sábado, 28 de junio de 2025

"Epicuro: los caminos para la felicidad" de Daniel O. López Salort (Fragmento)

 Amistad

La philía es central en el pensamiento y en la conducta epicúrea. Esa philía es lo que llamamos amor, en un sentido amplio, tanto a otra persona cuanto a la humanidad en su conjunto. Toma Epicuro un concepto distinto del de Aristóteles para la philía. Para este, hay tres tipos de amistad: la del placer, la de la utilidad y la superior que está basada en la virtud. De esta manera, no es posible la sabiduría en un retiro solitario, porque se busca estar con los amigos y en la ciudad. Aristóteles parte de Empédocles, cuanto este afirma que lo semejante quiere a lo que se le asemeja. La perspectiva epicúrea es distinta. No pertenece ni vive en la ciudad, porque su presencia no es resultado de la naturaleza, sino que nace entre los individuos. Incluso no postula una comunidad de bienes, como en los pitagóricos, ya que no considera necesario compartir lo que se supone que un amigo daría por otro. La amistad, en definitiva, es saber que se cuenta como amigos, aunque no estén ellos presentes. Es preocuparse por los amigos como si fuera por uno mismo. Pero esta soledad epicúrea no deja de ser, en realidad, un universalismo práctico, pues el sabio debe obrar con plena conciencia del Otro, con todo lo que eso significa en su valor y en su práctica. Por eso, es que se ha dicho:

No es cierto que los filósofos helenísticos se desentendieran de los aspectos teóricos más arduos del conocimiento, como lo prueba la teoría lógica de los estoicos o los estudios de Física de Epicuro, cuya obra Sobre la Naturaleza comprendía nada menos que treinta y siete libros de discusiones técnicas. Ciertamente no se presentó ninguna figura con la capacidad científica casi universal de Aristóteles ni una inteligencia de una precisión analítica tan desarrollada. Pero los filósofos de este momento estaban más preocupados por la síntesis y la coherencia del sistema que por los progresos en campos científicos especiales.9

Otro aspecto para tener en cuenta es el rechazo de Epicuro a la actitud aristotélica respecto a la ciudad. Para él, hay un gran error en esta postura, que no deja de ser elitista, ya que en el Liceo de Aristóteles no hay lugar para esclavos ni mujeres, hecho que sí sucede en el Jardín epicúreo. La ética, a su entender, es prescriptiva, modifica conductas para lograr la felicidad que necesitamos. Por ello, se utiliza la parrhesía, que es tomado del método implementado entre el médico y el paciente. Esta parrhesía funciona en un sentido vertical (entre Epicuro y sus discípulos) y en uno horizontal (entre los discípulos entre sí), destinado todo a que se revelen las verdades en el alma, y que son las bases para lo que posteriormente es conocido como la confesión cristiana.

En el centro de la concepción epicúrea de la philía, está lo que hoy llamamos amor. Todo lo que es pasión debe ser rechazado, por cuanto ello significa la alteración de la serenidad del alma. Las cuestiones sexuales o amatorias (tá aphrodisía) se respetan por razones de naturaleza que se aceptan, es decir, se alivian tensiones y se satisfacen los placeres corporales, pero hay que considerar que por lo general trae aparejadas cuestiones de pasión desenfrenada, envidias, celos, actitudes posesivas, lo que determina que el placer inicial se transforma en dolor.

El matrimonio no es un hecho que Epicuro recomiende, salvo por razones de compañía, siempre y cuando no genere dependencia. Es decir, todo se orienta a la autárkeia, una autosuficiencia que ya se indica en el aviso situado a la entrada de la escuela, donde se dice que se viva oculto, en retiro. Si bien se admira a Sócrates, ya no se trata de buscar verdades sino de ejercerlas en la práctica diaria, personal, lejos de la ciudad y de la política. Se ha señalado que hay un contrato de triple base en la reflexión epicúrea: por derecho natural no es útil hacer daños a otros y a uno mismo; nada es justo o injusto si no se ha acordado previamente que es así; y la justicia es el resultado de ese acuerdo.10

