lunes, 6 de abril de 2026

Sobre La Caperucita y otras estrategias de escape


Hay una lectura muy linda e inofensiva que pulula en el planeta desde el siglo 17. La caperucita roja: la niña es ingenua, el lobo es astuto, la abuela es víctima, el cazador es un héroe.  Todo encaja en un esquema moral simple donde la culpa, es huérfana y el obedecer es imperativo. Versión que sirve más para dormir conciencias que para explicar el mundo y que para nada se ajusta a nuestra realidad.   

Mi teoría, un poco cruda, pero más honesta, es otra: Caperucita sabía perfectamente que quien estaba en la cama no era su abuela. Lo supo desde el primer segundo. Reconoció la voz, el olor, la torpeza del disfraz. Y aun así preguntó. No por estupidez, sino por estrategia. Fingió confusión para ganar tiempo. Para medir. Para observar. Para ver hasta dónde estaba dispuesto a llegar el lobo antes de desnudarse por completo; obvio que el lobo no se la quería comer. Para eso habían cientos de ovejas en la pradera. 

Esa pausa fingida es el verdadero acto de inteligencia del cuento. No el hacha del leñador, tampoco en el castigo final. La lucidez se establece antes; en el diálogo aparentemente absurdo. En esa serie de preguntas retóricas que no procuraban información; buscaban ventaja estratégica. 

La confianza puede ser un estado puro que se gana con acciones. Me refiero a la otra; a la que se utiliza como estrategia cuando nos sentimos amenazados o en peligro inminente. Quien no conoce la diferencia entre estos dos estados, no ha entendido cómo funciona la vida adulta.

En el mundo real, la confianza rara vez es ingenua. Es una herramienta. Un lenguaje compartido que permite bajar las defensas del otro mientras uno afina las propias. No siempre para atacar; a veces para anticipar y poder sobrevivir.

Todos, en algún momento, hemos sido Caperucita. Hemos sabido que algo no encajaba, que esa persona no era quien decía ser, que ese gesto amable tenía un doble filo, un doble discurso… una doble verdad. Y aun así sonreímos y hacemos las preguntas obvias, cuyas respuestas ya conocemos. Y lo hacemos, no por redundar, sino porque necesitamos, más que confirmación, tiempo. 

¿Cuánto miente?
¿Cuánta hambre tiene?

¿Qué de lo que tenemos, quiere?
¿Cuánto resiste el disfraz?

La ilusión de confianza no es debilidad; es camuflaje. Es permitir que el otro se relaje lo suficiente como para mostrarse. Porque la gente, cuando cree que ha ganado tu confianza, deja de actuar; se confía. Y en ese descuido revela su verdadera naturaleza. Ironía perfecta para confirmar lo que ya intuíamos.

El lobo no fue peligroso por mentir. Fue peligroso porque creyó su propia actuación. Porque pensó que el disfraz era suficiente. Porque confundió la cortesía con ingenuidad y la calma con sumisión, como ocurre tan a menudo fuera del cuento. Nada más peligroso que un imbécil con arrojo y convicción disfuncional. 

En la vida real, los lobos no siempre gruñen. A veces aconsejan. A veces protegen. A veces dicen: es por tu bien. Y la verdadera inteligencia no está en confrontarlos de inmediato, sino en dejarlos hablar. En permitir que el monólogo continúe hasta que la máscara pese demasiado y los dientes comiencen a ceder.

La confianza, entonces, deja de ser un valor moral y se convierte en una herramienta narrativa e inteligente que otorgamos a discreción como estrategia. Porque haber leído el guion antes de que llegue el tercer acto nos da la ventaja de conocer la obra antes de actuar el final. Y créanme, cuando eso pasa, el aplauso cambia de lugar. 

Estamos condicionados a pensar que ser transparente nos hace buenos y desconfiar nos vuelve áridos. Pero la experiencia nos enseña otra cosa: Caperucita no sobrevivió por una inocencia traslúcida. Lo hizo por observadora; por estratégica. Por entender que, en ciertos escenarios, fingir confianza es la única forma de conservar el control. Porque si tuvo que preguntarle tantas pendejadas al lobo para confirmar su identidad… entonces no conocía bien a su abuelita. 

No todo el que sonríe merece tu fe inmediata, sobre todo si atinas a ver el filo de los colmillos en su sonrisa. A veces, la confianza es solo una pausa estratégica entre el peligro y la salida. No siempre el que da primero, da dos veces; esa también es una mentira de algún lobo disfrazado.

No es lo mismo creer que todo es seguro…
que hacer que el otro crea, que tú lo crees.

¿Paradoja… o estrategia?



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