sábado, 4 de julio de 2009

Lo que la Tortuga le dijo a Aquiles
Lewis Carroll

Título original: What the Tortoise Said to Achilles
Traducción de: Humpty Dumpty
Originalmente publicado en Mind, No. 4, 1895, pp. 278-280


Aquiles ha alcanzado a la Tortuga y se ha sentado cómodamente en su espalda.

“¿Así que has llegado al final del curso de nuestra carrera?” Dijo la Tortuga.

“¿Incluso a pesar de que consiste en una infinita serie de distancias? ¿No había probado algún sabiondo que la cosa no podía ser hecha?”

“Puede ser hecha” dijo Aquiles. “¡Ha sido hecha! Solvitur Ambulando. Verás, las distancias estaban disminuyendo constantemente: y así...”

“Pero si ellas se incrementaban constantemente” Interrumpió la Tortuga. “¿Cómo entonces?”

“Entonces yo no debiera estar aquí” Aquiles replicó modestamente; “!Y en éste momento tú ya deberías haber dado muchas vueltas alrededor de la tierra¡”

“Me aplastas...me aplanas, quiero decir” dijo la Tortuga; “!eres un peso pesado, es indiscutible¡ Ahora bien, ¿te gustaría saber de una pista de carreras, que la mayoría de la gente imagina que puede completar en dos o tres pasos, cuando en realidad consiste en un infinito número de distancias, cada una más larga que la anterior?”

“!Muchísimo, de hecho¡” dijo el guerrero griego, al tiempo que sacaba de su casco (Pocos guerreros griegos poseían bolsillos en aquellos días) una enorme libreta y un lápiz. “¡Procede! ¡Y habla lentamente, por favor! ¡La taquigrafía no ha sido inventada aún!”

“¡Aquella hermosa Primera Proposición de Euclides!” la Tortuga murmuró como entre sueños. “¿Admiras a Euclides?”

“¡Apasionadamente! ¡Tanto, al menos, como pueda uno admirar un tratado que no será publicado, sino en algunos siglos más!”

“Pues bien, tomemos un trocito del argumento en esa Primera Proposición, sólo dos pasos, y la conclusión extraída de ellos. Se tan amable de ingresarlos en tu Libreta. Y en orden a referirlos convenientemente, llamémosles A, B, y Z:

(A) Las cosas que son iguales a lo mismo, son iguales entre sí.

(B) Los dos lados del triángulo son iguales a lo mismo.

(Z) Los dos lados del triángulo son iguales entre sí.

“Los lectores de Euclides otorgarán, supongo, que Z se sigue lógicamente de A y B, así que quién acepte A y B como verdaderas ¿Deberá aceptar Z como verdadera?” “¡Indudablemente! El niño más joven en una secundaria –tan pronto como las secundarias sean inventadas, lo cual no ocurrirá hasta unos dos mil años más adelante– lo concederá”

“Y algún lector que no haya aceptado aún A y B como verdaderas ¿Puede aún aceptar la secuencia como válida? Supongo” “Sin duda un lector tal puede existir.

Él puede decir ‘Acepto como verdadera la Proposición Hipotética de que, si A y B son verdaderas, Z debe ser verdadera; pero no acepto A y B como verdaderas. Un lector como ese debiera abandonar juiciosamente a Euclides, y dedicarse al fútbol.”

“¿Y no podría también haber un lector que dijera ‘Acepto A y B como verdaderas, pero no acepto la Hipotética’?”

“Ciertamente puede haber. Él, también, haría mejor en dedicarse al fútbol.” “Y ninguno de esos lectores”, continuó la Tortuga, “¿está como bajo la necesidad lógica de aceptar Z como verdadera?”

“Correcto” Asintió Aquiles.

“Bueno, ahora, quiero que me consideres como un lector del segundo tipo, y que me fuerces, lógicamente, a aceptar Z como verdadera.”

“Una Tortuga jugando fútbol sería...” Empezaba a decir Aquiles.

“Una anormalidad, por cierto” interrumpió la tortuga apresuradamente. “No te desvíes del punto ¡Veamos Z primero y el fútbol más tarde!”

“¿Tengo que forzarte a aceptar Z?” dijo Aquiles meditativamente. “Y tu posición presente es que aceptas A y B, pero tú no aceptas la Hipotética...”

“Digamos que todo es C,” dijo la Tortuga.

“...pero tu no aceptas:

(C) Si A y B son verdaderas, Z debe ser verdadera:” “Esa es mi actual posición” dijo la Tortuga. “Entonces debo pedirte que aceptes C.” “Lo haré”, dijo la Tortuga, “tan pronto como lo hayas puesto en esa libreta tuya ¿Qué más tienes en ella?”

“Sólo unas pocas anotaciones” dijo Aquiles, dejando correr nerviosamente las hojas: “unos pocos apuntes de... ¡de las batallas en la cuales me he distinguido!”

“Lleno de hojas blancas, ¡ya veo!” la Tortuga alegremente recalcó. “¡Las necesitaremos todas!. Ahora escribe lo que dicte”:

(A) Las cosas que son iguales a lo mismo, son iguales entre sí.

(B) Los dos lados del triángulo son iguales a lo mismo.

(C) Si A y B son verdaderas, Z debe ser verdadera.

(Z) Los dos lados del triángulo son iguales entre sí.”

“Deberías llamarlo D, y no Z,” dijo Aquiles. “viene a continuación de las otras tres.

Si aceptas A y B y C, debes aceptar Z.”

“¿Y porqué debo?”

“Porque se sigue lógicamente de ellas. Si A y B y C, son verdaderas, Z debe ser

verdadera. ¿Tú no disputarás eso? Imagino” “Si A y B y C son verdaderas, Z debe ser verdadera,” meditabundamente repetía la Tortuga. “Esa es otra Hipotética, ¿no lo es? Y, si he fallado en ver su verdad, puedo aceptar A y B y C, y aún no aceptar Z, ¿no puedo?”

