domingo, 12 de julio de 2009

Martin Provost

ENTREVISTAS

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El director de 'Séraphine'

Séraphine es una pequeña sorpresa del cine galo, que arrasó en la última edición de los César, acaparando ocho premios, incluido el de mejor película. La vida de una pintora desconocida cautivó a Martin Provost, que decidió llevarla a la pantalla. Hablamos con él de la película.
Martin Provost

¿Cómo encontró a Séraphine Louis?

Un día, una amiga productora de France Culture me dijo, con cierto tono enigmático: "Martin, deberías interesarte por Séraphine Louis..." No sabía quién era y no entendí adónde quería ir a parar, pero ella insistió: "Busca, entenderás por qué te lo digo".

Encontré muy poca información en internet, unos detalles biográficos y unos cuadros realmente sorprendentes. Lo suficiente para despertar mi curiosidad.

Así empecé a entrar en el particular universo de Séraphine.

No tardé en darme cuenta de que la conmovedora vida de esta mujer podía ser llevada al cine. Esta primera impresión se hizo cada vez más fuerte hasta convertirse en una convicción al leer la tesis sobre Séraphine de Françoise Cloarec, una psicoanalista que conoció a Anne-Marie, la hermana de Wilhelm Uhde, el descubridor de Séraphine.

Muy al principio del trabajo hubo otro encuentro decisivo con Yolande Moreau.

Sí, conocer a Yolande fue decisivo. Nunca habría hecho la película sin ella. Al escribir el guión, antes de empezar a buscar un productor, me apoyé en su presencia.

Es una casualidad, pero ambos vivimos en el campo, nuestras casas distan unos tres kilómetros. Nos conocimos al poco de mudarnos. Le conté la historia de Séraphine y aceptó inmediatamente. Luego, cuando encontré en la biblioteca Kandinsky el único retrato conocido de Séraphine, hecho a lápiz por un vecino suyo, me quedé atónito ante el parecido. Era Yolande Moreau.

Le enseñé el retrato y se quedó muda. Luego dijo, como si nada: "No es muy halagador, pero soy yo". Hablamos mucho de Séraphine, de las cosas a las que se enfrentó, de su infancia.

Durante el rodaje ocurrió una especie de milagro, una auténtica fusión entre un personaje y una actriz. No puede decirse que Yolande interprete a Séraphine, la encarna. Según avanza la película, consigue transmitir a la imagen una carga poética y emocional sumamente intensa a pesar de estar siempre contenida. De hecho, nos esforzamos en quedarnos en el límite, en no entrar en la facilidad, en la sensiblería, en la historia que suele asociarse a la locura en el cine. Intentamos ser fieles a la imagen que teníamos del personaje, a su difícil recorrido, sus debilidades, su valor, a todo lo que nos había impresionado y emocionado de Séraphine.

Mientras escribía el guión, conoció a otra persona...

El peligro de un guión basado en un personaje real es quedarse en la anécdota, la ilustración, y dejar de lado el misterio, la humanidad, las contradicciones, la vida interior. Es un ejercicio delicado. El guión debe ser fácil de leer para atraer a los productores y encontrar financiación. Después de haber reunido la mayor información posible sobre la vida de Séraphine y de haber conocido a Yolande, tenía muchas ganas de ponerme a trabajar, a pesar de ciertos temores... Aunque muy pronto me di cuenta de que Séraphine era una aliada, que me franqueaba la puerta a su mundo, un mundo áspero, desconcertante, enfrentado a lo invisible.

Marc Abdelnour colaboró en el guión, y desde el principio nos impusimos una regla. No contaríamos la vida de Séraphine como una continuidad de momentos fuertes. Me interesaban sobre todo las naderías, las ausencias, lo que ocurre fuera de cuadro, los pequeños misterios. También decidí concentrarme en la relación totalmente inesperada, ambigua y púdica que unió a Séraphine y a Wilhelm Uhde durante más de 20 años. Es un encuentro poco probable entre dos marginados. Y decisivo para ambos. Séraphine es una marginada, y Uhde, el extranjero homosexual, es el primero en ver lo que es ella realmente. Lo hace sin prejuicios. Es su mentor, su amigo, su marchante, y me parece que casi su novio... Es interesante cómo aparece y reaparece en la vida de la mujer.

