domingo, 13 de noviembre de 2022

Julio Cortázar: Las babas del diablo. Lenguaje y mundos paralelos

 

Julio Cortázar: Las babas del diablo. Lenguaje y mundos paralelos


La relectura de Cortázar (Bruselas 28 de agosto de 1914-París, 12 de febrero de 1984) lleva a pensar que –particularmente en su cuentística- hay por un lado diferentes modos de formular lo real, lo fantástico y  las funciones del lenguaje y, por otro, que cada cuento y relato pueden en sí mismos originar diferentes lecturas (como en el caso de El Perseguidor  (“Las Armas secretas”, 1959) que tomando varios episodios de la vida del saxofonista Charlie Parker (Kansas City, 29 de agosto de 1920-Nueva York, 12 de marzo de 1955) a quien es dedicado, con un conocimiento absolutamente interior y preciso del mundo del jazz, puede a la vez ser leído, entre otras maneras, como una metáfora de la creación: absorbente, única, incomprensible, de la cual sólo podemos ser testigos y que en sí misma es un fenómeno al que uno puede aproximarse pero que no puede explicar).  
Los acercamientos a su narrativa serán tan variados como las obras que elijamos leer y que nos permitan reflexionar sobre las propuestas estéticas de una literatura siempre abierta a las posibilidades de exploración de la realidad, del lenguaje y de las maneras de narrar.

Mundos Paralelos
Cada narración postula un modo de plantear lo fantástico. Aunque haya ejes que las conectan cada una es distinta. Los ejes no son evidentes, no son siempre los mismos, pero podemos pensarlos en algunas categorías: (1) la experiencia de la introspección y el aislamiento, que genera un modo de ver las cosas que es tomado como verdad; (2) la incomunicación: la experiencia introspectiva es intransferible y las palabras que aluden a ellas son insuficientes; (3) la existencia de mundos paralelos que como un juego de espejos hacen que las realidades posibles sean muchas, ramificadas, latentes;  o (4) personajes que viven su vida como si estuvieran condenados, en un mundo donde la libertad es muy restringida.
Lo fantástico y lo extraño se encuentran en la propia experiencia cotidiana.
En algunos trabajos, como Las puertas del cielo (“Bestiario”); La noche boca arriba (“Final del juego”, 1956) o Todos los fuegos el fuego (“Todos los fuegos el fuego”, 1966), la atmósfera es creada por la belleza de un lenguaje tan deslumbrante como exacto.
Algo intrascendente puede constituirse en la llave de dos mundos, como Axolotl (“Final del juego”). La narración parece detenerse. No hay hechos. Nada externo acontece. No sucede nada que no sea la intensificación de un objeto seleccionado, el acto de percibirlo, observarlo y desplegar un lenguaje a partir de él : “Vi un cuerpecito rosado y como translúcido (pensé en las estatuillas chinas de cristal lechoso…lo que me obsesionó fueron las patas, de una finura sutilísima, acabadas en menudos dedos, en uñas minuciosamente humanas…Un rostro inexpresivo, sin otro rasgo que los ojos, dos orificios como cabezas de alfiler, enteramente de un oro transparente, carentes de toda vida pero mirando, dejándose penetrar por mi mirada que parecía pasar a través del punto áureo y perderse en un diáfano misterio interior…” (Cuentos Completos I, pág. 401, Alfaguara, 2011). La observación se vuelve puntual, obsesiva; se humaniza, instaura un vínculo extraño que empieza a invadir lo real. Los hechos exteriores no son lo importante sino este acto de hacer más profunda la percepción de algo y remitirlo a otras categorías ajenas a ese algo: “carentes de toda vida pero mirando” o “uñas minuciosamente humanas”. Una larva deja de ser tal y puede convertirse en literatura.
Ello tiene que ver con una obsesión (como en El perseguidor), y se instala la duda acerca de si lo fantástico existe como tal  o si sólo existe esa obsesión, y que es ella la que produce aquello que parece real a un narrador  volcado sobre sí mismo.



Las Babas del diablo y los planos de la escritura
El relato contiene una compleja operación discursiva: cuenta una historia pero antes lleva a cabo una digresión en la que aborda los presupuestos tácitos de toda ficción, en la cual se elige algo para contar, una especie narrativa (en este caso el género de la literatura fantástica), un narrador y un modo de narrar.
Estos conceptos son puestos en crisis y se escribe desde esa idea de crisis; no obstante, sobre el final, el narrador vuelve a un modo tradicional de narrar.

“Nunca se sabrá  cómo hay que contar esto, si en primera persona o en segunda, usando la tercera del plural o inventando continuamente  formas que no servirán de nada” (Cuentos completos, Alfaguara, 2011, pag. 223)

El relato se inicia con una propuesta referida no a la narración sino al modo en que ésta puede ser planteada, instalando la idea de que el enunciado será forzosamente falible.
Luego de instalarlo extenderá este concepto de perplejidad hacia otros elementos: el narrador elegido y lo narrado.
El narrador fluctuará entre uno omnisciente y el personaje y lo narrado se articulará básicamente en dos espacios: dentro y fuera de la fotografía.
Hay dos menciones a la fotografía en una suerte de efecto especular, pero un juego de espejos que distorsionan la imagen.
El narrador, al principio y al final, opera desde la muerte: es decir que narra desde un lugar de negación e imposibilidad de narrar. Parte de la atmósfera fantástica proviene de esto y de la alternancia dentro/ fuera, de la fotografía.
No obstante, el final se resuelve de un modo tradicional: planteando y resolviendo un clímax.    

Núcleos narrativos
La narración se desarrolla en tres núcleos: (1) los presupuestos narrativos; (2) la obtención de la  fotografía y (2) la expansión de la imagen.

