martes, 9 de junio de 2020
RESEÑA: Las Desventuras del Joven Werther, por Goethe
Publicado el por Marcela G.
No sé, es que Werther nunca me atrajo, en lo absoluto. Podía vivir sin leerlo.
Las Desventuras del Joven Werther es la historia del sensible Werther, quien cuenta su a través de cartas que le envía a su amigo sobre su nueva vida luego de haberse mudado. En esas cartas él inicia contando un poco sobre la vida cotidiana del pueblo de Wahlheim, sus actividades y las cosas que encuentra fascinantes en el pueblo.
Werther asiste a una fiesta y justo antes de llegar sus amigas le comentan que está por conocer a una joven muy hermosa, pero que no se ilusione con ella porque ya está comprometida… para qué le dijeron eso… si lo primero que le pasó fue que le gustó la mujer. La joven se llama Charlotte y es muy hermosa, terriblemente hermosa. Y además de eso es tan amable y devota a su familia (pues tuvo que ocupar el lugar de su madre luego que ésta falleciera). Todo esto hace que Werther comience a enamorarse de ella, olvidándose que Charlotte está comprometida. Y esto es porque el prometido de Charlotte no está en el pueblo. Sin embargo pasa lo inevitable y un día Albert, el prometido, regresa. Werther ya era un buen amigo de Charlotte. Lo peor es que Albert es un hombre amigable y bueno, convirtiéndose un gran amigo de Werther. Llega un punto en que lo mejor es alejarse del pueblo y de ellos, por lo que parte a Weimar. Charlotte se casa con Albert, lo cual deja al pobre Werther más herido que nunca.
Werther está pasando por tanto dolor aún estando lejos, por lo que regresa. Las cosas entre Albert, Charlotte y Werther comienzan a ponerse tensas, porque es ya obvio que Werther está enamorado de Charlotte y Albert solicita a Charlotte decirle a Werther que se aleje de ella. Esto termina de herir a Werther y se da cuenta que para que las cosas entre ellos tres estén bien, es necesario que uno muera.
Esta amiga dio una su anécdota tan interesante y graciosa que tuve que leerlo. Era un miércoles en mi curso de apreciación poética y ella contó que la lectura de Werther había sido casi terapéutico puesto que había terminado recientemente una relación y lloró tanto con el libro que se sintió hasta limpia. Y yo de curiosa quise experimentar el mismo dolor y la anécdota me impulsó a leer el libro.
Es muy fácil ser empático con el dolor de Werther. En serio, el hombre es tan frágil y sensible que desde el principio era obvio que le romperían el corazón. Y creo que aquí es donde radicó el que me hiciera sentir triste en algunos pasajes y otros no. Sí, la historia es triste (un triángulo amoroso siempre es triste). Sin embargo a veces llegaba a ser tan intenso el dolor (y las descripciones de dolor) que Werther sentía que era una de dos: o me parecían dolorosas a mí también o me parecían demasiado (move on boy!).

Puse especial atención en qué sentimientos y actitudes tenía Charlotte ante la situación. Pues en ocasiones parecía que ella alentaba los sentimientos de Werther al ser tan agradable con él, sin embargo cuando Charlotte interactuaba con otras personas se notaba que ella era así de agradable con todo el mundo. Quizás el hecho que Werther cuente la historia es lo que a veces da la impresión que ella se la pasa coqueteando con él (en fin el tipo eso quería), pero es que en realidad Charlotte era así de amable.
Y el personaje de Charlotte fue quizás muy duro de asimilar para mí, a veces no podía creer que tanta belleza, piedad, amabilidad y todo lo bueno y lindo del mundo estuvieran concentrados en ella y no tuviese defecto alguno, pero al tomar en cuenta que todas esas características eran las que se esperaba de una mujer fue más lógico entender que ella fuera así. Si hasta no sabía si sentirme ofendida por el daño que ella causaba al coquetear (sin intención) con Werther o solo entender que ella era así de linda con todos.

Hay que entender que todo este libro trata de emociones. Sentimientos, emociones, dolores… Todos desde el punto de vista de quien lo siente (lo cual lo hace más intenso aún). Porque Werther va contando todo en cartas y jamás vemos las respuestas de su amigo, pero sí sentimos todoooo lo que Werther siente (bravo por poder hacerme sentir el corazón más roto de lo que ya lo tenía por esos tiempos Werther ja, ja, ja :D).
SPOILER: Que mejor que terminar tus sufrimientos en esa horrible friendzone de manera tan dramática como Werther: ve y pídele las pistolas a la pareja del amor de tu vida y bueno, arruínales la existencia disparándote y haciéndoles sentir que ellos tienen la culpa. Te hubieras salvado si ese par no se amara. Pero no. Sé malo. Bien hecho Werther ja, ja, ja.
Nota personal: lectura recomendado en una post-ruptura, te hará sentir menos solo o ver que tu ruptura no es tan mala como la de Werther.