Esa autarquía es absolutamente opuesta a Platón y a Aristóteles, por cuanto no es alejamiento y hasta desprecio por la ciudad, como han dicho sus críticos, sino que se ve a la educación que desarrolla la ciudad más como una fuente de leyes de castigo que como camino de construcción de la propia felicidad. Su alabanza a la vida en retiro que, como se ha considerado, es una forma de cosmopolitismo, aunque suena paradójico, no es otra cosa que desapego del Estado y sus normas, es rechazo a una forma de esclavitud (también lo propugna a su manera Lao-Tzu siglos anteriores y en otras tierras). Se ha dicho:

En ese sentido, el cristianismo de los primeros siglos no significa una ruptura con el pensamiento pagano, sino, antes bien, cierta continuidad, habiéndose producido en todo caso solamente algo así como un desplazamiento de acento: el individuo cristiano existe en virtud de su misma relación con Dios, es decir, fundamentalmente gracias a su posición marginal en el mundo, a la devaluación de su existencia mundana y de sus valores.11

Hay, sin embargo, un hecho que se debe observar con detenimiento, y es que las propuestas y prácticas de Epicuro no admiten otras perspectivas y prácticas. Por ello, se ha señalado que sus métodos argumentativos son llamados con frecuencia diórthosis, que significa corrección, o sea, rechazo, o al menos despreocupación de todo lo que fueran argumentaciones y propuestas de otras escuelas. Se desarrolla la memorización, la confesión e incluso la delación. El solo argumento racional no alcanza por lo general para erradicar los juicios y las conductas inapropiadas. Por ejemplo, el temor a la muerte es tan fuerte que con frecuencia nos supera: “El asunto es simplemente sacar los síntomas a la luz para que pueda empezar efectivamente la cura. Tiene mucho más en común con las prácticas de la psiquiatría moderna que con cualquier costumbre cristiana que se le parezca superficialmente”,12 lo que también se prueba porque los discípulos de Epicuro se refieren a él con admiración, pero no cuestionan ni ponen en tela de juicio ninguna de sus definiciones.

Mientras Aristóteles propone métodos y objetivos de razonamientos a sus estudiantes y discípulos, Epicuro establece que se memoricen sus definiciones, prácticamente que se le obedezca. Por eso, ha dicho: “En su escuela sus estudiantes compiten ferozmente sobre quién lleva el estilo de vida más modesto”.13 Si Aristóteles expresa claramente que en primer lugar está la verdad, cualquiera sea el filósofo o maestro, este no es el caso de los que concurren a la escuela epicúrea. Conviene, entonces, recalcar:

Si consideramos el enorme andamiaje metafísico de las teorías platónica y aristotélica como un logro permanente del espíritu, sin duda puede advertirse en las filosofías helenísticas una disminución de rigor y de tensión especulativa. Pero si somos escépticos acerca de la real dimensión de todas esas magníficas y admirables abstracciones teóricas, si desconfiamos de la dialéctica y de la metafísica, apreciamos de otro modo el énfasis y la conclusión pragmática de las nuevas teorías.14


Fragmento. Texto completo en: https://www.redalyc.org/journal/259/25967826006/html/

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Los 4 tipos de amor según los antiguos griegos (cuáles son y su significado)

 Literatura

Los 4 tipos de amor según los antiguos griegos (cuáles son y su significado)

Marián Ortiz
Marián Ortiz
Especialista en Medios Audiovisuales
Tiempo de lectura:9 min.

Los antiguos griegos empleaban cuatro palabras distintas para definir lo que hoy día conocemos por el término “amor”, estas eran: eros, ágape, philia y storge. Cada una de ellas tiene un sentido más profundo que el que le damos actualmente a una sola palabra.

Por un lado, el eros supone el amor pasional, aquel que se deja llevar por el deseo y la atracción. Por otro lado, el amor storge es fraternal, implica la admiración y el cariño recíproco. En cambio, el ágape refiere al amor incondicional, aquel que acepta al otro tal y como es. Mientras que philia es similar a la amistad, supone fraternidad y admiración.

El amor, en sus distintas formas, ha servido de inspiración a artistas desde tiempos inmemoriales. Veamos el significado de los cuatro tipos de amor que referían los griegos de la antigüedad ilustrados con ejemplos de obras artísticas, literarias y cinematográficas de todos los tiempos.

