viernes, 12 de octubre de 2018

Entrevista a la escritora Angélica Gorodischer Parte 2

Entrevista a la escritora Angélica Gorodischer Parte 1

Kurt Vonnegut, Shape of Stories (subtitulos castellano)

El tren ha silbado de Luigi Pirandello


Desvariaba. Los médicos habían dicho que se trataba de un principio de fiebre cerebral; y todos los compañeros de trabajo, que volvían de dos en dos del manicomio donde habían ido a visitarlo, lo repetían.
Al decírselo a los compañeros que llegaban tarde y a los que se encontraban por la calle, parecían experimentar un placer peculiar, utilizando los términos científicos que acababan de aprender de los médicos:
—Frenesí. Frenesí.
—Encefalitis.
—Inflamación de la membrana cerebral.
—Fiebre cerebral.
Y querían parecer preocupados; pero en el fondo estaban tan contentos, saliendo tan saludables de aquel triste manicomio, hacia el azul alegre de la mañana invernal, tras cumplir su deber con la visita.
—¿Se va a morir? ¿Se va a volver loco?
—¡Quién sabe!
—Morir, parece que no…
—Pero, ¿qué dice? ¿Qué dice?
—Siempre lo mismo. Desvaría.
—¡Pobre Belluca!
Y a nadie se le ocurría que, por las muy especiales condiciones de vida que aquel infeliz sufría desde hacía tantos años, su caso podía incluso ser muy normal, y que todo lo que Belluca decía —y que a todos les parecía un delirio, un síntoma del frenesí— podía ser la explicación más sencilla de aquel caso suyo tan natural.
La noche anterior Belluca se había rebelado violentamente contra su jefe y, frente a los ásperos reproches de este, casi se le había lanzado encima, ofreciendo un firme argumento a la suposición de que se tratara de una verdadera alienación mental.
Porque hombre más manso y sumiso, más metódico y paciente que Belluca, no se podría imaginar.
Circunscrito… sí, ¿quién lo había definido así? Uno de sus compañeros de trabajo. Pobre Belluca: estaba circunscrito dentro de los límites angostos de su árida profesión de contable, sin otra memoria que no fuera la de partidas abiertas, partidas simples o dobles o contrapartidas, deducciones y devoluciones e importes; notas, libros mayores, cartapacios, etcétera. Era un casillero ambulante; o, más bien, un viejo burro que tiraba callado, siempre al mismo paso, siempre por la misma calle, siempre del mismo carro, con sus anteojeras.
Pues bien, a veces ese viejo burro había sido azotado, fustigado sin piedad, por mera diversión, por el gusto de ver si se encabritaba un poco o al menos levantaba un centímetro las orejas gachas, o daba alguna señal de levantar una pata para disparar una coz. ¡Nada! Había soportado azotes injustos y pinchazos crueles sin levantar la voz, siempre sin resollar, como si no lo tocaran, o mejor, como si no los sintiera, acostumbrado desde hacía años a los continuos y solemnes bastonazos de la suerte.
Entonces aquella rebelión era verdaderamente inconcebible, a no ser que fuera efecto de una imprevista alienación mental.
Sobre todo porque, la noche anterior, a Belluca le correspondía una amonestación; su jefe tenía derecho a amonestarlo. Por la mañana se había presentado con un aire insólito, nuevo y —algo realmente inaudito, comparable, ¿qué sé yo?, a la caída de una montaña— había llegado con más de media hora de retraso.
Parecía que el rostro se le hubiera ensanchado de pronto. Parecía que las anteojeras se le hubieran caído de repente y que el espectáculo de la vida se le hubiese descubierto de pronto. Parecía que los oídos se le hubieran destapado y que percibieran por primera vez voces y sonidos nunca antes advertidos.
Se había presentado en la oficina tan alegre, con una alegría vaga y llena de aturdimiento. Y no había hecho nada en todo el día.
Por la noche, el jefe, entrando en el despacho de él y después de haber examinado los registros y los papeles, le dijo:
—¿Y eso? ¿Qué has hecho durante todo el día?
Belluca lo había mirado sonriente, casi con aire impúdico, abriendo las manos.
—¿Qué significa? —había exclamado el jefe, acercándose, cogiéndolo por un hombro y sacudiéndolo—. ¡Belluca!
—Nada —había contestado Belluca, siempre con aquella sonrisa entre impúdica e idiota en los labios—. El tren, señor caballero.
—¿El tren? ¿Qué tren?
—Ha silbado.
—¿Qué diablos dices?
—Esta noche, señor caballero. Ha silbado. He oído que silbaba…
—¿El tren?
—Sí, señor. ¡Y si supiera hasta dónde he llegado! A Siberia… o… a las florestas del Congo… ¡Solo hace falta un instante, señor caballero!
Los otros empleados, advirtiendo los gritos de enfado del jefe, habían entrado en el despacho y estallado en carcajadas al oír a Belluca que hablaba en aquellos términos.
