lunes, 20 de julio de 2020

La esposa de Anton Chejov

jueves, 3 de enero de 2008



-Yo le rogué a usted no recoger mi mesa, -decía Nikolai Evgráfich. –Después de sus recogidas, nunca encuentras nada. ¿Dónde está el telegrama? ¿A dónde lo tiró? Dígnese a buscarlo. Es de Kazán, lleva la fecha de ayer.
La doncella, pálida, muy delgada, con un rostro indiferente, encontró en el cesto, debajo de la mesa, varios telegramas y, callada, se los dio al doctor; pero esos eran todos telegramas citadinos, de los pacientes. Después buscaron en la sala y en la habitación de Olga Dmítrievna.
Era ya la una de la madrugada. Nikolai Evgráfich sabía que su mujer volvería a casa no pronto, por lo menos a eso de las cinco. Él no le creía y, cuando ella no regresaba en largo tiempo, no dormía, se fatigaba, y al mismo tiempo despreciaba a su mujer, su cama, el espejo, su bombonera, y esos lirios y jacintos que alguien le enviaba todos los días, y que expandían por toda la casa el olor empalagoso de una tienda de flores. En tales noches se tornaba mezquino, caprichoso, reparador, y ahora le parecía que le hacía mucha falta el telegrama de su hermano, recibido ayer, aunque ese telegrama no contenía nada, excepto una felicitación por la fiesta.
En la habitación de su mujer, sobre la mesa, bajo la caja del papel de correo, encontró cierto telegrama y le echó un vistazo de pasada. Estaba dirigido a nombre de su suegra, para entrega a Olga Dmítrievna, de Montecarlo, con la firma: Michel... Del texto el doctor no entendió ni una palabra, ya que era algo extranjero, por lo visto, lengua inglesa.
-¿Quién es este Michel? ¿Por qué de Montecarlo? ¿Por qué a nombre de la suegra?
Tras siete años de vida matrimonial, estaba habituado a sospechar, adivinar, descifrar las pruebas, y más de una vez le había venido a la cabeza que, gracias a esa práctica hogareña, de él podría salir ahora un detective excelente. Al llegar a su gabinete y empezar a cavilar, recordó al instante cómo, año y medio antes, estaba con su mujer en Petersburgo, y desayunaba en Cube con un compañero de escuela suyo, ingeniero en vías de comunicación, y cómo ese ingeniero les presentó a él y a su mujer un joven de unos 22-23 años, que llamaban Mijaíl Ivánich; el apellido era corto, un poco extraño: Ris. Pasados dos meses, el doctor vio en el álbum de su mujer una fotografía de ese joven, con una leyenda en francés: «en recuerdo del presente y con la esperanza del futuro»; después lo encontró unas dos veces donde su suegra… Y precisamente, fue en ese tiempo, cuando su mujer empezó a ausentarse a menudo, y regresaba a la casa a las cuatro y las cinco de la mañana, y siempre le pedía el pasaporte extranjero, y él se lo negaba, y en la casa, por días enteros, se producía una guerra, que les daba vergüenza con la servidumbre.
Medio año antes, sus colegas doctores resolvieron que le empezaba una tuberculosis, y le aconsejaron dejarlo todo e irse a Crimea. Al enterarse de eso, Olga Dmítrievna hizo ver que eso la asustaba mucho; empezó a hacerle caricias a su marido, y le aseguraba todo el tiempo que en Crimea hacía frío y era aburrido, y que sería mejor ir a Niza, y que ella iría junto con él, y que allí iba a atenderlo, cuidarlo, sedarlo...
Y ahora entendía por qué su mujer quería ir tanto, precisamente, a Niza: su Michel vivía en Montecarlo.