“Puedes” admitió el cándido héroe; “a pesar de que tal necedad sea fenomenal. Si es que es posible. Así es que debo pedirte que concedas una Hipotética más.” “Muy bien, estoy completamente dispuesta a concederlo, tan pronto como lo hayas escrito. Lo llamaremos:

(D) Si A y B y C son verdaderas, Z debe ser verdadera. ¿Lo has puesto en tu libreta?”

“¡Lo tengo!” Aquiles Gozosamente exclamó, al tiempo en que ponía al lápiz en su estuche. “¡Y al fin hemos llegado al fin de ésta ideal pista de carreras! Ahora que aceptas A y B y C y D, por supuesto aceptas Z?”

“¿Lo hago?” dijo la Tortuga inocentemente. “Hagámoslo completamente claro.

Acepto A y B y C y D. Supón que aún rechazo aceptar Z”

“Entonces la Lógica te tomaría por la garganta ¡y te forzaría a ello!” replicó Aquiles.

“La Lógica te diría ‘No puedes evitarte a ti mismo. Ahora que has aceptado A y B y C y D, debes aceptar Z!’ así que verás que no tenías elección!”

“Como sea La Lógica es suficientemente buena para decirme que vale la pena anotar” dijo la Tortuga. “Así que pon en tu libro por favor. Lo llamaremos (E) Si A y B y C y D son verdaderas, Z debe ser verdadera.

¿Ves que es un paso completamente necesario?”

“Ya veo” dijo Aquiles; y había un toque de tristeza en su tono.

Aquí el narrador, habiendo tenido negocios urgentes en el banco, fue obligado a dejar al feliz par, y no reparó en el punto nuevamente, hasta algunos meses después. Cuando lo hizo, Aquiles estaba aún sentado sobre la espalda de la muy resistente Tortuga, y escribía en su libreta, la cual parecía estar casi completamente llena. La Tortuga decía “¿Has anotado el último paso? A no ser que haya perdido la cuenta, son mil uno. Hay muchos millones más por venir.

¿Considerarías, como un favor personal –teniendo en cuenta que mucho de la instrucción de éste coloquio nuestro, proveerá a los Lógicos del Siglo XIX. ¿te importaría, digo, adoptar un juego de palabras que mi primo, la Falsa Tortuga inventará entonces, permitiéndote a ti mismo ser rebautizado como quien Nos Enseñó?

“¡Como desees!” replicó el cansado guerrero, en los huecos tonos de la desesperanza, al tiempo en que hundía la cara entre sus manos. “Con tal de que tú, por tu parte, adoptaras un juego de palabras que la Falsa Tortuga nunca hizo, y permitirte ser rebautizado ¡Fácil de Matar!”

Fuente: http://www.guiascostarica.com/alicia/aquiles.html



viernes, 3 de julio de 2009

Uno de Cortázar que no conocía

"BREVE CURSO DE OCEANOGRAFIA"JULIO CORTÁZAR

BREVE CURSO DE OCEANOGRAFIA




Observando con atención un mapa de la Luna se notará que sus "mares" y "ríos" distan mucho de tener comunicación entre sí; por el contrario, guardan una reserva completa y perpetúan abstraídamente el recuerdo de antiguas aguas. De ahí que los maestros enseñen a sus boquiabiertos discípulos que en la Luna hubo alguna vez cuencas cerradas, y por cierto ningún sistema de vasos comunicantes.