1. El primer núcleo es el que hace visibles los elementos de la narración: se cuestiona el qué y el cómo de la escritura; instala la pregunta sobre la falibilidad de la elección de lo narrado y de la posibilidad de contarlo:

“De repente me pregunto por qué tengo que contar esto, pero si uno empieza a preguntarse  por qué hace todo lo que hace…” (pág. 223)

De este enunciado aparentemente banal surgen dos cuestiones posibles: (1) La narración es de un hecho como podría serlo de otro o (2) la narración obedece a algo que se impone contar, algo que debe o merece ser contado, algo nuevo o extraordinario o que se hace nuevo o extraordinario por el hecho de contarlo. Contar es explorar las posibilidades de algo, parecería reflexionar.
 
“Vamos a contarlo despacio, ya que se irá viendo qué ocurre a medida que lo escribo”

El narrador propone algo diferente: no contará aquello que sucedió sino más bien aquello que será descubierto en la medida en que es contado. Luego, es la escritura la que interviene en la producción del hecho y no la realidad.
Algo que empieza como una propuesta realista va desplazándose hacia otro lugar.
El narrador subraya que se trata de una operación escritural: no asistimos a lo que sucede tanto como a la escritura sobre lo que sucede:

“Puestos a contar, si se pudiera ir a beber un bock por ahí y que la máquina siguiera sola (porque escribo a máquina), sería la perfección” (pág. 223)
Pero no parece referirse sólo a una máquina de escribir sino también a una cámara fotográfica:

“hay que contar es también una máquina (de otra especie, una Contax 1.1.2) y a lo mejor puede que una máquina sepa más de otra máquina” (pág. 223)

Parece la puerta a lo que vendrá: precisamente la expansión de la imagen fotográfica hasta convertirla en algo móvil y hacer de la imagen primero estática una narración dinámica, justamente la que resuelve el clímax.

2. El segundo núcleo narra la secuencia de la obtención de la fotografía y presenta al personaje:

“Roberto Michel, franco-chileno, traductor y fotógrafo aficionado a sus horas, salió del número 11 de la rue Monsieur-le-Prince el domingo 7 de noviembre del año en curso” (pág. 224).

A partir del enunciado empieza a haber digresiones: del narrador (alterna uno desde afuera con el personaje) en aspectos laterales (si pasa una nube o hay viento en París) que abarcan al narrador desde afuera pero también al personaje que hace digresiones sobre lo que va viendo.
La fotografía es un acto de ver y de dejar testimonio. Pero incluso eso es puesto en tela de juicio:

“Creo que sé mirar, si es que algo sé, y que todo mirar rezuma falsedad” (pág. 226)

No es observación al azar: la fotografía, ese acto de fijar y cuya esencia es la propia inmovilidad e inmutabilidad, será asumido como algo muy diferente. 
Lentamente, como si buscara un objeto fotográfico, el narrador va llevándonos a la escena que será el eje del relato:

“Lo que había tomado por una pareja se parecía mucho a un chico con su madre, aunque al mismo tiempo me daba cuenta de que no era un chico con su madre” (pág. 227)

La selección de algo a narrar es también la presentación de algo que no acaba de ser narrado sino que puede o no ocurrir. Lo único cierto es la escritura en sí misma, una que capta no lo que sucede sino algo móvil e indefinido. Escribir es explorar.
Sin embargo, en esto que no sabemos que es hay

“como un aura inquietante. Pensé que eso lo ponía yo” (pág. 228)

El relato trabaja sobre varias incógnitas: quien es yo: el narrador omnisciente o el narrador personaje y lo que sucede es así o parece así a quien lo narra.
Se introduce entonces la deliberación de sacar la foto y que ella

“restituiría las cosas a su tonta verdad” (pág. 228).
La foto es (1) algo que tiene un poder, el de restituir las cosas a un plano real y (2) el de plantear a la escritura como el desarrollo de algo que –a diferencia de la foto- no es real. Reducida a su pura imagen, parece postular el narrador, las cosas serían diferentes al modo en que aparecen en el desarrollo del texto.
Veremos que la fotografía estará muy lejos de devolver las cosas a su tonta verdad, y que lo que suceda será muy distinto.
La instancia de plantear el sentido de la foto coincide con la introducción del personaje del hombre en el auto.
La escena de la fotografía aparece dos veces: en la primera desde la deliberación –la decisión de sacarla- y vista desde afuera hacia adentro, desde la escena en sí al hecho de registrarla.
Coincide con una doble descripción del sujeto del auto: primero es un esbozo que aparece al hacer el encuadre y que vuelve a aparecer cuando se produce la discusión luego de obtener la foto.
También se produce la primera mención al título del relato.
Ambos elementos: el hombre del auto y el título, serán presentados de una manera muy diferente la segunda vez.
El título, en esta primera mención surge como imagen de la huida del joven que se produce con la toma de la foto y la frustración del propósito –no revelado aún- de los otros personajes:

“se volvía y echaba a correr, creyendo el pobre que caminaba y en realidad huyendo a la carretera, pasando al lado del auto, perdiéndose como un hilo de la Virgen en el aire de la mañana.
Pero los hilos de la Virgen se llaman también  babas del diablo” (pág. 230)

Es decir que se produce un giro en la imagen que va de la Virgen al diablo.
La actitud de los personajes es de contrariedad y desconcierto.

