martes, 11 de agosto de 2026
Mi Hemingway personal por García Márquez
Mi Hemingway personal por García
Márquez
Lo reconocí de pronto, paseando con su
esposa, Mary Welsh, por el bulevar de Saint Michel, en París, un día de la
lluviosa primavera de 1957. Caminaba por la acera opuesta en dirección del
jardín de Luxemburgo, y llevaba unos pantalones de vaquero muy usados, una
camisa de cuadros escoceses y una gorra de pelotero. Lo único que no parecía
suyo eran los lentes de armadura metálica, redondos y minúsculos, que le daban
un aire de abuelo prematuro. Había cumplido cincuenta y nueve años, y era
enorme y demasiado visible, pero no daba la impresión de fortaleza brutal que
sin duda él hubiera deseado, porque tenía las caderas estrechas y las piernas
un poco escuálidas sobre sus bastos. Parecía tan vivo entre los puestos de
libros usados y el torrente juvenil de la Sorbona que era imposible imaginarse
que le faltaban apenas cuatro años para morir.
Por una fracción de segundo —como me ha
ocurrido siempre— me encontré dividido entre mis dos oficios rivales. No sabía
si hacerle una entrevista de prensa o solo atravesar la avenida para expresarle
mi admiración sin reserva. Para ambos propósitos, sin embargo, había el mismo
inconveniente grande: yo hablaba desde entonces el mismo inglés rudimentario
que seguí hablando siempre, y no estaba muy seguro de su español de torero. De
modo que no hice ninguna de las dos cosas que hubieran podido estropear aquel
instante, sino que me puse las manos en bocina, como Tarzán en la selva, y
grité de una acera a la otra: «Maeeeestro». Ernest Hemingway comprendió que no
podía haber otro maestro entre la muchedumbre de estudiantes, y se volvió con
la mano en alto, y me gritó en castellano con una voz un tanto pueril:
«Adioooós, amigo». Fue la única vez que lo vi.
Yo era entonces un periodista de
veintiocho años, con una novela publicada y un premio literario en Colombia,
pero estaba varado y sin rumbo en París. Mis dos maestros mayores eran los dos
novelistas norteamericanos que parecían tener menos cosas en común. Había leído
todo lo que ellos habían publicado hasta entonces, pero no como lecturas
complementarias, sino todo lo contrario: como dos formas distintas y casi
excluyentes de concebir la literatura. Uno de ellos era William Faulkner, a
quien nunca vi con estos ojos y a quien solo puedo imaginarme como el granjero
en mangas de camisa que se rascaba el brazo junto a dos perritos blancos, en el
retrato célebre que le hizo Cartier Bresson. El otro era aquel hombre efímero
que acababa de decirme adiós desde la otra acera, y me había dejado la
impresión de que algo había ocurrido en mi vida, y que había ocurrido para
siempre.
No sé quién dijo que los novelistas
leemos las novelas de los otros solo para averiguar cómo están escritas. Creo
que es cierto. No nos conformamos con los secretos expuestos en el frente de la
página, sino que la volteamos al revés, para descifrar las costuras. De algún
modo imposible de explicar desarmamos el libro en sus piezas esenciales y lo
volvemos a armar cuando ya conocemos los misterios de su relojería personal.
Esa tentativa es descorazonadora en los libros de Faulkner, porque este no
parecía tener un sistema orgánico para escribir, sino que andaba a ciegas por
su universo bíblico como un tropel de cabras sueltas en una cristalería. Cuando
se logra desmontar una página suya, uno tiene la impresión de que le sobran
resortes y tornillos y que será imposible devolverla otra vez a su estado
original. Hemingway, en cambio, con menos inspiración, con menos pasión y menos
locura, pero con un rigor lúcido, dejaba sus tornillos a la vista por el lado
de fuera, como en los vagones de ferrocarril. Tal vez por eso Faulkner es un
escritor que tuvo mucho que ver con mi alma, pero Hemingway es el que más ha
tenido que ver con mi oficio.
No solo por sus libros, sino por su
asombroso conocimiento del aspecto artesanal de la ciencia de escribir. En la
entrevista histórica que le hizo el periodista George Plimpton para Paris
Review enseñó para siempre —contra el concepto romántico de la creación— que la
comodidad económica y la buena salud son convenientes para escribir, que una de
las dificultades mayores es la de organizar bien las palabras, que es bueno
releer los propios libros cuando cuesta trabajo escribir para recordar que
siempre fue difícil, que se puede escribir en cualquier parte siempre que no
haya visitas ni teléfono, y que no es cierto que el periodismo acabe con el
escritor, como tanto se ha dicho, sino todo lo contrario, a condición de que se
abandone a tiempo. «Una vez que escribir se ha convertido en el vicio principal
y el mayor placer —dijo—, solo la muerte puede ponerle fin.» Con todo, su
lección fue el descubrimiento de que el trabajo de cada día solo debe
interrumpirse cuando ya se sabe cómo se va a empezar al día siguiente. No creo
que se haya dado jamás un consejo más útil para escribir. Es, ni más ni menos,
el remedio absoluto contra el fantasma más temido de los escritores: la agonía
matinal frente a la página en blanco.
Toda la obra de Hemingway demuestra que
su aliento era genial, pero de corta duración. Y es comprensible. Una tensión
interna como la suya, sometida a un dominio técnico tan severo, es insostenible
dentro del ámbito vasto y azaroso de una novela. Era una condición personal, y
el error suyo fue haber intentado rebasar sus límites espléndidos. Es por eso
que todo lo superfluo se nota más en él que en otros escritores. Sus novelas
parecen cuentos desmedidos a los que les sobran demasiadas cosas. En cambio, lo
mejor que tienen sus cuentos es la impresión que causan de que algo les quedó
faltando, y es eso precisamente lo que les confiere su misterio y su belleza.
