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viernes, 3 de febrero de 2017

Mundos terribles – Marcel Schwob


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Ahora que tan de moda se está poniendo el género breve, aunque siga siendo un «desconocido» entre el gran público, no está de más echar la vista atrás para descubrir (o recordar, según los casos) a buenos escritores que lo cultivaron y consiguieron que comenzase a adquirir el prestigio que hoy se le otorga. Entre ellos está, sin duda, Marcel Schwob, cuyos relatos recogidos en este volumen ofrecen una amplia muestra de su talento para la narración corta, bien fuera el relato fantástico, la crónica periodística o el apunte al natural de un viajero.
“Mundos terribles” recoge piezas de todas esas clases, aunque son las dos primeras las que tienen una verdadera importancia. (También se incluye en el libro un esbozo fragmentario de una novela, “Poupa”, que Schwob nunca llegó a terminar.) Entre los relatos puramente imaginativos, cabe destacar los que tienen una inclinación más oscura, al estilo de los cuentos de Poe; el francés los cultiva con un claro acento simbolista, con una fruición especial para los detalles morbosos y las atmósferas enfermizas; ‘El alfiler de oro’, el relato que abre el libro, es el mejor ejemplo de estas características: en apenas cuatro páginas el autor pergeña un clima de horror casi psicológico, cargado de referencias sensuales (colores, aromas, telas…) que son tan seductoras como repulsivas. También ‘La mano gloriosa’ reúne varios de esos elementos, aunque sea de corte mucho más inquietante, ya que la historia entronca con clásicas narraciones de fantasmas y espíritus. Algunos, como ‘La casa cerrada’ o ‘La endemoniada’, prefiguran una moderna concepción del terror, repleta de sugerencias y de visiones veladas que horrorizan por las asociaciones que despiertan, no por su existencia real. Otros cuentos son más costumbristas (‘Artículos de exportación’, ‘Blancas-Manos’), otros son fantasías inspiradas por las tradiciones clásicas o exóticas (‘Las nupcias del Tíber’, ‘Rampsinit’) e incluso se incluye una «vida» que Schwob no recopiló en sus “Vidas imaginarias” (‘La vida de Morfiel, demiurgo’); ésta última, por cierto, de lo mejorcito del libro.
Es entre las crónicas periodísticas del francés donde se pueden encontrar algunas de las piezas más interesantes, por inteligentes y pulcras en su estilo. Del surrealismo irónico de ‘Ensayo sobre el paraguas’ se llega a un claro alegato contra la pena de muerte como es ‘La ejecución’; Schwob demuestra ser un escritor perspicaz, crítico y observador incesante de todo lo que le rodea. Buena prueba de ello es ‘Buffalo Bill’ un cáustico manifiesto de la opinión que le merece a su autor la colonización y la política territorial de las grandes potencias:
Los Stanley y los Jameson, feroces aventureros, sedientos de oro pero también de exotismo, tienen tras de sí poderosas empresas comerciales y delante de sí terreno firme que conquistar, no un incierto y recóndito Eldorado, por lo que abaten a su alrededor carne humana para abrirse camino. La vida de un negro no vale para ellos ni seis pañuelos de pacotilla. […] Ha comenzado un auténtico trabajo de exterminio. […] Entonces, todos los europeos, unidos, se repartirán su país y dejarán que vayan muriendo lentamente despojándoles de hasta la última miga de su patria.
Algo similar ocurre en ‘La psicología del trilero’, donde Schwob narra una conversación mantenida con un timador en una taberna de los arrabales parisinos: la «voz» del pícaro se deja oír a través de la mirada sagaz del escritor, que muestra sin adornos la vida de esos estafadores que conjugaban sus más bajos instintos con unas habilidades fuera de lo común. Lejos de tomar partido por ellos —en lo que sería un fácil ejemplo de sincretismo sentimental—, el autor opta por reflejar sus vivencias y la percepción que tienen de su «trabajo», y termina por reflexionar sobre la inocencia que demuestran los que caen en sus trampas: todo ello, por cierto, con una afilada ironía que no perdona ni a justos ni a pecadores.
Lo menos interesante del libro se condensa en sus últimas páginas: los dos cuadros de viajes que se incluyen entre sus crónicas (‘Nidau’ y ‘En Lorena’) son poco más que pintorescas descripciones sin demasiado atractivo. Los fragmentos de “Poupa”, por otra parte, no tienen importancia para otro lector que no sea estudioso o acérrimo admirador. No obstante, estas piezas no afean ni una pizca el buen hacer de Schwob tanto en sus relatos como en sus crónicas. Poseedor de un estilo preciosista, el francés se desenvuelve a la perfección en sus pequeñas creaciones, que se acercan más al microrrelato (tal y como lo entendemos hoy día) por su brevedad, pero que reúnen muchas y muy buenas cualidades. “Mundos terribles” puede ser la mejor manera de comenzar a conocer mejor su literatura.

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