Italo Calvino "El pecho desnudo"
El señor Palomar camina por una playa solitaria. Encuentra unos pocos bañistas. Una joven tendida en la arena toma el sol con el pecho descubierto. Palomar, hombre discreto, vuelve la mirada hacia el horizonte marino. Sabe que en circunstancias análogas, al acercarse un desconocido, las mujeres se apresuran a cubrirse, y eso no le parece bien: porque es molesto para la bañista que tomaba el sol tranquila; porque el hombre que pasa se siente inoportuno; porque el tabú de la desnudez queda implícitamente confirmado; porque las convenciones respetadas a medias propagan la inseguridad e incoherencia en el comportamiento, en vez de libertad y franqueza. Por eso, apenas ve perfilarse desde lejos la nube rosa-bronceado de un torso desnudo de mujer, se apresura a orientar la cabeza de modo que la trayectoria de la mirada quede suspendida en el vacío y garantice su cortés respeto por la frontera invisible que circunda las personas. Pero -piensa mientras sigue andando y, apenas el horizonte se despeja, recuperando el libre movimiento del globo ocular- yo, al proceder así, manifiesto una negativa a ver, es decir, termino también por reforzar la convención que considera ilícita la vista de los senos, o sea, instituyo una especie de corpiño mental suspendido entre mis ojos y ese pecho que, por el vislumbre que de él me ha llegado desde los límites de mi campo visual, me parece fresco y agradable de ver. En una palabra, mi no mirar presupone que estoy pensando en esa desnudez que me preocupa; ésta sigue siendo en el fondo una actitud indiscreta y retrógrada.
De regreso, Palomar vuelve a pasar delante de la bañista, y esta vez mantiene la mirada fija adelante, de modo de rozar con ecuánime uniformidad la espuma de las olas que se retraen, los cascos de las barcas varadas, la toalla extendida en la arena, la henchida luna de piel más clara con el halo moreno del pezón, el perfil de la costa en la calina, gris contra el cielo. Sí -reflexiona, satisfecho de sí mismo, prosiguiendo el camino-, he conseguido que los senos quedaran absorbidos completamente por el paisaje, y que mi mirada no pesara más que la mirada de una gaviota o de una merluza. ¿Pero será justo proceder así? -sigue reflexionando-. ¿No es aplastar la persona humana al nivel de las cosas, considerarla un objeto, y lo que es peor, considerar objeto aquello que en la persona es específico del sexo femenino? ¿No estoy, quizá, perpetuando la vieja costumbre de la supremacía masculina, encallecida con los años en insolencia rutinaria? Gira y vuelve sobre sus pasos. Ahora, al deslizar su mirada por la playa con objetividad imparcial, hace de modo que, apenas el pecho de la mujer entra en su campo visual, se note una discontinuidad, una desviación, casi un brinco. La mirada avanza hasta rozar la piel tensa, se retrae, como apreciando con un leve sobresalto la diversa consistencia de la visión y el valor especial que adquiere, y por un momento se mantiene en mitad del aire, describiendo una curva que acompaña el relieve de los senos desde cierta distancia, elusiva, pero también protectora, para reanudar después su curso como si no hubiera pasado nada. Creo que así mi posición resulta bastante clara -piensa Palomar-, sin malentendidos posibles. ¿Pero este sobrevolar de la mirada no podría al fin de cuentas entenderse como una actitud de superioridad, una depreciación de lo que los senos son y significan, un ponerlos en cierto modo aparte, al margen o entre paréntesis? Resulta que ahora vuelvo a relegar los senos a la penumbra donde los han mantenido siglos de pudibundez sexomaníaca y de concupiscencia como pecado...
Tal interpretación va contra las mejores intenciones de Palomar que, pese a pertenecer a la generación madura para la cual la desnudez del pecho femenino iba asociada a la idea de intimidad amorosa, acoge sin embargo favorablemente este cambio en las costumbres, sea por lo que ello significa como reflejo de una mentalidad más abierta de la sociedad, sea porque esa visión en particular le resulta agradable. Este estímulo desinteresado es lo que desearía llegar a expresar con su mirada. Da media vuelta. Con paso resuelto avanza una vez más hacia la mujer tendida al sol. Ahora su mirada, rozando volublemente el paisaje, se detendrá en los senos con cuidado especial, pero se apresurará a integrarlos en un impulso de benevolencia y de gratitud por todo, por el sol y el cielo, por los pinos encorvados y la duna y la arena y los escollos y las nubes y las algas, por el cosmos que gira en torno a esas cúspides nimbadas. Esto tendría que bastar para tranquilizar definitivamente a la bañista solitaria y para despejar el terreno de inferencias desviantes. Pero apenas vuelve a acercarse, ella se incorpora de golpe, se cubre, resopla, se aleja encogiéndose de hombros con fastidio como si huyese de la insistencia molesta de un sátiro. El peso muerto de una tradición de prejuicios impide apreciar en su justo mérito la intenciones más esclarecidas, concluye amargamente Palomar.
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