martes, 7 de abril de 2015

Sexo y sensibilidad : el encanto del Art nouveau















Duración: 60 min.
Género: Arte Visual

El primer estilo moderno internacional
Una apasionante exploración de una época excepcional en el arte y la arquitectura, Sexo y Sensibilidad: El Encanto Del Art Nouveau viaja a través de Europa para contar cómo, en la década de 1890, nació el primer estilo moderno internacional. El Art Nouveau fue una explosión de nuevas formas de representar el mundo que rápidamente se extendió en cada país, y que influyó en todas las ramas de las artes, incluyendo la arquitectura y el diseño. Surgió a partir de los cambios sociales generados en las ciudades industrializadas, a partir de esta psique urbana y combinándolo con influencias de la naturaleza y de la sexualidad. Rodada en Londres, Glasgow, París, Bruselas y Viena, la serie muestra el influyente movimiento que saltó a la fama y que en 1914 ya había desaparecido, eliminado por la Primera Guerra Mundial.http://www.filmandarts.tv/programacion/documentales/sexo-y-sensibilidad-el-encanto-del-art-nouveau

lunes, 6 de abril de 2015

Un viaje o el mago inmortal de Adolfo bioy Casares

     
...

viernes, 24 de junio de 2011


Un viaje o el mago inmortal

                                                                                   O cómo o para qué nos encantó nadie lo sabe.
                                                                                                                           (Don Quijote, II, 22)

