martes, 30 de junio de 2020

Canción de la bailarina Colette, Sidonie Gabrielle

 Sidonie Gabrielle Colette en AlbaLearning
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Música: Dussek - Sonatina in G Opus 20, No. 1


¡Oh tú, que danzarina me llamas, sabe hoy que no aprendí a danzar! Me encontraste juguetona y pequeña, danzando en el sendero y persiguiendo a mi sombra azul. Giraba como una abeja, y mis pies y mis cabellos, color de camino, se empolvaban con el polen de un polvo rubio.
Me viste venir de la fuente, meciendo el ánfora en mi cadera, mientras, al compás de mis pasos, sobre mi túnica saltaba el agua en redondas lágrimas, en serpientes de plata, en menudos cohetes rizados que ascendían, helados, hasta mi mejilla. Yo caminaba lenta, seria, mas llamaste danza a mis pasos. No mirabas mi rostro, seguías el movimiento de mis rodillas, el balanceo de mi talle, en la arena leías la forma de mis talones desnudos, la huella de mis dedos abiertos, que comparabas con la de cinco perlas desiguales.
Me dijiste: «Coge esas flores, persigue esa mariposa...» Llamabas danza a mi carrera, y cada reverencia de mi cuerpo inclinado sobre los claveles purpúreos, y el ademán, repetido en cada flor, de echar atrás, por encima de mi hombro, un chal resbaladizo.
En tu casa, sola entre tú y la alta llama de una lámpara, me dijiste: «¡Danza!» y no dancé...
Pero desnuda en tus brazos, sujeta a tu lecho por la cinta de fuego del placer, me llamaste, sin embargo, danzarina, al ver agitarse bajo mi piel, desde mi pecho ofrecido a mis pies crispados, la inevitable voluptuosidad.
Fatigada, anudé mis cabellos, y los contemplabas, dóciles, arrollados a mi frente como serpientes hechizadas por la flauta.
Abandoné tu casa mientras murmurabas: "La más hermosa de tus danzas no es cuando acudes corriendo, jadeante, poseída de un deseo irritado y atormentado ya, por el camino, el broche de tu vestido. Es cuando de mí te alejas, serena y con las rodillas temblorosas, y al alejarte me miras, tu barbilla en el hombro. Tu cuerpo me recuerda, oscila y titubea, me echan de menos tus caderas y tus senos me están agradecidos...Me miras, vuelta la cabeza, mientras tus pies adivinadores tantean y escogen su camino...
"Te vas, siempre pequeña y maquillada por el sol poniente, hasta no ser, en lo alto de la colina, más esbelta en tu túnica anaranjada que una llama vertical, que danza imperceptiblemente..."
Si tú no me abandonas, iré danzando hasta mi blanca tumba.
Saludaré a la luz, que me hizo hermosa y me vio amada con una danza involuntaria, cada día más lenta.
Una última danza trágica me enfrentará con la muerte, mas sólo lucharé para sucumbir con elegancia.
Que los dioses me concedan una caída armoniosa, juntos los brazos en mi frente, doblada una pierna y extendida la otra, como presta a franquear, de un salto ingrávido, el negro umbral del reino de las sombras...
Me llamas danzarina, y, sin embargo, no sé bailar...

La casa del lago de Charles Nodier

Ramón Gómez de la Serna en AlbaLearning 
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Música: Debussy - Images Book 2, no. 3 "Poissons d'or"




