domingo, 27 de diciembre de 2015

Acerca de una silla (4/7)

viernes, 4 de noviembre de 2011




Es curioso la cantidad de referencias que hay en la Red sobre este film y sobre su personaje central. En esta dirección podéis leer el cuento de Navidad de Auggie Wren, escrito por Paul Auster, en su versión completa. Y si no habéis leído nada de este autor, os recomiendo comenzar con su “trilogía de Nueva York”.




Lugar de la toma: Madrid. Julio 2011.
Puedes ver la fotografía a pantalla completa haciendo “clic” sobre ella.

Acerca de una silla (3/7)

jueves, 3 de noviembre de 2011




La historia de Auggie Wren escrita por Paul Auster, uno de los esbozos que luego darían cuerpo al guión de Smoke, es una de esas pequeñas joyas existenciales, tan ligada al concepto mismo de la fotografía, como lo está el blanco y negro de los fotógrafos clásicos.

En este enlace de You Tube, Auggie Wren (Harvey Keitel) narra su particular cuento de Navidad al escritor Paul Benjamin (Willian Hurt), en una tremenda interpretación de estos dos actores.




Lugar de la toma: Madrid. Julio 2011.
Puedes ver la fotografía a pantalla completa haciendo “clic” sobre ella.

Acerca de una silla (2/7)

miércoles, 2 de noviembre de 2011




Os dejo un enlace con algunas referencias sobre la película Smoke y las relaciones interpersonales.




Lugar de la toma: Madrid. Julio 2011.
Puedes ver la fotografía a pantalla completa haciendo “clic” sobre ella.

viernes, 25 de diciembre de 2015

Acerca de una silla (1/7)

Acerca de una silla (1/7)

¿Recordáis la película “Smoke”?. Una producción emblemática dirigida por Wayne Wang en 1995, siendo el escritor Paul Auster autor del guión y co-director del film.

La historia cuenta la vida de un puñado de personajes solitarios en torno a un estanco en Brooklyn. Auggie Wren dueño del establecimiento, es a la vez el confidente de todos ellos. Una historia de vidas cruzadas, amistad y actitud.

Auggie, con una cámara que consiguió de una manera un tanto especial, se dedica cada mañana (a lo largo de 12 años) a fotografiar la esquina de enfrente siempre con idéntico encuadre; a la misma hora, un único disparo, captando la vida que palpita en ese lugar y el paso del tiempo.
Esa tremenda colección de instantáneas, las almacena en álbumes cuidadosamente ordenados por fechas, e insiste, cuando enseña sus fotografías, la importancia de detenerse en cada detalle, en cada rostro, porque cada momento, dice, aún siendo idéntico encuadre de un mismo lugar, es único e irrepetible.

Llevaba tiempo rondándome por la cabeza hacer un experimento parecido, con las limitaciones que me procura mi tremenda impaciencia. Se me ocurrió un buen día de finales de Julio sentarme en una terraza, a medio día, muy cerca de la Plaza de España de Madrid, y hacer una fotografía, sin variar el encuadre en exceso (las tomas son a pulso), cada 1 ó 2 minutos aproximadamente, captando lo que sucediera en ese momento. El resultado fue una gran cantidad de fotografías y tres jarritas de cerveza bien frías.

La serie que inicio hoy y que continuará durante siete días consecutivos, es una selección de todo ese material, eligiendo sólo aquellas que captaron a personas pasar. Obviamente las jarritas de cerveza no aparecen en ninguna de las tomas, eso forma parte del recuerdo.

Las fotografías no tienen recorte alguno, ni han sido reencuadradas o enderezadas. Están realizadas con un objetivo de 28 mm manual. El proceso pasa por el revelado en Lightroom. Luego paso al Ps, donde aplico enfoque. La conversión en B&N en el Silver, añadiendo un poquito de grano, quemando los bordes izquierdo y derecho y aplicando un marco; finalmente reducir al tamaño adecuado para Blogger, situar firma y guardar fichero en formato jpg.

Como decía Auggie, no paséis las fotografías sin analizarlas, cuentan historias individuales, momentos únicos que pertenecen a las personas retratadas, a sus vidas. ¿Quién sabe?, igual alguno de vosotros sois protagonista de una de estas instantáneas.