Para alcanzar la muerte no hay vehículo tan veloz como la costumbre, la dulce costumbre. En cambio, si usted quiere vida y recuerdos, viaje. Eso sí, viaje solo. Demasiado confiado juzgo a quien sale con su familia, en pos de la aventura. Dentro del territorio de la República (estamos de acuerdo) todo se da; pero si puede vaya por el agua, a otro país. Imíteme quien se anime; como yo, bese anteayer a la Gorda, a los chicos y con el pretexto de que la compañía lo manda, parta al infinito azul...
En cuanto subí al barco de la carrera divisé a una corista, señorita Zucotti, que en años de juventud inflamó mi esperanza. Aunque ahora es menos linda —calculo que se le alargó una cuarta la cara— me prometí el festín de esa misma noche visitarla en su cabina particular. Como para coristas fue el viaje. El río estaba bravo, la píldora contra el mareo no se asentaba en la boca del estómago; más de una vez gemí por no hallarme en tierra firme y, ya que me hamacaba, ¿por qué no en brazos de la corista o de la Gorda?l Procuré leer. Entre mis petates encontré, amén de la falta de revistas, El diablo cojuelo. ¡Las tretas a que recurre la pobre Gorda, en el afán de educarme! No tardé una línea en comprender que con esa joya de la literatura nunca olvidaría la famosa polca que bailaban río y barco. Cuando por fin me levanté —ignoro si en toda la noche habré cerrado alguna vez el ojo, para parpadear— me reanimé con café con leche tibio y con una gruesa de medialunas de la víspera. Sobre piernas flojas bajé a tierra uruguaya.
Juraría que al chofer del taxi le ordené: «Al hotel Cervantes». Cuántas veces, por la ventana del baño, que da a los fondos, con pena en el alma habré contemplado, a la madrugada, un árbol solitario, un pino, que se levanta en la manzana del hotel. Miren si lo conoceré; pero el terco del conductor me dejó frente al hotel La Alhambra. Le agradecí el error, porque me agradan los cuartos de La Alhambra, amplios, con ese lujo de otro tiempo; diríase que en ellos puede ocurrir una aventura mágica. Me apresuro a declarar que no creo en magos, con o sin bonete, pero sí en la magia del mundo. La encontramos a cada paso: al abrir una puerta o en medio de la noche, cuando salimos de un sueño para entrar, despiertos, en otro. Sin embargo, como la vida fluye y no quiero morir sin entrever lo sobrenatural, concurro a lugares propicios y viajo. ¡En el viaje sucede todo! Animosamente, pues, me dirigí al señor de la recepción, que me dijo:
—Lo lamento, pero con el Congreso de Fabricantes de Marionetas para Ventrílocuos, Titiriteros y Afines no me queda una triste habitación.
No hubo más remedio que cruzar la plaza, con mi valijita, y tratarse a cuerpo de rey en el Nogaró, donde, no sin cabildeos y la mejor voluntad, porque alojaban la troupe completa del Berliner Ballet, me consignaron a un cuarto de matrimonio. En el quinto piso, yendo por el corredor hacia la izquierda, mi cuarto era el último; es decir que yo tenía, a la derecha, otra habitación, y a la izquierda, la pared medianera y el vacío. Pedí los diarios. A medida que los ojeaba, dejaba caer las páginas al suelo. Por la ventana veía la plaza, la estatua, la gente, las palomas. De pronto me acongojé. ¿Por el trajinar de allá abajo, símbolo del afán inútil? ¿Por el desorden de papel de diario, disperso por mi habitación? ¿Por el frío en los pies y en los hombros? ¿Por el cansancio de la noche en vela? Reaccionemos, me dije, y sin averiguar el origen de la congoja salí del hotel, me encontré en la plaza, a las nueve de la mañana, demasiado temprano para presentarme en las oficinas de la compañía, rama uruguaya. Vagué por las calles de la Ciudad Vieja, pensando que no almorzaría tarde, que a las doce en punto haría mi entrada en el Stradella. A todo eso iba del lado de la sombra y volví a enfriarme; cambié de vereda, justamente a la altura de una negra apostada en un zaguán de azulejos verdes; como yo valoro mi salud y soy tímido, pasé de largo. A las diez visité la compañía. Me agasajaron como saben hacerlo, hasta que el jefe de Relaciones Públicas me despidió, a las diez y trece. Permitió mi buena estrella que en plena puerta giratoria me presentaran a un caballero, un charlatán que vende solares, con quien entretuve, por así decir, veinte minutos en un café de la pasiva; lo embrollé astutamente y convinimos en que a la otra mañana, a las ocho en punto, iría a recogerme al hotel, para llevarme en automóvil a examinar el santo día solares en Colonia Suiza. Antes de las once me hallé de nuevo en la calle, más muerto que vivo.
Mirando cómo evolucionaban las palomas y unas mujerzuelas que usted confundía con mendigas, me repuse un poco en un banco, al sol, en la plaza Matriz. En el Stradella articulé un menú a base de ají, pimienta, otros picantes y mostaza, mucha carne, mariscos, vino tinto y café. Comí como lobo. Porque era temprano me despacharon pronto y a las doce y media yo disponía de todo el día por delante. Para bajar mi alimentación bebí más café en el bar del Nogaró. Allí contemplé por primera y última vez en mi vida a dos altas muchachas del Berliner Ballet: una con cara de gato, ligeramente vulgar y muy hermosa; la otra, rubia, fina, una sílfide, con nariz grande y derecha, con senos pequeños y derechos.