Amor Eros

Escultura Psique reanimada por un beso de amor
Antonio Canova: Psique reanimada por el beso del amor. Mármol. 155 cm x 168. Museo del Louvre (París).

En la mitología griega el Dios Eros representa la atracción, la pasión y la fertilidad. El tipo de amor eros se refiere al amor apasionado que implica deseo y atracción.

A diferencia del amor tal y como se entiende hoy día, eros ocupa una dimensión semántica más profunda. El eros griego a veces se trata solo de deseo o pasión.

En una de sus obras más famosas, El Banquete, Platón habla de la naturaleza del eros.

Para el filósofo, eros es el amor-deseo que mueve al mundo inteligible. Al principio, el eros comienza siendo deseo sensual, mediante la apreciación de la belleza. Una vez avivado este deseo no se complace en el mundo sensible. Para Platón, el amor (deseo) es un mediador entre el mundo de las ideas y lo humano.

Este tipo de amor se aprecia, por ejemplo, en fragmentos como estos de Safo , donde se percibe la pasión en los cambios que experimenta el cuerpo en presencia de la persona amada:

Un igual a los dioses me parece
el hombre aquel que frente a ti se sienta
de cerca y cuando dulcemente hablas
te escucha, y cuando ríes

seductora. Esto — no hay duda— hace
mi corazón volcar dentro del pecho.
Miro hacia ti un instante y de mi voz
ni un hilo ya me acude,

la lengua queda inerte y un sutil
fuego bajo la piel fluye ligero
y con mis ojos nada alcanzo a ver
y zumban mis oídos;

me desborda el sudor, toda me invade
un temblor, y más pálida me vuelvo
que la hierba. No falta — me parece—
mucho para estar muerta.

(Traducción de Aurora Luque)

En el arte se ha representado el eros en múltiples ocasiones. Un ejemplo de ello supone la escultura neoclásica de Antonio Canova, donde queda enaltecida la pasión amorosa que representa este tipo de amor.

El eros también podría identificarse en obras del periodo realista como Anna Karenina de Tolstói, donde se descubre una pasión amorosa entre la protagonista y Vronski, la cual surge a primera vista en la estación de tren. Al inicio de la novela, el romance es intenso y descontrolado, lo que lleva a la protagonista a cometer adulterio. Esta pasión lleva incluso a Anna al aislamiento social.

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Amor Ágape

Multiplicación de los panes y los peces
Giovanni Lafranco: Milagro de los panes y los peces. 1620-1623. Óleo sobre tela. Galería Nacional de Irlanda.

En la cultura griega antigua, la palabra ágape expresa el amor incondicional. Es un amor que tiene como prioridad el bienestar de los demás, es decir, supone aceptar al otro indistintamente de sus imperfecciones.

Ágape es un amor profundo y generoso, en el que se toma en consideración la dicha del ser amado y de los demás. Es un tipo de amor que no espera nada a cambio y se aleja de la superficialidad.

En el cristianismo el ágape es una comida fraternal cuyo fin es la conexión de amor mutuo entre los miembros de la comunidad.

En relación a esto se utilizaba este término en la Biblia. En este sentido, ágape supone dar aquello que se tiene, implica incluso la entrega absoluta, como Cristo. En este pasaje bíblico encontramos referencias a este tipo de amor:

El amor es paciente, es servicial, no es envidioso ni busca aparentar, no es orgulloso ni actúa con bajeza, no busca su interés, no se irrita, sino que deja atrás las ofensas y las perdona, nunca se alegra de la injusticia, y siempre se alegra de la verdad. Todo lo aguanta, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta.

En el arte, el Milagro de los panes y los peces del pintor italiano Giovanni di Stefano Lanfranco, donde se representa este suceso narrado en los Evangelios, es un ejemplo ilustrativo de este tipo de amor. Jesús tomó la pequeña cantidad de alimento que había y consiguió alimentar a la multitud.

En el cine encontramos este tipo de amor en películas como La Pasión de Cristo de Mel Gibson. Este duro filme muestra las últimas horas de vida de Jesús, en los diferentes hechos que ocurren se ve reflejada la entrega, el amor incondicional sin esperar nada a cambio. El sacrificio de Jesús, al dar su vida por los hombres.