Lugar de la toma:  Madrid. Julio 2011.
Puedes ver la fotografía a pantalla completa haciendo “clic” sobre ella.


"Cuento de Navidad de Auggie Wren" de Paul Auster Tomado de Smoke & Blue in the face Paul Auster

El cuento de Navidad de Auggie Wren de Paul Auster

   Le oí este cuento a Auggie Wren. Dado que Auggie no queda demasiado bien en él, por lo menos no todo lo bien que a él le habría gustado, me pidió que no utilizara su verdadero nombre. Aparte de eso, toda la historia de la billetera perdida, la anciana ciega y la comida de Navidad es exactamente como él me la contó.
   Auggie y yo nos conocemos desde hace casi once años. Él trabaja detrás del mostrador de un estanco en la calle Court, en el centro de Brooklyn, y como es el único estanco que tiene los puritos holandeses que a mí me gusta fumar, entro allí bastante a menudo. Durante mucho tiempo apenas pensé en Auggie Wren. Era el extraño hombrecito que llevaba un buzo azul con capucha y me vendía puros y revistas, el personaje pícaro y chistoso que siempre tenía algo gracioso que decir acerca del tiempo, de los Mets o de los políticos de Washington, y nada más.
   Pero luego, un día, hace varios años, él estaba leyendo una revista en la tienda cuando casualmente tropezó con la reseña de un libro mío. Supo que era yo porque la reseña iba acompañada de una fotografía, y a partir de entonces las cosas cambiaron entre nosotros. Yo ya no era simplemente un cliente más para Auggie, me había convertido en una persona distinguida. A la mayoría de la gente le importan un comino los libros y los escritores, pero resultó que Auggie se consideraba un artista. Ahora que había descubierto el secreto de quién era yo, me adoptó como a un aliado, un confidente, un camarada. A decir verdad, a mí me resultaba bastante embarazoso. Luego, casi inevitablemente, llegó el momento en que me preguntó si estaría yo dispuesto a ver sus fotografías. Dado su entusiasmo y buena voluntad, no parecía que hubiera manera de rechazarlo.
  Dios sabe qué esperaba yo. Como mínimo, no era lo que Auggie me enseñó al día siguiente. En una pequeña trastienda sin ventanas abrió una caja de cartón y sacó doce álbumes de fotos negros e idénticos. Dijo que aquélla era la obra de su vida, y no tardaba más de cinco minutos al día en hacerla. Todas las mañanas durante los últimos doce años se había detenido en la esquina de la Avenida Atlantic y la calle Clinton exactamente a las siete y había hecho una sola fotografía en color de exactamente la misma vista. El proyecto ascendía ya a más de cuatro mil fotografías. Cada álbum representaba un año diferente y todas las fotografías estaban dispuestas en secuencia, desde el 1 de enero hasta el 31 de diciembre, con las fechas cuidadosamente anotadas debajo de cada una.
   Mientras hojeaba los álbumes y empezaba a estudiar la obra de Auggie, no sabía qué pensar. Mi primera impresión fue que se trataba de la cosa más extraña y desconcertante que había visto nunca. Todas las fotografías eran iguales. Todo el proyecto era un curioso ataque de repetición que te dejaba aturdido, la misma calle y los mismos edificios una y otra vez, un implacable delirio de imágenes redundantes. No se me ocurría qué podía decirle a Auggie; así que continué pasando las páginas, asintiendo con la cabeza con fingida apreciación. Auggie parecía sereno, mientras me miraba con una amplia sonrisa en la cara, pero cuando yo llevaba ya varios minutos observando las fotografías, de repente me interrumpió y me dijo:
 —Vas demasiado rápido. Nunca lo entenderás si no vas más despacio.
    Tenía razón, por supuesto. Si no te tomas tiempo para mirar, nunca conseguirás ver nada. Tomé otro álbum y me obligué a ir más pausadamente. Presté más atención a los detalles, me fijé en los cambios en las condiciones meteorológicas, observé las variaciones en el ángulo de la luz a medida que avanzaban las estaciones. Finalmente pude detectar sutiles diferencias en el flujo del tráfico, prever el ritmo de los diferentes días (la actividad de las mañanas laborables, la relativa tranquilidad de los fines de semana, el contraste entre los sábados y los domingos). Y luego, poco a poco, empecé a reconocer las caras de la gente en segundo plano, los transeúntes camino de su trabajo, las mismas personas en el mismo lugar todas las mañanas, viviendo un instante de sus vidas en el objetivo de la cámara de Auggie.