Volvamos a su interés por Séraphine, ¿qué le conmovió, su personalidad, una sensibilidad personal por la pintura ingenua?

A pesar de no haber estudiado bellas artes, hubo una época en la que pinté mucho. Un día, después de horas de concentración y de duro trabajo, me invadió el miedo, un miedo irracional, una intensa sensación de soledad. No he vuelto a tocar un pincel.

A Séraphine me unió una sensación de proximidad, la admiración, la curiosidad que siempre he sentido por lo que es la creación en estado puro, la chispa creativa. Algunos lo llaman arte "ingenuo", otros, arte "en bruto", pero no es cuestión de etiquetas. A menudo, personas no eruditas, que no han nacido en medios cercanos a la cultura, llevan dentro una capacidad creativa inaudita, imparable y turbadora. Estos artistas son pescadores de alta mar, ajenos a las evoluciones y a los cambios artísticos, carentes de maestros y de discípulos, y casi nunca consiguen el reconocimiento artístico que se merecen.

Séraphine era una visionaria en el mejor sentido de la palabra. Se dejó llevar por algo más fuerte que ella misma, que no controlaba, y que acabó destruyéndola. Me conmueve profundamente.

Queda patente la dimensión casi mítica del trabajo de Séraphine en la película. Pinta como si su vida dependiera de ello, como si cumpliera un ritual religioso. Pintar no es un acto gratuito...

Puede serlo para algunos, y no pasa nada.

Pero en el universo de Séraphine pintar es tan vital como comer y beber, quizá más. Después de la marcha de Wilhelm Uhde, renunció a la pequeñísima comodidad material que obtenía limpiando casas para entregarse en cuerpo y alma a la pintura. Picasso decía: "Si no pinto, enfermo, muero".

Lo mismo le pasaba a Séraphine. Pintar le permitía preservar algo vital. Era una condición de supervivencia. No podía parar, no podía hacer otra cosa sino crear. En un contexto semejante, el ritual es muy importante y quise dejarlo claro siempre que fuera posible. Los numerosos rituales religiosos y de otro tipo, que estructuraban la vida de Séraphine y que podían tacharse de excentricidades, eran en realidad una disciplina. Quise enseñarlo.

Wilhelm Uhde, que no tenía nada de meapilas, decía de Séraphine que era una santa. Estoy de acuerdo con él. Gracias a un trabajo sin tregua y mediante una rebeldía pasiva, Séraphine alcanzó una forma de santidad que se expresaba a través de la pintura.

A finales de los años veinte, Séraphine se hizo algo famosa. Luego, con la crisis económica y la crisis personal, Uhde más o menos la abandonó. Después de dárselo todo, parece perder interés por ella.

Es la parte oscura del personaje y no he intentado evitarla.

Pero me pareció más interesante para la película no intentar explicar ese extraño comportamiento. El espectador debe sacar sus propias conclusiones. La muerte de Séraphine en el hospital psiquiátrico de Clermont-de-l'Oise durante la II Guerra Mundial fue bastante sórdida. Wilhelm Uhde afirma en su autobiografía que murió en 1934, pero vivió durante 8 años más, hasta 1942.

¿Mentira, negligencia? No hago preguntas.

De hecho, después de la I Guerra Mundial regresó a Francia, donde vivió con su hermana, pero no intentó reanudar su relación con Séraphine, que vivía a unos diez kilómetros de donde estaba. En una secuencia de la película dice que Séraphine ha muerto, pero Ulrich Tukur (que interpreta a Wilhelm Uhde) tuvo cuidado de decirlo como si no lo creyera. La ambigüedad da a entender la complejidad del personaje. A pesar de la integridad y la fuerza moral que demostró durante toda su vida, le persiguió la culpabilidad y la impotencia, incluso la cobardía. Es una dimensión importante del personaje en cuanto a su relación con Séraphine y con lo que le rodea. Uhde tenía demonios interiores y están presentes durante la película. No quería envolverle en el papel del mecenas fiel, bondadoso y cómplice.

La puesta en escena es muy respetuosa con los personajes, nunca es exagerada.

Esta aparente simplicidad requiere mucho trabajo y una atención constante para que todos los detalles estén en su sitio durante todo el proceso.