            3. En el tercer núcleo –de la expansión de la imagen- se invierte el sentido de movilidad de la acción y todo comienza a girar alrededor de la fotografía.
            Asistimos a una visión desde adentro hacia el exterior.
            La imagen de la fotografía, que antes aparecía vista desde la dinámica del personaje que selecciona una escena y la obtiene, aparece como un escenario en expansión. Se hace móvil y cambiante y  el resto de las escenas es mostrado desde este centro, verdadero vórtice que va absorbiendo y redefiniendo a los personajes y a la vez planteando incógnitas que nunca serán resueltas.
            La narración opera sobre la ruptura del concepto de una fotografía, aquello que reduce un corte y una inmovilidad de lo real y al mismo tiempo que lo ubica en un espacio y un tiempo tiene el poder de sacarlo tanto del espacio como del tiempo, y  de perpetuar ese instante fuera de su transcurso.
            Nada de eso sucede aquí, donde la fotografía delimita un ámbito destinado no a congelar las cosas sino a desencadenarlas, y vuelve sobre una escena no para mostrarla como fue sino para que pueda terminar de resolverse aquello que estaba sucediendo y cuyo transcurso fue interrumpido por el acto de obtener el registro.
            Es decir que la foto aparece como algo en contradicción: en ella se fija una escena y al mismo tiempo hace que esa misma escena sea retomada en el punto de la interrupción y que suceda algo nuevo. En este caso, será algo inclusivo del personaje del fotógrafo, que pasa a ser cautivo de ese corte en la realidad que él mismo había llevado a cabo.
            La fotografía atestigua y al mismo tiempo desencadena. Es algo fijo pero también  móvil, tanto que puede signar la suerte de aquel que había pretendido de la escena justamente eso, hacerla algo fijo.
            A la vez nos remite a la escena que alternativamente oculta y revela. La oculta porque en el primer núcleo el fotógrafo le da una interpretación y la revela porque en el último núcleo le da otra, la verdadera, con lo cual se evidencia la falibilidad de la imagen y de la certeza que parece dar: surge como algo pero no es eso. No sólo no es eso sino que es el opuesto.
            Lo otro que nos dice se refiere a la fuerza de la propia escena: como fotografía había otras que eran mejores, pero el fotógrafo opta por ampliar ésta, una vez y otra: verdadera metáfora de que la misma escena vuelve a ser mostrada y cada vez con más matices y un mayor poder sobre la realidad. Es como si la fotografía fuera imponiéndose la propia realidad, instaurando algo diferente, algo que sucede por la actuación de un  poder oscuro.

            “El negativo era tan bueno que preparó una ampliación; la ampliación era tan buena que hizo otra más grande, casi como un afiche. No se le ocurrió (ahora se lo pregunta y se lo pregunta) que sólo las fotos de la Conserjería merecían tanto trabajo. De toda la serie, la instantánea de la punta de la isla era la única que le interesaba; fijó la ampliación en una pared del cuarto, y el primer día estuvo un rato mirándola y acordándose…como toda foto donde no faltaba nada, ni siquiera y sobre todo la nada, verdadera fijadora de la escena” (pág. 231) 

La fotografía se impone pero su poder es incierto. No sabemos en qué radica. El doble narrador reafirma esa impresión “sobre todo la nada, verdadera fijadora de la escena”.

Hay una primera secuencia que podríamos llamar de acechanza de la foto

“Los dos primeros días acepté lo que había hecho…y no me pregunté siquiera  por qué interrumpía a cada rato la traducción…para reencontrar la cara de la mujer…” (pág. 231)
Los elementos importantes del cuento, sus pasajes de un núcleo a otro o el título, son dichos al pasar pero reafirmados luego por otro elemento, también tenue.
En este caso, se prepara el pasaje a la segunda secuencia: la de la expansión de la imagen y su movilidad que comienza cuando el ojo del narrador-personaje se coincide con el objetivo de la cámara; lo cual también se enuncia como al pasar:

“La primera sorpresa fue estúpida; nunca se me había ocurrido pensar  que cuando miramos una foto de frente, los ojos repiten exactamente la posición y la visión del objetivo; son esas cosas que  se dan por sentadas y que a nadie se le ocurre considerar” (pág. 231)

Elementos importantes son enunciados como intrascendentes (la tonta realidad) y un detalle importante, como una observación más.
Quizás sea un modo de enunciar a lo fantástico como aquello que a nadie se le ocurre considerar.

“Cada tantos minutos, por ejemplo…alzaba los ojos  y miraba la foto; a veces me atraía la mujer, a veces el chico…Entonces descansaba de mi trabajo y me incluía otra vez con gusto en aquella mañana que empapaba la foto…” (pág. 231)
El poder de atracción va convirtiéndose de contemplación en acción y en movimiento, también de manera paulatina y a partir de hechos cotidianos.
Hasta ese momento el narrador lee la fotografía con la primera interpretación: la mujer deseaba seducir al muchacho.
Sucederá entonces algo nuevo, un hecho fatal. También será enunciado tangencialmente. Pero todo comenzará a girar hacia otra explicación, una que nace precisamente en el movimiento que adquiere la fotografía, también enunciado tangencialmente:

“Creo que el temblor casi furtivo de las hojas  del árbol no me alarmó, que seguí con una frase empezada y la terminé redonda…” (pág. 232)

El pasaje al puro movimiento opera a partir de otro comentario banal:

“Las costumbres son como grandes herbarios, al fin y al cabo una ampliación de ochenta por sesenta se parece a una pantalla donde proyectan cine” (pág. 232)

Es decir que la fotografía se ha transmutado en cine, algo cuya esencia no es la inmovilidad sino el movimiento. Sin embargo no hay una relación de causalidad lógica entre el primer término de la oración y el segundo: el enunciado comienza hablando de grandes herbarios y termina derivando hacia una película.
En metáforas desusadas como esta pensamos que, precisamente, uno de los matices de la escritura pareciera ser la de encontrarse descentrada, como fuera de foco. Ingresan a ella cuestiones laterales y reflexiones y no siempre lo hacen enunciados directos. En este sentido no dice que la fotografía se convirtió  en una película sino que lo introduce luego de una observación que no tiene nada que ver ni con las películas ni con la acción narrada, una que discurre entre estas digresiones. 
Es entonces que se produce el ademán de la mujer que hace pasar al narrador del rol pasivo de espectador de la imagen al de alguien que lleva a cabo una acción fatal para él.
Cómo opera esta suerte de rapto y por qué es un pasaje fatal para él es algo que nunca se aclara, son los enigmas que plantea el relato.