Entonces el jefe —que aquella noche tenía que estar de mal humor—, fastidiado por aquellas risas, se había enfurecido y había golpeado a la mansa víctima de tantas bromas crueles.
Pero esta vez la víctima, provocando estupor y casi terror en todos los presentes, se había rebelado, había despotricado, gritando aquella extrañeza del tren que había silbado y diciendo que, por Dios, ahora que había oído el tren que silbaba ya no podía, no quería ser tratado de aquella manera.
Lo habían agarrado con fuerza, inmovilizado y arrastrado al manicomio.
Aún hablaba de aquel tren. Imitaba su silbato. Oh, era un silbato muy quejumbroso, como lejano, en la noche: dolorido. Inmediatamente después, añadía:
—Parte, parte… ¿Señores, hacia dónde? ¿Hacia dónde?
Y miraba a todos con ojos que ya no eran los suyos. Aquellos ojos, habitualmente oscuros, sin brillo, ceñudos, ahora reían muy brillantes, como los de un niño o los de un hombre feliz; y de sus labios salían frases descompuestas. Era algo inaudito: expresiones poéticas, imaginativas, extravagantes, que sorprendían sobre todo porque no se podía explicar de ningún modo cómo, gracias a qué prodigio, florecían precisamente de su boca, es decir, de la boca de un ser que hasta aquel momento solo se había ocupado de cifras y registros y catálogos, permaneciendo ciego y sordo a la vida, como una máquina de contabilidad. Ahora hablaba de cumbres azules, de montañas nevadas que miraban hacia el cielo; hablaba de voluminosos cetáceos viscosos que con sus colas, en el fondo del mar, dibujaban comas. Era, repito, algo inaudito.
Pero quien vino a referírmelo, con la noticia de la imprevista alienación mental, se quedó desconcertado porque no notó asombro ni leve sorpresa en mi reacción.
En verdad, recibí la noticia en silencio.
Mi silencio estaba lleno de dolor. Moví la cabeza, con los ángulos de la boca contraídos amargamente hacia abajo, y dije:
—Belluca, señores, no se ha vuelto loco. Pueden estar seguros de que no ha enloquecido. Tiene que haberle ocurrido algo, pero algo muy natural. Nadie puede explicárselo porque nadie sabe bien cómo este hombre ha vivido hasta ahora. Yo que lo sé estoy seguro de que podré explicarme todo con mucha naturalidad en cuanto lo vea y hable con él.
Mientras me dirigía hacia el manicomio donde el pobrecito estaba internado, seguí reflexionando por mi cuenta:
«Para un hombre que viva como Belluca ha vivido hasta ahora —es decir: una vida “imposible”— el suceso más obvio, el accidente más común, cualquier levísimo e imprevisto tropiezo, qué sé yo, por causa de una piedra en la calle, puede producir efectos extraordinarios de los que nadie puede dar explicación alguna, a menos que no se tenga en cuenta, precisamente, que la vida de aquel hombre es “imposible”. Hay que conducir la explicación en esa dirección, relacionándola con aquellas imposibles condiciones de vida, y entonces aparecerá sencilla y clara. Quien vea solamente una cola, haciendo abstracción del monstruo al que pertenece, podrá considerarla monstruosa por sí misma. Pero hay que volver a pegarla al monstruo y entonces ya no parecerá tal, sino como tiene que ser, por el hecho de pertenecer a aquel monstruo. Una cola muy natural».
Nunca había visto a un hombre vivir como Belluca. Era su vecino y todos los demás inquilinos del edificio se preguntaban, como yo, cómo aquel hombre podía resistir en aquellas condiciones de vida.
Vivía con tres ciegas: su mujer, su suegra y la hermana de su suegra; estas dos, viejísimas, eran ciegas a causa de las cataratas; su mujer no sufría de catarata, pero tenía los párpados amurallados.
Las tres querían ser servidas. Gritaban desde la mañana hasta la noche porque nadie les servía. Las dos hijas viudas, que habían sido recibidas en casa después de la muerte de sus maridos —una con cuatro, la otra con tres hijos— nunca tenían ganas ni tiempo para cuidarlas; a lo sumo ayudaban a su madre.
¿Belluca podía dar de comer a todas aquellas bocas con el escaso sueldo de su empleo de contable? Se procuraba más trabajo por la noche, para hacerlo en casa: copiar cartas. Y copiaba entre los gritos endiablados de aquellas cinco mujeres y de aquellos siete chicos hasta que ellos, los doce, encontraban su lugar en las tres únicas camas de la casa.
Camas amplias, de matrimonio; pero solo tres.