Me di cuenta enseguida de que la puesta en escena debía ser sobria y rigurosa, y que Séraphine debía estar en primer plano para que el espectador pudiera caminar a su lado cómodamente. Mi trabajo es ponerme "al servicio" de los personajes, pero no siempre fue fácil. Para conseguirlo, me rodeé de colaboradores talentosos.

En cuanto al vestuario, los decorados y la iluminación, hemos intentado que estén en un segundo plano, usar los menos efectos posibles. Fui muy exigente a la hora de escoger los colores: ningún color cálido fuera de los cuadros de Séraphine, ni en los decorados ni en el vestuario. Verdes, azules, negros, nada de blanco. Pocos movimientos de cámara. No quise que estuviera muy cerca de los actores. Hacer sobresalir algo solo si era absolutamente necesario.

En su opinión, ¿qué mensaje contiene la vida y la obra de Séraphine?

Ante todo, era una mujer libre. Puede parecer contradictorio, porque pasó la mayoría de su vida en la más absoluta soledad y castidad, en la más absoluta indigencia física y psicológica, y acabó encerrada en un manicomio. Séraphine era una mujer de la limpieza, peor aún, una mujer para todo, que pintaba en secreto cosas extraordinarias, pero de la que todos se burlaban. En aquella época, pertenecía a lo último del escalafón social. Pero le daba igual, nada podía detenerla. Supo conservar su autonomía, su rica vida interior mientras hacía trabajos de lo más ingrato. Acabó pagando un precio muy alto por esa independencia. A principios de los años treinta había usado todos sus cartuchos y cayó en la locura.

En el corto periodo de floración artística y relativo desahogo que disfrutó a finales de la década de los veinte, Séraphine se convenció de que la gloria estaba cerca. Para mí, significa que se había quedado en el mundo de la infancia, de las maravillas.

Consiguió dar sentido a su vida sin tener nada, a pesar de las dificultades, de las presiones sociales y de las humillaciones diarias. Dejó su huella, lo que me parece extraordinario. Imaginemos a Séraphine actualmente. Le recetarían antidepresivos, estaría sentada delante de la tele y no pintaría.

Ricardo Hochet
07/05/2

"Seraphine"

Trailer de "Séraphine", la sorpresa de los César: Siempre hay una sorpresa en los premios César y este año le ha tocado a esta película de Martin Provost que ha arrasado con 7 premios batiendo con claridad a "La clase", la cinta francesa del año conocida a nivel internacional y con Palma de Oro y nominación al Oscar.
Séraphine cuenta, a través de una biografía sobria, pictórica y minimalista, la vida de Séraphine Louis, una pintora desconocida que vivió en la primera mitad del siglo pasado, y que murió en el anonimato y en la indigencia más absoluta en 1942, después de estar internada diez años en un manicomio. La película está protagonizada por Yolande Moureau que conseguirá el César a la mejor actriz encarnando a esta artista poco reconocida.
Trailer
Imagen


Muy buena realización, excelente fotografía, musicalización y guión.
La genialidad una vez más escondida en una humilde y sensible mujer.



SÉRAPHINE LOUIS (Séraphine de Senlis):1864-1942

El siguente texto es un resumen extraído de:
BIHALJI-MERIN, Oto: El Arte Naïf, ed. Labor, Barcelona, 1978. ISBN: 84-335-7558-9; pp. 45-46

Las notas al pie son de Mercedes García Bravo.