Amor Philia

Amistad de Jef Leempoels
Joseph Leempoels: Amistad. Óleo sobre tela.86 x 102 cm. Museo Nacional de Bellas Artes (Argentina).

Este tipo de amor tiene una acepción semejante al de amistad, implica cariño y afecto por el otro. Philia se caracteriza por ser fraternal y promover el bien del otro. Es un amor que se basa en la admiración.

La palabra filia viene del griego antiguo y significa amor o amistad. Este término también se utiliza como sufijo para referirse al amor por cosas concretas. Por ejemplo, filosofía significa amor, o amistad, por la sabiduría.

En la historia de la filosofía, Aristóteles en obras como Ética a Nicómaco o Ética Nicomáquea indicó que en la amistad “es preciso que tengan los unos para con los otros sentimientos de benevolencia, que se deseen el bien y no ignoren el bien que se desean mutuamente”. Por tanto, este tipo de amor que describe el filósofo también implica alegrarse generosamente por la felicidad del otro.

Así, las singularidades de este tipo de amor son solidaridad, fraternidad y lealtad. En el ámbito cinematográfico encontramos títulos como Cinema Paradiso (1988), donde se muestra este tipo de amor entre Salvatore y Alfredo, cuya amistad sobrepasa varias generaciones, también el tiempo y la distancia. El profundo interés de ambos por el cine consigue unirlos para siempre, entre ellos se forja una relación basada en la admiración mutua.

En el cuadro Amistad, de estilo realista, del pintor belga Joseph Leempoels se puede ver el retrato de dos hombres de edad avanzada entrelazando sus manos, donde queda inmortalizado un gesto de complicidad y conexión entre ellos.

Algo similar ocurre en una de las obras más populares de Ernest Hemingway, El viejo y el mar indaga en la relación absoluta de amistad entre Manolín y Santiago, joven y maestro respectivamente.

En los siguientes versos del poeta naturalista John Burroughs (1837-1921), también se puede apreciar el amor philia:

Aquel quien más pronto da que pide,
Aquel quien es el mismo hoy y mañana,
Aquel quien compartirá tu pena igual que tu alegría;
Ese es a quien yo llamo un amigo.

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Amor Storge

Madre e Hijo de Pablo Picasso
Pablo Picasso: Madre e hijo. 1901. Óleo sobre lienzo. 112 x 97,5 cm. Harvard Art Museum (Estados Unidos).

Este tipo de amor sucede de manera natural. Storge es un término menos recurrente en la antigua Grecia que los anteriores. Se refiere a las relaciones familiares y de amistad, tiene que ver con el afecto por ejemplo entre padres e hijos.

Storge supone un compromiso que perdura en el tiempo y surge de forma sosegada y cautelosa. Es un amor que se transforma y que busca más el compromiso duradero que la satisfacción placentera, tampoco da importancia a la apariencia física.

En el periodo azul de Picasso, donde representa la desdicha de sus protagonistas a través de tonalidades azules, encontramos esta obra que lleva por título Madre e hijo (1901). Los protagonistas quedan aislados por la frialdad tonal, pero se percibe el estrecho vínculo de amor entre ellos. Este podría ser un buen ejemplo de storge.

El amor storge entre familiares se puede ver representado también en poemas como Dulzura (Ternura, 1924) de Gabriela Mistral. En estos versos se percibe el amor incondicional de una hija hacia una madre, donde se demuestra el vínculo materno-filial que viene desde el vientre de la madre y parece unirlas de por vida:

Madrecita mía,
madrecita tierna,
déjame decirte
dulzuras extremas.

Es tuyo mi cuerpo
que juntaste en ramo;
deja revolverlo
sobre tu regazo.

El cine también ha dejado historias donde queda representado storge, lo encontramos por ejemplo en cintas como La vida es Bella de Roberto Benigni, donde Guido hace hasta lo imposible por salvar la vida de quién más ama: su hijo. En el peor de los lugares, un campo de concentración, el protagonista hace creer a su hijo que todo se trata de un juego, de esta forma consigue salvar a su pequeño, aunque le cueste su propia vida.