Paseándome sobre el lago de Ginebra vi, al pasar por delante de un viejo castillo abandonado, el terror impreso en el rostro de mi barquero que remó con todas sus fuerzas para alejarse del lugar. -¿Qué te ocurre? —le dije. -¡Ah! señor, permítame huir lo más pronto posible; vea aquel fantasma de la ventana que me está amenazando. Vi en efecto, un espectro que hacía gestos amenazantes.—¡Esta sí que es buena! Cuéntame pues qué sucede de extraordinario en este castillo.—Señor, —prosiguió el barquero— hace tiempo yo era pescador, y muy intrépido; cien veces me habían dicho mis compañeros: «Honoré no te acerques al viejo castillo; aunque los peces sean muy abundantes en ese lugar, no te dejes tentar, porque todas las almas del otro mundo habitan allí». Despreciaba sus consejos y, como veía a diario mis redes bien llenas, regresaba todos los días a aquel nefasto lugar; había visto en numerosas ocasiones a los aparecidos, pero me burlaba de ellos y, desde mi barca, les plantaba cara.
Una noche, ¡noche funesta! estaba sacando mi traína cuando vi a un fantasma horroroso andar sobre el lago; no me asusté y agarré mi remo para hacer retroceder al espectro (el mismo que acaba de ver) pero ¡oh, horror!, el monstruo sacude su brazo y origina una llama que iluminó todo el lago; en ese mismo instante llenó mi barca de reptiles; el fuego salía de su boca, de sus fosas nasales, de sus ojos, y su voz se asemejaba al trueno. Luego, con una mano vigorosa agarró mi barca y, en un abrir y cerrar de ojos, la hizo desaparecer. Mientras toda mi pequeña fortuna desaparecía, escuché al fantasma decir: «Temerario, el infierno va a recibirte; que este ejemplo enseñe a los débiles humanos a no luchar jamás contra los espíritus infernales».
Mientras tanto, yo nadaba con todas mis fuerzas sin saber hacia dónde iba; por fortuna para mí encontré a un pescador que me recogió, me hizo volver a la vida (pues había caído casi muerto en su barca) y me condujo a mi casa. Desgraciadamente, yo me salvé, pero mi barca, mis redes, mi hermano pequeño, todo pereció.
Eso es lo que me sucedió, señor; por eso no me acerco jamás a ese maldito castillo si no es por orden expresa de los viajeros.
Desde entonces, llevo una triste existencia, soy criado, mientras que antes me ganaba bien la vida y la de mi pobre familia.
—Amigo mío, siento mucho tu desgracia, pero quiero ir a ver el espectro.—¡Que el cielo le proteja, señor, no regresará de allí con vida!—¿Vienes conmigo?—¡No! Ya recibí una buena lección.—Entonces desembárcame.—No haga esa locura, por Dios.—Vamos, desembárcame.—De acuerdo, pero lo esperaré a una cierta distancia.
Y ahí me tienen, al anochecer, al pie de la torre del castillo. Iba armado hasta los dientes, no contra los fantasmas —porque no creía en absoluto en ellos— sino por miedo a encontrarme con habitantes de este mundo ocupados en cualquier cosa que no fuera rogar a Dios. Entro, todo estaba tranquilo en el castillo, enciendo una vela, me paseo por todas partes, lo veo todo en orden, me instalo en una habitación y, con las armas sobre la mesa, espero al enemigo con pie firme.
Empezaba a creer que los diablos o los espíritus me respetarían, cuando oí caer algo por la chimenea: me levanto para mirar, era una cabeza de muerto; un instante después le siguió una pierna, luego los brazos y finalmente el resto del cadáver. «¡Oh! ¡oh! —me dije— no se está demasiado bien aquí; estos espíritus hacen algo más que dar miedo». Estaba pensando en retirarme, cuando se oyó un ruido de cadenas; presto atención, y muy pronto veo a mi espectro que me dirige estas palabras: —Incrédulo, ¿no te bastaba el terrible castigo de tu barquero, tenías que venir a esta casa?... ¡Tiembla temerario! Todo el infierno se ha desencadenado contra ti. No pierdo la cabeza, le disparo al fantasma; él se ríe de mi cólera, y tras un gesto suyo, una multitud de demonios entra en el aposento. Producían un ruido horroroso. Huyo de aquella maldita habitación, llego a una escalera, subo, me precipito en otra y en ésta encuentro a un espectro envuelto en un sudario manchado de sangre; huyo de nuevo, miles de esqueletos me agarran con sus manos descarnadas; les ataco con mi sable, pero mis golpes no producen ningún efecto; un espectro monstruoso quiere arrojarse sobre mí, lo evito, escapo; pero no sé muy bien a dónde ir, pues una humareda densa e infecta llena toda la estancia: perseguido sin cesar por un ejército de fantasmas, me precipito hacia una habitación vecina; pero tan pronto como he puesto el pie dentro, el suelo se hunde y caigo no sé dónde.
Estuve sin conocimiento y sólo me recuperé cuando estuve a orillas del lago. Mis ropas estaban hechas harapos, y me encontraba tan débil que no podía tenerme en pie. Mi pobre barquero vino a recogerme y me dijo que desde el lago había visto cosas que lo habían dejado helado de pánico, y que creía firmemente que yo no era ya de este mundo.
Tomamos tristemente el camino de regreso hacia Ginebra; allí, le di a mi conductor una suma lo suficientemente fuerte como para permitirle volver a su primera profesión.
Por lo que a mí respecta, fui en numerosas ocasiones a pasearme por el lago, pero jamás me sentí tentado de volver a visitar el infernal castillo.

miércoles, 24 de junio de 2020

La mujer que comía poco de Alfred de Musset


Alfred de Musseten AlbaLearning 
 
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Música: Falla - El Sombrero de Tres Picos - 4: Danse du Corregidor