Séraphine Louis, algunas veces citada como Séraphine de Senlis, nació en 1864 en Assy (Oise). Jamás estudió pintura, ni durante los tiempos de su niñez, cuando fue pastora, ni posteriormente, cuando trabajaba como sirvienta.[1] ¿Cuándo empezó a plasmar con formas y colores sus sueños y sus impulsos? ¿Por qué lo haría? Sabemos muy poco del drama íntimo de su pequeño ser. Y quizás todavía sabríamos menos de su arte si el azar no la hubiera reunido con aquél hombre que, impresionado por las imaginaciones de Rousseau, seguía la huella de los modernos primitivos.
En el año 1912 Wilhem Uhde [2] se trasladó a Senlis para descansar en la paz de esa vieja y pequeña ciudad de la Ile de France, cercana a Paris y, al mismo tiempo, alejada del Barullo. Cada mañana acudía una mujer para limpiarle la vivienda. Uhde apenas se fijó en ella. Un buen día vió en una casa de Senlis un bodegón de manzanas que le llamó la atención. Preguntó el nombre del pintor. << ¡Es su asistenta Séraphine!>> Hasta ahí le había guiado el destino a ciegas. Ahora podía cuidarse Uhde de que los estáticos ramos de flores crecieran hasta convertirse en poderosos árboles de fantasía. (…)
Uhde señala que Séraphine guardaba rigurosamente el secreto de su pintura. Nadie podía mirar cuando ella pintaba, cuando mezclaba los colores y preparaba el lienzo para que todo se efectuara con perfección artesana.[3] Vivía con un recogimiento monacal en su pequeña habitación, sobre cuya chimenea siempre ardía una eterna luz a la Virgen.[4]
Pequeña, ajada, con mirada ardiente y oscura sobre su pálido rostro, pintaba en una especie de trance, como jardinero místico, los flamantes ramilletes tras los cuales se oculta la tentación de todo lo sagrado. Plantas carnales con frutos rodeados de pestañas, ornamentos foliáceos hechos de suntuosas plumas delicadamente coloreadas, en cuyo resplandeciente nervio se abren ojos. Extraña malla de susurrantes y concupiscentes ramajes con sartas de perlas compuestas por bayas del arbusto de la ternura, y umbelas estrelladas del jardín de los placeres. (…)
(…) Todas las luces y las brasas de sus sueños se apagaron un día. Entonces vagó de casa en casa y predicó el fin del mundo. Su espíritu había quedado vacío y desequilibrado. En 1934 murió en el asilo de ancianos de Clermont.[5]
Para Séraphine el arte fue como una revelación. Para ella la pintura –igual que para Van Gogh- era un acto afectivo. Era como si se redimiera mediante el acto de la creación. Con los ojos inmensamente abiertos caminaba a ciegas por la uniforme monotonía de su insignificante vida.

El ignorante mundo la tomó por la humilde sirvienta de Senlis. Pero ella había sido llamada para ver, para mirar, a través de los bastidores perecederos de lo temporal, y para anunciar la eternidad. (…)”




NOTAS:


[1]-Séraphine Louis nació en Arsy (Oise) el 3 de septiembre de 1864. Su padre era obrero-según la partida de nacimiento- y su madre procedía de una familia de campesinos. Cuando Séraphine tenía a penas un año murió su madre. Su padre, que había vuelto a casarse, murió seis años después. Huérfana, vivía con su hermana mayor. Empezó a trabajar como pastora, y a partir de 1881 trabajó como asistenta en el convento de las Hermanas de la Providencia, en Clermont (Oise). En 1901 comenzó a trabajar como criada en diferentes casas de Senlis.


[2]-Willhem Uhde: Coleccionista, marchante, galerista y crítico de Arte, el nombre de Wilhelm Uhde se asocia con la vanguardia artística parisina de principios del siglo XX. En 1908 se casó con la pintora Sonia Delaunay. Tras dedicarse a comprar y exponer la obra de impresionistas y cubistas, comenzó a consagrar gran parte de su energía y de su fortuna a los pintores “naïfs” o ingenuos, a los que prefería llamar “primitivos modernos” y a los que también llamó “pintores del Sagrado Corazón” en la primera exposición que les dedicó en París, en 1929 , con obras de Henri Rousseau, Séraphine de Senlis, Camille Bombois, Louis Vivin, André Bauchant...
Más: Biografía de Wilhelm Uhde (Colegas invitados)


[3]-Su técnica, completamente particular, consistía en el uso de la pintura Ripolin –la más común del mercado-, mezclada con la cera de velas que cogía en la iglesia, tierra extraída del cementerio y otros campos, de su propia sangre, que extraía de sus heridas y daba vida a sus cuadros…


[4]-Séraphine comenzó a pintar, según decía, por indicación de los ángeles y la Virgen. Cuando salía del aislamiento de su habitación iba a hablar y abrazar a los árboles y las flores.


[5]-Séraphine Louis, que había nacido el mismo año que Camille Claudel, vivió sus últimos años, como la escultora, que sólo le sobrevivió un año, internada en un asilo mental. Murió el 11 de diciembre de 1942, a los 78 años, en un anexo del hospital de Villers-sous-Erquery, a causa de las dosis masivas de tranquilizantes, de las privaciones físicas y la falta de alimento durante la ocupación alemana de Francia en la II Guerra Mundial y que fueron fatales para los miles de hombres y mujeres que vivían en centros psiquiátricos. Fue enterrada en una fosa común.