    Referencias

    • Adrados, F. R. (1995). Sociedad, amor y poesía en la Grecia antigua. Alianza Editorial.
    • Aristóteles, A. (2014). Ética a Nicómaco (1.a ed.). Alianza. Universitario.
    • Brenlla, M. E. (2004). Actitudes hacia el amor y apego. Psicodebate. Psicología, Cultura y Sociedad., 4.
    • Galán, J. E. (1997). Amor y sexo en la antigua Grecia. Temas de Hoy.
    • Luque, A. (2001). Los Dados de Eros. Hiperion.
    • Pastor, E. D. (2017). Expresando el amor: La afectividad en el mundo griego antiguo. Antesteria: debates de Historia Antigua, Vernant, 6.
    • J. P. (2001). El Individuo, la muerte y el amor en la Antigua Grecia. Paidos Iberica Ediciones SA.
    • https://www.culturagenial.com/es/tipos-de-amor/

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    TODO LO QUE SE LLEVÓ EL DIABLO de Javier Pérez Andújar

     

    TODO LO QUE SE LLEVÓ EL DIABLO

    Javier Pérez Andújar

    Tusquets, Barcelona

    Después de su brillante debut narrativo de 2007 con Los príncipes valientes, en la que Javier Pérez Andújar (Sant Adrià de Besòs, 1965) evocaba la infancia y adolescencia en una población del extrarradio barcelonés hacia 1974, aparentemente el autor se aleja de aquel principio o arranque (su mundo personal) para escribir una segunda novela que nos transporta a la España de 1935, si bien uno de los hilos de la intriga retoma el marco anterior y, al modo de un «relato real», muestra la investigación del joven Paco Castañón sobre Arcos Paulín, dibujante cordobés completamente olvidado en España, de donde se exilió tras la Guerra Civil, y antiguo miembro de las Misiones Pedagógicas.
     

    Todo lo que se llevó el diablo transcurre por los caminos y los pueblos que recorren o habitan un variopinto elenco de personajes: de un lado, el joven Velasco Flaínez –hijo, nieto, bisnieto y tataranieto de loberos, «a quien recogió su abuelo al quedarse sin padres y con él y entre las cabras vivió en las cuevas»–, que emprende un viaje en busca del único familiar que le queda, un tío al que se le ha visto por la sierra de la Culebra (Zamora); del otro, tres jóvenes maestros, un hombre y dos mujeres, miembros de las Misiones Pedagógicas, abandonan Madrid en un camión cargado de libros, conducido por Arcos Paulín, dispuestos a llevar la cultura a los pueblos y aldeas más recónditos, instalando una biblioteca escolar, proyectando cine o representando obras de teatro. Al sesgo del peregrinaje y las andanzas de uno y otros emerge la visión poliédrica y contrastada de aquella(s) España(s).

    Pérez Andújar reconstruye el telón histórico y abre la novela con una escena en la que Manuel Azaña y Luis Bello conversan sobre la involución que se produjo a raíz de los sucesos de octubre de 1934, afirmando el propósito de actuar y «defender a la República de la desnaturalización a la que están sometiéndola», prosiguiendo en el empeño de formar un pueblo conocedor de sus valores, un auténtico pueblo consciente de sus necesidades y aspiraciones, protagonista y defensor de un ideal nacional. Y, así, el resto de los personajes que irán protagonizando estas páginas muestran diversas secuencias de aquella realidad histórica: la labor de Tomás Navarro Tomás y Alonso Zamora Vicente, lanzados «en busca de la música del idioma» o la del joven Espiridión, entregado a recoger los cuentos y leyendas populares preservados en la tradición oral; la actuación de los miembros del teatro universitario La Barraca, que representan El caballero de Olmedo y, desde luego, la del grupo de los Misioneros, de cuya aventura se nos da amplia información. Otro hilo anecdótico sigue los pasos de Orfilio, el tío de Velasco Flaínez que, tras desaparecer del pueblo, llega a Barcelona y se mueve en los medios del pistolerismo anarquista más radical (mutación cuyo proceso se elude narrar con una mínima atención) y que acabará liando una verdadera carnicería en el pueblo donde actúan las Misiones Pedagógicas.

