jueves, 16 de mayo de 2019

Muchacha de otra parte


Abelardo Castillo
Cuando me contestó que no era de acá, yo pensé, sin demasiada imaginación, que estaba hablando de Buenos Aires. Es el destino, le dije, yo tampoco soy de acá, y agregué que era un buen modo de empezar una historia de amor. Ella me miró con una expresión que sólo puedo describir como de desagrado, como suelen mirar las mujeres muy jóvenes cuando el tipo que está con ellas y al que acaban de conocer dice alguna estupidez. La edad, más tarde, les enseña a disimular estos pequeños gestos helados, estas barreras de desdén, de ahí que asienten, consienten y a la larga hasta nos estiman, cuando lo que de veras sucede es que han crecido y ya no esperan demasiado del varón. Lo que estoy contando sucedió hace quince años, en otoño. Sé que era otoño porque la encontré en Parque Lezica y una de las primeras cosas que dijo fue que el camino del puente siempre está cubierto de hojas, como este sendero de la plaza. Le pregunté que puente, y ella me lo describió. Al bajar del tren, tomando a la derecha, hay un camino con una doble hilera de plátanos, en seguida está el puente de madera. Después habló de los medanos. Yo no le presté mucha atención. Estaba considerando seriamente si esa chica me gustaba o no, lo que sólo podía significar que no me gustaba, cosa que (hoy lo sé) era realmente la peor manera de empezar una historia de amor. No hay más que ir descubriendo virtudes, transparencias, hermosuras parciales en una mujer, para que esa mujer se transforme en una fatalidad. Ya he cumplido cincuenta años; ella, hoy, no tendría más de treinta. Con esto quiero decir que la noche del parque andaría por los dieciséis, aunque no sé por que escribo que hoy no "tendría". Tal vez porque sólo la concibo como era entonces, una adolescente un poco demasiado intensa para mi gusto, más bien sombría, alta, de pelo muy negro y piernas delgadas. No había nada en su rostro, salvo quizá la nariz, que llamara mucho la atención. Tenía eso que suele describirse como una nariz imperiosa. Sus ojos, vistos de frente, no eran grandes ni de uno de esos colores hipnóticos e inhallables como el malva, por ejemplo, ni siquiera verdes. Vivió a mi alrededor durante dos años y no tengo ningún recuerdo sobre el color de sus ojos. Tal vez fueran pardos, aunque podían virar a un tono más oscuro que los volvía casi negros. O acaso esta impresión la daban sus pestañas, y por eso he dicho que sus ojos, vistos de frente, no tenían nada de particular. Vistos de perfil, en cambio, eran asombrosos. Y esta fue la primera belleza parcial que descubrí en ella. La segunda, fue el pie. No hay en todo el arte gótico un modelo adecuado para un pie desnudo como el que se me reveló esa misma noche en uno de los hoteles de las cercanías del parque. Imagino que alguien estará pensando que, si ella tenía dieciséis años, su aspecto no debía ser muy infantil, o no la hubieran dejado entrar en un hotel conmigo. Lo cierto es que nunca supe su edad real, parecía de dieciséis. Y nunca dejó de parecerlo. Claro que a esa edad crecer uno o dos años es lo mismo que crecer un día, así que no tenía por que cambiar demasiado, aunque ya hace mucho tiempo que empecé a preguntarme si su primera confesión de esa noche (no soy de acá) no significaba algo distinto de lo que yo imaginé. Hay otros mundos, es cierto. Son tan reales como este; y no diré ninguna novedad si aseguro que están en este.