Todo ello ocurre al no tenerse oficialmente noticia de la cara opuesta del satélite. Sólo a mí, ¡oh dulcísima Selene!, me es conocida tu espalda de azúcar. Allí, en la zona que el imbécil de Endimión hubiera podido sojuzgar para su delicia, los ríos y los mares se conjugaban otrora en una vastísima corriente, en un estuario ahora pavorosamente seco y enjuto, recubierto por las ásperas crines del sol que lo golpean y acucian, es verdad que sin resultado alguno.
No temas, Astarté. Tu tragedia será dicha, tu pena y tu nostalgia; pero yo la expondré bellamente, que aquí en el planeta del cual dependes cuenta más la forma que la ética. Déjame narrar cómo en antiguos tiempos tu corazón era un inexhaustible manantial del cual
fluían los ríos de voluptuosa cintura, devoradores de montañas, alpinistas amedrentados, siempre camino abajo hasta encontrarse todos, luego de petulantes evoluciones, en la magna corriente de tu espalda que los llevaba al OCÉANO. ¡Al Océano multiforme, de cabezas y senos henchido!
Acontecía la corriente de ancha envergadura, con aguas ya olvidadas de adolescentes juegos. La Luna era doncella y su río le tejía una trenza bajándole por el fino hueco entre los omóplatos, quemándole con fría mano la región donde los riñones tiemblan como potros bajo la espuela. Así por siempre, incesantemente la trenza descendía envuelta en paisajes minerales, asistida de grave complacencia, resumen ya de hidrografías vastísimas.
Si entonces hubiéramos podido verla, si entonces no hubiésemos estado entre el helecho y el pterodáctilo, primeros estadios hacia una condición mejor, qué prodigio de plata y espuma nos hubiera resbalado por los ojos. Cierto que la corriente colectora, la Magna, fluía sobre la faz opuesta a la tierra. Pero, ¿y los mares entre montañas, los estupendos circos entones henchidos de su sustancia flexible? ¿Y la reverberación de las ola, aplaudiendo la propia arquitectura? ¡Agua sorprendente! Después de mil castillos y manteles efímeros, después de regatas y pasteles de boda y grandes demostraciones navales frente a las rocas aferradas a su sinecura, la teoría rumorosa se encaminaba
hacia el magno estuario lado, ordenando sus legiones.
Déjame decir esto a los hombres, Selene cadenciosa; aquellas aguas estaban habitadas por una raza celeste, de fusiforme contextura, de hábitos bondadosos y corazón siempre rebosado. ¿Conoces los delfines, lector? Sí, desde la horda del transatlántico, una platea de cine, las novelas náuticas. Yo te pregunto si los conoces íntimamente, si has podido alguna vez interrogar la esfera melancólica de sus vidas al parecer tan alegres. Yo pregunto si, superando la fácil satisfacción que proporcionan los textos de zoología, has mirado a un delfín exactamente en el centro de los ojos...
Por las aguas de la gran corriente descendían pues los selenitas, seres entornados a toda evidencia excesiva, libres aún de comparación y de nombres, nadadores y lotógrafos. A diferencia de los delfines no saltaban sobre las aguas; sus lomos indolentes ascendían con la pausa de las olas, sus pupilas vidriadas contemplaban en perpetua maravilla la sucesión de volcanes humeantes en la ribera, los glaciares cuya presencia anunciaba de pronto en el frío de las aguas como manos viscosas buscando el vientre por debajo y furtivamente. Y huían entonces de los glaciares en busca de la tibieza que la corriente conservaba en sus profundas napas de crudo azul.
Es esto lo más triste de contar; es esto lo más cruel. Que la corriente colectora olvidase un día la fidelidad a su cauce, que por sobre la fácil curvatura de la Luna creara una húmeda tangente de rebeldía, que se desplazara apoyada en el espeso aire, rumbo al espacio y a la libertad... ¿cómo mirarlo sin sentir en las vértebras un acorde de agria disonancia?. Por sobre el aire se alejaba la corriente, proyectándose una ruta de definido motín, llevando consigo las aguas de la Luna desgarrada de asombro, repentinamente desnuda y sin caricias.
¡Pobres selenitas, pobres tibios y amables selenitas! Sumidos en las aguas nada sabían de su sideral derrota; tan sólo uno, abandonado del cauce de la gran corriente, podía lamentar ya tan incierto destino. Largo tiempo estuvo el selenita viendo alejarse la corriente por el espacio. No se atrevía a separar de ella sus ojos porque empequeñecía por momentos y apenas semejaba una lágrima en lo alto del cielo. Después el tiempo giró sobre su eje y la muerte fue llegando despacio hasta apoyar con dulzura la mano sobre la combada frente del abandonado. Y a partir de ese instante comenzó la Luna a ser tal como la enseñan los tratados.
La envidiosa Tierra -¡oh, Selene, lo diré aunque te opongas por temor a un más severo castigo!- era la culpable. Concentrando innúmeras reservas de sus fuerza de atracción en la cumbre del Kilimanjaro, era ella, planeta infecto, quien había arrancado a la Luna su trenza poliforme. Ahora, abierta de par en par la boca en una mueca sedienta, esperaba el arribo de la vasta corriente, ansiosa por adornarse con ella y esconder bajo el líquido cosmético la fealdad que sus habitantes conocemos de sobra.
¿Diré algo más? Triste, triste es asistir al arribo de aquellas aguas que se aplastaron contra el suelo con un chasquido opaco para tenderse después como babas de vómito, sucias de la escoria primitiva, aposentándose en los abismos de donde el aire huía con estampidos horrendos... Oh, Astarte, mejor es callar ya, mejor es acodarse en la borda de los buques cuando la noche es tuya, mirando los delfines que saltan como peonzas y vuelven al mar, reiteradamente saltan y retornan a su cárcel. Y ver, Astarté tristísima, como los delfines saltan por ti buscándote, llamándote; cómo se parecen a los selenitas, raza celeste de fusiforme contextura, de hábitos bondadosos y corazón siempre rebosado. Rebosado ahora de sucia resaca y apenas con la luz que tu imagen, que en pequeñísima perla fosforece para cada uno de ellos en lo más hondo de su noche. (*)

(*) Fuente: "Breve curso de oceanografía", en Julio Cortázar, Cuentos Completos 1, Buenos Aires, Alfaguara, 1999.

Fuente: http://www.geomundos.com/cultura/poemancipado/tu-mas-profunda-pieljulio-cortazar_doc_11231.html


Eugenia Almeida autora de "El colectivo"

Recordando a Piglia


"La loca y el relato del crimen":Ricardo Piglia

Nació en Adrogué, provincia de Buenos Aires, el 24 de noviembre de 1940. Estudió Historia en la Facultad de Humanidades de la Universidad Nacional de la Plata. Narrador, guionista, crítico, ensayista y docente universitario "La loca y el relato del crimen" integra el libro Nombre falso.

I



Gordo, difuso, melancólico, el traje de filafil verde nilo flotándole en el cuerpo, Almada salió ensayando un aire de secreta euforia para tratar de borrar su abatimiento.

Las calles se aquietaban ya; oscuras y lustrosas bajaban con un suave declive y lo hacían avanzar plácidamente, sosteniendo el ala del sombrero cuando el viento del río le tocaba la cara. En ese momento las coperas entraban en el primer turno. A cualquier hora hay hombres buscando una mujer, andan por la ciudad bajo el sol pálido, cruzan furtivamente hacia los dancings que en el atardecer dejan caer sobre la ciudad una música dulce. Almada se sentía perdido, lleno de miedo y de desprecio. Con el desaliento regresaba el recuerdo de Larry: el cuerpo distante de la mujer, blando sobre la banqueta de cuero, las rodillas abiertas, el pelo rojo contra las lámparas celestes del New Deal. Verla de lejos, a pleno día, la piel gastada, las ojeras, vacilando contra la luz malva que bajaba del cielo: altiva, borracha, indiferente, como si él fuera una planta o un bicho. “Poder humillarla una vez”, pensó. “Quebrarla en dos para hacerla gemir y entregarse.”