Aunque me derrumbaba el sueño, no subí a dormir la siesta, porque el recuerdo de las muchachas era demasiado vivido. En el hall, donde permanecí en asiento de gamuza una hora larga, tuve ocasión de contemplar a buen número de brasileros, los más niños y ancianos, con el agregado de tres o cuatro señoritas con todo lo necesario para encabritar al prójimo. Una de ellas, casada con seguridad, mirando en mi dirección, propuso:
—¿Vamos a dormir la siesta?
Me pregunté si yo soñaba —lo que era bastante probable, porque el cansancio me aplastaba el cráneo— cuando se incorporó un hombrote, surgido de un sillón, a mis espaldas.
Yo también hubiera subido a acostarme, pero en mi tesitura, reflexioné, más valía cansar el animal. Me saqué a tomar aire por esas calles de Dios, las mismas que recorrí a la mañana. Por pura curiosidad quise rever el zaguán de los azulejos. No lo encontré al principio y cuando, al fin, di con él, faltaba la eva de ébano, joven y bien modelada, que al pasar yo, horas antes, masculló su palabra: no lo digo por vanagloria. Me encaminé a la plaza Matriz; aparte de palomas, apenas quedaban niños y lustrabotas. La verdad es que yo estaba tan cansado como inquieto. Recordando que el sueño, esquivo en la cama, suele buscarnos en lugares públicos, entré en un ínfimo cinematógrafo, donde pasaban una película sueca, más bien alemana, que bajo la carnada de magníficas fotografías y tedio, resultó una formidable exhortación a la lujuria. Al salir de allí no hice más que cruzar la calle, para meterme en un barcito. Mientras bebía el marraschino, mordiendo trozos de un queso notable por lo pungente, se apersonaron al mostrador dos damiselas, lujosamente ataviadas con terciopelo, borravino y azul, anudado y levantado como telón de teatro, debajo de la cintura, por la parte trasera, y entablaron palique con el barman, sonriéndole como tamañas gatas. Cuando partieron lo felicité; respondió:
—Señor, lo que es mío, es suyo.
Sonó hueca mi risotada, no me atreví a pedir aclaración, me retiré al hotel. Ni bien entré me pasaron al comedor, donde di pronta cuenta del menú. Arrastrándome como pude subí, por ascensor, al quinto piso. No daban las diez en el reloj de la catedral cuando, en la enormidad de mi cama camera, me volteó el sueño.
A las doce y minutos me despertaron voces en el cuarto contiguo. Distinguí dos voces, una femenina y otra masculina: desde el principio escuché únicamente la femenina, que era muy suave. Imaginé a  una mujer delicada y morena; una peruana, quizá. Las mujeres que prefiero corresponden a otro tipo, pero ésta me gustaba. Algunos me reputarán tonto, por hablar así de una mujer que yo no veía. Lo cierto es que me la representaba perfectamente. ¿De qué hablaban? No sé, ni me interesa. Tampoco sé por qué no me dormía; estaba alerta, como si esperara algo.
Ay, a la una empezó. Mis primeras reacciones fueron inquietud, desazón, voluntad de huir. De veras no quería estar presente, pues me jacto de no tener por costumbre el husmear al vecino. ¿Lo creerán ustedes? Me bajó pudor, como si al verme en la coyuntura me avergonzara de mí mismo. Salté de la cama, para dar nudillos en la pared, acaso por respeto al pudor universal, acaso por el maligno deleite de interrumpirlos. Iba a gritarles: «¡Piedad! ¡Un momento! ¡Ya me voy!», cuando recordé que no tenía dónde ir, porque el hotel estaba repleto. Recordé también la vulgaridad de nuestros contemporáneos y comprendí que me exponía a quién sabe qué improperios.
Había que olvidar a la pareja, so pena de caer en el insomnio, lo que era intolerable: la noche y el día anteriores fueron duros; el programa del día siguiente, que empezaba a las ocho de la mañana y abarcaba Colonia Suiza, no debía tomarse a la ligera. Yo estaba exhausto. Resolví, cuerdamente, regresar al lecho, no sin antes aplicar, una última vez, la oreja. La suavísima peruana se había vuelto más ronca; en una interminable frase, que no tenía pausas y que era un suspiro, repetía: «Te juro te juro te juro te juro». Con una mueca sardónica, murmuré: «Nunca juramento tan sentido será olvidado tan pronto». El temor de que me oyeran me paralizó. ¿Había hablado en voz alta? Por un instante, en el cuarto de al lado, hubo silencio. Afirmaría que lo hubo, pero luego el jaleo continuó, a más y mejor.
Ahora anotaré una circunstancia curiosa: la peruana gritaba, suspiraba, respiraba, resoplaba —sí, resoplaba, como la foca en el estanque del zoológico— y a ella brindaba yo mi benevolencia, jamás a su discreto compañero, que sólo de tarde en tarde se manifestaba, entonces repugnantemente, como un gordo imbécil y moribundo, que agonizara babeando.