Jorge Luis Borges, que es uno de los grandes escritores de nuestro tiempo,
tiene los mismos límites, pero ha tenido la inteligencia de no rebasarlos.
Un solo disparo de Francis Macomber
contra el león ensaña tanto como una lección de cacería, pero también como un
resumen de la ciencia de escribir. En algún cuento suyo escribió que un toro de
lidia, después de pasar rozando el pecho del torero, se volvió «como un gato
doblando una esquina». Creo, con toda humildad, que esa observación es una de
las tonterías geniales que solo son posibles en los escritores más lúcidos. La
obra de Hemingway está llena de esos hallazgos simples y deslumbrantes, que
demuestran hasta qué punto se ciñó a su propia definición de que la escritura
literaria —como el iceberg— solo tiene validez si está sustentada debajo del
agua por los siete octavos de su volumen.
Esa conciencia técnica será sin duda la
causa de que Hemingway no pase a la gloria por ninguna de sus novelas, sino por
sus cuentos más estrictos. Hablando de Por quién doblan las campanas, él mismo
dijo que no tenía un plan preconcebido para componer el libro, sino que lo
inventaba cada día a medida que lo iba escribiendo. No tenía que decirlo: se
nota. En cambio, sus cuentos de inspiración instantánea son invulnerables. Como
aquellos tres que escribió en la tarde de un 16 de mayo en una pensión de
Madrid, cuando una nevada obligó a cancelar la corrida de toros de la feria de
San Isidro. Esos cuentos —según él mismo le contó a George Plimpton— fueron
«Los asesinos», «Diez indios» y «Hoy es viernes», y los tres son magistrales.
Dentro de esa línea, para mi gusto, el
cuento donde mejor se condensan sus virtudes es uno de los más cortos: «Gato
bajo la lluvia». Sin embargo, aunque parezca una burla de su destino, me parece
que su obra más hermosa y humana es la menos lograda: Al otro lado del río y
entre los árboles. Es, como él mismo reveló, algo que comenzó por ser un cuento
y se extravió por los manglares de la novela. Es difícil entender tantas grietas
estructurales y tantos errores de mecánica literaria en un técnico tan sabio, y
unos diálogos tan artificiales y aun tan artificiosos en uno de los más
brillantes orfebres de diálogos de la historia de las letras. Cuando el libro
se publicó, en 1950, la crítica fue feroz. Porque no fue certera. Hemingway se
sintió herido donde más le dolía, y se defendió desde La Habana con un
telegrama pasional que no pareció digno de un autor de su tamaño. No solo era
su mejor novela, sino también la más suya, pues había sido escrita en los
albores de un otoño incierto, con las nostalgias irreparables de los años
vividos y la premonición nostálgica de los pocos años que le quedaban por
vivir. En ninguno de sus libros dejó tanto de sí mismo ni consiguió plasmar con
tanta belleza y tanta ternura el sentimiento esencial de su obra y de su vida:
la inutilidad de la victoria. La muerte de su protagonista, de apariencia tan
apacible y natural, era la prefiguración cifrada de su propio suicidio.
Cuando se convive por tanto tiempo con
la obra de un escritor entrañable, uno termina sin remedio por revolver su
ficción con su realidad. He pasado muchas horas de muchos días leyendo en aquel
café de la place de Saint Michel que él consideraba bueno para escribir, porque
le parecía simpático, caliente, limpio y amable, y siempre he esperado
encontrar otra vez a la muchacha que él vio entrar una tarde de vientos
helados, que era muy bella y diáfana, con el pelo cortado en diagonal, como un
ala de cuervo. «Eres mía y París es mío», escribió para ella, con ese
inexorable poder de apropiación que tuvo su literatura. Todo lo que describió,
todo instante que fue suyo, le sigue pertenecido para siempre. No puedo pasar
por el número 112 de la calle del Odeón, en París, sin verlo a él conversando
con Sylvia Beach en una librería que ya no es la misma, ganando tiempo hasta
que fueran las seis de la tarde por si acaso llegaba James Joyce. En las
praderas de Kenia, con solo mirarlas una vez, se hizo dueño de sus búfalos y
sus leones, y de los secretos más intrincados del arte de cazar. Se hizo dueño
de toreros y boxeadores, de artistas y pistoleros que solo existieron por un
instante, mientras fueron suyos. Italia, España, Cuba, medio mundo está lleno
de los sitios de los cuales se apropió con solo mencionarlos. En Cojímar, un
pueblecito cerca de La Habana donde vivía el pescador solitario de El viejo y
el mar, hay un templete conmemorativo de su hazaña con un busto de Hemingway
pintado con barniz de oro. En Finca Vigía, su refugio cubano donde vivió hasta
muy poco antes de morir, la casa está intacta entre los árboles sombríos, con
sus libros disímiles, sus trofeos de caza, su atril de escribir, sus enormes
zapatos de muerto, las incontables chucherías de la vida y del mundo entero que
fueron suyas hasta su muerte, y que siguen viviendo sin él con el alma que les
infundió por la sola magia de su dominio. Hace unos años entré en el automóvil
de Fidel Castro —que es un empecinado lector de literatura— y vi en el asiento
un pequeño libro empastado en cuero rojo. «Es el maestro Hemingway», me dijo.
En realidad, Hemingway sigue estando donde uno menos se lo imagina —veinte años
después de muerto—, tan persistente y a la vez tan efímero como aquella mañana,
desde la acera opuesta del bulevar de Saint Michel.