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jueves, 3 de agosto de 2017

Lo que 2016 nos ha enseñado sobre la cultura de la violación

VIOLENCIA MACHISTA

Cada ocho horas violan a una mujer en España y solo un 1% de las agresiones terminan en sentencia


Cada ocho horas violan a una mujer en España. El dato se repite en todo el mundo. Lo hace posible "el nivel de tolerancia social a las agresiones sexuales, una forma de entenderlas en la que el dominio, el control, la necesidad masculina se impone a todo lo demás". Así es como define para Verne la cultura de la violación Marisa Soleto, directora de la Fundación Mujeres. El término, acuñado por el feminismo de los años 70, ha tenido un uso extenso en este 2016 y por eso lo recuperamos en este Día Internacional para la Eliminación de la Violencia contra las Mujeres que se celebra cada 25 de noviembre.
Para Miguel Lorente, médico forense y exdelegado del Gobierno para la violencia de género, la cultura de la violación “hay que situarla en el contexto del machismo, de la desigualdad de la sociedad en la que el hombre considera que puede usar a la mujer como quiera”. En las relaciones personales esta construcción concibe a la mujer como una posesión. En las sociales, la ve como objeto. Es ahí donde se produce el hostigamiento, el abuso y la violación, explica a este diario.
La trivialización de los abusos sexuales, la cosificación de la mujer, la culpabilización de la víctima y la negación de la violación y la impunidad son ramificaciones de la misma violencia. Estas son algunas de las formas que han tomado estos fenómenos en 2016.

La ‘normalización’ de un impulso agresor

En televisión este año se han visto ejemplos que muestran muy bien esa concepción según la cual algunos hombres tendrían un impulso irrefrenable, incontrolable, que les impulsa a satisfacer sus deseos sexuales.
Pero el agresor sexual, según Lorente, que como forense ha visto muchos casos de cerca, no actúa para satisfacer ninguna necesidad sexual porque habitualmente es una persona normal, con acceso a relaciones y con pareja. Cuando viola, abusa o acosa no hace otra cosa que ejercer el poder a través del sexo, explica.
Eso explicaría su incapacidad para asimilar que “no es no”, por más que nos empeñemos en explicárselo con ejemplos fáciles como una invitación a una taza de té. En Francia el pasado octubre se debatió mucho sobre el tema cuando en un programa de televisión, un conocido presentador llamado Jean-Michel Maire le plantó un beso en el pecho a una famosa, Soraya Riffy, pese a la negativa reiterada de ella de besarse con él.
Marisa Soleto recuerda sobre todo una emisión del programa de Telecinco Mujeres, Hombres y Viceversa “que ilustra a la perfección” esa construcción social del presunto impulso. El protagonista de la historia es Suso, un concursante de Gran Hermano, que viene a decir, en palabras de Soleto: “No me pongas en marcha porque si no, no respondo, y la culpa es tuya”. El momento fue este y dio lugar al trending topic #SusoViolador:
2016 todavía puede dar sorpresas, pero quizás el ejemplo más sonado del año haya sido la grabación de una conversación del ahora electo presidente estadounidense, Donald Trump, con el presentador Billy Bush en 2005. “Directamente empiezo a besarlas”, decía sobre las mujeres. “Cuando eres famoso, te dejan hacerles de todo. Agarrarlas por el coño. Lo que sea”, añadía chuleando. Esta semana la profesora Esperanza Bosch reflexionaba sobre la dificultad de trabajar sobre nuevos modelos de masculinidad cuando la masculinidad más rancia y tradicional te lleva a ser presidente de Estados Unidos, cuenta Soleto.
Esos impulsos se traducen en las historias de acoso que sufren a diario las mujeres. Miles de ellas las compartieron en respuesta al escándalo de Trump, cuando la escritora Kelly Oxford compartió tres que le ocurrieron cuando era adolescente.
En español también se han difundido en distintas ocasiones, con la etiqueta #MiPrimerAcoso y, en portugués, con #PrimeiroAsseido. Un mexicano analizó los datos de estos mensajes para mapear la edad a la que comienzan y encontró un patrón alarmante: el mayor pico se produce entre los seis y los 10 años.
Después de compartir episodios dolorosos en las redes para visibilizar la magnitud del problema, muchas mujeres tienen que aguantar los insultos de trolls que les acusan de mentir y exagerar. Es el día a día de las mujeres feministas en las redes sociales, como contaron a Verne @Barbijaputa y June Fernández y experimentó en octubre Ángela Bernardo, una periodista científica que señaló que los premios Nobel de este año no habían recaído en ninguna mujer. Es respuesta a un tuit informativo la insultaron, la amenazaron de muerte y le dijeron que merecía ser violada.