Tomó un diccionario inglés-ruso y, traduciendo las palabras y adivinando su significado, poco a poco, compuso tal frase: «Bebo a la salud de mi querida amada, beso mil veces su piecito pequeño. Impaciente espero su llegada». Se imaginó qué papel ridículo, lastimero jugaría él, si conviniera en ir con su mujer a Niza, casi rompió a llorar por la sensación de ofensa y, con una fuerte inquietud, empezó a caminar por todas las habitaciones. En él se turbaba su orgullo, su aprensión plebeya. Apretando los puños y arrugando el rostro por la repulsión, se preguntaba cómo él, hijo de un pope rural, seminarista por educación, un hombre directo, grosero, cirujano de profesión, cómo pudo él entregarse a la esclavitud, someterse de un modo tan deshonroso a esta criatura débil, ínfima, vendida, baja.
-¡Piecito pequeño! –farfullaba, estrujando el telegrama. -¡Piecito pequeño!
De ese tiempo, cuando él se enamoró e hizo la propuesta, y después vivió siete años, le quedaba sólo el recuerdo de los largos cabellos olorosos, la masa de encajes suaves y el piecito pequeño, en efecto, muy pequeño y bonito; y ahora aún, al parecer, de los viejos abrazos, conservaba en el rostro y las manos la sensación de la seda y los encajes, y nada más. Nada más, si no contar la histeria, los aullidos, los reproches, las amenazas y la mentira, la mentira descarada, pérfida… Recordaba cómo, en la casa de su padre, en el campo, pasaba que un pájaro entraba volando del patio a la casa, sin intención, y empezaba a golpearse contra el cristal de modo frenético, y a derribar las cosas, y así esta mujer, de un medio totalmente extraño a él, había entrado volando en su vida, y producido en ésta una verdadera devastación. Los mejores años de su vida habían pasado como en un infierno, sus esperanzas de felicidad estaban frustradas y burladas, no tenía salud, en sus habitaciones había un trivial ambiente de cocotte, y de los diez mil que ganaba anualmente, no se disponía de ningún modo a mandarle a su madre-popesa, ni siquiera, diez rublos, y ya debía unos quince mil en endosos. Al parecer, si en su apartamento viviera una banda de bandidos, pues entonces su vida no estaría tan sin esperanza, tan irremediablemente destruida, como con esta mujer.
Empezó a toser y a sofocarse. Habría que acostarse en la cama y calentarse, pero no podía, y andaba por las habitaciones o se sentaba a la mesa, y movía el lápiz por el papel de modo nervioso, y escribía maquinalmente:
«Prueba de pluma... Piecito pequeño»…
Hacia las cinco se debilitó, y ya se culpaba de todo a sí mismo, le parecía ahora que si Olga Dmítrievna se casara con otro, que pudiera tener una buena influencia en ella, pues, ¿quién sabe?, al final de todo, acaso, ella se volvería una mujer buena, honrada; y él era un mal psicólogo, y no conocía el alma femenina, y además, era un hombre no interesante, grosero...
«Me queda ya poco por vivir, -pensaba, -soy un cadáver, y no debo molestar a los vivos. Ahora, en esencia, sería extraño y estúpido defender algunos derechos míos. Me explicaré con ella; que se vaya con el hombre amado... Le daré el divorcio, me echaré la culpa...».
Olga Dmítrievna llegó finalmente y, como estaba, con la pelerina blanca, el gorro y los chanclos, entró en el gabinete y se dejó caer en el sillón.
-Chiquillo repulsivo, gordo, -dijo, respirando con dificultad, y sollozó. -Esto es hasta deshonesto, esto es asqueroso. –Pateó el suelo. -¡Yo no puedo, no puedo, no puedo!