    Una vez que llegué a conocerlos, empecé a estudiar sus posturas, la diferencia en su porte de una mañana a la siguiente, tratando de descubrir sus estados de ánimo por estos indicios superficiales, como si pudiera imaginar historias para ellos, como si pudiera penetrar en los invisibles dramas encerrados dentro de sus cuerpos. Tomé otro álbum. Ya no estaba aburrido ni desconcertado como al principio. Me di cuenta de que Auggie estaba fotografiando el tiempo, el tiempo natural y el tiempo humano, y lo hacía plantándose en una minúscula esquina del mundo y deseando que fuera suya, montando guardia en el espacio que había elegido para sí. Mirándome mientras yo examinaba su trabajo, Auggie continuaba sonriendo con gusto. Luego, casi como si hubiera estado leyendo mis pensamientos, empezó a recitar un verso de Shakespeare.
—Mañana y mañana y mañana —murmuró entre dientes—, el tiempo avanza con pasos menudos y cautelosos.
   Comprendí entonces que sabía exactamente lo que estaba haciendo.
   Eso fue hace más de dos mil fotografías. Desde ese día Auggie y yo hemos comentado su obra muchas veces, pero hasta la semana pasada no me enteré de cómo había adquirido su cámara y empezado a hacer fotos. Ése era el tema de la historia que me contó, y todavía estoy esforzándome por entenderla.
    A principios de esa misma semana me había llamado un hombre del New York Times y me había preguntado si querría escribir un cuento que aparecería en el periódico el día de Navidad. Mi primer impulso fue decir que no, pero el hombre era muy persuasivo y amable, y al final de la conversación le dije que lo intentaría. En cuanto colgué el teléfono, sin embargo, caí en un profundo pánico. ¿Qué sabía yo sobre la Navidad?, me pregunté. ¿Qué sabía yo de escribir cuentos por encargo?
   Pasé los siguientes días desesperado; guerreando con los fantasmas de Dickens, O. Henry y otros maestros del espíritu de la Natividad. Las propias palabras “cuento de Navidad” tenían desagradables connotaciones para mí, en su evocación de espantosas efusiones de hipócrita sensiblería y melaza. Ni siquiera los mejores cuentos de Navidad eran otra cosa que sueños de deseos, cuentos de hadas para adultos, y por nada del mundo me permitiría escribir algo así. Sin embargo, ¿cómo podía nadie proponerse escribir un cuento de Navidad que no fuera sentimental? Era una contradicción en los términos, una imposibilidad, una paradoja. Sería como tratar de imaginar un caballo de carreras sin patas o un gorrión sin alas. No conseguía nada. El jueves salí a dar un largo paseo, confiando en que el aire me despejaría la cabeza. Justo después del mediodía entré en el negocio para reponer mis existencias, y allí estaba Auggie, de pie detrás del mostrador, como siempre. Me preguntó cómo estaba. Sin proponérmelo realmente, me encontré descargando mis preocupaciones sobre él.
 — ¿Un cuento de Navidad? —dijo él cuando yo hube terminado. ¿Sólo es eso? Si me invitas a comer, amigo mío, te contaré el mejor cuento de Navidad que hayas oído nunca. Y te garantizo que hasta la última palabra es verdad.
    Fuimos a Jack’s, un restaurante angosto y ruidoso que tiene buenos sándwiches de pastrami y fotografías de antiguos equipos de los Dodgers colgadas de las paredes. Encontramos una mesa al fondo, pedimos nuestro almuerzo y luego Auggie se lanzó a contarme su historia.
—Fue en el verano del setenta y dos —dijo. Una mañana entró un chico y empezó a robar cosas de la tienda. Tendría unos diecinueve o veinte años, y creo que no he visto en mi vida un ratero de tiendas más patético. Estaba de pie al lado del expositor de periódicos de la pared del fondo, metiéndose libros en los bolsillos del impermeable. Había mucha gente junto al mostrador en aquel momento, así que al principio no lo vi. Pero cuando me di cuenta de lo que estaba haciendo, empecé a gritar. Echó a correr como una liebre, y cuando yo conseguí salir de detrás del mostrador, él ya iba como una exhalación por la avenida Atlantic. Lo perseguí más o menos media manzana, y luego renuncié. Se le había caído algo, y como yo no tenía ganas de seguir corriendo me agaché para ver lo que era.