La situación abundaba, quién lo duda, en ribetes aptos para turbar a un hombre profundamente humano. Cuando me ponía festivo, menos mal: proyectaba al punto, con carcajada insensata, la broma de correr por debajo de la puerta una tarjeta de visita, donde no sólo figura mi nombre y apellido, sino mi jerarquía en la fábrica, con el mensaje: «Señor, si se fatiga ¿me la pasa?». Lo grave era cuando me irritaba. Si ustedes imaginaran el cariz de mi cólera, se asustarían. En mi furor, con sombrío júbilo, auguraba el fulmíneo triunfo del comunismo, tildaba de canalla al vecino y quería arrebatarle la mujer. Tragándome la rabia, musité: «Yo también tengo a la Gorda», lo que no  era igual y en aquel instante resultaba tan lejano que se volvía materia de conjetura. Luego, conmovido, me comparaba con la pobre Pelusa —un libro para niños que la Gorda me propinó, más o menos de contrabando—, me comparaba con la pobre Pelusa, cuando llega junto a los altos muros del palacio, para ella de transparente cristal, contempla el festín, clama y no la oyen. No pude aguantar, corrí a la cama, me cubrí con las cobijas, que resultaron excesivas.
El esfuerzo para no asfixiarme y el calor en tal grado me congestionaron que al mirarme en el espejo, cuando encendí la luz, temí haber contraído la rubéola o el sarampión, hipótesis que, felizmente, no se cumplió.
Fuera de las mantas respiraba con libertad, pero en compensación oía a la pareja. ¿Qué murmuraba ahora la peruana? Suspiraba en voz ronquísima: «Me muero me muero me muero me muero». Casi le grito: «Ojalá y de una vez, por favor». Busqué refugio en El diablo cojuelo; seguía oyendo. Busqué refugio en el sueño; apagué la luz, cerré los ojos, traté de abstraerme; seguía oyendo. En el preciso momento en que, por lo bajo, les echaba en cara a los vecinos mi insomnio, comprobé que ellos, como lo proclamaban sus ronquidos alternados, por fin dormían. Con repugnancia comenté: «Deben de ser animales marcadamente fisiológicos», para en seguida agregar: «¡Cerdos!».
Lejos de aliviarme, la casi perfecta calma que se estableció en el cuarto de al lado me exasperaba. ¿Por qué negarlo? Ahora echaba de menos aquel rumor, tan matizado y sugestivo. Me hallé desvelado y extrañamente solo. Pensé en la Gorda; loco de mí, pensé en la vecina. Cavilé. Volví a odiar al hombre, con su reposo actual me ofendía aún más que antes.
Quise romper mi pasividad. «Si voy a actuar», me dije, «actuaré con provecho». Trabajé, pues, un plan, para despachar abajo al hombre y visitar, en el ínterin, a la mujer. No era posible eliminar totalmente el peligro de un escándalo, más o menos incómodo; pero la presa bien valía el riesgo.
Cuando yo montaba los últimos pormenores de mi plan, sonó en el otro cuarto la imperiosa campanilla de un despertador. Vi, en mi reloj, que eran las siete y media. A continuación, hubo el habitual trajín de gente que se levanta. Con presencia de espíritu, yo me levanté paralelamente, sin perderles pisada, porque tenía un propósito que no dejaría de cumplir. No era un plan delirante, como el de la noche; era un propósito humilde, como correspondía a la sensata luz diurna. Me apresuré, saqué ventaja a los vecinos, me planté en la puerta del cuarto. Lo reconozco: el plan se había reducido de modo absurdo; ahora consistía en ocupar, con la prelación conveniente, un punto de mira. Mi ambición era modesta, mi voluntad, tremenda. Yo  vería a la peruana. Nadie se mofe: sólo quien poco espera contempla lo increíble. Eso, innegablemente, es lo que me ocurrió a mí.
Yo aguardaba, como dije, en mi posición estratégica. Oí los pasos; ya venían, en precipitado tropel por el corredorcito interno, que va del dormitorio a la puerta de salida. Se abrió la puerta. ¿Qué vieron mis ojos maravillados? Un anciano diminuto, flaco y gris, imberbe de puro viejo, que representaba mil años y estaba completamente solo.
—¿Puedo hacer la pieza? —preguntó inopinadamente uno de esos criados que merodean, cepillo en ristre, por los corredores de todo hotel.
—Cómo no —contestó el vejete, lo más garifo, y creí discernir, en sus ojillos chispeantes, que por un segundo me miraron, un dejo de burla.
En cuanto el viejo se alejó, articulé:
—Permiso ¿puedo pasar?
Con el pretexto de averiguar cuánto tardaría el lavadero en devolverme una camisa imaginaria, me colé en la habitación. Mientras departía con el criado, lo examiné todo. Allí no había peruanas.
Sonó, en mi cuarto, la campanilla del teléfono. Lo atendí. Me dijeron que un señor me esperaba. «¿A estas horas?», pregunté airadamente. Con desesperación recordé al charlatán de los lotes en Colonia Suiza. Hubiera querido que me tragara o, mejor, que lo tragara la tierra. Hubiera querido ser mago y hacerle creer que lo acompañaba y mandarlo solo a ver sus lotes. Partí a mi suerte.
Al entregar la llave, pregunté:
—¿Cómo se llama el señor de la habitación contigua a la mía? Consultaron libros y respondieron:
—Merlín.
El nombre me suena, pero ni antes ni después de esa mañana vi al sujeto.