-¿Qué pasa? -preguntó Nikolai Evgráfich, acercándose a ella.
-Me acompañó ahora el estudiante Azarbiékov, y perdió mi cartera, y en la cartera habían quince rublos. Yo se los pedí a mamá.
Lloraba del modo más serio, como una muchacha, y no sólo el pañuelo, sino hasta sus guantes estaban mojados de lágrimas.
-¡Qué hacer pues! -suspiró el doctor. -Lo perdió, y lo perdió, que vaya con Dios. Cálmate, me hace falta hablar contigo.
-Yo no soy una millonaria, para despreciar el dinero así. Él dice que me lo dará, pero yo no lo creo, es pobre...
El marido le rogó que se calmara y lo escuchara, y ella hablaba aún del estudiante y de sus quince rublos perdidos.
-¡Ah, yo te doy mañana veinticinco, pero cállate, por favor! -dijo él con irritación.
-¡Me hace falta cambiarme! –rompió a llorar ella. -¡No puedo yo pues hablar en serio, si estoy con la pelliza! ¡Qué extraño!
Él le quitó la pelliza y los chanclos, y en ese momento percibió el olor a vino blanco, ese mismo que a ella le gustaba beber con las ostras (a pesar de su levedad, comía mucho y bebía mucho). Ella fue a su lugar y, al poco rato, volvió cambiada, empolvada, con los ojos llorosos, se sentó y se fue toda a su ligera bata de encajes, y en esa masa de ondas rosadas, el marido distinguía, solamente, sus cabellos desatados y su pequeño piecito en la pantufla.
-¿Tú, de qué quieres hablar? -preguntó ella, meciéndose en el sillón.
-Yo, sin querer, vi esto pues… -dijo el doctor, y le dio el telegrama.
Ella lo leyó y se encogió de hombros.
-¿Qué pues? –dijo, meciéndose más fuerte. -Es una felicitación ordinaria por el año nuevo, y nada más. Ahí no hay secretos.
-Tú cuentas con que yo no sé lengua inglesa. Sí, yo no sé, pero tengo un diccionario. Esto es un telegrama de Ris, él bebe a la salud de su amada y te besa mil veces. Pero dejemos, dejemos esto… -continuó el doctor de modo apresurado. –Yo no quiero reprocharte en absoluto, o hacer una escena. Bastantes escenas y reproches hubo ya, es hora de terminar… Esto es lo que te quiero decir: tú eres libre y puedes vivir como quieras.
Callaron. Ella se puso a llorar quedamente.
-Yo te libero de la necesidad de fingir y mentir, -continuó Nikolai Evgráfich. -Si amas a ese joven, pues ámalo; si quieres ir a verlo al extranjero, ve. Tú estás joven, saludable, y yo ya soy un inválido, me queda no mucho por vivir. En una palabra… tú me entiendes.
Estaba emocionado y no pudo continuar. Olga Dmítrievna, llorando y con la voz con que hablan cuando se apiadan de sí mismos, reconoció que amaba a Ris, y había ido con él a esquiar fuera de la ciudad, había visitado su número, y en efecto, quería mucho ahora ir al extranjero.
-Ves, yo no oculto nada, -dijo ella con un suspiro. –Toda mi alma al descubierto. Y te suplico de nuevo, ¡sé generoso, dame el pasaporte!
-Repito: tú eres libre.
Ella se sentó en otro lugar, más cerca de él, para echarle una mirada a la expresión de su rostro. No le creía, y quería ahora entender sus ideas secretas. Ella nunca le creía a nadie, y por muy generosas que fueran las intenciones, siempre sospechaba en éstas motivos mezquinos o bajos, y objetivos egoístas. Y cuando ella lo miraba a la cara de modo penetrante, escrutador, a él le pareció que en sus ojos, como en los de una gata, brillaba una lucecita verde.
-¿Cuándo pues recibiré el pasaporte? -preguntó quedamente.