“De mí no quedó nada, una frase en francés que jamás habrá de terminarse, una máquina de escribir  que cae al suelo, una silla que chirría y tiembla” (pág. 232)

Algo ha sucedido, pero no sabemos qué. Ese narrador tan detallista que repara en observaciones intrascendentes sin embargo calla lo más importante, aquello que en realidad sucede. Al hacerlo cumple con la finalidad por excelencia del relato fantástico: instalar la duda, la indefinición, la falta de una respuesta definitiva.
En la secuencia siguiente el narrador ya está adentro de la foto.

“El chico estaba menos azorado que receloso, una o dos veces atisbó por sobre el hombro  de la mujer y ella seguía hablando, explicando algo que lo hacía mirar a cada momento hacia la zona donde Michel sabía muy bien que estaba el auto con el hombre del sombrero gris, cuidadosamente descartado de la fotografía” (pág. 232)

Es decir que el personaje está dentro de la escena. Detrás de él está el hombre del auto, que cuidadosamente excluyó de la fotografía.
A partir de esto la de la mujer empieza siendo una presencia vicaria, una entregadora. Esta interpretación aparece con la inclusión del personaje: ya no es quien selecciona la escena sino que resulta cautivo de ella.
También hay otra modificación: la del hombre. Ya no tiene un rostro anodino sino el de alguien que maneja y domina los hechos; muestra un aire

“entre hastiado y exigente, patrón que va a silbar a su perro” (pág.232)

Dos cosas suceden a partir de allí: (1) la acción se intensifica, se hace más oscura, revelándose un nuevo designio: la intención del hombre del auto de corromper al menor utilizando a la mujer para ese propósito y (2) el juego entre el adentro y el afuera de la foto: entre la acción y el estar del otro lado.
Digamos que en este elemento parece verificarse el elemento nuclear del cuento: el juego entre un adentro y un afuera, una movilidad y una inmovilidad. No es clara sin embargo la dinámica: nunca sucede algo de un modo abierto y manifiesto porque son las reflexiones del narrador las que ocupan el primer plano.
De este modo asistimos a una duda: la alusión al objetivo es algo más que una mención y el propio narrador se ha convertido en el objetivo “sin poder hacer nada” o el objetivo es un desdoblamiento más, como el del doble narrador.
¿Es la misma escena en el mismo momento? ¿Implica la introducción en la fotografía un retroceso en el tiempo real de los hechos captados por ésta? ¿Cuál es el papel del narrador? ¿Qué sucede con él? ¿Quién hace que suceda algo con él y de qué modo?
Esta es básicamente la ambigüedad en la que se mueve una acción que es siempre vista parcial y progresivamente: en efecto, las cosas no suceden de manera instantánea sino que van siendo desplegadas como en una especie de cámara lenta, una cuyo punto de visión es primero el del personaje situado en su asiento, tomando el lugar del objetivo mientras escribe la traducción y luego de ese otro en el que  yace el personaje una vez que ingreso a la imagen.
Pero ¿cómo ingresó? ¿Qué fuerza lo obligó a dejar la traducción en una frase en francés que nunca terminaría?  ¿qué hace ahora?
Todo se intensifica: las presencias, las acciones y las omisiones.
Pero hay una gran diferencia con la primera parte: lo que comienza a suceder se vuelve imperativo.
El orden se invierte: si antes el personaje observaba y decidía sacar la foto, ahora es arrastrado pasivamente a lo que sucede en ella sin poder ya intervenir:

“Me tiraban a la cara la burla más horrible, la de decidir frente a mi impotencia” (pág.233)

Entonces, ¿se trata de otra escena o de la misma? Si la primera vez el chico pudo escapar y el narrador sacar la foto entonces ahora todo sucede nuevamente pero ahora el chico no escapará y el narrador que ha sacado la foto no podrá salir de ella.
Hay a la vez un desplazamiento del tiempo: el antes de la foto es el ahora del personaje, aunque este haya ingresado en algo que ya sucedió. Ya sucedió y a la vez está sucediendo. Este camino circular conduce a algo más:

“…la (impotencia) de que el chico mirara otra vez al payado enharinado y yo comprendiera que iba a aceptar, que la propuesta contenía dinero o engaño, y que no podía gritarle que huyera, o simplemente facilitarle otra vez el camino con una nueva foto, una pequeña y casi humilde intervención que desbaratara el andamiaje de baba y perfume” (pág. 233)

El devenir de los hechos sufrió una alteración en el plano de lo real (la foto). Ahora, en el plano de lo fantástico, ya no puede haber otra alteración real, debe suceder aquello a  lo que la narración debía llegar, un clímax. Pero, a diferencia de una narración tradicional, éste resuelve algunas cosas y no todas
Algo más sucede, la redefinición del título. Si antes los hilos de la Virgen (de la pureza virginal del muchacho) eran también llamados babas del diablo, ahora el foco está en las babas, que evocan lo siniestro y lo maléfico.
Si antes el hombre tenía un rostro enharinado éste, en el curso de una acción cada ve más fragmentaria e intensa, se ha convertido en la cara siniestra del mal

“que me miraba con los agujeros negros que tenía en el sitio de los ojos, entre sorprendido y rabioso miraba queriendo clavarme en el aire” (pág. 234)

Las cosas son vistas fragmentariamente: si antes había una escena completa, ahora son elementos:

“Aquello se tendía, se armaba. Creo que grité…y en ese mismo segundo supe que empezaba a acercarme, diez centímetros, un paso, otro paso, una mancha del pretil salía del cuadro, la cara de la mujer, vuelta hacia mí como sorprendida iba creciendo…” (pág.233)
 
Quién mira: la cámara o el ojo del personaje desde la cámara y si es así, ello se vincula con el otro pasaje, aquel en que advierte que se encontraba sentado como si fuese el objetivo.
La cámara selecciona a partir de una mirada. Al hacerlo se abstrae del resto. Esta última mirada no es enteramente humana, o es humana a partir sólo de lo que la mirada seleccionó con la cámara: rostros, movimientos, una mano, son algo en sí mismos, no remiten –como en el núcleo anterior- a una totalidad a la que pertenezcan.