    Tal variedad de personajes y peripecias se articula mediante la yuxtaposición propia del collage (o de las viñetas de los cómics), variadas en su morfología, casi siempre deudora del legado popular, sea éste un romance o un western. De hecho, hay todo un capítulo dedicado a la defensa del nuevo libro popular que llega de América y de Inglaterra, contagiado de cinematografismo. Por eso hablaba antes de que la distancia del autor respecto de su anterior novela es sólo aparente, ya que Pérez Andújar trabaja con similares materiales, que incluyen el mensaje y la defensa o la condena explícitas. Es el aspecto más cuestionable de Todo lo que se llevó el diablo (acertado título), que por momentos se acerca a la novela de tesis y en la que la información no siempre está lo bastante bien articulada (narrativamente hablando), lo que deriva en frecuentes parrafadas discursivas, como, por ejemplo, la evocación de la figura de Cossío que la maestra Maruja hace para su compañero, el maestro Reposiano (destinatario o interlocutor no muy enterado, al parecer, pese a que luego, en el capítulo 17, ambos personajes vuelven a transmitir más información que suena a recitada de un manual), o la historia de amor de Rafael Dieste (que no viene muy a cuento, aunque fuese el autor gallego el introductor de las funciones de títeres en el repertorio de las Misiones Pedagógicas). Es en esta parte final donde la novela flaquea, como si el autor se pusiese a correr para completar «el cuadro», valiéndose de resortes muy elementales (la lectura corrida de un artículo periodístico o el súbito recuerdo de un discurso), sin dosificar ni articular esa información que paraliza el relato y antes de proceder al «desenlace» (si puede calificarse así a un final que cuenta con un epílogo de 1982).

    Más lograda me parece la parte que narra el peregrinaje del joven Velasco Flaínez, urdida con los mimbres de la novela picaresca clásica y derivados (el lazarillo español de Ciro Bayo, del que tanto tomaría después Camilo José Cela), y que radiografía la España negra (al modo de Zuloaga y Gutiérrez Solana, claro). Y me lo parece así no tanto por el molde estético elegido (por más naturalista y realista que sea, y hasta pertinente para la pintura de aquella España cavernaria, de funeral y pasacalle), como por el simple hecho de que en toda esta parte la acción narrativa se construye a partir de escenas protagonizadas por personajes más o menos representativos y portadores de otras historias, que se interpolan al modo cervantino. Hay una buena dosis de tremendismo en el retrato de aquella España, cargándose las tintas feístas o grotescas más con el trazado grueso del carpetovetonismo celiano que con la selectiva y exigente estilización esperpéntica de Valle-Inclán. Aparte de en algunos episodios y personajes, ese rasgo se percibe bien en los símiles a los que tan aficionado es Pérez Andújar: la maestra hinca las uñas en los glúteos de su amigo «para oprimírselos como el que aprieta una lavativa», y oímos a Arcos Paulín decir que «para mí leer poesía es como hacerse aire con un paipai en el culo». Y en las abundantes notas de un supuesto humor, a veces muy forzado, y que pasa de la grosería escatológica a la tosquedad de la gracieta simplona (el tipo que no va a misa porque dan poco pan o la señora que confunde las utopías con las autopistas), la descalificación chata («Los otros redactores no fueron capaces de levantarse de sus poltronas, en lo que se corrobora que la prensa burguesa es muy acomodaticia»), los jueguecitos de palabras («en la biblioteca que traemos viene el más pío de todos los escritores de España, que es actualmente Pío Baroja») o los equívocos.

    Son rasgos demasiado estridentes, que enfrían la lectura de una novela que por momentos resulta un tanto rancia, y que trata con excesivo partidismo (y no siempre con una correcta interpretación, como cuando se censura que los poetas usen traje) la realidad histórica.

    https://www.revistadelibros.com/todo-lo-que-se-llevo-el-diablo-de-perez-andujar-la-espana-de-1935/

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    Lugus, el brillante, dios de las mil artes

     

    Lugus, el brillante, dios de las mil artes

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    Lugus fue el único dios al que adoraron todos los celtas. Lo llamaban Lugh en las naciones celtas del norte y Lugus en Europa. En nuestra Península Ibérica, nuestros antepasados tenían para el muchos nombres, pero sobre todo lo llamaban Lug.



