Ya sé que es extraño. Me imagino contándoselo a un amigo:

Ayer me crucé por la calle a la chica 100% perfecta para mí.

¿Sí? ¿Era muy hermosa?, diría él.

No especialmente.

¿Pero era tu tipo de chica?

No sé, no puedo acordarme nada en concreto de ella. Ni el color de ojos ni el tamaño de las tetas…

Qué cosa más rara, diría mi amigo, ya aburrido. ¿Y qué hiciste? ¿Le hablaste? ¿La seguiste?

No, tendría que contestarle yo. Sólo me la crucé por la calle. Ella venía caminando del este hacia el oeste; yo iba del oeste al este. Y era una mañana gloriosa.

Que se volvería realmente gloriosa si me animara a hablarle. Media hora bastaría –para preguntarle cosas de ella, para hablarle de mí y especialmente para explicarle las complejidades del destino que condujeron nuestros pasos hasta esta calle transversal de Harajuku, en esta gloriosa mañana de abril. Sería un monólogo lleno de detalles secretos perfectamente encastrados entre sí, como esos viejos relojes construidos en los tiempos en que la paz reinaba en el mundo. Después de aquella conversación en la calle iríamos a almorzar a alguna parte, y después al cine o a un bar a tomar unos tragos. Con un poco de suerte terminaríamos en la cama. Así es como golpea el destino la puerta de nuestro corazón.

Pero la distancia entre ella y yo se ha acortado ahora a menos de quince metros. ¿Cómo hacer para abordarla? ¿Qué decir?

“Buen día, preciosa. ¿Puedo robarte media hora de tu valiosísimo tiempo?” Ridículo; me consideraría un vendedor de seguros.

“¿Podrías decirme dónde hay un lavadero automático cerca?”. Igual de ridículo: no llevo ninguna bolsa de ropa sucia. 

Quizá lo mejor sería decirle la verdad: “¿Sabes que eres la chica 100% perfecta para mí?”.

No. No me creería. E incluso si me creyera, no le interesaría hablar conmigo: “Lo lamento”, me diría, “puede que yo sea la chica 100% perfecta para ti, pero tú no eres el chico 100% perfecto para mí”. Y si ocurriera eso, yo me derrumbaría en pedazos. Nunca me recobraría del impacto. Ya tengo treinta y dos años; y ésa es la clase de cosas que vienen con la edad.

Cuando por fin nos cruzamos es justo delante de un puesto de flores. Una levísima masa de aire cálido toca mi piel. El asfalto está húmedo, el aroma de las flores también. Yo no consigo dirigirle la palabra y ella tiene puesto un suéter blanquísimo y lleva en la mano derecha un sobre igual de inmaculado. Está yendo al correo a despachar esa carta. Que estuvo toda la noche escribiendo, a juzgar por el cansancio de su mirada y el estado de su peinado. Quizás ese sobre contiene todos sus secretos.

Unos pasos después de cruzarme con ella me doy vuelta a mirarla, pero ya se ha esfumado entre la multitud.

Y, como siempre sucede, recién ahora se me ocurre qué tendría que haberle dicho –aunque hubiera sido demasiado largo, y demasiado complicado de decir en la calle, a una desconocida. Las ideas que se me ocurren carecen por lo general de eficacia.

El monólogo habría empezado con “había una vez” y terminado con “qué historia triste, ¿no?”.

Había una vez un chico y una chica. El chico tenía dieciocho años y la chica dieciséis. Él no era especialmente apuesto y ella no era especialmente hermosa. Eran un chico y una chica como cualquier otro. Pero los dos creían con todo su corazón  que en algún lugar del mundo había un chico 100% perfecto y una chica 100% perfecta para ellos. Sí, los dos creían en milagros. Y el milagro ocurrió.

Un día los dos se cruzaron en una esquina. 

“Alucinante”, dijo él. “Te estuve buscando toda mi vida. Aunque no me creas, eres la chica 100% perfecta para mí”.

“Y tú eres el chico 100% perfecto para mí”, dijo ella. “Eres tal como te imaginaba. Es como un sueño”.

Se sentaron en el banco de un parque, tomados de las manos, y se contaron la historia de sus vidas. Hablaron durante horas. Ya no habría soledad para ellos: habían encontrado a la persona 100% perfecta. Un milagro, un milagro cósmico.

Sin embargo, mientras conversaban, un ínfimo matiz de duda fue asomando en sus corazones: ¿podía ser que los sueños se hicieran realidad tan fácilmente? En un silencio de la conversación, el chico le dijo a la chica:

“Probémonos. Por una única vez. Si realmente somos 100% perfectos para el otro, volveremos a encontrarnos. Y cuando eso ocurra sabremos que somos el uno para el otro, y nos casaremos, ese mismo día. ¿Qué dices?”