            En cuanto al hotel, requiere alguna explicación. En esa época las mujeres usaban aquellos bolsos enormes, tipo mochila. Nunca supe qué metían ahí adentro; pero era como si se desplazaran por Buenos Aires con la casa encima, como los caracoles. Lo increíble solía ser su peso. Y bastaría reflexionar un segundo sobre el peso de aquellos bolsos de Pandora y sobre la cantidad de cuadras que eran capaces de caminar llevándolos a cuestas, para dudar seriamente de la fragilidad física de las mujeres, al menos de las de mi tiempo. Si no fuera por la cara que tenés, te propondría ir a dormir a un hotel, le había dicho yo. No creo haber pronunciado en mi vida una frase tan directa ni con menos intención de ser tomada en serio. Ella me miró, frunciendo las cejas, como si considerase el aspecto práctico del problema. Estábamos sentados en un banco de la plaza; ahí mismo abrió su bolso, sacó unos anteojos negros, sacó una impresionante capelina de paja, la restituyó a su forma original con dos o tres toques parecidos a pases mágicos, sacó unas sandalias doradas de taco más que mediano, que cambió rápidamente por sus zapatillas de tenis y sus medias de jugador de fútbol, se puso la capelina y me dijo: "Vamos." El poder mimético de las mujeres no es un descubrimiento mío. Con poseer dos o tres atributos básicos, cualquier chica que ordeña vacas puede transformarse en condesa, si la visten adecuadamente; y la historia del mundo prueba que esto ocurre a cada momento. Unos segundos antes yo tenía sentada a mi lado a una adolescente de pantalones bombachudos, chiripá y zapatillas de delincuente juvenil; ahora tenía, de pie frente a mí, a una altísima joven de babuchas más o menos orientales, capelina, chal sobre los hombros y anteojos negros. Una actriz de cine dispuesta a no revelar su identidad o una princesa de la casa de Mónaco viajando de incógnito por la Argentina. En la media luz violeta de la concerjería del hotel, era realmente un espectáculo sobrecogedor. Acaso aún parecía algo joven; pero nadie en el mundo se hubiera atrevido a importunarla preguntándole la edad. De más está decir que a estas alturas el bolso faraónico lo cargaba yo. Ella llevaba en la mano una carterita, que luego resultó ser de útiles relativamente escolares y que podía pasar por ese otro tipo de objetos misteriosos, por lo liliputiense, que las mujeres llevan a las fiestas y que acaso contiene un pañuelito de diez centímetros cuadrados, un geniol, una estampilla. Subimos y caí extenuado sobre la cama, a causa de la mochila. Y ahora tal vez debo decir que he visto desnudarse a algunas mujeres. No tantas como me gustaría hacerle creer a la gente; pero he visto a algunas. Nunca vi a ninguna que se desnudara, por primera vez, como ella. Ni artificio ni cálculo ni erotismo: se desvistió como una chica que se va a pegar un baño, cosa que por otra parte hizo. Cuando por fin se acercó a la cama, envuelta en un toallón, yo dije la segunda de las muchas estupideces que iba a decirle en mi vida. Le pregunté cuántas veces había practicado el número transformista de las sandalias, los anteojos y la capelina. No recuerdo si habló; recuerdo que abrió los ojos y se llevó las manos al pecho, como si se ahogara. Las pupilas le brillaban en la oscuridad como las de un animal aterrorizado. En más de una ocasión sospeché que estaba algo loca o que no era del todo real; esa noche fue la primera. Calmarla me llevo mucho tiempo; acostarme con ella, también. Más tarde le pregunte por que había aceptado venir. "Por el modo en que me lo pediste", dijo sonriendo. Lo que pasó esa noche, lo que pasó hasta la madrugada de ese día y de otros días, prefiero no recordarlo con palabras. Lo que una mujer hace con un hombre, cualquier mujer lo ha hecho y lo hará con cualquier hombre. Sólo los imbéciles creen que esa fatalidad es la pobreza del amor, no saben que ahí reside su eternidad, su linaje, su misterio. Tal vez no todas las mujeres murmuran casi con odio no soy de acá, no soy de acá, cuando el sexo las pierde en esa región que sólo ellas conocen; pero, digan o callen lo que quieran, cualquier hombre ha sentido que cuando por fin todo termina parecen volver de otro lugar. Ella, a veces, me lo describía. Hay allá la cúpula de una pequeña iglesia, que se ve entre los árboles si uno se detiene en el lugar adecuado del puente. Hay a veces un arroyo de aguas traslúcidas entre cuyas piedras nadan pececitos negros, que acaso son pequeños renacuajos, aunque a ella esa idea le resultara desoladora. Otras veces no había arroyo, y sí largas veredas arboladas de moras. Sólo una vez hubo un faro. Esas inesperadas variantes, que al principio me parecían caprichos, distracciones o mentiras, dibujaron con el tiempo un mapa preciso que ahora yo puedo reconstruir árbol por árbol, casa por casa, médano por médano. Porque los médanos estaban siempre, en sus palabras y en sus sueños. Como estaba siempre el camino dc los plátanos dobles, cubierto de hojas y, al terminar ese camino, el puente de madera desde donde se ve el campanario de la pequeña iglesia. De la primera noche no recuerdo estas cosas, sino de otras noches, en las que volvíamos de un cine de barrio, caminábamos por el puerto y nos despertábamos en mi departamento o en cualquier hotel donde la capelina había sido reemplazada por un vestido rojo de escote escalofriante y los ojos maquillados como un oso panda.

