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![]() Música: Clementi - Sonatina Op.36 No.1 in C major - 2: Andante | ||||
Zumbador enjambre de abejorros y tábanos rondaba los grandes globos de luz eléctrica que envolvían en parpadeante claridad el pórtico del Foreigner Club. Un pórtico de mármol blanco y estilo pompeyano, donde la acicalada turba de gomosos y clubmanes humeaba cigarrillos turcos, y bebía cócteles en compañía de algunas damas galantes. Oyendo a los caballeros reían aquellas señoras, y sus risas locas, gorjeadas con gentil coquetería, besaban la dorada fimbria de los abanicos que, flirtadores y mundanos aleteaban entre aromas de amable feminismo. Acertó a pasar el Duquesito de Ordax agregado entonces a la Legación Española, y apenas le divisó Rosita Zegrí, una preciosa que lucía dos lunares en la mejilla, quitóse el cigarro de la boca y le ceceó con andaluz gracejo:
—Espérate mamarracho.
Puesta en pie, bebióse el último sorbo del cóctel, y salió presurosa al encuentro del caballero que, con ademán de rebuscada elegancia, se ponía el monóculo para ver quien le llamaba. Al pronto el Duquesito tuvo un momento de incertidumbre y de sorpresa; luego recordó de pronto:
— ¿Pero eres tú princesa?...
—La misma, hijo de mi alma. ¿Tú no sabrás que esta mañana he llegado de la India?...
El Duquesito arqueó las cejas y dejó caer el monóculo: fue un gesto cómico y exquisito de polichinela aristocrático. Después exclamó atusándose el rubio bigote con el puño cincelado de su bastón:
—¡Verdaderamente tienes locuras dislocantes, encantadoras, admirables!...
Rosita cerraba los ojos con un aire encantador y apasionado cual si quisiese evocar la visión luminosa de la India:
— ¡Qué tierra aquella! ¡Más calor que en Sevilla!
Y como el Duquesito insinuase una sonrisa algo burlona. Rosita aseguró:
—¡Más calor que en Sevilla, no pondero la menos!...
El Duquesito seguía sonriendo.
—Bueno... Pero cuéntame cómo has hecho el viaje.
—Con lord Salvury. Tú le conociste. Aquel inglés que me sacó de Sevilla. ¡Tío más borracho!...
—¿Ahora estás aquí con él?
—Quita allá.
—¿Estás sola?
—Tampoco. Ya te contaré. ¿Tú querías que estuviera sola?
Se reía al decirlo, y en aquellos labios de clavel gitano la risa era fragante. El aire se aromaba al besarlos. De pronto Rosita soltó el brazo del Duquesito. Por el paseo de los tilos adelantaba un hombre: era negro y gigantesco; admirable de gallardía y de nobleza. Su ropaje era oriental. Al llegar saludó al Duquesito, con leve sonrisa al par amable y soberana. Rosita los presentó:
—Mi marido...
Y ante el gesto de asombro que hizo el Duquesito, se interrumpió riendo con su reír sonoro y claro. Mordiéndose los labios añadió:
—Mi marido, el rey de las Islas de Dalicam.
Su majestad, después de dudar breves momentos, sacó del bolsillo una fotografía, un retrato admirable hecho a su paso por París en casa del célebre Nadar, y lo ofreció al Duquesito. Pero antes de entregárselo, descolgó un lapicero de oro que colgaba entre los tres mil dijes de su reloj y puso ambas cosas en manos de Rosita. La andaluza con el lápiz entre los labios miró a las estrellas: las consultaba. Luego borrajeó la dedicatoria, bajo la mirada amorosa de aquel rey negro, que como los reyes de las edades heroicas, no sabía escribir.
R. DEL VALLE-INCLAN
La Vida literaria (Madrid). 20/4/1899, n.º 15, página 5
https://albalearning.com/audiolibros/valleinclan/lareina.html
Como sabemos, una costumbre que se repite entre los Kombinautas es la de poner nombre a sus amadas Kombis... veamos este relato en donde Cortazar cuenta como fué que el nombre de su Kombi llegó a él.