“…y en ese instante alcancé a ver como un gran pájaro negro fuera de foco que pasaba de un solo vuelo delante de la imagen, y me apoyé en la pared de mi cuarto y fui feliz porque el chico acababa de escaparse…” (pág. 234).

Toda la visión se hace con referencia a un foco del que se está adentro o afuera.

En el final se plantean dos elementos: (1) el cambio en la dinámica de la acción que se circunscribe nuevamente al ámbito de la fotografía del cual el personaje parece alejarse y (2) la acentuación de los rasgos maléficos del personaje del hombre del auto, encargado, además, de clausurar el punto de visión con la mano:

“frente estaba el hombre, entreabierta la boca  donde veía temblar una lengua negra, y levantaba lentamente las manos, acercándolas al primer plano, un instante más en perfecto foco, y después todo un bulto que borraba la isla, el árbol, y yo cerré los ojos y no quise mirar más…” (pág. 234).

Pero que sucede en realidad con el personaje. Desde donde vio. Desde el interior de la imagen o desde la pared de su cuarto y lo que ve al final, lo ve en la escena ahora vacía de la foto colgada en su cuarto, o en la propia escena.
Hemos asistido a un relato que cuenta algo dos veces y desde dos puntos de vista: adentro y afuera, por parte de alguien que no sabemos si es un narrador o el personaje; tampoco sabemos la suerte de ese personaje que se declara muerto, cuál fue la fuerza que lo arrastró y a dónde ni qué sucedió con él o si simplemente es una invención del narrador.
La literatura, parece decirnos, no se agota en contar sino en plantearnos algo que será siempre incierto. La literatura usa de la realidad, se vale de lo aparente para hacer otra cosa.
Esa otra cosa es asumirla como puro lenguaje, uno con posibilidades que no vemos a partir de lo real sino de lo que se puede escribir (y cómo) sobre lo real.
La otra es revelar que lo visible es una apariencia, una convención; que las mismas cosas pueden cambiar según cómo se las vea o cómo se las nombre.
La literatura es algo siempre inacabado, capaz de generar lecturas y de renovarse.
Si algo podemos decir es que existe un sentido de movimiento que hace que no exista una visión definitiva.
Cortázar es quizás quien mejor ha podido plasmar que una de las funciones más altas de la literatura es la de plantearse como posibilidad de ver cosas diferentes en las habituales y de generar un texto que no leeremos dos veces de la misma manera.

       
Eduardo Balestena

Mirada en Fuga: A propósito de Las babas del diablo, de Julio Cortázar

 

Mirada en Fuga:
A propósito de Las babas del diablo, de Julio Cortázar

Sandra Jubelly García López

Docente Investigadora.
Universidad Politécnico Grancolombiano
Bogotá, Colombia
sgarcial@poligran.edu.co      sandrajubelly@gmail.com


 

   
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Resumen: El presente texto surge de la extraña inquietud que produce la lectura del famoso texto de Julio Cortázar Las babas del diablo. Su propósito es hacer una reflexión en torno al lenguaje, la mirada, la imagen y la irreductibilidad de uno en otro, para concluir que pese a ser imposible la transliteración de la imagen en palabras, Julio Cortázar lo logra en su cuento.
Palabras clave: Mirada, lenguaje, imagen, muerte.

 

“Al principio nada fue./ Sólo la tela blanca/ y en la tela blanca, nada.../
Por todo el aire clamaba,/muda, enorme,/ la ansiedad de la mirada."
Pedro Salinas

 

Odiseo, cautivo con todos sus hombres en la cueva del ciclope Polifemo, le solicita los dones de la hospitalidad y este en respuesta a la petición se come a dos de sus hombres de un solo golpe de mandíbula. Odiseo, entonces, decide otorgarle, él si, dos dones, la ceguera y la mirada.

Odiseo desaparece en el lenguaje cuando dice a Polifemo: mi nombre es Nadie (Ouitis); y Nadie me llaman mi madre, mi padre y mis compañeros [1]. Para reaparecer en las tinieblas, cuando luego de cegar a Polifemo y escapando en el ponto le grita: ¡Cíclope! Si alguno de de los mortales hombres te pregunta por la causa de tu vergonzosa ceguera, dile que quien te privó del ojo fue Odiseo, el asolador de ciudades, hijo de Laertes, que tiene su casa en Ítaca. Polifemo comprendió entonces, que había presenciado el cumplimiento del antiguo pronóstico, sin reconocerlo.

Ver es un proceso fisiológico en el que interviene el ojo en relación con la luz. Mirar en cambio es un acto sicológico y racional en el que intervienen no solo el ojo sino todos los sentidos. La mirada es una significación y las más de las veces, una resignificación del mundo. La mirada es nuestro modo de apropiación del mundo, es nuestra devolución significante.

En esa medida la imagen es correlato de la mirada. Ontológicamente la imagen no puede ser sin la mirada. Su ocurrencia está supeditada al testigo, a su percepción. Para la imagen también cabria esta pregunta: sí en un bosque vacío un árbol cae, ¿hace ruido?

Además de su relación co dependiente con la mirada, la imagen ha mantenido una relación intima con la muerte. Etimológicamente, la palabra proviene del latín Imago, nombre que se le daba a la máscara que en los rituales funerarios romanos se hacía del emperador con la idea de que su hálito se le transfiriera. Generalmente era una máscara, pero en otras ocasiones era una réplica de su cuerpo, una suerte de “doble” que haría perdurar el cuerpo inerte que pronto desaparecería en el fuego.

En los griegos la palabra que cumplía este propósito era eídolon, que designaba al fantasma, a la sombra, al “doble” del hombre, aunque, al igual que la Imago, en sentido extenso servía para denominar cualquier imagen, tanto la reflejada en un espejo como la imagen mental o la aparición onírica o fantasmal. En los poemas homéricos se usa en varias ocasiones de modo específico para designar a los muertos del inframundo (eídola kamónton, “imágenes de los muertos”) [2].