Él, de pronto, quiso decir «nunca», pero se contuvo y dijo:
-Cuando quieras.
-Yo iré sólo por un mes.
-Tú te irás con Ris para siempre. Yo te daré el divorcio, me echaré la culpa, y Ris podrá casarse contigo.
-¡Pero yo no quiero el divorcio en absoluto! –dijo Olga Dmítrievna vivamente, poniendo una cara asombrada. -¡Yo no te pido el divorcio! Dame el pasaporte, eso es todo.
-¿Pero por qué pues no quieres el divorcio? -preguntó el doctor, empezando a irritarse. –Tú eres una mujer extraña. ¡Qué extraña eres! Si tú te aficionaste en serio, y él también te quiere, pues en la situación de ustedes, ambos no pensarán nada mejor que el matrimonio. ¿Es posible que tú aún, te pongas a elegir entre el matrimonio y el adulterio?
-Yo lo entiendo a usted, -dijo ella, apartándose de él, y su rostro adquirió una expresión maligna, vengativa. –Lo entiendo perfectamente. Yo lo cansé, y usted, simplemente, quiere librarse de mí, imponerme ese divorcio. Le agradezco, no soy tan imbécil como piensa. El divorcio no lo aceptaré, y no me iré, ¡no me iré, no me iré! En primer lugar, yo no quiero perder mi posición social, -continuó con rapidez, como temiendo que le impidieran hablar, -en segundo, yo tengo ya 27 años, y Ris tiene 23; dentro de un año lo cansaré, y él me dejará. Y en tercero, yo no garantizo, que esta afición mía pueda durar mucho tiempo... ¡Ahí tiene! No me iré de usted.
-¡Entonces, te echaré de la casa! -gritó Nikolai Evgráfich, y pateó el suelo.-¡Te echaré afuera, mujer baja, ruin!
-¡Lo veremos! –dijo ella y salió.
Ya hacía tiempo que clareaba en el patio, y el doctor aún estaba sentado a la mesa, movía el lápiz por el papel y escribía maquinalmente:
«Muy señor mío... Piecito pequeño...»
O andaba y se paraba en la sala ante una fotografía, tomada siete años antes, poco después de la boda, y la miraba largo tiempo. Era un grupo familiar: el suegro, la suegra, su mujer Olga Dmítrievna cuando tenía veinte años, y él mismo en calidad de marido joven, dichoso. El suegro afeitado, rollizo, un consejero secreto hidrópico, pícaro y avaricioso con el dinero; la suegra, una dama robusta, de rasgos mezquinos y rapaces, como los de un hurón, que amaba a su hija con locura y la ayudaba en todo; si la hija ahogara a una persona, pues la madre no le diría ni una palabra, y sólo la ocultaría bajo su falda. Olga Dmítrievna tenía también los rasgos del rostro mezquinos y rapaces, pero más expresivos y valientes que los de su madre; ¡esto ya no era un hurón, sino una fiera más robusta! Y el mismo Nikolai Evgráfich lucía en esta fotografía tal simplón, un buen chico, un hombre-bonachón; una bondadosa sonrisa de seminario se extendía por su rostro, y él creía con ingenuidad que esta partida de rapaces, a la que el destino lo había empujado por casualidad, le daría poesía, dicha y todo lo que había soñado cuando, estudiante aún, cantaba la canción: No amar es, entonces, matar la vida joven
Y de nuevo, con perplejidad, se preguntaba cómo él, hijo de un pope rural, seminarista por educación, un hombre sencillo, grosero y directo pudo, de un modo tan indefenso, caer en manos de esta criatura ínfima, falsa, trivial, mezquina, totalmente extraña a él por su natura.
Cuando a las once se ponía la levita para ir al hospital, entró la doncella en el gabinete.
-¿Qué quiere? –le preguntó.
-La señora se levantó, y le ruega los veinticinco rublos, que usted le prometió ayer.

