jueves, 7 de julio de 2016

La pérdida afectiva y el duelo

Conferencia sobre LA ANGUSTIA - Ronda de preguntas y respuestas.

Sometimiento e Independencia

La crisis en la pareja

La Repetición / Charla: Sergio Alonso -España- Marcelo A. Pérez -Argentina-

'La resistencia es inútil' de Jenny T. Colgan

Ciencia ficción y humor. Un tandem que camina entre dos mundos y que puede dar resultados magníficos o fiascos tremendos. Por suerte, La resistencia es inútil de Jenny T. Colgan pertenece al primer grupo, añadiendo además un factor de riesgo que lo hace aún más difícil: una historia de amor improbable.
Connie es matemática y pelirroja. Es muchas más cosas, por supuesto, pero son estos dos factores los que la hacen brillar como un faro en un mundo compuesto en su mayoría por hombres raritos. Connie ha sido reclutada junto a otros cerebritos para resolver un enigma, una sucesión de números que, aparentemente, no tienen ningún tipo de lógica.
Y entonces aparece Luke. Un matemático que entre todos los científicos raritos destaca aún más, por razones que se escapan a nuestro, ejem, humano entendimiento. Así, acompañados por otros científicos , Connie y Luke se embarcarán en una huida para salvar sus vidas y, de paso, la del planeta Tierra. Un viaje que les hará cruzar Europa y, oh sí, conocer el amor.
'La resistencia es inútil' es una historia de amor pero, sobre todo, es una historia de amistad y compañerismo. Un recuerdo de que no estamos solos, no ya en el Universo (que también) sino dentro de nuestras propias particularidades y rarezas. Como se suele decir, Cada uno es como es y bastante desgracia tiene. Que todos somos raros, sí, pero con un poco de buena voluntad nos entendemos.
E la parte negativa no puedo evitar rebelarme con la coletilla que la editorial ha impreso en la portada y que creo que sobra: La novela que Sheldon regalaría a Amy. Sí, es inevitable establecer comparaciones con The Big Bang Theory, tanto por algunas situaciones como por los personajes, pero también creo que la referencia es bastante evidente como para necesitar ese tipo de publicidad.
Jenny T. Colgan es una autora inglesa a la que le encanta Doctor Who (entre otras muchas cosas) y de hecho ha publicado algunos relatos inspirados en su universo. También ha publicado historias que no tienen nada que ver, como Encuéntrame en el Cupcake Café y Little Beach Street Bakery, firmados estos como Jenny Colgan. No tengo ni idea sobre el significado de esa T con la que firma sus historias fantásticas pero seguro que esconde una historia apasionante.
Estamos ante una novela que mezcla de manera más que acertada el humor, el amor y la ciencia ficción, una historia agridulce de amistad y lucha por las creencias personales, más allá de lo que el gobierno de turno (terrestre o extraterrestre) considere apropiado. Una novela que nos hace reír, sí, pero también nos hace pensar, y eso siempre se agradece.
Connie se puso un poco colorada. Ser mujer y matemática en un campo tan inusual se parecía un poco a ser famosa, exceptuando el aspecto monetario, la adulación y la ropa gratis.
—Ah, sí, claro —dijo—. Pero... Lo que quería decir es que... No entiendo... Bueno, que creía que era una beca de análisis estadístico. Y hago hincapié en lo de una beca.
De pronto se le cayó el alma a los pies. ¿Lo habría entendido todo al revés?
—Es decir... Creía haber superado la entrevista. He regalado el coche... Me he mudado de apartamento... Quiero decir que si vamos a competir...
—Vaya, ¿quieres respirar en una bolsa de papel?
—¿Qué? ¡No! Quiero que alguien me diga de qué va todo esto.
—Calma —dijo Arnold—. No pasa nada, todos estamos aquí. Nadie tiene ni idea. Evelyn Prowtheroe...
Timun Mas
Traducción: Miguel Antón
ISBN: 978-84-450-0304-6
320 páginas
19,95 euros

martes, 5 de julio de 2016

EL GATO - Hector A. Murena





¿Cuánto tiempo llevaba encerrado?

La mañana de mayo velada por la neblina en que había ocurrido aquello le resultaba tan irreal como el día de su nacimiento, ese hecho acaso más cierto que ninguno, pero que sólo atinamos a recordar como una increíble idea. Cuando descubrió, de improviso, el dominio secreto e impresionante que el otro ejercía sobre ella, se decidió a hacerlo. Se dijo que quizás iba a obrar en nombre de ella, para librarla de una seducción inútil y envilecedora. Sin embargo, pensaba en sí mismo, seguía un camino iniciado mucho antes. Y aquella mañana, al salir de esa casa, después que todo hubo ocurrido, vio que el viento había expulsado la neblina, y, al levantar la vista ante la claridad enceguecedora, observó en el cielo una nube negra que parecía una enorme araña huyendo por un campo de nieve. Pero lo que nunca olvidaría era que a partir de ese momento el gato del otro, ese gato del que su dueño se había jactado de que jamás lo abandonaría, empezó a seguirlo, con cierta indiferencia, con paciencia casi ante sus intentos iniciales por ahuyentarlo, hasta que se convirtió en su sombra.