La relación de la imagen con lo fantasmal, con lo espectral, con la muerte, es ancestral, pero se hace más patente cuanto más realista sea la imagen. Quizá por esto la fotografía ha producido tanta inquietud al espíritu del hombre, quizá por ello Barthes diría, a propósito de los cuerpos fotografiados por Avedon, que “son en cierto sentido cadáveres, pero esos cadáveres tienen ojos vivos que nos miran y que piensan” [3].

La fotografía tiene la virtud que perseguía el hombre antiguo con la Imago. En ella habita algo del sujeto u objeto fotografiado, a ella se transfiere algo que le pertenece al sujeto-objeto y en ocasiones también revela algo que se nos ha negado a la visión, algo que no habríamos podido ver si no por vía de la detención del tiempo, por la captura del instante que es la fotografía, o en palabras de Benjamin:

“La técnica más exacta puede dar a sus productos un valor mágico que nunca poseerá para nosotros porque la naturaleza que habla a la cámara es distinta de la que habla a los ojos; distinta sobre todo porque un espacio elaborado inconcientemente aparece en lugar de un espacio que el hombre ha elaborado con conciencia” [4].

La fotografía es actualización del pasado y en esa medida es la posibilidad de hacer presente lo que ya no está. La posibilidad que tiene de ser lo que ya no es. En la fotografía está el tiempo como potencia porque supone siempre un antes y un después, y por esa vía remite siempre a un algo por fuera de sí misma, el tiempo. En la fotografía el movimiento siempre está a punto de darse o de desbordarse, pero nunca se da, y esa calidad es la que nos permite pensar la fotografía como cercana, próxima a la muerte, en tanto que la muerte es quietud absoluta.

Pero aún existe otra relación imperiosa y no menos inquietante: es la de la imagen con el lenguaje [5], relación dada por nuestra tentación natural e irreprimible de poner en palabras las imágenes, nuestra vocación por el logos, nuestra voluntad de hacer inteligible lo que vemos. Pero esta relación imagen, lenguaje ha sido dificultosa cuando no imposible, o en palabras de Foucault.

“La relación del lenguaje con la imagen es una relación infinita. No porque la palabra sea imperfecta y, frente a lo visible, tenga un déficit que se empeñe en vano en recuperar. Son irreductibles uno a la otra: por bien que se diga lo que se ha visto, lo visto no reside jamás en lo que se dice, y por bien que se quiera hacer ver, por medio de imágenes lo que se está diciendo, el lugar en el que ellas resplandecen no es el que despliega la vista, sino el que definen las sucesiones de la sintaxis” [6].

Hay un cuento de Julio Cortázar que me produce una enorme inquietud en ese sentido y he querido detenerme en él e intentar pensar en cómo esta aparente irreductibilidad de la imagen en lenguaje que menciona Foucault, en Cortázar, es posible y de que modo el relato mismo es una reflexión sobre la mirada.

“Las babas del diablo” podría considerarse como obra abierta y también como obra en movimiento, pero no en movimiento físico como ocurre con la mayoría de obras de este tipo; el movimiento de “Las babas del diablo” no radica en posibilidades combinatorias o de estructuras móviles como en Rayuela. El movimiento en este caso no es físico sino síquico: hay un desplazamiento, no del relato, sino de la mirada y esto es lo asombrosamente curioso. Cortázar reflexiona sobre la mirada a partir del lenguaje, a la vez que nos obliga a ver -“(ahora pasa una paloma, y me parece que un gorrión)”- y a pensar en la relación de la mirada con el objeto visto:

“… y sé que si me voy, esta Rémington se quedará petrificada sobre la mesa con ese aire de doblemente quietas que tienen las cosas movibles”.

De la doble inmovilidad que poseen los objetos movibles cuando están quietos sólo puede dar razón la mirada; no la visión en tanto acto fisiológico, sino la mirada en tanto experiencia psicológica. Es este el centro de diana del relato de Cortázar, la mirada, pero la mirada contenida y continente de y en todas sus posibles bifurcaciones: la mirada como correlato de la realidad y la realidad como un inaccesible; la mirada como testigo de la ausencia de verdades absolutas; lo relativo como ley física de la realidad, etc. Es quizás la reflexión más aguda que de la realidad y la imposibilidad de accederla haya hecho alguien, es una puesta en crisis de los absolutos.

“Va a ser difícil porque nadie sabe bien quién es el que verdaderamente está contando, si soy yo o eso que ha ocurrido, o lo que estoy viendo (nubes, y a veces una paloma) o si sencillamente cuento una verdad que es solamente mi verdad, y entonces no es la verdad salvo para mi estómago”.

Todo en el relato es inestable, no hay certezas, pero la incertidumbre no solo habita en la anécdota, sino también la forma es incierta, móvil, movilidad no sincrónica ni lógica, no obstante tampoco podríamos decir que sea tan arbitraria que carezca de sentido. Para empezar, en el texto de Cortázar el narrador duda de la posibilidad de narrar esa historia:

“Nunca se sabrá cómo hay que contar esto, si en primera persona o en segunda, usando la tercera del plural o inventando continuamente formas que no sirvan de nada”.

Acto seguido el texto transitará en saltos continuos de la primera a la tercera persona, y en este punto cabe preguntarse ¿persona? cuando quien narra está muerto, lo que desplaza la atención, pues deja de importar si está o no narrando en primera o en tercera persona puesto que quien narra ya no es persona, acaso lo fue, cosa que complejiza y desestabiliza aún más el relato.

“… Uno de todos nosotros tiene que escribir, si es que esto va a ser contado. Mejor que sea yo que estoy muerto”.

El texto pareciera cifrarse para reflexionar en prácticas imperfectas y cuya perfección es un inalcanzable, una utopía a la que no se deja de aspirar, como la del alquimista. En primera instancia el narrador es traductor y fotógrafo y para el momento de la narración, está haciendo un trabajo de traducción del castellano al francés de un tratado sobre recusaciones de un profesor de la Universidad de Santiago.

