sábado, 8 de julio de 2017

UN PENE DE BROMA EN LA PRIMERA EDICIÓN DE HUCKLEBERRY FINN LE COSTÓ UN DISGUSTO A MARK TWAIN


En la primera ilustración el tío Silas con un bulto entre las piernas, en la segunda el tío Silas en la ilustración definitiva
   Tras la publicación de Las aventuras de Tom Sawyer Mark Twain consiguió bastante fama y dinero. De lo primero siempre fue bien pero en lo segundo no siempre fue tan afortunado. Aunque el escritor consiguió ganar mucho dinero con sus libros a lo largo de su vida, carecía del sentido práctico y de la visión financiera y empresarial necesarios para mantener su economía a flote. A mediados de la década de 1880 Mark Twain estaba muy descontento con la manera en la que había sido tratado por sus editores. No era solo que no se le pegaba a tiempo ni en las cantidades debidas, que también, era que no respetaban las fechas de lanzamiento propuestas por Twain ni tampoco hacían la debida promoción a sus libros. Con la idea en mente de que nadie hace mejor las cosas que uno mismo, en 1884 Twain decidió fundar junto con su agente literario su propia editorial, la Charles L. Webster and Company, para publicar el que sería su siguiente libro, Las aventuras de Huckleberry Finn.
   Para no arriesgar más de lo necesario, Twain tomó prestada una idea de un antiguo editor: una especie de preventa basada en suscripciones, parecida a lo que hoy en día son las campañas de crowdfunding. En lugar de vender los ejemplares en librerías, un pequeño ejército de comerciales de su editorial lo vendería de puerta en puerta, armados con un folleto y una copia anticipada del libro que contenía páginas de muestra. De esta manera, los posibles compradores podrían conocer el libro y si les interesaba suscribirse pagándolo por anticipado para recibir la copia en casa cuando estuviera lista. Hasta aquí todo parecía un plan redondo. Twain incluso había elegido con la fecha en la que saldría su Huckleberry Finn, justo a tiempo para la temporada de compras navideñas.
   A continuación el autor hizo la siguiente función que le tocaba como editor: elegir a un ilustrador y revisar todo su proceso de trabajo. Twain escogió a E.W. Kemble y trabajó con él codo con codo para que el resultado final fuera exactamente lo que quería. Algunas ilustraciones fueron rechazadas porque Twain las consideró inapropiadas, mientras que otras pasaron la criba. Lo curioso es que la idea que el escritor quería transmitir al ilustrador es que las imágenes no debían representar de forma demasiado literal el texto.

Cubierta de la primera edición de Las aventuras de Huckleberry Finn
   A pesar de los retrasos que esto generó, finalmente Mark Twain quedó contento con el resultado y el libro fue a la imprenta. Mientras la primera tirada estaba siendo impresa, los comerciales comenzaron a buscar compradores mostrándoles las copias anticipadas puerta a puerta. Entonces ocurrió lo que nadie podía esperar: Webster recibió una carta aterrada de un vendedor en Chicago informándole de que su libro tenía un insólito añadido de última hora. En una de las ilustraciones en las que aparecen Silas y Sally Phelps hablando con un chico, el tío Silas tiene un bulto sospechoso entre las piernas, algo que fácilmente podría pensarse que era un pene. Las expresiones de los personajes, además, no ayudaban mucho a interpretar esa protuberancia. El tío Silas mira el chico con la expresión amenazadora y su mujer le mira con ojos picaruelos.
   Lo que pasó a continuación no está del todo claro. Hay quien dice que solo se habían impreso 3.000 ejemplares en concepto de copias anticipadas y que de todas ellas solo se habían eviado 250. Otros afirman que a esas alturas ya había impresos unos 30.000 ejemplares y que estaban listos para ser enviados. Sea como fuere, después del susto inicial Twain y Webster intentaron actuar lo más rápido y contundente posible. Buscaron todas las copias con el pene para destruirlas y sustituirlas por ejemplares enmendados. Webster, por parte, detuvo la impresión del libro para sacar la placa obscena, hacer una nueva y reiniciarla impresión para sustituir los libros defectuosos. Este episodio hizo que la publicación se retrasara varias semanas y el libro no pudo estar listo para Navidad sino para febrero de 1885. A pesar de ello las ventas no se resintieron tanto como habría cabido esperar. Twain había estado de gira todo el verano y el otoño anterior, promocionando la novela con una gira de conferencias en las que leía extractos de la novela. Además, las noticias sobre la ilustración obscena corrieron como la pólvora y ayudaron a aumentar el interés por el libro.
   A día de hoy siguen desconociéndose los motivos por los que apareció un pene en la primera edición de Huckleberry Finn. No se sabe si el autor del añadido pudo ser un impresor o si fue el propio Kemble. Cabe pensar que pudo ser una broma ‒Mark Twain las daba y las recibía a menudo‒ o tal vez pudo ser una venganza ‒quizá a Kemble no le hiciera mucha gracia que Twain rechazara algunas de sus ilustraciones‒. El caso es que Twain y Webster hicieron bien su trabajo de destruir esos ejemplares y hoy en día quedan muy pocas copias de esa primera edición, que puede llegar a alcanzar precios astronómicos en el mercado de los libros raros. Desde luego, que el objeto de una broma se haya convertido en un artículo de gran valor para coleccionistas es algo digno de Mark Twain.

viernes, 7 de julio de 2017

La trágica vida de la sobrina de Freud que ilustraba libros para chicos

Aunque se llamaba Martha, se hacía llamar Tom. Fue una artista excepcional y sus trabajos hoy están siendo recuperados por coleccionistas y críticos. Se suicidó a los 37 años y para su célebre tío, siempre estuvo "un poco loca". Actualmente se puede ver su obra en la gran muestra Documenta, en Alemania.