En la esquina, el local del New Deal era una mancha ocre, corroída, más pervertida aun bajo la neblina de las seis de la tarde. Parado enfrente, retacón, ensimismado, Almada encendió un cigarrillo y levantó la cara como buscando en el aire el perfume maligno de Larry. Se sentía fuerte ahora, capaz de todo, capaz de entrar al cabaret y sacarla de un brazo y cachetearla hasta que obedeciera. “Años que quiero levantar vuelo”, pensó de pronto. “Ponerme por mi cuenta en Panamá, Quito, Ecuador.” En un costado, tendida en un zaguán, vio el bulto sucio de una mujer que dormía envuelta en trapos. Almada la empujó con un pie.

—Che, vos —dijo.

La mujer se sentó tanteando el aire y levantó la cara como enceguecida.

—¿Cómo te llamás? —dijo él.

—¿Quién?

—Vos. ¿O no me oís?

—Echevarne Angélica Inés —dijo ella, rígida—. Echevarne Angélica Inés, que me dicen Anahí.

—¿Y qué hacés acá?

—Nada —dijo ella—. ¿Me das plata?

—Ahá, ¿querés plata?

—La mujer se apretaba contra el cuerpo un viejo sobretodo de varón que la envolvía como una túnica.

—Bueno —dijo él—. Si te arrodillás y me besás los pies te doy mil pesos.

—¿Eh?

—¿Ves? Mirá —dijo Almada agitando el billete entre sus deditos mochos—. Te arrodillás y te lo doy.

—Yo soy ella, soy Anahí. La pecadora, la gitana.

—¿Escuchaste? —dijo Almada—. ¿O estás borracha?

—La macarena, ay macarena, llena de tules —cantó la mujer y empezó a arrodillarse contra los trapos que le cubrían la piel hasta hundir su cara entre las piernas de Almada. Él la miró desde lo alto, majestuoso, un brillo húmedo en sus ojitos de gato.

—Ahí tenés. Yo soy Almada —dijo y le alcanzó el billete—. Cómprate perfume.

—La pecadora. Reina y madre —dijo ella—. No hubo nunca en todo este país un hombre más hermoso que Juan Bautista Bairoletto, el jinete.

Por el tragaluz del dancing se oía sonar un piano débilmente, indeciso. Almada cerró las manos en los bolsillos y enfiló hacia la música, hacia los cortinados color sangre de la entrada.

—La macarena, ay macarena —cantaba la loca—. Llena de tules y sedas, la macarena, ay, llena de tules —cantó la loca.

Antúnez entró en el pasillo amarillento de la pensión de Viamonte y Reconquista, sosegado, manso ya, agradecido a esa sutil combinación de los hechos de la vida que él llamaba su destino. Hacía una semana que vivía con Larry. Antes se encontraban cada vez que él se demoraba en el New Deal sin elegir o querer admitir que iba por ella; después, en la cama, los dos se usaban con frialdad y eficacia, lentos, perversamente. Antúnez se despertaba pasado el mediodía y bajaba a la calle, olvidado ya del resplandor agrio de la luz en las persianas entornadas. Hasta que al fin una mañana, sin nada que lo hiciera prever, ella se paró desnuda en medio del cuarto y como si hablara sola le pidió que no se fuera. Antúnez se largó a reír: “¿Para qué?”, dijo. “¿Quedarme?”, dijo él, un hombre pesado, envejecido. “¿Para qué?”, le había dicho, pero ya estaba decidido, porque en ese momento empezaba a ser consciente de su inexorable decadencia, de los signos de ese fracaso que él había elegido llamar su destino. Entonces se dejó estar en esa pieza, sin nada que hacer salvo asomarse al balconcito de fierro para mirar la bajada de Viamonte y verla venir, lerda, envuelta en la neblina del amanecer. Se acostumbró al modo que tenía ella de entrar trayendo el cansancio de los hombres que le habían pagado copas y arrimarse, como encandilada, para dejar la plata sobre la mesa de luz. Se acostumbró también al pacto, a la secreta y querida decisión de no hablar del dinero, como si los dos supieran que la mujer pagaba de esa forma el modo que tenía él de protegerla de los miedos que de golpe le daban de morirse o de volverse loca.

“Nos queda poco de juego, a ella y a mí”, pensó llegando al recodo del pasillo, y en ese momento, antes de abrir la puerta de la pieza supo que la mujer se le había ido y que todo empezaba a perderse. Lo que no pudo imaginar fue que del otro lado encontraría la desdicha y la lástima, los signos de la muerte en los cajones abiertos y los muebles vacíos, en los frascos, perfumes y polvos de Larry tirados por el suelo: la despedida o el adiós escrito con rouge en el espejo del ropero, como un anuncio que hubiera querido dejarle la mujer antes de irse.

Vino él vino Almada vino a llevarme sabe todo lo nuestro vino al cabaret y es como un bicho una basura oh dios mío andate por favor te lo pido olvidame como si nunca hubiera estado en tu vida yo Larry por lo que más quieras no me busques porque él te va a matar.

Antúnez leyó las letras temblorosas, dibujadas como una red en su cara reflejada en la luna del espejo.





II



A Emilio Renzi le interesaba la lingüística pero se ganaba la vida haciendo bibliográficas en el diario El Mundo: haber pasado cinco años en la Facultad especializándose en la fonología de Trubetzkoi y terminar escribiendo reseñas de media página sobre el desolado panorama literario nacional era sin duda la causa de su melancolía, de ese aspecto concentrado y un poco metafísico que lo acercaba a los personajes de Roberto Arlt.