La traducción es una de esas prácticas cuya perfección es una quimera. Se suele hablar de la traducción como de una inevitable traición, y de la lectura del texto traducido como si se viera un tapiz por el revés, es decir, que jamás se accederá al texto por una traducción, el verdadero espíritu del texto, su verdad profunda habita en la lengua original, y para lo que nos interesa aquí conviene que miremos el sentido del término en una de sus acepciones etimológicas más antiguas: traducir es muerte, ser traducido llegó a significar morir, en la Biblia hebrea morir era ser traducido de la tierra al cielo:

“Por su fe Enoc fue traducido, para que no viera la muerte, y no fue hallado, pues el Señor lo había traducido” [7].

Igual que se ha declarado muerto, acaso traducido, el narrador, quien pretende a su vez traducir para nosotros, para el lector la imagen en palabras y que además traduce un tratado de José Norberto Allende, profesor Universitario.

No podremos ahora determinar si Cortázar hacía conciencia de esta acepción del término traducción, pero pareciera existir una relación profunda entre lo imposible y su práctica: Imposible la traducción perfecta en todos los sentidos que plantea la narración; imposible la traducción perfecta de una lengua a otra, imposible la traducción de imágenes a palabras, imposible una narración hecha por un muerto y finalmente imposible la verdad absoluta.

No obstante en la narración estos imposibles se ejecutan: el muerto efectivamente narra a la vez que traduce y traslada la imagen en palabras. En este sentido el texto es auto referencial, pareciera que finalmente nos hablara de sí mismo, de su escritura, de su imposibilidad.

Quizá el texto de Cortázar sea en definitiva una invocación a la mirada, una invitación, no a atravesar el espejo o a ahogarse en el reflejo, sino a ser el reflejo mismo.

 

Notas

[1] Odisea, canto IX, verso 364.

[2] Ver: Francisco Díez de Velasco. Los caminos de la muerte: religión, rito e iconografía del paso al más allá en la Grecia antigua. Disponible en http://www,cervantesvirtual.com/servlet/SirveObras/

[3] Citado por Domènec Font. Fotografía y cine. Hibridaciones. La extraña pareja. P. 19. Exit, Nº 3, 2001

[4] Walter Benjamin. “Breve historia de la fotografía”, en Discursos interrumpidos I. Buenos Aires, Taurus, 1982

[5] Entiéndase lenguaje aquí en su acepción de lenguaje articulado. El que deviene el habla y la escritura.

[6] Michel Foucault. Las palabras y las cosas. Siglo XXI, 1993. P. 19

[7. Susan Sontag. Cuestión de ënfasis. Alfaguara, 2007. P. 377

 

© Sandra Jubelly García López 2010

Espéculo. Revista de estudios literarios. Universidad Complutense de Madrid

El URL de este documento es http://www.ucm.es/info/especulo/numero45/mienfuga.html

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Las babas del diablo: una fotografía de la “otredad”

 Las babas del diablo: una fotografía de la “otredad”

Por Kintto Lucas *

¿Cuál es la realidad y cuál la fantasía? ¿Quién es el narrador y quién el protagonista? En Las babas del diablo, Julio Cortázar propone una serie de metáforas sobre la realidad y la vida. Para detallar esa realidad necesita desdoblarse en dos momentos: entonces crea un narrador que relata desde dos instantes diferentes. Uno, el momento cercano, en el cual es partícipe directo de la trama. El otro, más lejano, cuando parece haber tomado cierta distancia de la trama, como si narrara desde la muerte, desde las nubes, desde otra realidad. También podríamos decir que hay dos realidades que se superponen: una, el momento en el parque; la otra, la fotografía.¿Cuál es la realidad y cuál la fantasía? El fotógrafo y narrador, Roberto Michel, está presente en la trama y ve de cerca lo que ocurre, pero además se desdobla, toma distancia y puede mirar la trama desde lejos. En ese sentido la fotografía, que parece una prueba irrefutable de la realidad, también puede ser parte de la fantasía. La foto también es una ironía porque puede ser solo una representación de la realidad. Sin embargo no es un engaño; es el ajuste de la fantasía a la realidad, es la otra realidad.¿Qué es la fantasía, sí no, otra realidad? La foto es, además, una forma de poder. Podemos tomarla como un documento fiel o como un documento que reemplaza la trama.¿Cuál es la trama real? ¿La fotografía del fotógrafo o el relato del narrador? El chico, la mujer rubia y el hombre del sombrero son la realidad; la foto de ellos, en cambio, es la otra realidad. Entonces: ¿cuál es la fantasía y cuál la realidad? Utilizando las palabras de Jaime Alazraki, se puede decir que en Las babas del diablo el mundo real es una máscara que oculta una segunda (y verdadera) realidad. Entonces, lo fantástico surge naturalmente, no se prepara, no se inventa. La propia realidad es fantástica. Son, en su mayor parte, metáforas que buscan expresar atisbos, entre visiones o intersticios de sinrazón que escapan o se resisten al lenguaje de la comunicación, que no caben en las celdillas construidas por la razón, que van a contrapelo del sistema conceptual o científico con que nos manejamos a diario (Alazraki, p. 29) La fotografía es también una forma de ver. La fotografía puede ser también parte de un mundo surrealista. La realidad y la fantasía son parte de la misma mirada, y de la misma vida del fotógrafo y del narrador. La trama y la fotografía se construyen desde lo que cada uno ve. El fotógrafo y el narrador crean imágenes con su mirada. Esas imágenes son metáforas en una trama en la cual realidad y fantasía devienen lo mismo. En Las babas del diablo se perciben los elementos fundamentales del género “neofantástico” definido por Jaime Alazraki. Para mí lo fantástico" —explica—"es la indicación súbita de que, al margen de las leyes aristotélicas y de nuestra mente razonante, existen mecanismos perfectamente válidos, vigentes, que nuestro cerebro lógico no capta pero que en algunos momentos irrumpen y se hacen sentir (González Bermejo, p. 42). No son intentos que busquen devastar la realidad conjurando lo sobrenatural —como se propuso el género fantástico en el siglo XIX—, sino esfuerzos orientados a intuirla y conocerla más allá de esa fachada racionalmente construida” (Alazraki, p. 30). Ese narrador-fotógrafo, que se desdobla, hace recordar a los dos Jorge Luis Borges de El otro. Acá el otro podría ser el que narra y fotografía desde el más allá, ¿desde la muerte?; desde esa “otredad” que menciona Cortázar, cuando analiza lo fantástico, y dice en una entrevista con Ernesto González Bermejo: “Para mí lo fantástico es algo muy simple, que puede suceder en plena realidad cotidiana…”. Pero eso tan simple es, según Cortázar, parte de una realidad maravillosa, que define muy bien García Flores: Maravillosa en el sentido de que la realidad cotidiana enmascara una segunda realidad que no es ni misteriosa, ni trascendente, ni teológica, sino que es profundamente humana, pero que por una serie de equivocaciones ha quedado como enmascarada detrás de una realidad prefabricada con muchos años de cultura, una cultura en la que hay maravillas pero también profundas aberraciones, profundas tergiversaciones (Alazraki, pp.10-11). La tensión entre el narrador en que se desdobla es evidente durante el desarrollo del cuento, pero hay un momento en que, para los poetas o amantes de la poesía no puede pasar desapercibido, cuando dice “miré un rato el hotel de Lauzun, me recité unos fragmentos de Apollinaire que siempre me vienen a la cabeza cuando paso delante del hotel de Lauzun (y eso que debería acordarme de otro poeta, pero Michel es un porfiado)”… Mientras Michel recuerda a Guillaume Apollinaire, el otro narrador exige recordar al otro poeta. Se refiere a Charles Boudelaire, que vivió en ese hotel, donde escribió Las flores del mal. Las babas del diablo, es una fotografía de la otredad, que al revelarla se pueden encontrar otras flores del mal…__________________ * Escritor y periodista uruguayo-ecuatoriano. Máster en Estudios Avanzados en Literatura Española e Hispanoamericana. Premio Latinoamericano de Periodismo José Martí 1990. Fue Vicecanciller de Ecuador y Embajador Itinerante de Uruguay para UNASUR, CELAC, ALBA y la Integración. Fue director y editor de diversos periódicos y revistas, corresponsal de la Agencia Inter Press Service y ha escrito para diversos medios latinoamericanos y europeos. Ha sido docente de periodismo cultural, periodismo investigativo, actualidad política y geopolítica, y conferencista en diversas universidades y organismos internacionales. Recibió la Condecoración al Mérito en el Grado de Gran Cruz del Gobierno de Perú y el Botón de Oro Ho Chi Minh de Vietnam y la Pluma de la Dignidad de la Unión Nacional de Periodistas del Ecuador 2004.