Título original: Supruga, publicado por primera vez en Sociedad de amantes de la literatura rusa de 1895, M., 1895, con la firma: "Antón Chejov".
Imagen: John Singer, Lady Agnew, XIX.

sábado, 18 de julio de 2020

El secuestro de Miss Blandish – James Hadley Chase


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El secuestro de Miss Blandish - James Hadley Chase

Título original: No Orchids for Miss Blandish
Editorial: Bruguera
Género: 
Novela negra
Páginas: 
224 páginas
Primera edición: 
1939
Valoración: Muy recomendable


Sinopsis

El secuestro de Miss Blandish recrea la acción delictiva de mediados de los 30 en la ciudad de Kansas City. Miss Blandish, una joven hermosa y virginal, hija de un multimillonario, es atracada por unos delincuentes con el único propósito de robarlelas perlas que exhibe por su 21 aniversario: una verdadera joya de costo elevadísimo. La mala suerte hace que su novio muera en un accidente fortuito. Tras el fatídico suceso, deciden secuestrarla.


En la huída de los malhechores, les sorprende un gánster peligroso cuya pandilla está regentada por una mujer despiadada llamada Ma; madre de Slim Grisson: un criminal malicioso y de físico repulsivo. Los Grisson, deciden quedarse con el botín y la chica. Para más inri, Slim se encariña de Miss Blandish. Todos sabemos cómo actúan esos depravados sin ápice de humanidad...

A falta de pruebas, la policía deja en stand by el caso. No conforme con la resolución policial, Mr. Blandish contrata los servicios de un detective privado llamado Dave Fenner, con fama de tipo duro, para que encuentre a su hija.

…“Sonó un golpe suave en la puerta y Johnny asomó la cabeza. Tenía una expresión de desconcierto y su mandíbula inferior temblaba.
—Slim y su gente están abajo y os esperan —dijo—. Les he dicho que probablemente estabais dormidos. Bailey dejó de apuntar con su arma y se acercó a Riley. Ambos se miraron, muy asustados.
—¡Cristo! —Murmuró Bailey—. Ya te dije que Slim metería en esto sus narices.
—Es preciso que no encuentren ni la chica ni las perlas. —Riley abandonó la cama—. Baja y distráeles un poco. Diles que nos desprendimos de la chica antes de venir aquí. Observa cuántos son y estate atento a cualquier oportunidad. Si puedes, liquídalos. Bajaré en cuanto recupere mi pistola.
Bailey vaciló. Después, dominando sus nervios, salió de la habitación. Riley atrajo a Johnny hacia sí.
—Escucha, Johnny, quédate aquí y no dejes que esta chica grite.
—Se volvió en seguida hacia miss Blandish—: Escucha, nena, ahí abajo hay un hombre que te retorcería tu lindo cuello sin casi advertirlo. Slim no es un ser humano... Si quieres salvar tu pellejo, cierra esa boca y no la abras para nada. Miss Blandish pudo ver el blanco círculo del miedo en torno a la boca de Riley cuando éste abrió la habitación.”…


Sobre la novela

Es una obra magna no solo por su contenido, sino por los sentimientos de repulsa y admiración que ha suscitado a lo largo del tiempo.

El secuestro de Miss Blandish se publicó por primera vez en 1939 bajo el nombre de No hay orquídeas para Miss Blandish. –Deduzco que por el ramillete de orquídeas que regalan los pretendientes a las novias en los eventos señalados—.  Cuatro años más tarde, triunfó en los teatros londinensesSufrió diversas censuras en la década de los 40. La nueva versión acababa con un romance sórdido entre el gánster y la víctima. En 1948 se recuperó parte de la versión original y fue llevada al cine. No obstante, la Cámara de los Lores pide una nueva revisión por la excesiva violencia que aparece en la cinta. Textualmente se dijo que era: La exposición más asquerosa de brutalidad, perversión, sexo y sadismo mostrada en una pantalla de cine.




Tras soportar nuevos recortes, fue muy exitosa en los cines que se atrevieron a pasarla; que no fueron todos. En 2006, la BBFC, vuelve a examinarla. Resuelve que no es necesaria tanta violencia. No se recomienda su visionado a menores.