    Impresionante imagen de Lugus

    Existen topónimos con su nombre prácticamente en toda Europa. Esto es algo extraordinario para un dios céltico. Los dioses más extendidos no se salían, ni mucho menos, de los que pueden ser los límites actuales de un país grande, como España o Francia. Pero Lugh no jugaba en esa liga. Su culto cruzaba océanos y era común a toda la céltica prerromana.

    El dios brillante

    Lo bueno de todo esto es que ha hecho posible que conozcamos muy bien la figura y los atributos de este dios. Su nombre, tanto sea Lugh cómo Lug, como Lugus, viene de leuk-, «brillar», por lo que significa algo así como «el luminoso» o «el brillante».

    Lo cierto es que Lugus era superior a todos los demás dioses. Esta era otra de sus características únicas. No se había visto algo parecido desde el culto a divinidades primordiales, del estilo de las diosas madres anteriores a la llegada de los pueblos indoeuropeos. Un ejemplo de estas poderosas figuras teológicas la tenemos, aún viva hoy en día, en la mitología del actual País Vasco, en las figuras de Ama Lurra y Mari.

    Era conocido como el dios de las mil artes o mil oficios, y en las sagas del ciclo mitológico irlandés se enumeran algunos de ellos. Estos eran albañil, herrero, campeón, arpista, guerrero, poeta, historiador, hechicero, médico y copero. Tenga relación con esto o no, en algunos lugares de nuestra península, como Peñalba de Villastar, en Teruel, y también en algunos lugares de la actual Francia, este dios aparece representado con tres rostros.



    Además, se da la peculiaridad de que algunos de sus topónimos están en plural, cómo Lugoves, Lucubus y Lugovibus. Está muy claro que esta pluralidad de nombre y de rostros nos habla de un dios muy especial, con un papel muy importante.

    Entonces, ¿quién era Lugus?

    Como he mencionado, tenemos el lujo de conocer muchos datos relativos a esta extraordinaria deidad. El hecho de que Lugus haya sido comparado e identificado con los dioses Apolo y Hermes de la mitología griega y con el dios Mercurio de la mitología romana nos da aún más datos sobre él. Lo que solo podemos aventurar o presumir es que el dios Lugh haya tenido un aspecto similar a estos dioses latinos, que eran jóvenes, bellos y bien proporcionados. No lo sabemos con certeza.

    Lugus era un dios guerrero, pero también era maestro en muchas artes, oficios y habilidades. De joven fue herrero, fue hechicero, e incluso fue un gran jugador de hnefatafl (un juego de mesa similar al ajedrez). Estuvo casado con varias diosas, aunque sería con una mujer mortal con quien tendría a su hijo más famosos, Cuchulainn, el héroe más famoso de toda la mitología celta.

    Poseía una lanza ígnea extraordinariamente poderosa y una espada de nombre Fragrach. También sabía manejar la honda, cosa que demostraría con posterioridad, al matar a Balor, su abuelo. Poseía también un barco que navegaba sólo, un caballo llamado Enbarr, capaz tanto de ir por tierra como por mar. Su perro se llamaba Failinis, y seguro que también era un peludo encantador y muy especial.



    Ilustración de la lanza flamígera de Lugh por H. R. Millar, 1905.

    Lug, a pesar de ser un dios, murió. Fué asesinado por los hijos del amante de una de sus esposas, y se dice que está enterrado en la colina de Uilsneach.

    Vida y obra de Lugus

    Para narrarlas, vayámonos a Irlanda y llamémosle Lugh. Este dios tenía sangre de las monsturosas deidades llamadas Fomorianos, o Fomoré, pues su abuelo era Balor, el más poderoso y peligroso de todos ellos. Los Fomorianos fueron, al igual que los Tuatha de Danan, pueblos muy antiguos que habitaron la Irlanda mítica anterior a la escritura. Fueron deificados posteriormente, convirtiéndose en monstruos, en dioses y en héroes.