El tipo que hacía policiales estaba enfermo la tarde en que la noticia del asesinato de Larry llegó al diario. El viejo Luna decidió mandar a Renzi a cubrir la información porque pensó que obligarlo a mezclarse en esa historia de putas baratas y cafishios le iba a hacer bien. Habían encontrado a la mujer cosida a puñaladas a la vuelta del New Deal; el único testigo del crimen era una pordiosera medio loca que decía llamarse Angélica Echevarne. Cuando la encontraron acunaba el cadáver como si fuera una muñeca y repetía una historia incomprensible. La Policía detuvo esa misma mañana a Juan Antúnez, el tipo que vivía con la copera, y el asunto parecía resuelto.

—Tratá de ver si podés inventar algo que sirva —le dijo el viejo Luna—. Andáte hasta el Departamento que a las seis dejan entrar al periodismo.

En el Departamento de policía Renzi encontró a un solo periodista, un tal Rinaldi, que hacía crímenes en el diario La Prensa. El tipo era alto y tenía la piel esponjosa, como si recién hubiera salido del agua. Los hicieron pasar a una salita pintada de celeste que parecía un cine: cuatro lámparas alumbraban con una luz violenta una especie de escenario de madera. Por allí sacaron a un hombre altivo que se tapaba la cara con las manos esposadas: enseguida el lugar se llenó de ángulos. El tipo parecía flotar en una niebla y cuando bajó las manos miró a Renzi con ojos suaves.

—Yo no he sido —dijo—. Ha sido el gordo Almada, pero a ése lo protegen de arriba.

Incómodo, Renzi sintió que el hombre le hablaba sólo a él y le exigía ayuda.

—Seguro fue éste —dijo Rinaldi cuando se lo llevaron—. Soy capaz de olfatear un criminal a cien metros: todos tienen la misma cara de gato meado, todos dicen que no fueron y hablan como si estuvieran soñando.

—Me pareció que decía la verdad.

—Siempre parecen decir la verdad. Ahí está la loca. La vieja entró mirando la luz y se movió por la tarima con un leve balanceo, como si caminara atada. En cuanto empezó a oírla Renzi encendió su grabador.

—Yo he visto todo he visto como si me viera el cuerpo todo por dentro los ganglios las entrañas el corazón que pertenece que perteneció y va a pertenecer a Juan Bautista Bairoletto el jinete por ese hombre le estoy diciendo váyase de aquí enemigo mala entraña o no ve que quiere sacarme la piel a lonjas y hacer visos encajes ropa de tul trenzando el pelo de la Anahí gitana la macarena, ay macarena una arrastrada sos no tenés alma y el brillo en esa mano un pedernal tomo ácido te juro si te acercás tomo ácido pecadora loca de envidia porque estoy limpia yo de todo mal soy una santa Echevarne Angélica Inés que me dicen Anahí tenía razón Hitler cuando dijo hay que matar a todos los entrerrianos soy bruja y soy gitana y soy la reina que teje un tul hay que tapar el brillo de esa mano un pedernal, el brillo que la hizo morir por qué te sacás el antifaz mascarita que me vio o no me vio y le habló de ese dinero Madre María Madre María en el zaguán Anahí fue gitana y fue reina y fue amiga de Evita Perón y dónde está el purgatorio si no estuviera en Lanús donde llevaron a la virgen con careta en esa máquina con un moño de tul para taparle la cara que la he tenido blanca por la inocencia.

—Parece una parodia de Macbeth —susurró, erudito, Rinaldi—. Se acuerda ¿no? El cuento contado por un loco que nada significa.

—Por un idiota, no por un loco —rectificó Renzi—. Por un idiota. ¿Y quién le dijo que no significa nada?

La mujer seguía hablando de cara a la luz.

—Por qué me dicen traidora sabe por qué le voy a decir porque a mí me amaba el hombre más hermoso en esta tierra Juan Bautista Bairoletto jinete de poncho inflado en el aire es un globo un globo gordo que flota bajo la luz amarilla no te acerqués si te acercás te digo no me toqués con la espada porque en la luz es donde yo he visto todo he visto como si me viera el cuerpo todo por dentro los ganglios las entrañas el corazón que perteneció que pertenece y que va a pertenecer.

—Vuelve a empezar —dijo Rinaldi.

—Tal vez está tratando de hacerse entender. —¿Quién? ¿Esa? Pero no ve lo rayada que está —dijo mientras se levantaba de la butaca—. ¿Viene?

—No. Me quedo.

—Oiga viejo. ¿No se dio cuenta que repite siempre lo mismo desde que la encontraron?

—Por eso —dijo Renzi controlando la cinta del grabador—. Por eso quiero escuchar: porque repite siempre lo mismo.



Tres horas más tarde Emilio Renzi desplegaba sobre el sorprendido escritorio del viejo Luna una transcripción literal del monólogo de la loca, subrayado con lápices de distintos colores y cruzado de marcas y de números.

—Tengo la prueba de que Antúnez no mató a la mujer. Fue otro, un tipo que él nombró, un tal Almada, el gordo Almada.

—¿Qué me contás? —dijo Luna, sarcástico—. Así que Antúnez dice que fue Almada y vos le creés.

—No. Es la loca que lo dice; la loca que hace diez horas repite siempre lo mismo sin decir nada. Pero precisamente porque repite lo mismo se la puede entender. Hay una serie de reglas en lingüística, un código que se usa para analizar el lenguaje psicótico.

—Decime pibe —dijo Luna lentamente—. ¿Me estás cargando?