…“Slim Grisson examinaba las brillantes punteras de sus zapatos. Era alto, delgado y con cara de pastel. La mirada aletargada y la boca relajada y abierta le daban una apariencia de ser débil, sin sangre ni energía, pero en realidad era lo más frío que pudiera encontrarse sobre dos piernas. Tras aquella máscara de idiota y las escasas carnes del delgado cuerpo, se ocultaba un espíritu cruel, inhumano.
Slim Grisson era un asesino nato. Había matado de niño. Sin motivo alguno, sólo porque matar estaba en su sangre. Comenzó muy pronto, buscando dinero. Siempre fue muy perezoso en la escuela y rechazó todo lo que fuera interés por los libros. El viejo maestro que le tuvo a su cargo se sentía nervioso ante él. Comprendió en seguida que Slim era naturalmente malo. No le sorprendió encontrarle un día cortando en pedazos con unas tijeras a un gatito recién nacido. Se sintió muy satisfecho cuando pudo desembarazarse del muchacho. Pero la cosa no le resultó tan fácil. Una de sus discípulas fue hallada muy lejos de su casa y en completa desorientación una semana después de que Slim abandonara la escuela. Había sido arrastrada hasta allí y nombró a Slim. Nunca encontraron a éste, porque Ma Grisson había cuidado de que su hijo abandonara la ciudad. ”…

En 1970, Roger Croman dirigió el film Bloody Mama, tomando como base la banda de forajidos capitaneada por Ma Barker en la que JH basó su controvertida novela. Shelley Winter, entrada en carnes, protagonizó a esa espantosa Ma; un jovencísimo Robert de Niro apareció en la película metido en la piel de unos de sus hijos. En 1971, Robert Aldrich inmortalizó la novela con la película La banda de los Grisson. Protagonizada por Kim Darby, Tony Musante y Scott Wilson entre otros actores...

Reseña

El secuestro de Miss Blandish es una sucesión de violencia desde la primera hasta la última página: una novela muy, pero que muy negra. Sin indulgencias de ningún tipo. Un verdadero puñetazo en la boca del estómago del lector. Amén de tener unos personajes tan bien dibujados y con esas perversiones tan ocultas e inhumanas a flor de piel, que pueden llegar a sobrecogerte.

Slim Grisson es uno de los antihéroes más sanguinarios que he localizado: brutal y gélido. Miss Blandish, bella e inocente, se convierte en el juguete preferido de este psicópata y sus enfermizas perversiones. El gusano que echa a perder la manzana; desarma el inquebrantable valor de Miss Blandish hasta arrástrala al mismísimo infierno.

…“Con voz tenue, miss Blandish dijo que quería beber algo.
—No se acercará usted hasta que beba, ¿verdad? —murmuró—. No podría soportarlo sin beber. Slim no contestó nada, pero sacó una petaca de licor de su bolsillo trasero y la arrojó sobre la cama. La joven siguió con la vista el vuelo del frasco a través de la habitación. Se dejó caer sobre la cama y tomó el frasco. Slim la observaba. Se escuchaban sus característicos gemidos, pero era algo que no podía contener. Miss Blandish apartó su vista de Slim. Agarró el frasco con ambas manos, con tanta fuerza que los nudillos se pusieron blancos. Comenzó a murmurar cosas a Slim y a balancearse hacia atrás y adelante, pues su espíritu, aletargado por la droga, se negaba a despertarse.
—Cobarde... —dijo—. Cobarde..., más que cobarde... ¿Por qué te quedas ahí... sin hacer nada? ¿Por qué no apagas la luz para que no te vea? No quiero verte... No te miro, pero te veo... Vas a echarte sobre mí. Desearía ser hombre... ¿Por qué no nací hombre?... —Dejó caer el frasco al suelo y el whisky empapó la alfombra. Estaba tendida en la cama de costado, ocultando la cabeza bajo sus brazos cruzados. Comenzó a llorar débilmente—. ¿No puede dejarme en paz?... ¿No puede esperar un poco más?... No me toque... Por favor, no me toque... La bombilla desnuda que colgaba del techo se apagó bruscamente. La oscuridad envolvió a miss Blandish como un manto sedante. De pronto, la joven sintió que aquellas manos frías la ponían de espaldas, en forma que quedó tendida a través de la cama, con la cabeza sobresaliendo por uno de los lados. Miró en la oscuridad, nublada la vista y con las lágrimas corriendo por sus mejillas. De pronto, el aire cálido de la habitación se precipitó sobre su cuerpo; un peso cruel y poderoso la clavó a las arrugadas sábanas. Su resistencia había desaparecido, hundida en la espesa nube que envolvía su cerebro. Repentinamente, con voz tenue y acento de pánico, murmuró: —¡Me hace daño!... ¿No comprende?... Me hace... daño... ”…

