domingo, 30 de marzo de 2014

La invención de Morel y Farenheit 451

CULTURA: BIOY CASARES Y BRADBURY QUERIAN CONOCERSE 

La invención de Morel y Farenheit 451 

Fue un almuerzo, el martes pasado, al cual tuvo acceso Clarín. El escritor argentino Adolfo Bioy Casares y el norteamericano Ray Bradbury, quien vino invitado para la Feria del Libro, tenían mutuo interés por encontrarse, pero al cabo su conversación no estuvo dominada por la literatura sino por otra pasión común: el cine. De cómo escribir hablaron, pero literalmente. 



EL MISMO OFICIO, LA MISMA PASION. Se trataron con simpatía y recíproca curiosidad. Las películas -aceptaron durante su almuerzo- los hicieron llorar a ambos. 

El viejo escritor es una figura clásica en cualquier parte del mundo. Su influencia ya no acecha a los jóvenes, ocupados en contradecir a sus predecesores consagrados, ni a sus pares, que han saldado sus deudas. Su sabiduría se supone infinita, más por viejo que por diablo. Y todos sus relatos concurren a fortalecer el mito de un hombre que, más que albergar preguntas, conoce las respuestas. Un viejo escritor es alguien que puede por fin gozar. Es un artista sin urgencias. Ya no debe renunciar a una vida interesante en el empeño de construir su obra.

 Recuerdos de infancia, en vísperas de una vocación 



 Recuerdos del padre de Bioy 




Dos hombres así se reunieron el martes último para conocerse en un almuerzo en el Plaza Hotel. Los anfitriones eran las editoriales Minotauro y Emecé. Ambos se miraron con curiosidad y simpatía. Dispuestos a escucharse, Adolfo Bioy Casares se sentó a la derecha de Ray Bradbury, junto a su único oído sano. Y Bradbury desplegó su enorme versatilidad oral, exhibiendo su centralidad en la industria cultural norteamericana.

Aunque recién se conocían, sus caminos ya se habían cruzado de manera no azarosa. En 1955, Francisco Porrúa, el fundador de Minotauro, tradujo y publicó Crónicas Marcianas. El prólogo fue tarea de Jorge Luis Borges, quien por ese entonces dirigía la colección de novelas policiales El Séptimo Círculo, de Emecé, junto con Bioy.

Como escritores, Bradbury y Bioy no tienen mucho en común. Ambos escribieron historias fantásticas, sólo algunas de ellas futuristas, la mayoría simplemente irreales. Pero sus estilos y sus libros abarcan públicos muy diferentes. El norteamericano Ray Bradbury compuso una obra que se sobreimprimió de manera fluida y casi mecánica a la industria cultural de un país en el que la tecnología ha sido el primer proyecto de la Nación, casi una utopía política encarnada -la palabra no es metafórica- en la conquista del espacio. Los relatos de Bradbury anticiparon y acompañaron ese costado del sueño americano. Sus historias pasaron al cine y posteriormente a la televisión en un ciclo de enorme audiencia.

¿Su país le falló a Bioy Casares? No exactamente. Representante de una elite cultural, lo que en su caso no significa vanguardia, Bioy y sus ficciones no se adaptaron fácilmente a un público masivo. Sus relatos están llenos de fantasmagoría y ambigüedad. Como es sabido, esta última condición no es fácilmente televisable. En algún sentido, Bioy ha sido más puramente un escritor que Bradbury, pero éste es uno de los autores más leídos en el mundo entero desde hace décadas, y sus ficciones tiñeron nuestra imaginación del futuro, así como el filme Blade Runner, años después, basado en un notable relato de Philip Dick, dio forma a nuestras imágenes de un mundo apocalíptico.

Bioy Casares no es un autor leído por multitudes pero ha sabido despertar entre sus lectores lealtades perdurables. El reconocimiento llegó en los últimos años. Tal vez por eso, con la ironía que lo caracteriza, ha apuntado más de una vez que los premios le llegaron demasiado pronto y que, a veces, teme que se arrepientan.