(La casa de Séraphine Louis en Senlis)

jueves, 9 de julio de 2009

87 | RESEÑAS DE LIBROS | 9 de octubre de 2002

Un desierto lleno de gente

Esteban Valentino
Ilustraciones de Feliciano G. Zecchin
Buenos Aires, Editorial Sudamericana, 2002. Colección La pluma del gato.

Portada de "Un desierto lleno de gente"

Escribió Rodolfo Walsh en el prólogo a Operación Masacre:

"¿Puedo volver al ajedrez?

"Puedo. Al ajedrez y a la literatura fantástica que leo, a los cuentos policiales que escribo, a la novela 'seria' que planeo para dentro de algunos años, y a otras cosas que hago para ganarme la vida y que llamo periodismo, aunque no es periodismo." (1)

Pero no. Finalmente no pudo.

Y así como Rodolfo Walsh no pudo volver al ajedrez y a la literatura fantástica porque había una realidad que lo desbordaba, que lo llamaba, que necesitaba de una voz para ser contada, así tampoco puede Esteban Valentino escribir sobre "temas más agradables", como él mismo los llama, y no puede, no quiere, no le sale, pasar por alto la pobreza, la desocupación, las desapariciones, las guerras sin sentido.

Los protagonistas-jóvenes de Un desierto lleno de gente son chicos y chicas a los que las circunstancias obligan a crecer de golpe, a aprender de golpe. Como Emilio Carreaga que, entre los bombardeos ingleses en Malvinas, recuerda la noche en que conoció a Mercedes Padierna. Y allí, atrincherado, se pregunta:

"'¿Así que esto es la guerra?' (...) Una forma de estar solo. Una manera de dejar de tener dieciocho años y meses y pasar a tener yo qué sé cuántos."

Como Nueve, al que expulsan de la escuela por haber escrito una palabra equivocada en el lugar equivocado en el momento equivocado. A Nueve no le queda más remedio que empezar a trabajar en la calle, descargando camiones, ayudando a arreglar algún jardín. Y, de vez en cuando, ¿por qué no?, también robando. Como Gastón Albiolea —alias el Físico— y Lucía Nievas, dispuestos a defender su amor a toda costa, incluso dentro de un centro de detención clandestino. Como Toshi, una muchacha japonesa, que está dispuesta a luchar por su verdadero amor y enfrenta a su padre cuando éste quiere casarla con un hombre al que ella no ama. Como el joven Vincent Van Gogh, que sufre frente a un padre autoritario y decide refugiarse en la pintura como una forma de sobrevivir.

A veces la realidad no pregunta, sólo se impone, ordena, condena. Estos cuentos hablan de eso. Como en "La buena sangre", último de los relatos, que habla de un amor que no pudo ser, de un exilio obligado, de una vida que se pasó casi sin que los protagonistas se dieran cuenta:

"(...) lloraron un llanto enorme que habían esperado llorar durante veinticinco años, lloraron porque el doctor Sebastián Valverde y la secretaria Alcira Miglio fueron alguna vez dos chicos de quince años que se amaron en medio del fuego y un país lleno de dolor les ordenó la distancia y les ordenó el olvido."

Estos cuentos también hablan de una lucha, de la necesidad de enfrentarse a un orden injusto, impuesto por otros. Cada uno de los personajes luchará a su manera: peleando en el frente para salvar a los compañeros caídos, resistiendo cuando parecería que todas las esperanzas han desaparecido, creando a través del arte. Y, por sobre todas las cosas, recordando, que es la única forma de luchar contra el olvido.

La historia que da título al libro también habla de una lucha. Habla del enfrentamiento entre el hombre blanco, ávido de conquista, y los mapuches, dueños de las tierras del sur. La intensidad que posee el relato, la fuerza que emana de la vida del cacique Inacayal es tanta que pide, implora, busca desesperadamente una voz para ser contada, para ser rescatada del olvido:

"La vida del cacique Inacayal me fue narrada por primera vez en una reunión entre amigos con un cordero haciéndose a la cruz en una hermosa noche en la ciudad de Neuquén. Su historia, de jefe mapuche a portero del Museo de Ciencias Naturales de La Plata, rescatado por el Perito Moreno de la prisión luego de la Campaña al Desierto de 1879, me pidió que la contara casi desde que la escuché."