Ella asintió: “Es lo que tenemos que hacer”.

Así que se levantaron del banco y se alejaron por el parque, uno en dirección al este y el otro hacia el oeste.

Pero el trato que habían convenido era por completo innecesario. De hecho, jamás debieron comprometerse a tal cosa, porque eran realmente el uno para el otro, y sólo un auténtico milagro había permitido que se encontraran. Pero, claro, cómo habrían de saber tal cosa dos mocosos como ellos.

Las caprichosas mareas del destino procedieron entonces a sacudirlos sin piedad. Un invierno, tanto el chico como la chica pescaron una terrible gripe que atacó la ciudad. Luego de tenerlos más de una semana entre la vida y la muerte, el virus remitió, pero les borró la memoria. Cuando despertaron, ambos carecían de todo recuerdo de su vida previa a la enfermedad.

Como eran dos jóvenes voluntariosos y decididos, lograron a través de esfuerzos incansables ir adquiriendo los recursos necesarios para interactuar nuevamente en sociedad. Gracias al cielo, pudieron convertirse en ciudadanos de bien, que se orientaban perfectamente cuando tenían que hacer combinación de líneas en el metro o llamadas telefónicas de cobro revertido. De hecho, incluso fueron capaces de enamorarse de nuevo, llegando a veces a estar con la persona 75%, hasta 80% perfecta para ellos.

El tiempo pasó con asombrosa rapidez. Pronto él tuvo treinta y dos años y ella treinta. Y una mañana maravillosa de abril del año 1981, él andaba buscando un bar donde tomarse una buena taza de café y ella iba al correo a despachar una carta. Él iba caminando en dirección al oeste y ella iba en dirección al este por la misma callecita transversal del distrito Harajuku de Tokio. Cuando se vieron, un leve chispazo iluminó durante el más breve de los instantes los pasillos vacíos de sus memorias. Cada uno de los dos sintió un temblor en el pecho y supo:

Es la chica 100% perfecta para mí.

Es el chico 100% perfecto para mí.

Pero aquel destello de sus memorias fue demasiado leve y ni el uno ni el otro tuvo la claridad de pensamiento que había tenido catorce años antes. Se cruzaron sin decirse una palabra y cada uno siguió su rumbo, hasta perderse en la multitud, para siempre.

Qué historia triste, ¿no?

Sí, eso es exactamente lo que debería haberle dicho.

   Haruki Murakami despierta pasiones encontradas. No sólo hay gente que lo ama y gente que lo detesta. Hay gente que lo ama y lo detesta a la vez. Es mi caso: me resulta difícil de creer que la persona que escribió Crónica del pájaro que da cuerda al mundo sea la misma que escribió Tokio Blues (Norwegian Wood). Cuando leo o cuando escucho hablar a un fan de Murakami y a uno que lo detesta, suelo estar del lado de quien lo detesta. Pero entonces me cruzo con alguna maravilla escrita por él (los Cuentos extraños de Tokio, por ejemplo) y me reconcilio.

   “La gloriosa mañana de abril en que me crucé a la chica 100% perfecta para mí” es uno de esos casos. El cuento pertenece al libro The elephant vanishes, que apareció en inglés en 1994. Yo estaba viviendo en Washington cuando se publicó, hasta entonces sólo había leído de Murakami una novela (La caza del carnero salvaje), pero en aquella estadía me devoré todos los libros suyos que conseguí en inglés (entre ellos Dance dance dance y Hardboiled Wonderland and the end of the world, que siguen sin traducirse hasta el día de hoy) y en ese estado de ebriedad me puse a traducir para Página/30 el cuento que tienen delante de sus ojos. No me acuerdo si Página/30 cerró antes o después de publicarlo. Lo que sí me acuerdo es que la traducción que hice no me conformó demasiado. Y que por esa época empezaron a aparecer en castellano los libros que me irritan de Murakami (Sputnik mi amor; Al sur de la frontera, al oeste del sol; Tokio Blues; Kafka en la orilla) y, con ellos, los fans de Murakami.    El tiempo pasó. A principios de este año apareció en castellano su último libro de cuentos, Sauce ciego, mujer dormida. De los veinticuatro relatos del libro, diecinueve pertenecen a la categoría Sputnik-Tokio Blues (léase, mejor perderlos que encontrarlos). De los otros cinco, cuatro son los ya mencionados e hipnóticos Cuentos extraños de Tokio. El relato restante se llama “La chica del cumpleaños” y no se parece en nada a nada que haya escrito Murakami, salvo a “La gloriosa mañana de abril en que me crucé a la chica 100% perfecta para mí”. En honor a esa afinidad me senté a traducirlo de vuelta. Espero que lo disfruten como yo disfruté traduciéndolo.