—Espere, déjeme hablar un minuto. En un delirio el loco repite, o mejor, está obligado a repetir ciertas estructuras verbales que son fijas, como un molde ¿se da cuenta? un molde que va llenando con palabras. Para analizar esa estructura hay 36 categorías verbales que se llaman operadores lógicos. Son como un mapa, usted los pone sobre lo que dicen y se da cuenta que el delirio está ordenado, que repite esas fórmulas. Lo que no entra en ese orden, lo que no se puede clasificar, lo que sobra, el desperdicio, es lo nuevo: es lo que el loco trata de decir a pesar de la compulsión repetitiva. Yo analicé con ese método el delirio de esa mujer. Si usted mira va a ver que ella repite una cantidad de fórmulas, pero hay una serie de frases, de palabras que no se pueden clasificar, que quedan fuera de esa estructura. Yo hice eso y separé esas palabras y ¿qué quedó? —dijo Renzi levantando la cara para mirar al viejo Luna—. ¿Sabe qué queda? Esta frase: El hombre gordo la esperaba en el zaguán y no me vio y le habló de dinero y brilló esa mano que la hizo morir. ¿Se da cuenta —remató Renzi, triunfal—. El asesino es el gordo Almada.

El viejo Luna lo miró impresionado y se inclinó sobre el papel.

—¿Ve? —insistió Renzi—. Fíjese que ella va diciendo esas palabras, las subrayadas en rojo, las va diciendo entre los agujeros que se puede hacer en medio de lo que está obligada a repetir, la historia de Bairoletto, la virgen y todo el delirio. Si se fija en las diferentes versiones va a ver que las únicas palabras que cambian de lugar son esas con las que ella trata de contar lo que vio.

—Che, pero qué bárbaro. ¿Eso lo aprendiste en la Facultad?

—No me joda.

—No te jodo, en serio te digo. ¿Y ahora qué vas a hacer con todos estos papeles? ¿La tesis?

—¿Cómo qué voy a hacer? Lo vamos a publicar en el diario. El viejo Luna sonrió como si le doliera algo.

—Tranquilizate pibe. ¿O pensás que este diario se dedica a la lingüística?

—Hay que publicarlo ¿no se da cuenta? Así lo pueden usar los abogados de Antúnez. ¿No ve que ese tipo es inocente?

—Oíme, el tipo ese está cocinado, no tiene abogados, es un cafishio, la mató porque a la larga siempre terminan así las locas esas. Me parece fenómeno el jueguito de palabras, pero paramos acá. Hacé una nota de cincuenta líneas contando que a la mina la mataron a puñaladas.

—Escuche, señor Luna —lo cortó Renzi—. Ese tipo se va a pasar lo que le queda de vida metido en cana.

—Ya sé. Pero yo hace treinta años que estoy metido en este negocio y sé una cosa: no hay que buscarse problemas con la policía. Si ellos te dicen que lo mató la Virgen María, vos escribís que lo mató la Virgen María.

—Está bien —dijo Renzi juntando los papeles—. En ese caso voy a mandarle los papeles al juez.

—Decime ¿vos te querés arruinar la vida? ¿Una loca de testigo para salvar a un cafishio? ¿Por qué te querés mezclar?

—En la cara le brillaban un dulce sosiego, una calma que nunca le había visto—. Mira, tomate el día franco, andá al cine, hacé lo que quieras, pero no armes lío. Si te enredás con la policía te echo del diario.

Renzi se sentó frente a la máquina y puso un papel en blanco. Iba a redactar su renuncia; iba a escribir una carta al juez. Por las ventanas, las luces de la ciudad parecían grietas en la oscuridad. Prendió un cigarrillo y estuvo quieto, pensando en Almada, en Larry, oyendo a la loca que hablaba de Bairoletto. Después bajó la cara y se largó a escribir casi sin pensar, como si alguien le dictara:

Gordo, difuso, melancólico, el traje de filafil verde nilo flotándole en el cuerpo —empezó a escribir Renzi—, Almada salió ensayando un aire de secreta euforia para tratar de borrar su abatimiento.


Fuente: http://www.geomundos.com/cultura/poemancipado/la-loca-y-el-relato-del-crimenricardo-piglia_doc_10937.html


jueves, 2 de julio de 2009


Alicia en el País de las Maravillas

Lewis Carroll
ALICIA EN EL PAÍS DE LAS MARAVILLAS

INDICE
EN LA MADRIGUERA DEL CONEJO
EL CHARCO DE LAGRIMAS
UNA CARRERA LOCA Y UNA LARGA HISTORIA
LA CASA DEL CONEJO
CONSEJOS DE UNA ORUGA
CERDO Y PIMIENTA
UNA MERIENDA DE LOCOS
EL CROQUET DE LA REINA
LA HISTORIA DE LA FALSA TORTUGA
EL BAILE DE LA LANGOSTA
¿QUIEN ROBO LAS TARTAS?
LA DECLARACIÓN DE ALICIA

A través de la tarde color de oro
el agua nos lleva sin esfuerzo por nuestra parte,
pues los que empujan los remos
son unos brazos infantiles
que intentan, con sus manitas
guiar el curso de nuestra barca.

Pero, ¡las tres son muy crueles!
ya que sin fijarse en el apacible tiempo
ni en el ensueño de la hora presente,
¡exigen una historia de una voz que apenas tiene aliento,
tanto que ni a una pluma podría soplar!
Mas, ¿qué podría una voz tan débil
contra la voluntad de las tres?

La primera, imperiosamente, dicta su decreto:
"¡Comience el cuento!"

La segunda, un poco más amable, pide
que el cuento no sea tonto,
mientras que la tercera interrumpe la historia
nada más que una vez por minuto.

Conseguido al fin el silencio,
con la imaginación las lleva,
siguiendo a esa niña soñada,
por un mundo nuevo, de hermosas maravillas
en el que hasta los pájaros y las bestias hablan
con voz humana, y ellas casi se creen estar allí.

Y cada vez que el narrador intentaba,
seca ya la fuente de su inspiración
dejar la narración para el día siguiente,
y decía: "El resto para la próxima vez",
las tres, al tiempo, decían: "¡Ya es la próxima vez!"