LA ESPÍA QUE SE CONVIRTIÓ EN LA PRIMERA ESCRITORA DE ÉXITO DE INGLATERRA




Aphra Behn pintada por Peter Lely
   Corría el año 1666. Carlos II llevaba seis años en el poder, después de que Inglaterra estuviera once años sin rey, durante el periodo conocido como Commonwealth, en el que Oliver Cromwell persiguió con crueldad a los católicos y dejó que fueran torturados por blasfemos, a pesar de que en teoría se permitía la libertad de culto. Fanático seguidor del protestantismo, Cromwell fue especialmente brutal en la conquista de Irlanda y Escocia, llevado por la convicción de que luchaba contra herejes. Frente a ello, el reinado de Carlos II dio paso a la Restautación, una época de enorme agitación política en la que la nación acabó en guerra con los Países Bajos. Como consecuencia, ambas potencias se llenaron de espías, muchos de ellos con la misión de urdir conspiraciones en las sombras para derrocar los gobiernos de los respectivos países rivales.
   En este contexto surge Aphra Behn, la espía que se convirtió en la primera escritora de éxito de Inglaterra. Convertida en la agente 160 y bajo el nombre falso de Astrea, el gobierno inglés asignó a Aphra Behn una misión: viajar a Amberes y encontrar a un soldado llamado William Scot para convencerlo de que se convirtiera en espía para la causa. El problema era que el gobierno estaba casi en bancarrota y el espionaje no era una actividad bien remunerada. Las 50 libras que Behn recibió como pago adelantado por su trabajo apenas le llegó para cubrir los gastos del viaje, e incluso llegó a pasar una temporada en prisión por deudas. Así que Behn decidió dedicarse a una actividad todavía más azarosa que el espionaje: se convirtió en escritora.
Oroonoko
   Poco se sabe en realidad de la vida de Aphra Behn antes de su comienzo en el mundo de las letras. Se supone que nació en 1640 en el seno de una familia muy humilde. Durante su niñez viajó a una plantación colonial de la Guayana holandesa, en Surinam, donde asistió a varias rebeliones de esclavos, vivencias que luego plasmaría en novelas como Oroonoko o El esclavo real, considerada esta última como la primera novela que abogaba por la abolición de la esclavitud y que la ha llevado a ser considerada la madre de la novela inglesa. En 1664 se casó con un acaudalado comerciante alemán, pero este murió poco tiempo después, quizá debido a la gran plaza que azotó Londres entre 1665 y 1666. Arruinada, y después de haber probado suerte con el espionaje, Behn descubrió que la pluma era una forma de ganarse la vida que no se le daba nada mal.
Dibujo de Aphra Behn
   El momento histórico era el propicio para que surgiera una personalidad como Aphra Behn. Después de que las autoridades puritanas hubieran prohibido las representaciones públicas durante 18 años, en 1660 se produce la reapertura de los teatros, y con ella el renacimiento de la dramaturgia inglesa. La conocida como comedia de la Restauración se caracterizó sobre todo por su carácter libertino, una cualidad alentada por el rey Carlos II ‒de los innumerables hijos ilegítimos que tuvo llegó a reconocer a catorce‒ y por su corte. En este ambiente Behn llegó a alcanzar casi tanta fama por lo que escribía como por sus conquistas amorosas, entre las que se menciona al mismísimo Carlos II.
   Con una veintena de comedias, poemas y varias novelas, Aphra Behn fue una de las primeras escritoras profesionales de la literatura inglesa, consiguiendo un éxito casi a la altura de su amigo el poeta John Dryden. Incluso llegó a contar entre sus mecenas a personalidades como el duque de York, el duque de Buckingham o el rey Jacobo II. Y todo eso teniendo en cuenta lo más importante de todo: Aphra Behn fue una mujer en un mundo de hombres. Behn, que era consciente de esta situación, escribe en el prefacio de una de sus obras: «Esta obra no tiene otra desgracia que la de salir de una mujer. Si hubiera sido propiedad de un hombre, aunque fuera el más aburrido, habría sido una obra muy admirable». No solo la convertía en adelantada a su tiempo su determinación de triunfar en un territorio de hombres. Muchas de sus obras tenían un mensaje tremendamente moderno. Además de sus novelas antiesclavistas, muchas de sus piezas teatrales, como El Matrimonio Forzoso o Golpe de suerte, atacan la costumbre del matrimonio por conveniencia en defensa de la mujer.
   Su actitud independiente y desenvuelta, impropia de una mujer, hizo que a partir de su muerte en 1689 fuera menospreciada por los críticos, todos ellos hombres, y tachada de personaje controvertido y libertino. En el siglo XVIII Alexander Pope la despreció por el tratamiento excesivamente explícito que hacía del sexo y de las relaciones.
   Así fue hasta que en el siglo XIX, doscientos años después de su muerte, Virginia Woolf reivindicara su memoria en Una habitación propia, dedicándole estas palabras: «Todas las mujeres juntas deberían ir a lanzar flores sobre la tumba de Aphra Behn, pues fue ella quien les enseñó que tenían derecho a permitir que sus mentes hablasen». A partir de la alabanza de Woolf, cada vez más estudiosos se han unido en la reivindicación de la figura de Aphra Behn como una de las precursoras del feminismo. A través de sus obras, Behn consigue dejar constancia de la injusta existencia de las mujeres en una sociedad misógina, así como reflejar de un modo irónico y crítico sus relaciones con los hombres.