https://amaliasato.com/la-gloriosa-manana-de-abril-en-que-me-cruce-a-la-chica-100-perfecta-para-mi/

miércoles, 11 de febrero de 2026

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Receta ancestral que pocos conocen, con las bayas del saúco 🌿



 

'El corazón pide placer primero' de Emily Dickinson

 

'El corazón pide placer primero' de Emily Dickinson


Este es uno de los pocos poemas de Emily Dickinson que realmente me han marcado a lo largo de los años. Era el tipo de poema que simplemente no me dejaba ir. Así que pensé en compartirlo con ustedes, junto con mis pensamientos.


El corazón pide primero placer,
y luego, disculpa del dolor;
y luego, esos pequeños analgésicos
que amortiguan el sufrimiento;

y luego, irse a dormir;
y luego, si fuera
la voluntad de su inquisidor,
la libertad de morir.

Es un poema relativamente corto, pero con un gran significado. Tomemos el primer verso: «El corazón pide placer primero». Es evidente de inmediato que Emily siente que la pasión, el placer, cualquier tipo de emoción, proviene del corazón, no de la cabeza. Por lo tanto, el amor, a su entender, no es algo racional. También implica que su corazón está subordinado a algo más porque ella «pide». No está en posición de exigir amor, afecto o placer; tiene que pedirlo. Quizás Emily intenta decir que, incluso en el amor, una mujer está subordinada a un hombre y tiene que mendigar amor. Por otro lado, podría estar planteando una idea más general sobre los amantes. Uno siempre anhela el amor y el afecto del otro, quien, por lo tanto, es más fuerte. Esta interpretación podría ser más válida si se tiene en cuenta el resto del poema.

Lo que el corazón pide se vuelve cada vez más perturbador. Emily pasa del placer al dolor y al sufrimiento. Si bien ha pedido lo primero, lo segundo y lo tercero le suceden. Sin embargo, no pide que el dolor se detenga, sino una excusa o algo que atenúe su sufrimiento. Parece que no puede o no quiere enojarse por su dolor, sino que quizás lo ve como su propia culpa. Esto podría ser lógico desde la perspectiva del amor cortés, donde el dolor debe superarse para ser digno del amante. Sin embargo, aquí parece que el dolor conduce al inevitable final de la relación. La narradora de Emily se siente herida, pero parece estar demasiado enamorada como para preocuparse. Preferiría sufrir con su amante que estar sin dolor sin él. 

El «Inquisidor» mencionado por Emily podría interpretarse como su amante. Se ha entregado por completo a él y, por lo tanto, es él quien puede decidir su destino. Un inquisidor formaba parte de la inquisición, cuyo objetivo era eliminar la herejía en nombre de la Iglesia. Esto revela algo sobre la naturaleza de la relación. Quizás siente que la castigan por amar demasiado o por no ser como la gente, especialmente su amante, esperaba que fuera. El verso también  parece llevar la metáfora de «entregar el corazón a alguien» un poco al extremo, ya que él es «su» Inquisidor, no el suyo. Se ha entregado por completo a él y está a su merced. Y, sin embargo, sigue deseando morir. Él no se lo exige, pero ella siente que la muerte sería una «libertad» comparada con la prisión de dolor en la que ha quedado atrapada tras el fin de su relación. 

El poema expresa claramente la opinión de Emily Dickinson sobre el fin del amor. Lo considera algo antinatural. Lo enfatiza al vincular el amor con el corazón. Por lo tanto, el fin del amor también debe ser el fin de los latidos de su corazón, lo que inevitablemente conduce a la muerte. Otros poetas suelen expresar esto mediante imágenes de la naturaleza moribunda, para mostrar que no está en la naturaleza humana amar y luego perder el amor.

En ambas estrofas, todos los versos, excepto el cuarto, tienen seis sílabas, mientras que el cuarto y el octavo tienen ocho. Dado que Emile usa verso libre (no usa rima consistente), esta estructura rítmica es crucial para saber cómo debe leerse el poema. Hay algo importante en esos dos versos: esos «pequeños apaciguadores » que alivian su dolor, y el «Inquisidor», que le causa dolor pero también tiene el poder de liberarla. 

¿Qué opinas del poema y de cómo Dickinson presenta el amor, especialmente su final? ¿Tienes algún otro poema de Dickinson que te guste?

Como añadido tardío a esta publicación, me gustaría añadir la hermosa cuarta canción de la banda sonora de The Piano  , titulada «The Heart Asks Pleasure First». Junto con este poema, la he escuchado durante años.