miércoles, 17 de junio de 2020
Alfabetización informacional
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1La alfabetización informacional (en inglés, information literacy) consiste en adquirir la capacidad de una persona para saber cuándo y por qué necesita información, dónde encontrarla, y cómo evaluarla, utilizarla y comunicarla de manera ética. Se considera un prerrequisito para participar eficazmente en la Sociedad de la Información y es parte de los derechos básicos de la Humanidad para un aprendizaje permanente.2 La OCDE la incluye como una de las competencias básicas para cualquier ciudadano,3 y el Parlamento Europeo y el Consejo de la Unión Europea han hecho también una recomendación sobre el aprendizaje permanente y las competencias clave, citándola como una de ellas.4 En España, finalmente, es una de las ocho competencias básicas que todo estudiante debe alcanzar al acabar la Educación Secundaria Obligatoria5.
https://es.wikipedia.org/wiki/Alfabetizaci%C3%B3n_informacional
Sobre el proyecto de credibilidad web
| Sobre el proyecto de credibilidad web |
Como parte del Laboratorio de Tecnología Persuasiva , estamos investigando preguntas tales como:
- ¿Qué hace que las personas crean (o no crean) lo que encuentran en la Web?
- ¿Qué estrategias emplean los usuarios para evaluar la credibilidad de las fuentes en línea?
- ¿Qué factores contextuales y de diseño influyen en estas evaluaciones y estrategias?
- ¿Cómo y por qué los procesos de evaluación de credibilidad en la Web son diferentes de los realizados en la interacción humana cara a cara o en otros contextos fuera de línea?
En este proyecto en curso somos:
- Realización de investigaciones cuantitativas sobre credibilidad web.
- Recopilación de toda la información pública sobre credibilidad web.
- Actuando como centro de intercambio de información.
- Facilitar la investigación y el debate sobre la credibilidad web.
- Colaborando con grupos de investigación académicos y de la industria.
Puede obtener información sobre nuestra investigación , ver nuestras publicaciones , explorar recursos sobre credibilidad web y ver quiénes somos en este sitio.
https://credibility.stanford.edu/
martes, 16 de junio de 2020
María Luisa Bombal "La última niebla"

| [ Descargar archivo mp3 ] | ||||
| Música: Mendelssohn — Lied ohne Worte Op.62 No.l (Andante espressivo) | ||||
El vendaval de la noche anterior había removido las tejas de la vieja casa de campo. Cuando llegamos, la lluvia goteaba en todos los cuartos.
—Los techos no están preparados para un invierno semejante —dijeron los criados al introducirnos en la sala, y como echaran sobre mí una mirada de extrañeza, Daniel explicó rápidamente:
—Mi prima y yo nos casamos esta mañana.
Tuve dos segundos de perplejidad.
—"Por muy poca importancia que se haya dado a nuestro repentino enlace, Daniel debió haber advertido a su gente" —pensé, escandalizada.
A la verdad, desde que el coche franqueó los límites de la hacienda, mi marido se había mostrado nervioso, casi agresivo. Y era natural. Hacía apenas un año que había efectuado el mismo trayecto con su primera mujer, aquella muchacha huraña y flaca a quien adoraba, y que debiera morir tan inesperadamente tres meses después. Pero ahora, ahora hay maldad en la mirada con que me envuelve de pies a cabeza. Ahora sus labios se repliegan como con ganas de morder.
—¿Qué te pasa? —le pregunto.
—Te miro —me contesta—. Te miro y pienso que te conozco demasiado...
Lo sacude un escalofrío. Se allega a la chimenea y mientras se empeña en avivar la llama azulosa que ahuma unos leños empapados, prosigue con mucha calma:
—Hasta los ocho años, nos bañaron a un tiempo en la misma bañadera. Luego, verano tras verano, ocultos de bruces en la maleza, Felipe y yo hemos acechado y visto zambullirse en el río a todas las muchachas de la familia. No necesito ni siquiera desnudarte. De ti conozco hasta la cicatriz de tu operación de apendicitis.
Mi cansancio es tan grande que en lugar de contestar prefiero dejarme caer en un sillón. A mi vez, miro este cuerpo de hombre que se mueve delante de mí. Este cuerpo grande y un poco torpe yo también lo conozco de memoria; yo también lo he visto crecer y desarrollarse. Desde hace años, no me canso de repetir que si Daniel no procura mantenerse derecho terminará por ser jorobado. Y como a menudo enredé en ellos dedos temblorosos de rabia, conozco la resistencia de sus cabellos rubios, ásperos y crespos. En él, sin embargo, esa especie de inquietud en los movimientos, esa mirada angustiada, son algo nuevo para mí.
Cuando era niño, Daniel no temía a los fantasmas ni a los muebles que crujen en la oscuridad durante la noche. Desde la muerte de su mujer, diríase que tiene siempre miedo de estar solo.
Pasamos a una segunda habitación más fría aún que la primera. Comemos sin hablar.
—¿Te aburres? —interroga de improviso mi marido.
—Estoy extenuada —contesto.
Apoyados los codos en la mesa, me mira fijamente largo rato y vuelve a interrogarme:
—¿Para qué nos casamos?
—Por casarnos —respondo.
Daniel deja escapar una pequeña risa.
—¿Sabes que has tenido una gran suerte al casarte conmigo?
—Sí, lo sé —replico, cayéndome de sueño.
—¿Te hubiera gustado ser una solterona arrugada, que teje para los pobres de la hacienda?
Me encojo de hombros.
—Ese es el porvenir que aguarda a tus hermanas...
Permanezco muda. No me hacen ya el menor efecto las frases cáusticas con que me turbaba no hace aún quince días.
Una nueva y violenta racha de lluvia se descarga contra los vidrios. Allá, en el fondo del parque, oigo acercarse y alejarse el incesante ladrido de los perros. Daniel se levanta y toma la lámpara. Echa a andar. Mientras lo sigo, arrebujada, que me echara compasivamente sobre los hombros la buena mujer que nos sirviera una comida improvisada, compruebo con sorpresa que sus sarcasmos no hacen sino revolverse contra él mismo. Está lívido y parece sufrir.
Al entrar en el dormitorio, suelta la lámpara y vuelve rápidamente la cabeza, a la par que una especie de ronquido que no alcanza a reprimir le desgarra la garganta.
Le miro extrañada. Tardo un segundo en comprender que está llorando.
Me aparto de él, tratando de persuadirme que la actitud más discreta está en fingir una absoluta ignorancia de su dolor. Pero en mi fuero interno algo me dice que ésta es también la actitud más cómoda.
Y entonces, más que el llanto de mi marido, me molesta la idea de mi propio egoísmo. Lo dejo pasar al cuarto contiguo sin esbozar un gesto hacia él, sin balbucir una palabra de consuelo. Me desvisto, me acuesto y, sin saber cómo, me deslizo instantáneamente en el sueño.
A la mañana siguiente, cuando me despierto, hay a mi lado un surco vacío en el lecho, dicen que, al rayar el alba, Daniel salió camino del pueblo.
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