            Sé que lo que voy a escribir ahora suena pueril, novelesco, demasiado fácil de ser escrito; pero nunca supe su verdadero nombre. Tampoco supe dónde vivía ni con quién. Con un abuelo muy viejo, me dijo a desgano una tarde en que insistí casi con enojo. El abuelo, por lo menos esa tarde, estaba casi ciego y apenas tenía contacto con la realidad, lo que significaba que ella podía volver a cualquier hora y hasta faltar de la casa uno o dos días, con tal de no dejarlo morir de hambre. Una madrugada le propuse acompañarla. Me preguntó si estaba loco. Qué iba a pensar la tía Amelia si la veían llegar con un hombre que era casi una persona mayor después de haber faltado un día entero de su casa. Esa noche me había hablado del faro; me desperté de golpe y la vi sentada en la cama, mirándome desde muy cerca, con los ojos muy abiertos. "Volví a soñar con el faro", me dijo. Yo dije que no era cierto y la oí gritar por primera vez. "Qué sabés de mí", gritó. "No sabes nada de mí. Volví a soñar con el faro y era el faro al que iba a jugar cuando era chica; ahora ya no está, pero era el mismo faro." Le conteste que no era posible que hubiese vuelto a soñar con un faro, ya que nunca me había hablado antes de ningún faro. Me miró con rencor, después me miró con miedo. Comenzó a vestirse y parecía desconcertada. "No puedo haber soñado con el faro", dijo de pronto. "Lo inventé todo." Ésa fue la madrugada en que le propuse acompañarla y ella me habló de la tía Amelia. Le hice notar que hasta hoy había vivido con el abuelo. Me miró sin ninguna expresión, o quizá con la misma mirada desdeñosa del primer día. "No voy a volver a verte nunca más", me dijo. Y, por un tiempo, no volvió. Si no hubiera vuelto nunca, tal vez yo ahora no estaría buscando el pueblo que está más allá de la arboleda y el puente; pero un día, al llegar a mi departamento, la encontré sentada en mi cama. Miraba fascinada una revista de historietas y estaba comiendo una torta de azúcar negra. Tenía el pelo más largo. Levantó una mano y, sin apartar los ojos de la revista, me saludó moviendo apenas los dedos. No tuve tiempo de asombrarme porque sucedieron dos cosas. Verla ahí, tan irrefutable y casual, me hizo tomar conciencia de que si ella no hubiera vuelto yo no habría tenido manera de encontrarla. La otra, fue algo que dijo. Yo le había preguntado dónde estuviste todo este tiempo, y ella, con distraída alegría, contestó de inmediato: "En casa." No fueron las palabras, sino el tono con que las pronunció. Supe que no hablaba de la casa del abuelo ciego o la tía Amelia, admitiendo que existieran. Ni siquiera pensaba la palabra casa en el mismo sentido que yo, en el sentido convencional de objeto para habitar. Había dicho casa como una sirena diría que ha vuelto unos meses al mar. Iba a preguntarle cómo había entrado pero me callé. Desde ese día aprendí a callarme. Para empezar, me resultaba un poco alarmante admitir que su casa, su casa real, en algún barrio de Buenos Aires, me importara mucho menos que el lugar con el que soñaba y del que me hablaba a veces, como si hablara en sueños, sin poner ninguna atención en que ciertos detalles descriptivos coincidieran o no. En segundo lugar, noté algunas cosas que podría haber notado mucho antes, lo que de paso agravó mi temor retrospectivo, el miedo inesperado de lo que podría faltarme si ella no hubiera vuelto. Me di cuenta, por ejemplo, de que la quería, y me parecía inconcebible haberlo descubierto gradualmente. También me di cuenta de que no había que hostigarla con preguntas, ni atemorizarla. La violencia le daba miedo, y la ironía y la vulgaridad la llenaban de tristeza. Hoy sé que cuando un hombre comienza a tener en cuenta estas cosas mejora mucho su visión general de la vida o se vuelve idiota. Yo sigo pensando que la vida es horrible; tal vez por eso estoy buscando el pueblo. Una o dos semanas después de ese regreso me preguntó, por primera vez, qué me pasaba. No era de hacer este tipo de preguntas, lo que bien mirado podía ser un rasgo de egoísmo infantil, en el que la palabra infantil explica, mejor que ninguna otra cosa, lo que digo más arriba sobre la visión generosa del mundo y la idiotez. Tuve una intuición súbita y le dije que no, que no me pasaba nada, que sólo estaba pensando en si habría vuelto a ver el faro cuando estuvo allá. Después la tomé del hombro y le señalé el baldío de una demolición. Mirá aquella pared, le dije, con los dibujos que quedan en la medianera uno puede reconstruir cómo era la casa. "Sí", dijo, "es cierto, pero no se puede saber si eso es lindo o triste. No, el faro no está más y yo creo que nunca lo vi, debe ser una de esas historias que me cuenta el abuelo". Le pregunté por qué habrían plantado una hilera doble de moreras a los costados del camino. Se rió y me preguntó de qué estaba hablando. "No son moras", dijo, "son plátanos altísimos y viejísimos, la calle de las moras es la de la vieja Eglantina, la que nos regalaba semillas de mirasol". Yo insinué que los médanos, al correrse con el viento, debían taparlo todo. Seguía riéndose. Los médanos están hacia el otro lado, como quien sale del pueblo. Y no tapan las casas pero es cierto que se mueven, a la noche, y cuando uno despierta todo está cambiado y es como si el pueblo entero se hubiera ido a otro lugar. Se calló. Me estaba mirando con desconfianza, no lo sentí en sus ojos, que no veía, sino en la rigidez de su piel bajo mi mano. Era como si cualquier lugar de su cuerpo estuviera tramado con la misma materia sensible e intensa. Le dije que tenía sueño, que tal vez debiera ponerse la capelina. Me dijo que no había traído la capelina ni los anteojos negros ni las pinturas y que odiaba los hoteles. Iba a contestarle que la última vez no parecía odiarlos tanto, pero reconocí con cautela que, si lo pensaba un poco, yo también les tenía rencor. Caminamos hacia mi departamento. Yo subo, le dije en la puerta. Me siguió. Cuando llegamos al dormitorio tuve otra intuición. Y ahora te ponés la capelina y me mostrás el pie. Volvió a reírse. Y, por lo menos esa noche, sentí que a veces poseo cierta habilidad natural para hacer bien algunas cosas.