Bioy Casares

Extraido de "Te inventaré palabras sin sentidohttp://teinventarepalabras.blogspot.com.ar/2011/06/un-viaje-o-el-mago-inmortal.html

domingo, 5 de abril de 2015

Umberto Eco: “El síndrome del complot nos invade”

  • LITERATURA
  • Viernes 3 de abril de 2015 - 03/04/15

Umberto Eco: “El síndrome del complot nos invade”

En una charla íntima y profunda en su casa de Milán, el autor habla de “Número cero”, su nueva novela sobre el periodismo y los temas que más lo apasionan, como la búsqueda de la verdad.

Por Marina Artusa Enviada Especial A Milan

Suena el teléfono en el segundo piso de este palazzo señorial que mira de frente al Castillo Sforzesco, antigua morada de los duques que se disputa con el Duomo el primer puesto entre las maravillas de Milán. Insistente, atrevido, el ring distrae por un momento a Umberto Eco, el dueño de casa, que está en plena faena de forense hurgando en las tripas de Número cero, su nueva novela.
–Responda, si le parece.
–No atiendo jamás el teléfono. Para salvarme la vida.
Irónico, el comentario de Il professore, como lo llaman aquí, suena a complot, argumento que Eco exprime en Número cero , donde enhebra los vicios del periodismo, la historia de Italia y la mirada de uno de los personajes sobre esos hechos históricos a través de la teoría del complot. “El síndrome del complot nos invade. Si usted busca en Internet encontrará una gran cantidad de complots, como que los estadounidenses nunca llegaron a la Luna o que las Torres Gemelas fueron destruidas por los judíos –dice Eco mientras mastica el tabaco de los cigarritos negros que dejó de fumar hace diez años. El complot nos consuela. Nos dice que no es culpa nuestra. Que algún otro organizó todo. Hay complots por todas partes. Están basados en fantasías y son falsos. Siempre he estado interesado en la influencia histórica que han tenido los falsos.”
–¿Decir algo falso es mentir?
–Pueden ser dos cosas distintas. Mentir es decir aquello que yo sé que es falso. En cambio decir una falsedad puede ser simplemente un error. Por ejemplo, Ptolomeo no mentía. El creía en serio que el sol giraba en torno a la Tierra. Como estudioso de semiótica, siempre he sostenido que lo que caracteriza a los signos, a los lenguajes, no es tanto que sirvan para nombrar lo que existe delante de nuestros ojos sino que sirvan para referirse a lo que no está. De este modo también sirven para mentir. El problema de la mentira y de lo falso siempre ha sido, desde el punto de vista teórico, muy importante para mí. Está ligado al problema que interesa a todo filósofo y que es el problema de la verdad. Establecer qué es verdadero es muy difícil. A veces es más sencillo establecer qué es falso.
–En su nueva novela usted no dice abiertamente que la prensa “falsea” pero…