    Resultó que era su billetera. No había nada de dinero, pero sí su carnet de conducir junto con tres o cuatro fotografías. Supongo que podía haber llamado a la poli para que lo arrestara. Tenía su nombre y dirección en el carnet, pero me dio pena. No era más que un pobre desgraciado, y cuando miré las fotos que llevaba en la cartera, no fui capaz de enojarme con él. Robert Goodwin. Así se llamaba. Recuerdo que en una de las fotos estaba de pie rodeando con el brazo a su madre o abuela. En otra estaba sentado a los nueve o diez años vestido con un uniforme de béisbol y con una gran sonrisa en la cara. No tuve valor. Me figuré que probablemente era drogadicto. Un pobre chico de Brooklyn sin mucha suerte, y, además, ¿qué importaban un par de libros de bolsillo?
    Así que me quedé con la billetera. De vez en cuando sentía el impulso de devolvérsela, pero lo posponía una y otra vez y nunca hacía nada al respecto. Luego llega la Navidad y yo me encuentro sin nada que hacer. Generalmente el jefe me invita a pasar el día en su casa, pero ese año él y su familia estaban en Florida visitando a unos parientes. Así que estoy sentado en mi piso esa mañana compadeciéndome un poco de mí mismo, y entonces veo la cartera de Robert Goodwin sobre un estante de la cocina. Pienso qué diablos, por qué no hacer algo bueno por una vez, así que me pongo el abrigo y salgo para devolver la cartera personalmente.
   La dirección estaba en Boerum Hill, en las casas subvencionadas. Aquel día helaba, y recuerdo que me perdí varias veces tratando de encontrar el edificio. Allí todo parece igual, y recorres una y otra vez la misma calle pensando que estás en otro sitio. Finalmente encuentro el apartamento que busco y llamo al timbre. No pasa nada. Deduzco que no hay nadie, pero lo intento otra vez para asegurarme. Espero un poco más y, justo cuando estoy a punto de marcharme, oigo que alguien viene hacia la puerta arrastrando los pies. Una voz de vieja pregunta quién es, y yo contesto que estoy buscando a Robert Goodwin.
— ¿Eres tú, Robert? —dice la vieja, y luego descorre unos quince cerrojos y abre la puerta. Debe tener por lo menos ochenta años, quizá noventa, y lo primero que noto es que es ciega.
—Sabía que vendrías, Robert —dice—. Sabía que no te olvidarías de tu abuela Ethel en Navidad.
   Y luego abre los brazos como si estuviera a punto de abrazarme.
   Yo no tenía mucho tiempo para pensar, ¿comprendes? Tenía que decir algo rápido y corriendo, y antes de que pudiera darme cuenta de lo que estaba ocurriendo, oí que las palabras salían de mi boca. —Está bien, abuela Ethel —dije—. He vuelto para verte el día de Navidad.
   No me preguntes por qué lo hice. No tengo ni idea. Puede que no quisiera decepcionarla o algo así, no lo sé. Simplemente salió así y de pronto, aquella anciana me abrazaba delante de la puerta y yo la abrazaba a ella.
   No llegué a decirle que era su nieto. No exactamente, por lo menos, pero eso era lo que parecía. Sin embargo, no estaba intentando engañarla. Era como un juego que los dos habíamos decidido jugar, sin tener que discutir las reglas. Quiero decir que aquella mujer sabía que yo no era su nieto Robert. Estaba vieja y chocha, pero no tanto como para no notar la diferencia entre un extraño y su propio nieto. Pero la hacía feliz fingir, y puesto que yo no tenía nada mejor que hacer, me alegré de seguirle la corriente.
   Así que entramos en el apartamento y pasamos el día juntos. Aquello era un verdadero basurero, podría añadir, pero ¿qué otra cosa se puede esperar de una ciega que se ocupa ella misma de la casa? Cada vez que me preguntaba cómo estaba yo le mentía. Le dije que había encontrado un buen trabajo en un negocio de cigarros, le dije que estaba a punto de casarme, le conté cien cuentos chinos, y ella hizo como que se los creía todos.