Y entonces había peleas furibundas, persecuciones, muebles volcados, cubiertos rotos, llantos, gritos, batacazos, porque los chicos, en la oscuridad, se escapaban y se metían entre las tres viejas ciegas, que dormían en una cama aparte y que cada noche peleaban entre ellas porque ninguna de las tres quería estar en medio y se rebelaba cuando les llegaba el turno de ocupar ese lugar.
Finalmente se hacía el silencio y Belluca continuaba copiando hasta la madrugada, hasta que el bolígrafo se le caía de la mano y los ojos se le cerraban solos.
Entonces iba a tumbarse, a menudo aún vestido, sobre un sofá desgastado y se hundía enseguida en un sueño de plomo, del cual se despertaba cada mañana con dificultad, cada vez —si cabe— más aturdido.
Pues bien, señores: a Belluca, en estas condiciones, le había ocurrido algo naturalísimo.
Cuando fui a visitarlo al manicomio me lo contó él personalmente, con todo lujo de detalles. Sí, aún estaba un poco exaltado, pero muy naturalmente, por lo que le había pasado. Se reía de los médicos y de los enfermeros y de todos sus compañeros, que lo creían enloquecido:
—¡Ojalá! —decía—. ¡Ojalá lo estuviera!
Señores, muchísimos años atrás Belluca se había olvidado —pero realmente olvidado— de que el mundo existía.
Absorto en el tormento continuo de su desgraciada existencia, concentrado durante todo el día en las cuentas propias de su empleo, sin un momento de alivio —nunca—, como una bestia de ojos vendados, enyugada a una noria o a un molino, sí, señores, muchísimos años atrás se había olvidado —pero realmente olvidado— de que el mundo existía.
Dos noches antes, tras tumbarse para dormir en aquel sofá, insólitamente no había conseguido dormirse enseguida, tal vez por el cansancio excesivo. Y de pronto, en el silencio profundo de la noche, había oído un tren que silbaba a lo lejos.
Le había parecido que los oídos, después de tantos años —quién sabe cómo— se le destapaban de repente.
El silbato de aquel tren lo había desgarrado y le había borrado en un momento la miseria de todas sus horribles angustias y le había permitido empezar a observar, anhelante, como desde el interior de un sepulcro destapado, el vacío lleno de aire del mundo que se abría, enorme, a su alrededor.
Instintivamente se había agarrado a las mantas con las que cada noche se cubría y con el pensamiento había corrido directo hacia aquel tren que se alejaba en la noche.
Existía, ¡ah!, existía, fuera de aquella horrenda casa, fuera de todos sus tormentos, existía el mundo, un mundo lejano hacia donde se dirigía aquel tren… Florencia, Bolonia, Turín, Venecia… tantas ciudades, en las cuales había estado de joven y que seguramente resplandecían por el mundo aquella noche. ¡Sí, conocía la vida que se vivía en aquellos lugares! ¡La vida que él también había vivido, hacía tiempo! Y aquella vida continuaba; siempre había continuado, mientras él aquí, como una bestia con los ojos vendados, hacía girar la rueda de aquel molino. ¡No había vuelto a pensar en ello! El mundo se había cerrado para él en el tormento de su casa, en la árida e híspida angustia de su contabilidad… Pero ahora, ahí estaba: volvía a entrar en él, como por un cambio violento del espíritu. El instante que marcaba la salida de su prisión personal fluía como un escalofrío eléctrico por todo el mundo y él, con la imaginación de repente despierta, podía seguirlo por ciudades conocidas y desconocidas, landas, montañas, florestas, mares… Ese mismo escalofrío era el mismísimo pálpito del tiempo. Mientras él vivía, aquí, esta vida «imposible», había muchos millones de hombres esparcidos por la tierra que vivían de otra forma. Ahora, en el mismo instante en que él sufría aquí, había montañas solitarias y nevadas que levantaban hacia el cielo nocturno sus cumbres azules… Sí, sí, las veía, las veía así… Había océanos… florestas…
¡Y entonces él —ahora que el mundo había vuelto a entrar en su espíritu— podía consolarse de alguna manera! Sí, salir de vez en cuando de su tormento para respirar un poco de aire del mundo con su imaginación.
¡Le bastaba con eso!
Naturalmente, durante el primer día se había excedido. Se había emborrachado. Todo el mundo adentro, de pronto: un cataclismo. Poco a poco se recompondría. Aún estaba ebrio por el aire, era consciente de ello.
En cuanto se recompusiera totalmente iría a pedirle disculpas a su jefe y retomaría su contabilidad como antes. El jefe, simplemente, no tenía que pretender demasiado de él, como hacía en el pasado: tenía que concederle que, de vez en cuando, entre una partida y otra que tuviera que registrar, se escapara a Siberia… o… a las florestas del Congo:
—Solo hace falta un instante, señor caballero. Ahora que el tren ha silbado…
FIN