Por otro lado, las femmes fatales más admiradas, son damiselas al lado Ma: la madre de Slim. Una mujer despiadada capaz de torturar, física y mentalmente, a Miss Blandish para que Slim se explaye  con ella. Y lo hace durante cuatro largos meses; demasiado tiempo como para olvidarlo una vez liberada. Ma no es la única malvada, también las hay guapas. Si bien, su calaña, no es tan monstruosa.




El secuestro de Miss Blandish posee unos diálogos trepidantes con una jerga propia del hampa, que invitan a seguir leyendo. Un cóctel molotov de atracadores, secuestros, sádicos, actividades clandestinas, criminales atroces, jóvenes bonitas, policías, detectives y mujeres fatales armadas con algo más que tacones de aguja.

Hasta el último tercio del libro no aparece el detective privado que dará con el quid de la cuestión: Dave Fenner; un antiguo periodista reconvertido en investigador. Quizá el inicio de un periodismo de telón moviendo los hilos. En El secuestro de Miss Blandish, solo existe el recuerdo del amanuense. Por de contra, las maneras rudas y un tanto extensas de escrúpulos cuando trata con la chusma, y, la caballerosidad, valentía y persistencia de Fenner en las relaciones con personas decentes, encaja con los tipos duros de los noir de antaño.

…“—¡Sal de ahí! Sabemos que estás dentro. Sal con los brazos en alto. Fenner hizo una mueca. "Y recibiré un puñado de balas por la molestia", se dijo. Esperó inmóvil. Comprendió que Grisson y sus socios no se atrevían a entrar y terminar su tarea. Comenzó a sentirse mejor con esta idea. Al fin y al cabo, aquellos tipos eran unos cobardes, y si él se mantenía sereno, había todavía posibilidades. Palpó detrás suyo y su mano tocó el mango de un hacha. Se quitó el sombrero, lo puso en el extremo del mango y lo movió convulsivamente antes de desprenderse destrozado por una granizada de balas. "Menos mal que no estaba mi cabeza dentro", se dijo Fenner.
—¡Eh, canalla, sal de ahí, si no quieres que te acribillemos! —gritó alguien. Fenner continuó tan mudo como un cadáver. De pronto oyó que alguien se reía fuera. Se puso tenso.
Algo se hallaba en puertas. Agarró el borde del tanque y arrimó éste a la pared, de modo que quedara bien protegido. Oyó que algo golpeaba el suelo y pudo ver que un objeto menudo y redondo tocaba el suelo cerca de Johnny. Se dijo que parecía una piña y, al mismo tiempo, la granada estalló.
Fenner creyó que su cabeza se desgarraba con aquel espantoso estrépito; la presión del aire le empujó contra la pared como a un muñeco. Durante una fracción de segundo, su cerebro se despejó. Vio las cosas con claridad. Vio el tejado de la cabaña y las sucias paredes de la habitación. Después, todo comenzó a desintegrarse. El tejado comenzó a hundirse y toda la estructura se vino abajo sobre él. ”…


Mucho se ha dicho de esta novela, sobre todo en lo concerniente a la brutalidad de la misma.  Sin embargo, se ha reeditado más veces que una prolífera camadas de lechones. ¿Será que los humanos llevamos implícito en nuestra cadena de ADN ese gen maniaco y perverso que trasciende en la novela? La respuesta es obvia: somos depredadores.