—Eso es estupendo, Robert —decía, asintiendo con la cabeza y sonriendo. Siempre supe que las cosas te saldrían bien.
    Al cabo de un rato, empecé a tener hambre. No parecía haber mucha comida en la casa, así que me fui a una tienda del barrio y llevé un montón de cosas. Un pollo, sopa de verduras, un recipiente de ensalada de patatas, torta de chocolate, toda clase de cosas. Ethel tenía un par de botellas de vino guardadas en su dormitorio, así que entre los dos conseguimos preparar una comida de Navidad bastante decente. Recuerdo que los dos nos pusimos un poco alegres con el vino, y cuando terminamos de comer fuimos a sentarnos en el cuarto de estar, donde las butacas eran más cómodas. Yo tenía que hacer pis, así que me disculpé y fui al cuarto de baño que había en el pasillo. Fue entonces cuando las cosas dieron otro giro. Ya era bastante disparatado que hiciera el numerito de ser el nieto de Ethel, pero lo que hice luego fue una verdadera locura, y nunca me he perdonado por ello.    Entro en el cuarto de baño y, apiladas contra la pared al lado de la ducha, veo un montón de cámaras, seis o siete, de treinta y cinco milímetros, completamente nuevas, aún en sus cajas, mercancía de primera calidad. Deduzco que eso es obra del verdadero Robert, un sitio donde almacenar botín reciente. Yo no había hecho una foto en mi vida, y ciertamente nunca había robado nada, pero en cuanto veo esas cámaras en el cuarto de baño, decido que quiero una para mí. Así de sencillo. Y, sin pararme a pensarlo, me meto una de las cajas bajo el brazo y vuelvo al cuarto de estar.    No debí ausentarme más de unos minutos, pero en ese tiempo la abuela Ethel se había quedado dormida en su butaca. Demasiado Chianti, supongo. Entré en la cocina para fregar los platos y ella siguió durmiendo a pesar del ruido, roncando como un bebé. No parecía lógico molestarla, así que decidí marcharme. Ni siquiera podía escribirle una nota de despedida, puesto que era ciega y todo eso, así que simplemente me fui. Dejé la cartera de su nieto en la mesa, cogí la cámara otra vez y salí del apartamento. Y ése es el final de la historia.
 — ¿Volviste alguna vez? —le pregunté.
 —Una sola —contestó. Unos tres o cuatro meses después. Me sentía tan mal por haber robado la cámara que ni siquiera la había usado aún. Finalmente tomé la decisión de devolverla, pero la abuela Ethel ya no estaba allí. No sé qué le había pasado, pero en el apartamento vivía otra persona y no sabía decirme dónde estaba ella.
 —Probablemente había muerto.
 —Sí, probablemente.
 —Lo cual quiere decir que pasó su última Navidad contigo.
 —Supongo que sí. Nunca se me había ocurrido pensarlo.
 —Fue una buena obra, Auggie. Hiciste algo muy lindo por ella.
 —Le mentí y luego le robé. No veo cómo puedes llamarle a eso una buena obra.
 —La hiciste feliz. Y además la cámara era robada. No es como si la persona a quien se la quitaste fuese su verdadero propietario.
 —Todo por el arte, ¿eh, Paul?
—Yo no diría eso. Pero por lo menos le has dado un buen uso a la cámara.
 —Y ahora tienes un cuento de Navidad, ¿no?
 —Sí —dije—. Supongo que sí.
   Hice una pausa durante un momento, mirando a Auggie mientras una sonrisa malévola se extendía por su cara. Yo no podía estar seguro, pero la expresión de sus ojos en aquel momento era tan misteriosa, tan llena del resplandor de algún placer interior, que repentinamente se me ocurrió que se había inventado toda la historia. Estuve a punto de preguntarle si me había tomado por tonto, pero luego comprendí que nunca me lo diría. Me había embaucado, y eso era lo único que importaba. Mientras haya una persona que se la crea, no hay ninguna historia que no pueda ser verdad.
—Eres un genio, Auggie —dije—. Gracias por ayudarme.
 —Siempre que quieras —contestó él, mirándome aún con aquella luz maníaca en los ojos. Después de todo, si no puedes compartir tus secretos con los amigos, ¿qué clase de amigo eres?
—Supongo que estoy en deuda contigo.
—No, no. Simplemente escríbela como yo te la he contado y no me deberás nada.
—Excepto el almuerzo.
—Eso es. Excepto el almuerzo. Devolví la sonrisa de Auggie con otra mía y luego llamé al camarero y pedí la cuenta.