            Todos tenemos tendencia a creer que la felicidad está en el pasado. Yo también he sentido que algunos minutos de ese tiempo fueron la felicidad, pero no podría vivir si pensara que todo lo que se me ha concedido ya sucedió. Un día de estos voy a envejecer de golpe, lo sé; pero también sé que si cruzo aquel puente ella podrá reconocer mi cara. Ya conozco el lugar como si yo mismo hubiera nacido en él, no con exactitud porque la memoria altera, sustituye y afantasma los objetos, pero con la suficiente certeza como para saber cuáles son sus formas esenciales. Una vez leí que todos los pueblos se parecen. El que escribió eso debe odiar a la gente. No hay un solo pueblo, tenga médanos o no, que sea idéntico a otro, porque es uno el que inventa sus lugares, levanta sus casas, traza sus calles y decide el curso de sus arroyos entre las piedras. Todos los que no somos de acá, sabemos esto. Me costó más de cuarenta años aprender esta verdad, que una alta chica loca de pie árabe conocía a los dieciséis. Cuando ella por fin desapareció, yo todavía ignoraba estas cosas, pero ya conocía los detalles, la topografía, el color del pueblo. A las siete de la tarde, en otoño, uno entrecierra los ojos en los médanos, y es como una ceniza apenas dorada. Cuando existe el arroyo, la zona del puente, a la noche, parece un cielo invertido, de un azul muy oscuro, móvil, porque las luciérnagas se reflejan en el agua y es como si las constelaciones salieran de la tierra . Hay dos molinos. El viejo Matías tiene un caballo matusalénico, de más de treinta años. "Tiene casi tu edad, Abelardo", me dijo alarmada una de las últimas noches que nos vimos. Yo le contesté que los caballos, por lo menos en algún sentido, no son siempre como las personas. Ya he dicho que el tono irónico la molestaba o la desconcertaba. "Por qué decís en algún sentido", me preguntó. Yo estaba cansado y algo distraído esa noche, hice una broma acerca del comportamiento sexual que ciertas jóvenes de su edad consideraban natural en el varón. Tardé una hora en explicarle que era una broma, y otra hora en convencerla de que debía acostarse conmigo. El cansancio produce efectos paradójicos, el pudor herido de las mujeres también. Aquello fue como ser sacrificado y asesinar al mismo tiempo a una deidad loca, como cambiar el alma por un cuerpo y vaciarse en el otro y llenarse de él y despertar diez veces en un cielo y en un infierno ajenos. Lo que aún no conocía del lugar, lo conocí esa noche. No sólo porque ella habló horas en el entresueño, sino porque lo vi. Lo vi dentro de ella mientras yo era ella. Cuando se despertó, a las cuatro de la mañana, simulé estar dormido. Cuando salió de casa, me vestí a medias, me eché un sobretodo encima y la seguí. El cansancio me daba la lucidez y la decisión de un criminal. No era sólo el afán de saber adónde iba cuando me dejaba; era la voluntad de recuperarla cuando no volviera. Porque esa noche supe también que, por alguna razón, aquello no podía durar mucho tiempo más, y que ella, sin saberlo, decidiría el momento de la separaeión. Vi su casa, su casa real, en un sórdido y real barrio casi en el límite de Buenos Aires. Era una casa baja, en una cuadra de tierra de esas que aún quedaban, o todavia existen, por la zona de Pompeya. Tenía una verja de alambre tejido y, al frente, un jardín con malvones y un arbolito raquítico. Ella cortaba algo del arbolito y lo iba poniendo en la palma de su otra mano. Después se llevó la palma de la mano a la boca y entró en la casa sin encender la luz. Esperé más de una hora y no volvió a salir. Ahí vivía y no sabía que la había seguido. Cuando llegué a mi departamento iba repitiendo el nombre de la calle y la numeración de la cuadra. No era ese el modo de volver a hallarla, pero uno se aferra hasta el último momento al consuelo de lo real. Volví a verla, por supuesto; algunas veces. Nada cambió. Ni los cines de barrio ni los encuentros en el parque ni siquiera el rito de la capelina en los hoteles. Un día me dijo que el abuelo estaba muriéndose, y supe, por fin, lo que ni ella sabía: que ya no iba a verla más. Dejé pasar un tiempo y fui hasta Pompeya. Pensé algo en lo que no había pensado hasta ese momento. Me van a decir que no la conocen, que nunca la vieron. La conocían, sin embargo. La chica del pelo negro, que visitaba al abuelo de la casa amarilla. Ya no andaba por allí, a decir verdad no vivía en la casa, venía y se iba, y cuando murió el señor no volvió más. Pregunté por la tía Amelia. Nunca hubo una tía Amelia, eran ellos dos. En realidad, él solo; la chica venía a veces.