El relato comienza con un sueño, el sueño del cacique Inacayal:

"El sueño se le repetía como una maldición. Se soñaba a sí mismo durmiendo en la misma cama en la que estaba soñando. (...) El cielo estaba todo blanco, como si alguien lo hubiera pintado con cal. Y no había estrellas. Ni débil luz. Había todo blanco. Y nada más. (...) Así siempre. Noche tras noche. Sueño tras sueño".

Sueño que vuelve una y otra vez a poblar las noches inciertas del cacique y que conlleva en sí una doble amenaza: la del hombre, blanco al igual que el sueño, y la de la imposibilidad de ver más allá de esa blancura infinita. Sólo hacia el final del relato el sueño cobrará sentido e Inacayal entenderá, por fin, qué significaba aquel presagio soñado noche tras noche.

Dice el autor: "Escribí estos cuentos simplemente porque no puedo escribir sobre otras cosas. Si hablara de temas más agradables tal vez vendería más, pero no puedo. Me siento a la máquina y me sale la pobreza, la soledad del adolescente frente a una realidad sin futuro, nuestra historia de desapariciones y guerras ridículas." Un desierto lleno de gente se anima a abordar estos temas que tanto tienen que ver con nuestra historia pasada y también con nuestro presente. Nos cuenta historias comprometidas, fuertes, pero bellas al mismo tiempo, sin descuidar en ningún momento un lenguaje poético de gran atractivo literario.

Recomendado a partir de 14 años.

Fabiana Margolis


Nota

(1) Walsh, Rodolfo. Operación masacre. Buenos Aires, Ediciones de la Flor, 1994.


Fabiana Margolis (fmargolis1976@hotmail.com) es Licenciada en Letras, egresada de la Universidad Nacional de Buenos Aires. Actualmente integra el GETEA (Grupo de Estudios de Teatro Argentino e Iberoamericano) donde realiza trabajos de crítica e investigación sobre teatro infantil.

22 | RESEÑAS DE LIBROS | 5 de abril de 2000

Viernes o la vida salvaje

Michel Tournier
Ilustraciones de Juan Ramón Alonso Díaz-Toledo.
Traducción de Mercedes Pastor.
Barcelona, Editorial Noguer, 1981.
Colección Cuatro vientos.

Portada de "Viernes o la vida salvaje"

En su primera novela, Viernes o los limbos del Pacífico, reconstruye Michel Tournier la historia de Robinson Crusoe; poderoso mito sobre el que tantas veces se ha reflexionado en la historia de la literatura.

El afán colonizador y los esquemas de la sociedad británica que el Robinson de Defoe intenta trasladar a la isla desierta donde arriba se le tambalean al Robinson de Tournier. Viernes en este caso ya no es un esclavo, es un compañero, un hermano, un amigo que descubre a Robinson otras perspectivas de la vida salvaje. Hasta tal punto que, llegado su momento, el nuevo Robinson se niega a abandonar la isla y regresar de nuevo a la civilización.

Tournier escribe más tarde una segunda versión juvenil de este novela: Viernes o la vida salvaje. En ella no se omite nada esencial de la anterior, pero sí detalles superfluos que ralentizan y dan pesadez a la primera novela, como el mismo autor reconoció. Hay también una variación sutil de matices; un ejemplo de ello sería la descripción del momento en que Robinson se sumerge en la ciénaga: El motivo principal que lo induce a ello en la novela para adultos es la desesperación; en la segunda novela es fundamentalmente la tristeza.

En la versión juvenil, las ideas —la historia es además una profunda y ambiciosa reflexión sobre la condición del ser humano— dejan de exponerse como tales, se convierten en actitudes.

En esta reconversión del pensamiento en acción, reside —a mi modo de ver— una de las características esenciales de lo que nos empeñamos en clasificar como literatura juvenil. La palabra escrita alcanza en estos casos las más altas cotas de lo parabólico y de lo simbólico. Ese punto mágico que muchos escritores defienden —escriban o no para jóvenes—.

El mismo Tournier define su ideal literario de la siguiente manera: "Tengo unos maestros, y estos maestros se llaman Perrault, La Fontaine, Kipling, Selma Lagerlof, Jack London, Saint-Exupéry y, ¿por qué no?, Victor Hugo. Son autores que no escriben nunca para los niños. Sólo que escriben tan bien que los niños pueden leerlos".