Conversador espléndido uno, más callado el otro, comparten sin embargo un cierto aire de melancolía, que no es en absoluto ajena al hecho de que ambos hayan anticipado la realidad virtual.La invención de Morel, de 1940, imaginaba una máquina de reproducción de imágenes tan reales como la vida, de las que el contemplador podía participar en una inmortalidad siempre recurrente. El escritor argentino Marcial Souto ha visto una anticipación de la realidad virtual en el relato "La pradera", de El hombre ilustrado, de 1946, en el que Bradbury hace brotar un simulacro de realidad en un dormitorio de niños. ¿A qué atribuir esa coincidencia? El hombre ilustrado recuerda a El Aleph de Borges.

Con una anécdota divertida, Bradbury tomó distancia de los intelectuales. Poco antes de que muriera Walt Disney, contó, fue a visitarlo a Disneyworld. Por entonces, dijo, los intelectuales neoyorquinos atacaban el parque de diversiones y proponían demolerlo.

"¿Por qué?", preguntó Bioy, un hombre tranquilo que gusta construir sus diálogos balanceando preguntas y silencios.

"Supongo que simplemente porque era un lugar muy limpio -respondió Bradbury-. Parece que las cosas limpias no tienen brillo intelectual. Bueno, esa vez yo le ofrecí a Disney rediseñar el pabellón del futuro, Futureland. El lo pensó, y dos semanas más tarde me dijo muy sinceramente: "Mira, Ray; tú y yo somos dos genios. Creo que nos vamos a matar en la primera semana de trabajo." Tal vez tuviera razón." Algún tiempo más tarde, Bradbury volvió a visitarlo y le pidió un pequeño souvenir. Entonces, Disney abrió su Bóveda de los Sueños y el escritor tomó su obsequio, dos planchas de los dibujos originales de La Bella Durmiente y Blancanieves, que hoy valen miles de dólares.Tanto Bioy como Bradbury son hijos de un siglo marcado por el cine y hablaron largamente de la emoción cinematográfica. Vieron el nacimiento de sus mejores directores, acompañando su apogeo y, quizá, su eclipse frente al video. Es posible pensar que, como escritores, debe haber sido todo un desafío dedicarse a la literatura en la década del 50, cuando empezaba a definirse una época caracterizada por la supremacía de la imagen.

Sin embargo, Bradbury cree que el cine nunca planteó una amenaza a la literatura, "pero sí arruinó con fantasías de dinero instantáneo a una cantidad de escritores, que apostaron a escribir guiones". Para el autor de El país de octubre, "el cine ha sido un alimento y cada uno de mis relatos es un guión cinematográfico. Mis adaptaciones consistían en intercalar signos de puntuación entre personajes y dejar un espacio en blanco. Escribo en planos largos y cortos. Una de mis hijas adaptó un guión". Bradbury recordó su trabajo junto a Sam Peckinpah y las instrucciones de éste mientras preparaba una adaptación: "Sólo quiero que piques tus cuentos -le dijo- y los metas en la cámara".

"Yo soy un hijo de Lon Chaney -dice Bradbury-, vi todas sus películas, lloré cuando se murió." Sin embargo, observó Bioy, la obra de Bradbury tuvo mayor suerte en la televisión que en el cine. "Es que yo podía seguir más de cerca las producciones", explicó el escritor norteamericano.

Bioy descree de un ocaso del cine. Aun así, entre mirar videos y la siesta, confiesa que no duda en elegir a la dulce costumbre. Varios de sus relatos se convirtieron en películas. Es coautor, junto con Borges, del guión de, quizá, una de las mejores películas del cine argentino, Invasión, de Hugo Santiago. Pero prefiere cederle los honores a Borges y Santiago: "En cierto momento yo salí de viaje y entonces ellos terminaron el libreto". A pesar de la objeción, es inevitable recordar que el guión de Invasión tiene muchos elementos de La Guerra del Cerdo.