         Y es todo. Esto fue hace quince años; desde hace diez estoy buscando el pueblo. Sé que existe, porque ella soñaba con él y sabía cómo se llega. Tengo también otras razones, que ustedes no compartirán. En una cortada de tierra, en Pompeya, vi unos plátanos. El árbol del jardín de la casita era una mora.
© Abelardo Castillo 
Esta versión electrónica de "Muchacha de otra parte" aparece en The Barcelona Review con el permiso del autor. 
Este texto no puede reproducirse ni archivarse sin permiso del autor y/o The Barcelona Review. Rogamos lean las condiciones de uso.
Abelardo Castillo (Buenos Aires, 1935) es fundador de las revistas El Grillo de Papel, continuada por El Escarabajo de Oro, y El ornitorrinco. Ha escrito teatro, El otro Judas, (1959); y novelas, El que tiene sed (1985) Crónica de un iniciado (1991); pero sobre todo, relatos, en los que se mezclan la fatalidad, el fracaso y la fantasía en medio de una soterrada y sutil tensión narrativa Algunos de ellos han sido traducidos al inglés, francés, italiano, alemán, ruso y polaco. Destacan las colecciones, Las otras puertas (Premio Casa de América 1961) y El cruce de Anacreonte (1982). Seix Barral ha publicado la sugerente El evangelio según Van Hutten (1999) novela en la que se dan cita la intriga policial y la teología.  véase website