Y así fue surgiendo el "País de las Maravillas",
poquito a poco, y una a una,
el mosaico de sus extrañas aventuras.
Y ahora, que el relato toca a su fin.

También el timón de la barca nos vuelve al hogar,
¡una alegre tripulación, bajo el sol que ya se oculta!

Alicia, para ti este cuento infantil.
Ponlo con tu mano pequeña y amable
donde descansan los cuentos infantiles,
entrelazados, como las flores ya marchitas
en la guirnalda de la Memoria.
Es la ofrenda de un peregrino
que las recogió en países lejanos.

Capítulo 1 - EN LA MADRIGUERA DEL CONEJO

Alicia empezaba ya a cansarse de estar sentada con su hermana a la orilla del río, sin tener nada que hacer: había echado un par de ojeadas al libro que su hermana estaba leyendo, pero no tenía dibujos ni diálogos. «¿Y de qué sirve un libro sin dibujos ni diálogos?», se preguntaba Alicia.

Así pues, estaba pensando (y pensar le costaba cierto esfuerzo, porque el calor del día la había dejado soñolienta y atontada) si el placer de tejer una guirnalda de margaritas la compensaría del trabajo de levantarse y coger las margaritas, cuando de pronto saltó cerca de ella un Conejo Blanco de ojos rosados.

No había nada muy extraordinario en esto, ni tampoco le pareció a Alicia muy extraño oír que el conejo se decía a sí mismo: «¡Dios mío! ¡Dios mío! ¡Voy a llegar tarde!» (Cuando pensó en ello después, decidió que, desde luego, hubiera debido sorprenderla mucho, pero en aquel momento le pareció lo más natural del mundo). Pero cuando el conejo se sacó un reloj de bolsillo del chaleco, lo miró y echó a correr, Alicia se levantó de un salto, porque comprendió de golpe que ella nunca había visto un conejo con chaleco, ni con reloj que sacarse de él, y, ardiendo de curiosidad, se puso a correr tras el conejo por la pradera, y llegó justo a tiempo para ver cómo se precipitaba en una madriguera que se abría al pie del seto.

Un momento más tarde, Alicia se metía también en la madriguera, sin pararse a considerar cómo se las arreglaría después para salir.

Al principio, la madriguera del conejo se extendía en línea recta como un túnel, y después torció bruscamente hacia abajo, tan bruscamente que Alicia no tuvo siquiera tiempo de pensar en detenerse y se encontró cayendo por lo que parecía un pozo muy profundo.

O el pozo era en verdad profundo, o ella caía muy despacio, porque Alicia, mientras descendía, tuvo tiempo sobrado para mirar a su alrededor y para preguntarse qué iba a suceder después. Primero, intentó mirar hacia abajo y ver a dónde iría a parar, pero estaba todo demasiado oscuro para distinguir nada. Después miró hacia las paredes del pozo y observó que estaban cubiertas de armarios y estantes para libros: aquí y allá vio mapas y cuadros, colgados de clavos. Cogió, a su paso, un jarro de los estantes. Llevaba una etiqueta que decía: MERMELADA DE NARANJA, pero vio, con desencanto, que estaba vacío.

No le pareció bien tirarlo al fondo, por miedo a matar a alguien que anduviera por abajo, y se las arregló para dejarlo en otro de los estantes mientras seguía descendiendo.

«¡Vaya! », pensó Alicia. «¡Después de una caída como ésta, rodar por las escaleras me parecerá algo sin importancia! ¡Qué valiente me encontrarán todos! ¡Ni siquiera lloraría, aunque me cayera del tejado!» (Y era verdad.)Abajo, abajo, abajo. ¿No acabaría nunca de caer?

-Me gustaría saber cuántas millas he descendido ya -dijo en voz alta-.

Tengo que estar bastante cerca del centro de la tierra. Veamos: creo que está a cuatro mil millas de profundidad...

Como veis, Alicia había aprendido algunas cosas de éstas en las clases de la escuela, y aunque no era un momento muy oportuno para presumir de sus conocimientos, ya que no había nadie allí que pudiera escucharla, le pareció que repetirlo le servía de repaso.

-Sí, está debe de ser la distancia... pero me pregunto a qué latitud o longitud habré llegado.

Alicia no tenía la menor idea de lo que era la latitud, ni tampoco la longitud, pero le pareció bien decir unas palabras tan bonitas e impresionantes. Enseguida volvió a empezar.

-¡A lo mejor caigo a través de toda la tierra! ¡Qué divertido sería salir donde vive esta gente que anda cabeza abajo! Los antipáticos, creo... (Ahora Alicia se alegró de que no hubiera nadie escuchando, porque esta palabra no le sonaba del todo bien.) Pero entonces tendré que preguntarles el nombre del país. Por favor, señora, ¿estamos en Nueva Zelanda o en Australia?

Y mientras decía estas palabras, ensayó una reverencia. ¡Reverencias mientras caía por el aire! ¿Creéis que esto es posible?

-¡Y qué criatura tan ignorante voy a parecerle! No, mejor será no preguntar nada. Ya lo veré escrito en alguna parte.

Abajo, abajo, abajo. No había otra cosa que hacer y Alicia empezó enseguida a hablar otra vez.

-¡Temo que Dina me echará mucho de menos esta noche ! (Dina era la gata.) Espero que se acuerden de su platito de leche a la hora del té. ¡Dina, guapa, me gustaría tenerte conmigo aquí abajo! En el aire no hay ratones, claro, pero podrías cazar algún murciélago, y se parecen mucho a los ratones, sabes. Pero me pregunto: ¿comerán murciélagos los gatos?