Pasar del acoso a la violación (y grabarlo)

La cultura de la violación da fuelle al agresor y lo ampara. Evidencia, según Soleto, una falta de educación afectivosexual que enseñe que las relaciones sexuales deben ser fruto de un pacto en el que ambas partes ganen. “Se da ese desequilibrio en el que las mujeres son objetos de satisfacción de ellos y ellas tienen la culpa”.
“El caso de Pamplona refleja esa visión de la creencia de que se puede violar y quedar impune”. Se refiere al caso por el que se está juzgando a cinco sevillanos acusados de violar a una joven de 18 años en las fiestas de San Fermín, en julio de este año. “Estamos muy pendientes todos los colectivos feministas, porque se dan varias circunstancias”, añade.
Los acusados grabaron dos vídeos y compartieron uno de ellos por WhatsApp con grupos llamados Manada y Peligro. Después de investigar este caso el juez les ha atribuido otro de presunta violación colectiva en Pozoblanco (Córdoba).
Lorente también lo ha seguido de cerca y le "preocupan mucho". Especialmente el de Pozoblanco, porque le recordó a otros "en los que se considera que no hay violación porque no se cumple con el estereotipo -que no es real, que está basado en películas y además malas- de que el violador se encuentra a la víctima sola, la coge y se la lleva a un sitio, le pega una paliza y la viola". Eso ocurre muy pocas veces, dice por experiencia. Lo que suele haber es "una situación de amenaza suficiente como para que la mujer no plantee una resistencia ante la percepción de que puede haber una consecuencia grave".
En la cultura de la violación las fiestas populares son un escenario propicio para que el alcohol y las multitudes sirvan de coartada a esos presuntos instintos irrefrenables. Por eso este año se han puesto en marcha varias campañas de concienciación y de protección para las mujeres. Las ha habido en las fiestas de San Fermín en Pamplona, en el Pilar de Zaragoza, en las verbenas de Madrid, en barrios como en Poble Sec en Barcelona, y en las ferias del verano castellanomanchego.
En octubre una campaña de Lincolnshire, en Reino Unido, se ha hecho popular por la originalidad de una de sus iniciativas contra la violencia y el abuso sexual. La usuaria de Twitter @iizzzzzi compartió un poster que vio en el baño en el que se invitaba a quienes necesitasen ayuda para salir de una situación tensa o de peligro, a que preguntasen por Ángela en la barra. El personal del bar sabría qué hacer para ayudarles.
He visto esto en los baños y he pensado que era importante y que es algo que debería ocurrir en todas partes, no solo en Lincolnshire.