jueves, 11 de octubre de 2018

"Una historia verdadera" (180 d.C.), de Luciano de Samósata

"Una historia verdadera" (180 d.C.), de Luciano de Samósata
El autor clásico que más a menudo se cita como el "padre de la ciencia-ficción" es Luciano, a veces llamado de Samósata por haber nacido en dicha ciudad, situada en la margen occidental del río Éufrates. ¿Por qué se le ha otorgado tal título a un personaje tan lejano temporalmente a otros "padres" como Julio Verne o H.G. Wells? Ello es gracias a dos de sus muchos trabajos, ambos escritos entre el 160 y el 180 d.C.
En primer lugar, el Icaromenipo, en el que se nos narra un diálogo entre el filósofo Menipo (un personaje real que ya había sido utilizado por Luciano en otros escritos satíricos) y un amigo. El primero describe cómo ató un ala de águila a su brazo derecho, una de buitre al izquierdo y voló hacia los cielos (de la misma forma que el mítico Ícaro, de ahí el título). Harto de las incoherencias de los filósofos, su intención ‒y esto es un calco/parodia de obras clásicas más antiguas de Eurípides y Aristófanes‒ era encontrarse con Zeus para interrogarle sobre la auténtica verdad. Vuela primero hasta la Luna, habitada por espíritus, desde donde divisa perfectamente la Tierra a sus pies; después continúa hasta dejar atrás el Sol y acercarse a su destino. Los dioses, disgustados por su osadía, le arrebatan las alas. Es, pues, una narración que oscila entre la ciencia-ficción y la ficción teológica.
En segundo lugar tenemos Una historia verdadera", probablemente una sátira a una obra anterior, Los prodigios más allá de Thule (100 d.C.), de Antonio DiógenesLuciano y un grupo de aventureros se embarcan en una travesía hacia poniente, traspasan los Pilares de Hércules (el estrecho de Gibraltar) y llegan a una isla cuyos ríos son de vino y en la que viven fantásticos seres cuya parte superior es de mujer pero que en la inferior tienen raíces como si fueran viñas.
De nuevo en el mar, su nave es alzada por los aires empujada por un fuerte viento y arrastrada durante ocho días hasta que llegan a un "gran país, como una isla, brillante y circular". Se trata de la Luna.
Allí los viajeros son capturados por soldados montando "buitres-caballo" voladores de tres cabezas y llevados ante el monarca selenita, Endymion. No tardan en verse envueltos en una guerra entre los habitantes de la Luna y los del Sol. El rey despliega sus fuerzas (que comprenden, además de los buitres-caballo, pájaros-vegetales, corredores de viento, centauros de las nubes, pulgas-arquero... El rey del Sol, Faeton, no se queda atrás en exotismo militar y entre sus filas se cuentan "enormes bestias con alas, parecidas a nuestras hormigas pero mucho mayores" y mosquitos aéreos.
El Sol resulta vencedor y se firma un tratado de paz. Luciano detalla algunas de las "extrañas y maravillosas" cosas propias de la vida en la Luna antes de embarcar de nuevo y volver a los océanos terrestres. Resulta significativo que el viaje no se prolongue hacia el espacio exterior, más allá de la Tierra y el Sol, cuerpos celestes que parecen estar al alcance de la Tierra, puesto que hacerlo sería entrar en el dominio de los dioses y pecar de impiedad.
Es necesario interpretar estos dos textos de Luciano en el contexto de su amplia obra, unos ochenta títulos, muchos de los cuales versan sobre aventuras extraordinarias, ya sea en tono paródico o simplemente fantástico, aunque sólo estos dos mencionan viajes a la Luna.
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Imagen superior: en 1894, el gran dibujante británico Aubrey Vincent Beardsley ilustró "Una historia verdadera".
En Una historia verdadera, para cuando los aventureros regresan a la Tierra, aún no hemos llegado siquiera a la mitad del libro. Todavía deberán enfrentarse a ballenas de cientos de kilómetros de largo en cuyo interior vivirán dos años, islas en las que la leche fluye como agua, tierras habitadas por extraños seres mitológicos o ilustres personajes históricos ya fallecidos, marinos que navegan tendidos sobre sus espaldas utilizando sus penes erectos como mástiles (y maniobrando cogiendo sus testículos con las manos)... este último episodio nos da la medida del tono general de sus trabajos: exuberantes, imaginativos, irreverentes y muy divertidos.
Es también un trabajo en el que se mezclan alusiones, citas, referencias a diferentes géneros y parodias de filósofos, historiadores y geógrafos griegos así a como cuentos populares del primer siglo de nuestra era.