http://www.barcelonareview.com/36/s_ac_1.htm

Mitakuña’i iñakã ahoja pytãva


Oĩ niko hetáichagua mombe’urã ha katu oĩ ojekuaáva oparupiete ha oñembohasáva heta ñe’ẽme, Caperucita Roja ha’e peteĩva. Ko’ápe ñahesa’ỹijomíta guaraníme oñembohasava’ekue.
Fuentes
Centurión, Celsa (2008) Gramática de la lengua guaraní. Asunción: Milibrí.
Ferreira, María Luisa (2005). Comunicación Oral: un enfoque práctico. Asunción: Servilibro.

miércoles, 15 de mayo de 2019

Las hortensias de Felisberto Hernández



A María Luisa
I
Al lado de un jardín había una fábrica y los ruidos de las máquinas se metían entre las plantas y los árboles. Y al fondo del jardín se veía una casa de pátina oscura. El dueño de la “casa negra” era un hombre alto. Al oscurecer sus pasos lentos venían de la calle; y cuando entraba al jardín y a pesar del ruido de las máquinas, parecía que los pasos masticaran el balasto. Una noche de otoño, al abrir la puerta y entornar los ojos para evitar la luz fuerte del hall, vio a su mujer detenida en medio de la escalinata; y al mirar los escalones desparramándose hasta la mitad del patio, le pareció que su mujer tenía puesto un gran vestido de mármol y que la mano que tomaba la baranda, recogía el vestido. Ella se dio cuenta de que él venía cansado, de que subiría al dormitorio, y esperó con una sonrisa que su marido llegara hasta ella.
Después que se besaron, ella dijo:
—Hoy los muchachos terminaron las escenas...

—Ya sé, pero no me digas nada.
Ella lo acompañó hasta la puerta del dormitorio, le acarició la nariz con un dedo y lo dejó solo. Él trataría de dormir un poco antes de la cena; su cuarto oscuro separaría las preocupaciones del día de los placeres que esperaba de la noche. Oyó con simpatía, como en la infancia, el ruido atenuado de las máquinas y se durmió. En el sueño vio una luz que salía de la pantalla y daba sobre una mesa. Alrededor de la mesa había hombres de pie. Uno de ellos estaba vestido de frac y decía:
“Es necesario que la marcha de la sangre cambie de mano; en vez de ir por las arterias y venir por las venas, debe ir por las venas y venir por las arterias”. Todos aplaudieron e hicieron exclamaciones; entonces el hombre vestido de frac fue a un patio, montó a caballo y al salir galopando, en medio de las exclamaciones, las herraduras sacaban chispas contra las piedras. Al despertar, el hombre de la casa negra recordó el sueño, reconoció en la marcha de la sangre lo que ese mismo día había oído decir –en ese país los vehículos cambiarían de mano– y tuvo una sonrisa. Después se vistió de frac, volvió a recordar al hombre del sueño y fue al comedor. Se acercó a su mujer y mientras le metía las manos abiertas en el pelo, decía:
—Siempre me olvido de traer un lente para ver cómo son las plantas que hay en el verde de estos ojos; pero ya sé que el color de la piel lo consigues frotándote con aceitunas.
Su mujer le acarició de nuevo la nariz con el índice; después lo hundió en la mejilla de él, hasta que el dedo se dobló como una pata de mosca y le contestó:
—¡Y yo siempre me olvido de traer unas tijeras para recortarte las cejas!
Ella se sentó a la mesa y viendo que él salía del comedor le preguntó:
—¿Te olvidaste de algo?
—Quién sabe.
Él volvió en seguida y ella pensó que no había tenido tiempo de hablar por teléfono.
—¿No quieres decirme a qué fuiste?
—No.
—Yo tampoco te diré qué hicieron hoy los hombres.
Él ya le había empezado a contestar:
—No, mi querida aceituna, no me digas nada hasta el fin de la cena.
Y se sirvió de un vino que recibía de Francia; pero las palabras de su mujer habían sido como pequeñas piedras caídas en un estanque donde vivían sus manías; y no pudo abandonar la idea de lo que esperaba ver esa noche. Coleccionaba muñecas un poco más altas que las mujeres normales. En un gran salón había hecho construir tres habitaciones de vidrio; en la más amplia estaban todas las muñecas que esperaban el instante de ser elegidas para tomar parte en escenas que componían en las otras habitaciones. Esa tarea estaba a cargo de muchas personas: en primer término, autores de leyenda (en pocas palabras debía expresar la situación en que se encontraban las muñecas que aparecían en cada habitación); otros artistas se ocupaban de la escenografía, de los vestidos, de la música, etc. Aquella noche se inauguraría la segunda exposición; él la miraría mientras un pianista, de espaldas a él y en el fondo del salón, ejecutaría las obras programadas. De pronto, el dueño de la casa negra se dio cuenta de que no debía pensar en eso durante la cena; entonces sacó del bolsillo del frac unos gemelos de teatro y trató de enfocar la cara de su mujer.
—Quisiera saber si las sombras de tus ojeras son producidas por vegetaciones...