Al llegar a este punto, Alicia empezó a sentirse medio dormida y siguió diciéndose como en sueños: «¿Comen murciélagos los gatos? ¿Comen murciélagos los gatos?» Y a veces: «¿Comen gatos los murciélagos?» Porque, como no sabía contestar a ninguna de las dos preguntas, no importaba mucho cual de las dos se formulara. Se estaba durmiendo de veras y empezaba a soñar que paseaba con Dina de la mano y que le preguntaba con mucha ansiedad: «Ahora Dina, dime la verdad, ¿te has comido alguna vez un murciélago?», cuando de pronto, ¡cataplum!, fue a dar sobre un montón de ramas y hojas secas. La caída había terminado.

Alicia no sufrió el menor daño, y se levantó de un salto. Miró hacia arriba, pero todo estaba oscuro. Ante ella se abría otro largo pasadizo, y alcanzó a ver en él al Conejo Blanco, que se alejaba a toda prisa. No había momento que perder, y Alicia, sin vacilar, echó a correr como el viento, y llego justo a tiempo para oírle decir, mientras doblaba un recodo:

-¡Válganme mis orejas y bigotes, qué tarde se me está haciendo!

Iba casi pisándole los talones, pero, cuando dobló a su vez el recodo, no vio al Conejo por ninguna parte. Se encontró en un vestíbulo amplio y bajo, iluminado por una hilera de lámparas que colgaban del techo.

Había puertas alrededor de todo el vestíbulo, pero todas estaban cerradas con llave, y cuando Alicia hubo dado la vuelta, bajando por un lado y subiendo por el otro, probando puerta a puerta, se dirigió tristemente al centro de la habitación, y se preguntó cómo se las arreglaría para salir de allí.

De repente se encontró ante una mesita de tres patas, toda de cristal macizo.

No había nada sobre ella, salvo una diminuta llave de oro, y lo primero que se le ocurrió a Alicia fue que debía corresponder a una de las puertas del vestíbulo. Pero, ¡ay!, o las cerraduras eran demasiado grandes, o la llave era demasiado pequeña, lo cierto es que no pudo abrir ninguna puerta. Sin embargo, al dar la vuelta por segunda vez, descubrió una cortinilla que no había visto antes, y detrás había una puertecita de unos dos palmos de altura. Probó la llave de oro en la cerradura, y vio con alegría que ajustaba bien.

Alicia abrió la puerta y se encontró con que daba a un estrecho pasadizo, no más ancho que una ratonera. Se arrodilló y al otro lado del pasadizo vio el jardín más maravilloso que podáis imaginar. ¡Qué ganas tenía de salir de aquella oscura sala y de pasear entre aquellos macizos de flores multicolores y aquellas frescas fuentes! Pero ni siquiera podía pasar la cabeza por la abertura. «Y aunque pudiera pasar la cabeza», pensó la pobre Alicia, «de poco iba a servirme sin los hombros. ¡Cómo me gustaría poderme encoger como un telescopio! Creo que podría hacerlo, sólo con saber por dónde empezar.» Y es que, como veis, a Alicia le habían pasado tantas cosas extraordinarias aquel día, que había empezado a pensar que casi nada era en realidad imposible.

De nada servía quedarse esperando junto a la puertecita, así que volvió a la mesa, casi con la esperanza de encontrar sobre ella otra llave, o, en todo caso, un libro de instrucciones para encoger a la gente como si fueran telescopios. Esta vez encontró en la mesa una botellita («que desde luego no estaba aquí antes», dijo Alicia), y alrededor del cuello de la botella había una etiqueta de papel con la palabra «BEBEME» hermosamente impresa en grandes caracteres.


Continua en: http://www.bibliotecasvirtuales.com/biblioteca/otrosautoresdelaliteraturauniversal/LewisCarroll/Aliciaenelpaisdelasmaravillas.asp


Lewis Carroll

Lewis Carroll
(1832-1898)

Lewis Carroll nació en Daresbury (Cheshire), Inglaterra, el 27 de enero de 1832. Fue matemático y escritor inglés. Profesor de Matemática en Oxford hasta 1881.Publicó tratados matemáticos, como "Euclides y sus rivales modernos" (1879).

Su verdadero nombre era Charles Lutwidge Dodgson.

En 1865 publicó "Alicia en el país de las maravillas"; en 1872, "A través del espejo y lo que Alicia encontró allí", "La caza del Snark" (1876), y la novela, "Silvia y Bruno" (en dos volúmenes, 1889-1893).

Murió en Guilford (Surrey), el 14 de enero de 1898.


Los cuentos de Alicia, que hicieron célebre a Lewis Carroll y han sido traducidos a varias lenguas. Fueron escritos primeramente en 1862 para Alice Liddell.

Alicia en el País de las Maravillas

Los Viajes de Gulliver

Jonathan Swift

Viajes de Gulliver

"Viajes a varios lugares remotos del planeta", conocida como "Los viajes de Gulliver", es considerada la obra maestra de Swift.

Fue publicada en forma anónima en 1726.

Fue concebida como una sátira, contra la vanidad y la hipocresía de las cortes, los hombres de estado y los partidos políticos de ese tiempo.

Tardó seis años en escribirla, y el autor fue agregando reflexiones acerca de la naturaleza humana e hizo una amarga burla a la sociedad inglesa y al género humano, utilizando un estilo narrativo imaginativo, ingenioso y sencillo.

Ha permanecido como un clásico de la literatura infantil.

El cuarto libro, "Gulliver en el país de los huim" suele eliminarse de muchas ediciones juveniles por su mordacidad, en el que considera a los animales mejor compañía que la de muchos humanos.

Viajes de Gulliver:

Primera Parte
Segunda Parte
Tercera Parte
Cuarta Parte

Primera Parte | Segunda Parte | Tercera Parte | Cuarta Parte