Ayes Tortosa


La presente reseña fue publicada originalmente en el suplemento Artes y Letras del periódico Ideal, de Granada, y se reproduce en Imaginaria por gentileza y autorización de su autora.

Ayes Tortosa es el seudónimo literario de Mariángeles García Tortosa, poeta y escritora nacida en Granada (España). Coordinó talleres de literatura y radio en su ciudad y actualmente realiza colaboraciones en periódicos y revistas especializadas. Ha publicado Versos, canciones y nanas para Nana (1994), Los cuentos de María del Charco (1995), Aires para un minuto lento (1996) y La olla de San Antón y un balcón de estrellas (1998).

61 | RESEÑAS DE LIBROS | 3 de octubre de 2001

Mitos y recuerdos

Marcelo Birmajer
Ilustraciones de Augusto Costanzo.
Buenos Aires, Editorial El Ateneo, 1999.
Colección Cuenta conmigo.

Portada de "Mitos y recuerdos"

Una leyenda de la antigua Grecia, perteneciente a la Ilíada y la Odisea, alterna con un recuerdo de la infancia, real o imaginario.

Cada mito evoca en el autor una pregunta y una historia relacionada a ella, vivida por un chico actual: "¿qué es la valentía?, ¿por qué motivos vale la pena pelear?, ¿cuáles son los métodos válidos para conquistar a una mujer?, ¿debemos escapar de las tentaciones, como Ulises de las sirenas, o rendirnos a ellas, como sus marinos en la isla de los lotófagos?"

Preguntas a las que los hombres han intentado dar respuesta sin éxito desde los tiempos más remotos, y para las que los hombres inventaron las más bellas historias.

Alejados de nosotros en el tiempo y en el espacio, los héroes de la guerra de Troya, los dioses del Olimpo, sin embargo nos demuestran que "la muerte y la vida, como los mitos, son iguales en todas las épocas".

Así como los grandes héroes de la antigüedad semejantes a dioses, y los dioses del Olimpo, tan parecidos a los hombres, vivieron espectaculares batallas y aventuras, así los personajes de cada recuerdo deben afrontar sus modestas batallas cotidianas, e intentar resolver cada una de las preguntas que los hombres se han planteado y seguirán planteándose siempre.

"Los seres humanos somos al revés que Aquiles: todo nuestro cuerpo es vulnerable salvo un talón invencible. Ese talón es nuestra voluntad."

Las desgracias son enviadas por Júpiter, para que se conviertan en el relato de un gran poeta, un poeta que narre los dolores y las hazañas de los hombres. Carbonero, compañero de escuela del protagonista escribe en una hoja deshilachada aquellas cosas tristes que no quiere olvidar, pero de las que no quiere acordarse todo el tiempo.

Ser escritor es el deseo del protagonista. Inventar peleas y amores entre sus compañeros, como Júpiter entre los hombres, para luego contarlas, escribirlas. Y otra pregunta que el lector podrá plantearse: ¿Cuál es la relación entre vivir y escribir? Vida y literatura, no resultan muy diferentes entre sí. Los recuerdos pueden ser reales o ficticios, no importa; como los mitos, la vida cotidiana resulta un maravilloso viaje, en el que sirenas, monstruos y tempestades hacen más difícil y emocionante el camino.

La sencillez de lo contado no va en desmedro de su profundidad, y así como la grandeza de los héroes griegos no deja de mostrarnos su faceta vulnerable, humana, así el relato de lo cotidiano no deja de darnos cuenta de los interrogantes y las dudas universales del hombre.

"Todos somos un caballo de Troya: de noche, nuestras dudas aprovechan para salir de su escondite y armarse un festín."

Recomendado a partir de los 11 años.

Marcela Carranza


Marcela Carranza es maestra y Licenciada en Letras Modernas de la Universidad Nacional de Córdoba (Argentina). Como miembro de CEDILIJ (Centro de Difusión e Investigación de Literatura Infantil y Juvenil) participó en el programa de bibliotecas ambulantes "Bibliotecas a los Cuatro Vientos" y en el equipo Interdisciplinario de Evaluación y Selección de Libros. Forma parte del grupo de estudio "La Nuez", en el área de la literatura infantil y juvenil.