    La vida de Lugh estuvo marcada por un conflicto entre los fomorianos y los Tuatha De Danann por el control de Irlanda. Él tenía sangre de ambas razas, pero acabó posicionándose a favor del bando de su padre.

    Balor encerró a su única hija, Ethlinn, la madre de Lugh, en una torre de cristal en la isla de Tory, al noroeste de Irlanda. Lo hizo porque conocía una profecía que anunciaba que su propio fin llegaría a manos de su nieto. Sin embargo, Cian, de los Tuatha de Danann, hijo de Dian Cecht, consiguió llegar hasta ella y la dejó embarazada.

    Los Tuatha de Danann (tal vez el dios marino Manannan Mac Lir, o quizás el dios herrero Goibhniu, hermano de Lugh) salvaron al muchacho de la cólera de Balor y lo cuidaron hasta que se hizo hombre. Su coraje, su valor y sus hazañas le dieron gran renombre a lo largo de toda su vida adulta.

    Lugh, su abuelo Balor y su hijo Cuchulainn

    Al final, como era inevitable, llegó la guerra entre los Tuatha de Danan y los Fomorianos y Lugh cumplió la profecía durante la segunda batalla de Magh Tuireadh, en la que se enfrentó a su abuelo.

    Balor se mostraba formidable en esta gran batalla. Su ojo era un arma tan terrible que amenazaba con arrasar por completo las filas de los Tuatha de Danan. Sin embargo, Lugh lanzó una terrible pedrada contra él y se lo hundió en la cabeza, matándolo y haciendo que su terrible mirada diezmase las filas de los propios Fomoré. A partir de ese momento, Lugh fue conocido como Lamfhada («el del largo brazo»).




    Lugh acabaría siendo el padre de la figura más heroica de Irlanda, Cuchulain. La madre de este produgioso héroe fué la joven Dectera, de los Hijos de Mil.

    Las leyendas dicen que Lugh luchó al lado de Cuchulain contra la reina Medb de Connacht, cuando ésta intentó invadir Ulster. En otra ocasión, tras la muerte de Cuchulain, Lugh ayudó a su hermanastro Conall a cazar y dar muerte a los asesinos del mayor héroe de la mitología irlandesa. La última vez que este dios solar se dejó ver fué en medio de una mágica neblina.

    La lanza de Lugh, uno de los cuatro tesoros de los Tuatha Dé Danann

    Esta raza mítica llevó consigo cuatro tesoros mágicos a Irlanda: El caldero del Dagda, la espada de Nuada, la piedra de Fal y la lanza de Lugh.

    Esta lanza, también llamada «Lanza de Assal», era un símbolo de gran poder. Tenía la particularidad de ser flamígera y solo perdía sus llamas si su filo recibía sangre humana.

    Lug también poseía el Barco de Mananan, el dios del mar de los Tuatha Dé Danann , que «conocía los pensamientos de un hombre y podía navegar a dondequiera que este quisiese». De Mananan recibió además a Enbarr, un caballo que podía cabalgar sobre las aguas del mar de la misma manera que lo hacía por tierra.

    Por último, Lugh estaba armado con una una poderosa espada llamada Fragarach (Contestadora), capaz de cortar todo tipo de armaduras.



    El lughnasad, la fiesta celta en honor a Lugus

    Lughnassad es una de las grandes festividades celtas y está dedicada a Lugh. Se celebra cuarenta días después del solsticio de verano y en ella se conmemora el inicio de la cosecha. Fue Lugus quien inauguró esta fiesta, celebrando unos juegos funerarios en honor a su madre, que había muerto de agotamiento tras preparar las tierras para que pudiesen ser sembradas.

    Esta festividad celta también tendrá un post propio cuando llegue su momento, es decir, durante la luna llena en la que los celtas celebraban esta fiesta.

    Y este es Lugus, el primer dios celta en aparecer en este blog.

    Pero ya sabéis lo que suelo decir; no es el último. Simplemente es el primero. Os recuerdo que las ocho naciones celtas son IrlandaEscociaGalesBretaña, la Isla de ManCornuallesGalicia y Asturias. Puedes saber más sobre sus mitologías a través de los siguientes enlaces:

    https://www.davidtebras.com/FantasiaCelta/lugus/