Encontró esa pensionucha, no demasiado sucia ni incómoda, pues aún se preocupaba por ello. El gato era grande y musculoso, de pelaje gris, en partes de un blanco sucio. Causaba la sensación de un dios viejo y degradado, pero que no ha perdido toda la fuerza para hacer daño a los hombres; no les gustó, lo miraron con repugnancia y temor, y, con la autorización de su accidental amo, lo echaron. Al día siguiente, cuando regresó a su habitación, encontró al gato instalado allí; sentado en el sillón, levantó apenas la cabeza, lo miró y siguió dormitando. Lo echaron por segunda vez, y volvió a meterse en la casa, en la pieza, sin que nadie supiera cómo. Así ganó la partida, porque desde entonces la dueña de la pensión y sus acólitos renunciaron a la lucha.

¿Se concibe que un gato influya sobre la vida de un hombre, que consiga modificarla?

Al principio él salía mucho; los largos hábitos de una vida regalada hacían que aquella habitación, con su lamparita de luz amarillenta y débil, que dejaba en la sombra muchos rincones, con sus muebles sorprendentemente feos y desvencijados si se los miraba bien, con las paredes cubiertas por un papel listeado de colores chillones, le resultaba poco tolerable. Salía y volvía más inquieto; andaba por las calles, andaba, esperando que el mundo le devolviera una paz ya prohibida. El gato no salía nunca. Una tarde que él estaba apurado por cambiarse y presenció desde la puerta cómo limpiaba la habitación la sirvienta, comprobó que ni siquiera en ese momento dejaba la pieza: a medida que la mujer avanzaba con su trapo y su plumero, se iba desplazando hasta que se instalaba en un lugar definitivamente limpio; raras veces había descuidos, y entonces la sirvienta soltaba un chistido suave, de advertencia, no de amenaza, y el animal se movía. ¿Se resistía a salir por miedo de que aprovecharan la ocasión para echarlo de nuevo o era un simple reflejo de su instinto de comodidad? Fuera lo que fuese, él decidió imitarlo, auque para forjarse una especie de sabiduría con lo que en el animal era miedo o molicie.

En su plan figuraba privarse primero de las salidas matutinas y luego también de las de la tarde; y, pese a que al principio le costó ciertos accesos de sorda nerviosidad habituarse a los encierros, logró cumplirlo. Leía un librito de tapas negras que había llevado en el bolsillo; pero también se paseaba durante horas por la pieza, esperando la noche, la salida. El gato apenas si lo miraba; al parecer tenía suficiente con dormir, comer y lamerse con su rápida lengua. Una noche muy fría, sin embargo, le dio pereza vestirse y no salió; se durmió enseguida. Y a partir de ese momento todo le resultó sumamente fácil, como si hubiese llegado a una cumbre desde la que no tenía más que descender. Las persianas de su cuarto sólo se abrieron para recibir la comida; su boca, casi únicamente para comer. La barba le creció, y al cabo puso también fin a las caminatas por la habitación.

Tirado por lo común en la cama, mucho más gordo, entró en un período de singular beatitud. Tenía la vista casi siempre fija en las polvorientas rosetas de yeso que ornaban el cielo raso, pero no las distinguía, porque su necesidad de ver quedaba satisfecha con los cotidianos diez minutos de observación de las tapas del libro. Como si se hubieran despertado en él nuevas facultades, los reflejos de la luz amarillenta de la bombita sobre esas tapas negras le hacían ver sombras tan complejas, matices tan sutiles, que ese solo objeto real bastaba para saturarlo, para sumirlo en una especie de hipnotismo. También su olfato debía haber crecido, pues los más leves olores se levantaban como grandes fantasmas y lo envolvían, lo hacían imaginar vastos bosques violáceos, el sonido de las olas contra las rocas. Sin saber por qué comenzó a poder contemplar agradables imágenes: la luz de la lamparita -eternamente encendida- menguaba hasta desvanecerse, y, flotando en los aires, aparecían mujeres cubiertas por largas vestimentas, de rostro color sangre o verde pálido, caballos de piel intensamente celeste...

El gato, entretanto, seguía tranquilo en su sillón.

Un día oyó frente a su puerta voces de mujeres. Aunque se esforzó, no pudo entender que decían, pero los tonos le bastaron. Fue como si tuviera una enorme barriga fofa y le clavaran en ella un palo, y sintiera el estímulo, pero tan remoto, pese a ser sumamente intenso, que comprendiese que iba a tardar muchas horas antes de poder reaccionar. Porque una de las voces correspondía a la dueña de la pensión, pero la otra era la de ella, que finalmente debía haberlo descubierto.

Se sentó en la cama. Deseaba hacer algo, y no podía.

Observó al gato: también él se había incorporado y miraba hacia la persiana, pero estaba muy sereno. Eso aumentó su sensación de impotencia.

Le latía el cuerpo entero, y las voces no paraban. Quería hacer algo. De pronto sintió en la cabeza una tensión tal que parecía que cuando cesara él iba a deshacerse, a disolverse.

Entonces abrió la boca, permaneció un instante sin saber que buscaba con ese movimiento, y al fin maulló, agudamente, con infinita desesperación, maulló.



Fuente: BORGES, JORGE LUIS; OCAMPO, SILVINA, Y BIOY CASARES, ADOLFO, Antología de la literatura fantástica. Buenos Aires, Sudamericana, 3a ed., 1967 (págs. 298-301)

http://www.chauche.com.ar/aruges_ar/cuentos_breves/028.html