Heavenly Thrones


The Sanctuary of Antiochus I on Nemrud Dagi is one of the most remarkable, best preserved, but least known monuments of Asia Minor.  The site, called by its builder a hierothesion, or "common dwelling place of all the gods next to the heavenly thrones," is situated 2150m above sea level atop one of the highest peaks in the Anti-Taurus Mountains of southeastern Turkey near the banks of the Euphrates River.  The monument is one of the premier sites of the Late Hellenistic period.  It was constructed by King Antiochus I of Commagene in the mid-1st century BCE to command a 360° view of the ranges, plains, and towns that comprised his ancient kingdom.  It became the main sanctuary of his ruler cult to which worshippers from all over this kingdom were expected to go on the monthly and yearly anniversary of the king's birth and his accession to the throne.

click on the images to enlarge
Map of Turkey showing the location of ancient Commagene and Nemrud Dagi; © 1993 Donald H. Sanders; used with permission.Map of Turkey showing the location of ancient Commagene and Nemrud Dagi; © 1993 Donald H. Sanders; used with permission.
Regional map of Commagene showing the location of Nemrud Dagi; © 1993 Donald H. Sanders; used with permission.Regional map of Commagene showing the location of Nemrud Dagi; © 1993 Donald H. Sanders; used with permission
Area plan of Nemrud Dagi; © 1956 Theresa Goell; used with permission.
Area plan of Nemrud Dagi; © 1956 Theresa Goell; used with permission.
A Herculean effort by any standard, the construction of the site, covering more than 26,000square meters, involved cutting three large terraces into the living rock of the mountain to flank its peak at the east, west, and north; the peak itself was covered with rubble chips, from that terracing and the carving of monumental sculpture, to form a 50m high tumulus that is the focal point of the complex.
The East and West Terraces together contain an astonishing array of sculpture, inscriptions, and architectural elements.  Each terrace contains a set of five colossal seated figures (8-9m high) of King Antiochus and his Greco-Persian tutelary deities.  In addition, there are dozens of reliefs with over-lifesize figures portraying Antiochus' glorious maternal and paternal ancestors garbed in authentic period costume; each stela bears an inscription on its back that identifies the person depicted on the front. Investiture reliefs, scenes depicting Antiochus being greeted individually by each member of his pantheon, and the earliest known calendrical horoscope also appear. Numerous statues of lions and eagles guard the site's features, and altars are profuse.
click on the images to enlarge
Aerial view of the East Terrace extracted from the virtual reality model of the site;  © 2011 Learning Sites, Inc. (used with permission).
Aerial view of the East Terrace extracted from the virtual reality model of the site;  © 2011 Learning Sites, Inc. (used with permission).
View of the East Terrace and the tumulus from along the processional way leading up to the site; © 1985 Donald H, Sanders; used with permission.
View of the East Terrace and the tumulus from along the processional way leading up to the site; © 1985 Donald H, Sanders; used with permission.
View down over the East Terrace from atop the tumulus; © 1985 Donald H, Sanders; used with permission.
View down over the East Terrace from atop the tumulus; © 1985 Donald H, Sanders; used with permission.
The ensemble is carefully linked to the townspeople in the surrounding countryside by three processional ways, one leading up to each terrace.  Each pathway was guarded by an advisory maker warning visitors to only have pious intentions or be struck down by the thousand arrows of Apollo and Heracles.  Nemrud Dagi is truly a remarkable testimony to the skills of King Antiochus and his historians and artisans. 
click on the images to enlarge
View down over the West Terrace from atop the tumulus; © 1985 Donald H, Sanders; used with permission.
View down over the West Terrace from atop the tumulus; © 1985 Donald H, Sanders; used with permission.