http://web.educastur.princast.es/ies/leopoldo/biblioteca2012/cuentos%20navidad/documentos/relatos/cuento_auster.pdf

Versión tomada del libro "Literatura Universal" de Editorial Santillana ,1999
páginas 240/243


miércoles, 23 de diciembre de 2015

Escrituras: Creatividad Humana y Comunicación

Cursos

Escrituras: Creatividad Humana y Comunicación

En línea
Ciclo lectivo
Marzo a agosto de 2016

Presentación

El Área Educación y Área Comunicación y Cultura de FLACSO Argentina apuestan por la innovación académica y presenta su nuevo Curso de Posgrado Internacional con cooperación entre Barcelona, México y Buenos Aires.
La cuestión de la creatividad humana es una realidad que hoy más que nunca está saliendo a la superficie gracias a la visibilización que proporciona el uso de las redes sociales. El uso masivo de estas herramientas no es más que el correlato de la capacidad para crear y la necesidad de transmitir y compartir dicha capacidad creativa que el ser humano posee de forma inherente.
En la actualidad, el consumo de ficción, así se intente frenar, es imparable, y está potenciado por la llegada de Internet a la mayoría de la población. Todos, como seres nodulares, estamos interconectados y esta interconexión se realiza a través del lenguaje. No dejaría de ser una contradicción entonces que el sistema en el que estamos inmersos despreciase la ficción, entendida como capacidad creadora del ser humano, teniendo en cuenta que uno de los pilares básicos de su existencia se rige precisamente por la comunicación entre seres que han hecho de Internet un elemento indisociable de su vida. El consumo de nuevas formas de relación, la búsqueda de novedosos espacios para la semiótica y la comunicación simbólica, debería hacernos ver lo importante que es el lenguaje de signos como medio para la comunicación de entidades reales.
El Curso de Posgrado Escrituras: creatividad humana y comunicación propone una línea de trabajo sobre la siguiente hipótesis: si aceptamos que el canal de transmisión de la creatividad es, primordialmente, la palabra escrita, no como fin en sí mismo, sino como transmisión de las diversas artes, la poesía ha de ser entendida como origen y musicalidad, la narrativa como la traducción de una serie de hechos y sensaciones cuya función deviene social si atendemos al concepto aristotélico de mímesis; y, finalmente, el lenguaje teatral y cinematográfico debe entenderse como una suerte de adaptación de ese tipo de herramienta comunicacional del ser humano y, al mismo tiempo, como una de las formas óptimas de instauración del diálogo entre cuerpo social y creatividad humana concreta.
A su vez, la sistematización y la introducción del arte ejercitado por el hombre ha de ser llevada a cabo por profesionales capacitados para analizar, filtrar y ensalzar o criticar aquello que carezca de los estándares de calidad estipulados por el cuerpo social contemporáneo. En un mundo repleto de visibilidad virtual, el periodismo cultural actuaría a día de hoy como una suerte de filtro y como uno de los canales directos de formación de canon artístico, con una interacción mucho más fuerte que el de la academia, para cuya constitución se hace necesaria una sedimentación temporal poco acorde con el ritmo de vida actual.A medio camino entre el ensayo académico, -por lo que debe poseer de investigación, rigor y disciplina- y la construcción de un discurso narrativo con metas de captatio benevolentia, el periodismo cultural se erige como la salida lógica de la aplicación de la creatividad humana en la vida contemporánea.
Reconocer y practicar las manifestaciones básicas del arte, la importancia de la capacidad creativa del ser humano para el cuerpo social en el que se inserta, conocer las formas de llevar a cabo un discurso literario, diferenciarlo del discurso ensayístico y obtener un conocimiento acerca de cómo aplicar esa capacidad creativa al mundo real a través del ejercicio del periodismo cultural es la meta fundamental del presente curso.