Había una vez un matrimonio en el que el marido era pastor de un rebaño de cabras. El pobre hombre se dirigía todos los lunes a la montaña y no regresaba a casa hasta el sábado. Estaba delgado, delgado como un junco. Y su mujer estaba gorda, gorda como una vaca.
Cuando el marido estaba presente, la mujer no comía casi nada; se quejaba de dolores de estómago y decía que no tenía realmente apetito. Su marido se sorprendía:
-Mi mujer no come nada pero está muy gorda; es muy extraño.
Se lo comentó a otro pastor que le dijo:
-El lunes, en lugar de subir a la montaña, escóndete en la casa y verás si tu mujer come o no.
Llegó el lunes; el pastor se echó el zurrón al hombro y le dijo a su esposa:
-Hasta el sábado. Cuídate. No enfermes por no comer.
Ella le contestó:
-Mi pobre marido, no tengo apetito. Sólo de pensar en comer me dan náuseas. Estoy gorda porque así es mi naturaleza.
El pastor salió en dirección a la montaña pero, a mitad de camino, se dio media vuelta y, sin que lo viera su mujer, entró en su casa y se escondió detrás de la cocina.
Desde ese punto de observación, la vio comerse una gallina con arroz. A lo largo de la tarde se comió una tortilla con salchichón. Cuando llegó la noche, el pastor salió de su escondite, entró en la cocina y le dijo a la glotona:
-¡Hola, buenas!
-Pero, ¿por qué has vuelto? -le preguntó ella.
-Había tanta niebla en la montaña que he temido perderme. Además llovía y caían gruesos granizos.
Ella le dijo entonces:
-Deja tu zurrón y siéntate; voy a servirte la cena.
Y colocó sobre la mesa una escudilla de leche y unas gachas de maíz. El pastor le dijo:
-¿Tú no comes?
-¿Cómo? ¡En el estado en que me encuentro! Tienes suerte de tener apetito. Pero dime, ¿cómo es posible que no estés mojado si llovía y granizaba tanto en la montaña?
-Te lo voy a explicar. Es porque he podido cobijarme debajo de una piedra tan grande como el pan que has empezado. Y gracias a este sombrero improvisado casi tan grande como la tortilla que te has comido a las cuatro, no me ha tocado el granizo tan abundante como el arroz que te has comido para acompañar a la gallina que habías cocinado.

El vaquero que no mentía jamás Alfred de Musset


Alfred de Musseten AlbaLearning

 
 
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Música: Falla - El Sombrero de Tres Picos - 4: Danse du Corregidor


Había una vez un hombre que poseía un gran rebaño de vacas. Cuidaba de este un pastor que tenía la reputación de decir siempre la verdad.
Un día que el pastor bajó de la montaña, el patrón le preguntó:

-¿Cómo siguen las vacas?

-Unas rollizas y otras flacas.

-¿Y el semental?

-Gordo y espléndido.

-¿Y los pastos?

-Verdes por unos lados y secos por otros.

-¿Y el agua de los arroyos?

-Turbia aquí, limpia allá.

Un día el propietario se dirigía al pastizal. Por el camino encontró a uno de sus amigos que también iba a ver su rebaño.

-¿Por qué llaman a tu vaquero «el hombre que no miente jamás»?

-Porque no ha dicho jamás una mentira.

-Yo lo haré decir una.

-Eso es imposible.

-¿Qué te apuestas?

-La mitad de nuestras fincas.

-Trato hecho.

El amigo del patrón empleó todos los medios posibles para hacer mentir al vaquero. Un día fue a cazar a un lugar que se podía observar desde el apancentadero donde se encontraba el vaquero que no mentía jamás. Cuando se hizo de noche el  patrón le preguntó en presencia de su amigo:

-¿Ha ido hoy alguien a cazar a la montaña?

-Le diré, patrón: allá lejos en el monte, he visto a un hombre o una mujer subido en un caballo o yegua; llevaba una carabina o escopeta, y su perro o perra corría detrás de un zorro o zorra.

Se acercaba el día en el que finalizaría la apuesta. Una mañana, la hija del amigo apostante, de veinte años y muy bonita, montó a caballo y, sin decirle nada a su padre, se dirigió a la pradera donde estaba el pastor.
Al anochecer, la joven volvió a casa y le entregó a su padre el corazón del toro envuelto en hojas de helecho.
El amigo fue a decirle al patrón que su pastor había matado el toro.
Al día siguiente, el pastor bajó de la montaña, clavó su bastón en el suelo, le colocó por encima su capa y su sombrero y le dijo:

-Bastón, tú eres mi patrón; hazme preguntas.

-¿Cómo siguen las vacas?

-Unas rollizas y otras flacas.

-¿Y el semental?

-Me ha atacado y he tenido que reducirlo al silencio.

Cogió el bastón, lo hincó un poco más lejos y repitió las preguntas.
Llegó a casa de su patrón, colgó su morral de un clavo y se sentó. Lo llamaron para que entrara a la sala en la que se encontraban reunidos el dueño, el amigo y algunos hombres más. En presencia de todos el patrón le preguntó:

-¿Cómo siguen las vacas?

-Unas rollizas y otras flacas.

-¿Y el semental?

El vaquero dejó caer la cabeza sobre el pecho sin responder.

-¿Y el toro? -preguntó de nuevo el patrón.

El vaquero levantó la cabeza; miró uno a uno a los presentes y dijo:

-Por los bellos ojos de una morena y un cuerpo armonioso, el toro ha perdido el corazón.

El patrón se levantó de un salto y exclamó.

-¡Bravo! ¡Viva mi pastor! La vaca que trajo al mundo ese toro parirá otro.

Lo abrazó. Y el amigo le dio a su hija en matrimonio.


Mary Reilly trailer subtitulado español