La impunidad y la culpabilización de la víctima

No siempre hay alguien para ayudar. A veces lo que hay son cómplices como en el caso en que una treintena de hombres violó a una menor en Brasil el pasado mes de mayo. Igual que en el caso de Pamplona, aquí también se grabó y se compartió con chanzas el abuso. Presumían de su hazaña, mientras a ella la encontraron desnuda y ensangrentada y lo primero que el jefe de la Policía planteó es que podría no tratase de un acto sexual forzado.
Las redes sociales le recordaron que nunca es culpa de la víctima y la sociedad brasileña clamó contra la impunidad. Este post de Facebook, que se compartió más de 35.000 veces, pidió reflexionar sobre "la clase de hombres de mierda que estamos criando como sociedad".
"La impunidad necesita de la complicidad, de la connivencia de la sociedad", afirma Lorente, que señala que, entre el 15 y el 20% de las denuncias, se ataca y cuestiona a las víctimas. Otro dato que suele destacar en sus presentaciones y conferencias es que solo se denuncian un 20% de los casos y al final, apenas hay un 1% de condenas. "¡Claro que hay impunidad! La sensación es que si violas, no te pasa nada".
El Ayuntamiento de Madrid ha centrado en la cultura de la violación su campaña para el 25-N, con carteles como estos que ha plantado en paneles publicitarios de toda la ciudad.
La ciudad quiere recordar, como dice la alcaldesa Manuela Carmena, que “el único culpable de una agresión es quien agrede”.
Parece sencillo, pero hay que recordarlo una y otra vez. Este gráfico resucita periódicamente en internet cuando hay una flagrante culpabilización de la víctima. Volvió a compartirse, por ejemplo, con el caso de la violación de Stanford. El agresor, Brock Turner, que abusó de su víctima mientras ella estaba incosciente, solo fue condenado a seis meses de cárcel. La estrategia de la defensa fue la habitual: decir que hubo consentimiento porque no hubo resistencia -¡estaba inconsciente!- y que habían flirteado durante la noche.
En realidad este año no han faltado casos para tirar del gráfico. Pasó cuando mataron a las turistas argentinas Marina Menegazzo y María José Coni en Ecuador a finales de febrero por negarse a tener relaciones con quien después las asesinó. En Twitter muchos no tardaron en culparlas a ellas por viajar solas -aunque eran dos-, por meterse por donde no debían, etc. Una estudiante de Ciencias de la Comunicación de Paraguay escribió en su nombre Ayer me mataron, una carta que decía: “Peor que la muerte, fue la humillación que vino después".
Soy reputa es otro texto que se popularizó después de la brutal violación y asesinato de la adolescente argentina Lucía Pérez el pasado octubre. Si probamos a culpabilizar igual a las víctimas de robo que a las de violación el resultado sería así de ridículo.
La culpabilización de la víctima y la impunidad van de la mano, dice Soleto. "Las sentencias de la minifalda, por lejanas que parezcan [1989], están ahí acechando en cualquier esquina: 'Si vas provocando, te lo has ganado". En 2016 una magistrada de un Juzgado de Violencia sobre la Mujer preguntó a una víctima: "¿Cerró bien las piernas? ¿Cerró toda la parte de los órganos femeninos?”.
La cultura de la violación vuelca la responsabilidad en la víctima, igual que hacían los consejos del Ministerio de Interior para evitar las agresiones. "La prevención de las agresiones ha recaído históricamente en las mujeres", señala la directora de la Fundación Mujeres, que como muchas, recuerda a su abuela decir: "Hija, tú sabes que eres tú la que se tiene que guardar". 
Se educa a las adolescentes para que estén alerta por la calle de noche y las adultas de todo el mundo tienen interiorizado ese miedo. En Argentina, cuando el 19 de octubre pasado las mujeres salieron a la calle vestidas de negro para protestar por la violación y asesinato de Lucía Pérez, en las redes circularon ilustraciones como esta:
Miguel Lorente cree que ya va siendo hora de mandarle un mensaje a ellos. "No se puede decir siempre a las mujeres 'no vayas por ese sitio sola', mientras ellos no son cuestionados por la conducta de agresión sexual. Los hombres deberían además desmarcarse de ellos, de los agresores".
No existen recetas mágicas para acabar con la cultura de la violación, dice el experto. Hace falta prevención a través de la educación y concienciación. Y trabajar en la respuesta, en la atención hospitalaria y en un sistema judicial "que no dude sistemáticamente de la palabra de la mujer, que investigue siempre incluso si se dan aparentes contradicciones, porque es lo normal después de una situación así".
Marisa Soleto ve complicado un cambio sustancial en una época en la que un hombre como Trump gana las elecciones de Estados Unidos y cuando "los patrones de la sexualidad están construidos en la pornografía". Hay que llevar a las escuelas la educación afectivosexual, los nuevos modelos de masculinidad, dice. Todavía falta para que este corto francés que refleja el miedo al volver a casa quede anticuado.
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