Bioy no recuerda esa película con felicidad. "Estaba llena de problemitas. Yo sólo recuerdo que había taconeos en la banda sonora. No sé por qué todas las películas que se rodaron sobre mis libros fueron en general aburridas, incluyendoHace un año en Marienbad, de Alain Resnais, inspirada libremente en La invención de Morel".Con cierta sonrisa de pudor, ambos aceptan que las películas los han hecho llorar con frecuencia. A tal punto que Bioy se ha preguntado "si realmente es emoción o se trata de una reacción nerviosa".

Bradbury cuenta que el filme que más lo conmovió fue Amarcord, de Federico Fellini. "Una vez, hace muchísimos años, escribí una crítica de cine en Los Angeles Times, donde desarrollaba la idea de que Giulietta Massina enLa strada era realmente la heredera de Chaplin. Cuando Chaplin se alejaba caminando con su bastón hacia el horizonte, en realidad aparecía del otro lado convertido en Giulietta. A Fellini le gustó tanto la crítica que me invitó a visitarlo en Roma. Pasamos diez días juntos. Cuando nos despedimos, él se me abrazaba y gritaba "­Mi gemelo!".

También reservaron un tiempo para los libros que amaron, para sus autores favoritos. Fue Bradbury quien primero mencionó a Oscar Wilde, "un tipo con un enorme ingenio, capaz de criticar con enorme sutileza a cualquiera". Alguien de la mesa recordó la anécdota de una conversación de Wilde con un mayordomo. Este le anuncia: "Hay un caballero vestido con un traje marrón que desea verlo". A lo cual Wilde responde: "Si va vestido de marrón no puede ser un caballero." Bioy dijo preferir las obras de teatro de Wilde. Ambos confesaron el común amor por Herman Melville, Julio Verne y Joseph Conrad.

Bradbury también mencionó a Stephen King. "Soy su maestro.-dijo-. Me dedicó dos libros, me dice papá. El mismo me llamó para contarme que había crecido leyendo mis historias. Pero no creo que haya que leer en el propio campo. Lo hacía cuando tenía quince, veinte, veinticinco años. Pero hoy creo que hay que leer a Willam Shakespeare o a Emily Dickinson".

Autores de historias que anticipan el futuro, ni el uno ni el otro han claudicado ante los encantos de la era informática. Bradbury -que confiesa sin sonrojarse que le teme a los aviones- escribe con una máquina y después guarda en un archivo los textos a los que les va añadiendo sucesivos agregados manuscritos, a veces de poquísimas líneas. En ocasiones, este proceso dura años. "Pónganme en una habitación con cien hombres y mujeres sentados en sus computadoras y dénme un lápiz y una hoja y crearé todo", desafía.

Bioy explica su relación con la tecnología moderna valiéndose de un gesto. Y saca airosamente una pluma fuente del bolsillo mientras anuncia: "Aquí está mi máquina. La verdad es que escribo desde las diez de la mañana hasta la una; a veces sigo por la tarde después de las seis, sobre todo si estoy trabajando en un libro. A menudo dicto a una secretaria, que tipea una formidable Underwood del año 24 que perteneció al estudio jurídico de mi padre. Después corrijo con lapicera sobre la copia mecanografiada." En el caso de Bradbury, las horas dedicadas a la escritura son pocas: "Yo sólo trabajo entre las 9 y las 10.30 de la mañana. No quiero que mi mente interfiera en la creación. Escribo muy rápido y si disminuyo la velocidad las cosas se vuelven demasiado conscientes".

La pregunta sobre el futuro de los libros no los desasosiega. Bioy, que se ha definido como una persona de mente pesimista y corazón optimista, piensa que "siempre fue difícil leer; suena el teléfono, llama un amigo, las interrupciones siempre conspiraron. Pero no creo que logren convencernos con los métodos diabólicos." Bradbury, un hombre que desde aquellos primeros relatos en la máquina de juguete no ha dejado jamás de escribir por lo menos mil palabras diarias, enuncia su diáfana fe en el futuro que más le gusta: "Uno no puede irse a dormir con la computadora ni hace la siesta abrazado a la Internet. Los niños y los libros nunca se acaban, a pesar de los malos augurios."


OLGA VIGLIECA Y MATILDE SANCHEZ

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