El escritor Julio Cortázar y su última esposa, Carol Dunlop, recorrieron durante 33 días las autopistas de la orilla sur de Francia. Conducían una furgoneta atestada de latas de comida, papeles en blanco, cámaras de fotos y dos máquinas de escribir. Luego, tiraron millas durante mucha carretera. El periplo quedó contado en un especial libro de viajes titulado Los Autonautas de la Cosmopista.
Todo surgió en la primavera de 1982, cuando Julio Cortázar envió una carta al director de la Sociedad de Autopistas del Sur de Francia para proponerle, más que un viaje, una curiosa deriva.
"Señor Director, hace algún tiempo su Sociedad me pidió autorización para publicar en una de sus revistas algunos pasajes de mi cuento titulado La autopista del sur. Por supuesto, otorgué con viva satisfacción dicho permiso. Me dirijo ahora a usted para solicitarle a mi vez una autorización de naturaleza muy diferente".
La petición epistolar proponía a la concesionaria una "expedición un tanto alocada y bastante surrealista", tal como la definió el escritor argentino en su misiva.
El proyecto consistía en recorrer siempre por autopista los kilómetros que distaban desde París y Marsella, contar el viaje y escribir un libro, cuyos derechos de autor luego donaron al pueblo sandinista de Nicaragua.
Después de dos semanas sin respuesta -la Sociedad de Autopistas nunca respondió-, ellos mantuvieron sus planes. El 23 de mayo de 1982, Cortázar y Dunlop se subieron a bordo de una Volkswagen Combi roja, equipada con todo lo indispensable, latas de comida, cámaras de fotos, papel y dos máquinas de escribir. Emprendieron así su aventura de 33 días, deteniéndose en los 65 apeaderos que encontraban por las carreteras, dos por día.
A lo largo del itinerario, escribieron "a cuatro manos", de forma "poética y humorística", un peculiar diario de viaje donde narraban las etapas, las anécdotas y las experiencias en sendas máquinas de escribir.
Este diario de ruta mencionaba que ambos autonautas –así se llamaban- se aprovisionaron de comida y bebida, güisqui, vino, chucrut, sal, pimienta, mermelada, aceite o sardinas en conserva. Incluso una amiga les llevó cuatro kilos de manzanas, en lugar de cuatro manzanas como ellos le habían pedido.
Para sortear los posibles percances también tuvieron la precaución de contar con el apoyo de otros amigos, como Necmi Gurmen y Anne Courcelles, encargados de reabastecerlos cada 10 días en ciertos apeaderos de la autopista.
En una de aquellas paradas, desde una mesa de piedra donde estaban almorzando, Julio Cortázar y Carol Dunlop saborearon una dulce ensalada de garbanzos y de cebollas.
En lo que luego fue el libro titulado Los autonautas de la cosmopista o Un viaje atemporal París Marsella (Muchnik Editores, 1983), describieron esta escena fuera del tiempo, mezclada con el paso vertiginoso de camiones y coches:
"En pocos segundos, gracias a la experiencia adquirida en el curso de la expedición, alzamos el fuelle del techo de la furgoneta, nivelamos el refrigerador, instalamos las reposeras al lado de la mesa y la mesa en cuestión queda ocupada, de manera nada ambigua, por máquinas de escribir, libros, botellas, vasos, cámaras fotográficas y sifón para deslumbrar a los incrédulos".
Después del mes y tres días del trayecto, el libro de bitácora resumía aquella deriva por la cosmopista: "No mucho después comprendimos sin palabras que acaso habíamos cumplido ese viaje obedeciendo, sin saberlo, a una búsqueda interior que luego tomaría diferentes nombres en labios de nuestros amigos".
Estas palabras las escribieron en mayo de 1982. Seis meses más tarde, la muerte de Carol Dunlop hería el alma de Julio Cortázar. Dos años más tarde, la leucemia enterraba el cuerpo del autor de Rayuela. Su obra, incluido Los Autonautas de la Cosmopista, continúa viajando, de mano en mano, entre sus lectores.
https://www.lainformacion.com/arte-cultura-y-espectaculos/el-viaje-mas-hippy-de-julio-cortazar_EcwG2HhBgwVO729uMmDLq7/?fbclid=IwAR1nQC052p5uk3mD3y3RGNjWP6irggvkzhOQ1u7rKBqEWxnVk_wA-OTNhMU