The West Terrace lion horoscope in its current condition, having deteriorated quite a bit from when it was first discovered; © 1985 Donald H, Sanders; used with permission.
The West Terrace lion horoscope in its current condition, having deteriorated quite a bit from when it was first discovered; © 1985 Donald H, Sanders; used with permission.
Cast of the West Terrace lion horoscope showing the nearly perfect condition of the relief when it was uncovered in the late 19th century; photograph from Humann & Puchstein 1890
Cast of the West Terrace lion horoscope showing the nearly perfect condition of the relief when it was uncovered in the late 19th century; photograph from Humann & Puchstein 1890
Site  Discovery & Excavation
The monument was first discovered for Western eyes in the late 19th century.  It had always been known to the local population, who revered the site as the legendary home of their ancient kings. After a series of seemingly fantastic reports by German explorers (telling of giant statues, 100s of relief sculptures by an unknown civilization, and immense stone animals), incredulous authorities sent a team to Turkey to climb Nemrud Dagi.  The Turks also sent an investigative contingent.  Each group set out to upstage the other; neither group spent more than a couple of weeks recording the visible remains as best they could in up to 4m of snow, howling winds, and with minimal equipment.  The reports made by the two 19th-century teams valuable as they are for detailed accounts of the site's sculpture and inscriptions, are incomplete and inaccurate.  Yet the two publications became the accepted foundation upon which numerous art historical, genealogical, and religious interpretations and extrapolations have been based. As a result, a false and biased view of the king, his sculpture, his lineage, his reign, and his political proclivities has pervaded Late Hellenistic scholarship to this day.
The site of Nemrud Dagi remained an enigmatic and distant curiosity until the excavations of American archaeologist Theresa Goell (the first Western woman to penetrate this far into Kurdish Turkey) and her international team of collaborators exposed the entire site in the 1950s.
Site Significance
Besides being dramatically situated, Nemrud Dagi is a site of great historical significance, the breadth of which still unfolding.
  • The site possesses the earliest extant Greek calendrical horoscope in the form of a striding lion--a reading of its date firmly fixes the site in time, a rarity in archaeological research.
  • The inscriptions on the back of the ancestor stelae provide conclusive evidence, available nowhere else in the ancient world, for the sequence of Seleucid, Macedonian, and Persian rulers back to Alexander the Great and Darius I, making the stelae on Nemrud Dagi unique and invaluable historical documents.
  • Evidence exists here for demonstrating for the first time that Alexander was called "the Great" already in antiquity.
  • The fusion of Greek and Persian deities and religious rituals at Nemrud Dagi, evident in the sculptural iconography and the inscriptions, provides stunning evidence of the extent to which the Mithraic religion had moved from the Near East toward Europe, marking here in Commagene the crucial crossing from East to West of this popular counterthrust to the emergence of Christianity.
  • The attention Antiochus' craftsmen paid to precise historical details of regalia on the figures depicting rulers hundreds of years earlier than the Hellenistic age is unprecedented.
Workers from the 19th- century Turkish excavation team studying the West Terrace dexiosis reliefs; photograph from Hamdy Bey and Effendi 1883.Workers from the 19th- century Turkish excavation team studying the West Terrace dexiosis reliefs; photograph from Hamdy Bey and Effendi 1883.

ReferencePage Created: March 7, 2005
Page Updated: January 2, 2012
URL:http://www.vizin.org/projects/nemruddagi/setting.html
Page Author: The Institute for the Visualization of History

"El nombre de la rosa" expande su universo a la televisión