–Siempre he escrito sobre los vicios del periodismo. Desde los años 60, cuando abría polémicas con amigos periodistas directores de diarios sobre la cuestión de si es posible separar los hechos de las opiniones, cosa que yo sostengo imposible. Siempre tuve en la cabeza una novela sobre el periodismo malo pero la fui postergando. También escribo en los diarios, con lo cual es una crítica que hago desde adentro.
No hay héroes en Número cero , una novela en la que los personajes están en búsqueda de una segunda oportunidad: la redacción de un diario que nunca verá la luz es la cruel excusa de Eco para teorizar sobre el periodismo mal ejercido, sobre la manipulación, sobre lo que en Italia se conoce como “la macchina del fango” (la máquina de barro, eso que nosotros llamamos “embarrar la cancha”): “Es un mecanismo que siempre existió. Los romanos lo hacían con los cristianos cuando decían que sus prácticas eran cuestionables. Se trata de liquidar al adversario deslegitimizándolo –dice Eco–. Pero en las últimas décadas este mecanismo de arrojar sospechas sobre algo o alguien se volvió moneda corriente.”
–La novela provoca cuando sus personajes teorizan sobre cómo se debe formular una desmentida o enuncian frases del tipo “No hace falta inventar las noticias, basta reciclarlas”.
–Sí, es cierto. Describe un diario. No pretende describir todos los periódicos pero habla de un diario malo. Me inspiré en muchos diarios que existen y ciertos aspectos también están presentes en los diarios buenos. Antes, si el presidente de los Estados Unidos no gustaba, como sucedió con Lincoln o con Kennedy, lo asesinaban y listo.
That’s correct.
Con Clinton, en cambio, se empezó a ver qué hacía debajo de las sábanas para desacreditarlo. Hoy se ataca al adversario tratando de demostrar que hace cosas inmundas. En la novela trato de evidenciar que para “la macchina del fango” no es necesario demostrar que el adversario es pedófilo ni que ha asesinado a su abuela. Basta hacer foco en una cosa normal sobre la cual se proyecta una sombra de misterio. Yo cito en la novela un caso real de un juez que había molestado con una sentencia suya a personas importantes y del cual un diario publicó que se lo veía en un parquecito, sentado en un banco, fumando decenas y decenas de cigarrillos y que tenía las medias de tal color. No hay nada de malo en eso. Pero se lo destacaba como para decir “mire qué extraño personaje”. Me sucedió también a mí. Un diario que no me amaba publicó: “Eco fue visto en un restaurante chino con un desconocido mientras comía con palitos”. Desconocido era para ellos, no para mí. Asumo que Milán, Roma y Bolonia están llenas de restaurantes chinos pero las pequeñas ciudades de Italia, no. Por eso la idea de uno que come con palitos tiene un halo de espionaje internacional.
–Entonces, ¿por qué escribe en diarios (es columnista de L’Espresso desde hace muchos años)?
–Tal vez porque de chico quería ser periodista. Y luego tuve un amigo, que era mayor que yo, que me dijo que no debía ser periodista, que debía escribir libros y luego vería que los diarios me pedirían que escriba para ellos. Y sucedió un poco así. Hay quien piensa que cuento en los diarios de un modo más aceptable lo que he escrito en mis libros. Pero es exactamente al revés. Los libros nacen de la experiencia obtenida escribiendo en los diarios. Escribir en la prensa a mí me da pie para una reflexión posterior más profunda.
–La novela habla descarnadamente de los mecanismos de la mala prensa pero no hace referencia al público lector.
–Se dice, y creo que es cierto, que una vez Berlusconi (dueño de un multimedio) dijo: “Mi público tiene una edad media de 12 años”. Un cierto periódico puede crearse un target como un narrador puede hacerlo. Pero hay una experiencia tremenda para el que escribe artículos y es que tal vez escriba para un público calificado pero su nota termina en manos de quien tiene la edad media de 12 años. Este es el problema de la comunicación de masas: que no se puede controlar cómo el mensaje arriba al target . Lo hemos estudiado mucho en semiótica. Una vez hablé de “guerrilla semiológica”. El problema no es cambiar los programas de televisión sino poner a alguien delante de cada televisor que lleve a la gente a discutir los contenidos de lo que acaba de ver, alguien que los guíe a un análisis crítico.
–Paolo Mieli, ex director de La Stampa y de Il Corriere della Sera dijo que su novela “explotará como una bomba en las redacciones”. Pero eso no sucedió hasta ahora.
–Bueno, hace muy poco que se publicó. Alguien ha dicho que debería leerse en las escuelas de periodismo. Y puede ser que lo estén haciendo.
–¿O será que ninguna publicación quiere sentirse aludida?
–Eso es cierto. Aunque hay periodistas malos que se sintieron reflejados y me lo han hecho saber.