Los críticos están divididos acerca de la consideración de esta obra como ciencia-ficción. Para algunos autores, el argumento es tan implausible e intencionadamente ridículo que no puede ser calificado de ciencia-ficción. Su visita a la Luna, por tanto, no es una posibilidad seria puesto que toda la obra rechaza la seriedad. Ahora bien, si tenemos en cuenta que en aquellos años una de las misiones de la ciencia era revelar las falsedades y contradicciones de las teorías defendidas por los filósofos, encontraremos un enfoque diferente del que el irónico título ya nos da una pista. Porque Luciano utiliza la ciencia para diseñar tierras y continentes alternativos que desconciertan al lector y ponen de manifiesto cuántas de sus creencias y convicciones acerca de las más diversas cosas (países, animales, razas humanas) están basadas en estereotipos y relatos de poco fiar. ¿Qué pasajes, de todo lo que narra, son reales (ciencia) o mentiras (ficción)?. Y eso, sí es propio de la ciencia-ficción.
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Otros comentaristas subrayan la continua referencia a aspectos geográficos, zoológicos, astronómicos y antropológicos como prueba de su proximidad a la ciencia, aunque su exposición se halle deliberadamente deformada por la parodia. Y, al fin y al cabo, si así lo queremos interpretar, en esta obra encontramos toda una serie de tópicos ampliamente explorados en la CF moderna: viajes al espacio, encuentros con seres alienígenas, guerras e imperialismo interplanetario, criaturas gigantes y mundos diseñados de acuerdo a unas leyes físicas alternativas.
Quizá sea más apropiado describir a Luciano como un escritor alegórico. Cuando Menipo deja la  Luna para volar a los Cielos, la propia Luna se presenta ante él como una figura femenina. Le pide que ruegue a Zeus de su parte para que destruya a los filósofos que "derraman abusos" sobre ella: "algunos de ellos dicen que estoy habitada, otros que estoy suspendida sobre el mar como un espejo, y otros dicen cualquier cosa que se les pase por la imaginación. Recientemente, incluso han declarado que mi luz es robada e ilícita, ya que proviene del Sol". Lo que molesta especialmente a la diosa lunar es que ella es testigo de cómo esos mismos filósofos perpetran por la noche actos "vergonzosos y deprimentes (...) cometiendo adulterio, o robos o lo que sea apropiado para la noche... y aunque veo todo esto, no digo nada, no creo que sea apropiado revelar estas actividades nocturnas... Me cubro con mi vestimenta de nubes y oculto mi rostro para que la gente ordinaria no pueda ver a estos ancianos avergonzándose a sí mismos y a la virtud".
La simpatía de Luciano se halla con lo mítico, no con lo científico. La visión de la Luna como una diosa que vigila la Tierra desde el cielo y se cubre su rostro, no tiene nada que ver con el conocimiento científico que del universo se tenía en el siglo II de nuestra era. Es más, ese conocimiento científico, encarnado en los filósofos que tanto ridiculiza Luciano, es rechazado una y otra vez en Una historia verdadera en favor de un discurso de corte mítico y religioso.
Paradójicamente, pues, Luciano podría ser presentado tanto como un pionero de la CF como un enemigo de los planteamientos de la misma.
Y, en cualquier caso, hay cierta ironía en la extendida interpretación según la cual Luciano de Samósata sería el primer autor del género. De hecho, su obra se sitúa al final más que al principio de una rica tradición clásica de viajes a los cielos y los planetas.
Es cierto que el lector encontrará llamativos huecos en esta primera cronología (que se extiende desde Eurípides a Plutarco). Pero esa discontinuidad es sólo aparente, provocada por el extravío y destrucción de muchos de los textos que se escribieron entre las ingeniosas fantasías de la comedia griega del siglo V a.C. y las historias de especulación científica del siglo V d.C. Si se hubieran conservado, veríamos ante nosotros una línea más o menos continua y regular de obras teatrales, sátiras y relatos de aventura y fantasía en cuyo fondo o desarrollo podríamos encontrar elementos propios de la ciencia-ficción.
Copyright del artículo © Manuel Rodríguez Yagüe. Publicado previamente en Un universo de ciencia ficción, con licencia CC. Reservados todos los derechos. 