Su novela más contemporánea
Eco promete un café para cuando llegue su esposa porque él no se lleva bien con la máquina de café. Pero quiere ser gentil. Va hasta la cocina, abre la heladera bajomesada y ofrece un aperitivo, un jerez. “Mi mujer me esconde el whisky bajo llave. He bajado de peso desde que no bebo. Pero ella no sabe que sé dónde pone la llave”, dice Il professore y hace fondo blanco con el vaso donde se ha servido apenas un dedo de Tío Pepe.
Número cero es su séptima novela y su libro número 43. Es la ficción más breve de Eco –la edición en italiano tiene 220 páginas contra las 500 a las que nos acostumbró con El nombre de la rosa o El péndulo de Foucault . La escribió en un año y es, además, la más contemporánea: trascurre en Milán durante tres meses de 1992. “Fue el año en el que se descubre Tangentopoli (una cadena de coimas) y tiene lugar el Mani Pulite (manos limpias) –el mayor proceso judicial contra la corrupción política italiana”, dice, “es decir, un año que pudo haber sido un punto de inflexión en la sociedad italiana. Pero no lo fue.” 
Número cero repasa la historia de Italia y la deforma a través de la mirada del periodista que ve complots en todas partes.
–En realidad son todos hechos verdaderos menos la historia de Mussolini que es totalmente inventada (en la novela un personaje sostiene que Il Duce no fue fusilado en Giulino di Mezzegra en abril de 1945 sino que fue enviado a la Argentina donde se refugió y desde donde siguió operando).
–¿Por qué pensó en la Argentina?
–¿Por qué no? Muchos jerarcas nazis han escapado a la Argentina. Brasil se había aliado con los estadounidenses en contra de los nazis. La Argentina, no. Por lo tanto era en ese momento un país cómodo para refugiarse. ¿Dónde han encontrado a (Adolf) Eichmann y a (Erich) Priebke? La Argentina venía muy bien para mi relato. Con la historia de Mussolini quise demostrar que con un poco de fantasía se puede justificar todo. Siempre me impresionó saber que cuando Mussolini escapa hacia Como, su familia estaba allí y él no quiso verla. ¿Por qué? A partir de ahí, un paranoico puede construir una historia entera. Las verdaderas razones por las que Mussolini no quiso encontrarse con su familia no las sabemos pero a partir de allí se puede construir un universo.
–Usted visitó tres veces la Argentina. ¿Puede escribir acerca de lugares en los que nunca estuvo?
–Tenemos en Italia a Salgari que escribió novelas que se desarrollaban en todo el mundo y él jamás se movió de su ciudad, Verona. Yo no sería capaz. Debo ir a ver. Para el escribir La isla del día de antes fui al Mar del Sur. El período más bello siempre es durante la escritura y nunca cuando el libro se ha terminado. Tal vez escribo novelas para hacer esos viajes. Si no, no sería divertido. La Argentina, en Número cero , es un punto de pasada. Estuve por primera vez en los 70. Eran años tremendos. Los tupamaros en Uruguay, los montoneros en la Argentina. Recuerdo la música de Piazzolla y a Amelita Baltar. El último espectáculo comenzaba a medianoche y hasta me llevaron a ver Fuego , con una actriz de senos muy grandes (Isabel Sarli).
Eco, que ya cumplió los 83, dice que todas sus novelas le han llevado seis años de trabajo: “Excepto El péndulo de Foucault , que me llevó ocho, y ésta, que la escribí en un año,dice. No debía investigar tanto. Muchos acontenciemientos los viví, otro tanto lo pude rastrear en Internet, como la autopsia de Mussolini, y luego me compré un par de guías de la Milán desconocida. He reciclado también muchos de los artículos que he escrito. Alguno se dio cuenta y se quejó pero estoy en mi derecho. Soy de la idea de que no hay nada más inédito que lo ya publicado”.
–¿Escribir un ensayo o un libro académico genera en usted lo mismo que escribir una novela?