la llama que llama completo

Prohibir celulares, la nueva propuesta para mejorar el rendimiento escolar


Cualquier profesor lo sabe. Con un celular, un alumno puede mandar mensajes, 
sacar fotos, revisar su Facebook, leer las novedades en Twitter, jugar algún "jueguito",
mirar una serie o escuchar música. Cuantas más cosas puede hacer su smartphone,
más difícil es lograr su atención. En un mundo que está cada día más conectado, 
¿es necesario desconectarlos al menos un rato para que puedan aprender? 
La respuesta de un nuevo estudio parece ser que sí. O al menos, parcialmente.

Tras haber estudiado las notas de más de 130.000 estudiantes ingleses
dos investigadores de la prestigiosa Universidad de negocios London School of 
Economics (LSE) detectaron una mejora de 6,41% en las calificaciones de 
los chicos luego de que sus escuelas prohibieran el uso de teléfonos o los obligaran 
a entregarlos antes de entrar al aula.

Los efectos no son iguales para todos. Mientras las notas de los chicos más 
aplicados no tuvieron mejoras visibles a partir de la prohibición, los alumnos 
con notas más bajas registraron un notable repunte del14,23% en sus calificaciones.
¿Impedir el uso de celulares podría ayudar a nivelar para arriba el rendimiento 
escolar de los chicos? Louis-Philippe Beland y Richard Murphy, autores del estudio,
 creen que sí: "Los resultados sugieren que los estudiantes con peores notas 
tienen una mayor tendencia a distraerse con los celulares, mientras que los de mayor
 rendimiento pueden concentrarse en el aula sin importar si hay teléfonos presentes".

Durante mucho tiempo, se pensó que cualquier avance tecnológico era 
directamente acompañado por un incremento en la productividad. Pero, en los últimos
años, numerosos estudios probaron que los dispositivos que permiten no enfocarse
en una única tarea sino hacer más de una cosa a la vez pueden distraer y reducir 
la productividad por la falta de concentración.