–No. La preparación de un ensayo es pública. Se discute con los estudiantes, se participa en conferencias y luego uno escribe el libro. La novela, al menos para mí, sé que para otros autores no, es un hecho totalmente secreto. Es decir que durante esos seis años en los que estoy escribiendo una novela nadie sabe qué estoy haciendo. Nadie lee ni una página.
–¿Ni en su casa?
–Ni en mi casa. Bueno, creo que cuando fuimos al Mar del Sur dije que estaba pensando tal vez en escribir algo. Pero nada más. Así como mientras estaba preparando Número cero fui con amigos y con mi esposa a esa taberna (Moriggi) que se describe en la novela. Estos seis, ocho años pasados en secreto son bellos. Cuando se termina de escribir el libro es tristísimo.
–¿Son años en los que lleva una doble vida?
–Un poquito sí. Es como llevar una vida de agente secreto.
–¿Reflexiona sobre su escritura? ¿Alguna vez pensó si cambió desde El nombre de la rosa?
–Sí. Siempre he dicho que mientras en poesía se parte de las palabras y luego vienen las ideas, en la narrativa primero se parte de las ideas y luego vienen las palabras. Primero se construye un mundo, un acontecimiento y luego el lenguaje sigue a esta construcción. En mis novelas, si usted se fija, el lenguaje cambia según el tema. En El nombre de la rosa elegí el estilo del cronista medieval. En El péndulo de Foucault he jugado con varios registros lingüísticos, como el de los ocultistas. En La isla del día de antes , el estilo es barroco. Mis novelas anteriores eran sinfonías de Mahler.
Número cero es un fragmento de Charlie Parker. Es jazz, tac, tac, tac. No debía perderme en descripciones. Además las novelas terminan solas. Llega un momento en que dicen basta.
–Esa es otra de sus provocaciones. Le escuché decir que a veces las novelas son más inteligentes que el autor.
–Así es. Porque a veces contienen cosas o aspectos en los que el autor no había pensado y, si los va a buscar, los puede encontrar allí.
“Venga, le quiero mostrar algo”, dice Eco. El parqué cruje a su paso. Se detiene delante de la biblioteca que tapiza el hall de entrada de su departamento. Con orgullo medido, Il professore extrae un libro, lo abre y muestra la firma del autor: “James Joyce”, dice en tinta verde manuscrita. Esa primera edición del Ulysses autografiada es una de las joyitas de su biblioteca, nutrida de libros antiguos.
“Como coleccionista de libros antiguos, colecciono solamente libros que hablen de cosas falsas. No tengo a Galileo, por ejemplo, porque ha dicho cosas que luego para nosotros se revelaron como verdaderas. Pero sí tengo a Ptolomeo, que se había equivocado y creía que el sol giraba en torno a la Tierra. Por eso todo lo que tenga que ver con alquimia, ocultismo, me interesa. Basta con que una cosa sea falsa para que entre en mi colección”, dice Eco.
Hay un par de excepciones. Al Ulysses de Joyce se suma el Horologium Oscillatorium de Homens: “Había escrito El péndulo de Foucault y por lo tanto el primer libro que salió en el mundo sobre un péndulo me interesaba”, se justifica.

El péndulo de Foucault es, entre sus novelas, la que usted más cita.
–Porque es la más compleja. Me dio más trabajo, más gusto, más búsqueda lingüística. No por casualidad inicia y termina con dos recuerdos personales. Cuando terminé El nombre de la rosame pregunté: “¿Y ahora? ¿De qué escribo? ¿No puse todo ahí?” Y me vinieron a la mente dos imágenes, una de mis 20 años y la emoción cuando vi el péndulo de Foucault en el Observatoire de París. La otra imagen era un episodio que me sucedió a los 13 años cuando toqué la trompeta en el funeral de los partisanos.
El péndulo de Foucault es mi libro más autobiográfico.
Tose Umberto Eco. “Masticar tabaco me está arruinando la garganta”, se queja. “De chico me chupaba el pulgar, aún siendo un niño bastante grande. Hasta me tapaban el dedo para sacarme la manía. Sin duda debe haber algo sexual detrás de esta necesidad de tener el cigarrito en la boca”, dice. Y se ríe Eco. Se ríe a carcajadas.