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viernes, 11 de noviembre de 2022

Tour guiado de la Ile Saint-Louis, París, Francia

Tour guiado de la Ile Saint-Louis, París, Francia

Ile Saint-Louis es una de las dos islas naturales del río Sena en París. Situada en el corazón de París, junto a la Île de la Cité, la pequeña Île Saint-Louis es uno de los barrios más tranquilos y encantadores de París. Buena parte del distrito está dotado de un encanto excepcional y muy turístico. Esta pequeña isla es como un oasis del ajetreo de la ciudad, queda románticamente en el siglo XVII, como un pequeño pueblo francés en el centro de París.

Su nombre data de 1725 y deriva del rey Luis IX, hijo de Luis VIII, a quien apodaban San Luis. Cuenta la leyenda que el rey tenía la costumbre de pasar tiempo solo y solía ir a rezar a la Ile aux Vaches, que originalmente estaba ubicada en el lado este de la isla actual. La Île Saint-Louis no estuvo habitada, como su vecina Île de la Cité, hasta el siglo XVII. Cuando se planeó la isla, estaba poblada por los parisinos más adinerados, que aprovechaban el remanso de paz y tranquilidad para construir sus mansiones y palacetes.

Más pequeña y acogedora que su vecina Île de la Cité, la Île Saint-Louis es un lugar perfecto para descubrir a pie, paseando por sus callejuelas explorando su ambiente único, porches y fachadas. La mayor parte de la isla es residencial, pero hay varios restaurantes que ofrecen una variedad de cocina francesa, hoteles y pequeñas tiendas con escaparates bellamente decorados que vale la pena visitar.

Île Saint-Louis está conectada con el resto de París por cuatro puentes a ambas orillas del río y con la Île de la Cité por el Pont Saint-Louis. Paseando por los paseos marítimos en diferentes direcciones de la isla, podrá disfrutar de las vistas de la orilla izquierda y derecha de París al mismo tiempo, ofreciendo unas vistas perfectas de postal del Sena y de los edificios parisinos. Frente al puente Saint-Louis, se beneficia de la luz del sol durante todo el día, así como de una vista extraordinaria de la catedral de Notre-Dame.

Buena parte de la comarca está dotada de un encanto excepcional y muy turística. La Ile Saint-Louis es el centro histórico medieval de París. Es uno de los distritos menos afectados por Baron Haussmann, edificios históricos que dan testimonio del rico pasado de París, desde sus edificios del siglo XVII hasta las antiguas casas de entramado de madera que bordean las calles y los museos. Contiene todo lo que desearía de su vecindario: mercados, panaderías, queserías y cafeterías.

Si bien gran parte de París se ha modernizado a lo largo de los años, esta isla es notablemente igual a como era hace siglos, por lo que su arquitectura se destaca con el resto de la capital. Tanto un barrio residencial como histórico de la capital de Francia, esta isla alberga varios hoteles de fachada extravagante con vistas al río Sena. Anteriormente conocida como la Ile des Palais debido a estos mismos hoteles, la perfecta cohesión arquitectónica de la isla atrae a los visitantes. Fue gracias a varios proyectos de construcción urbana llevados a cabo durante el reinado de Luis XIII en la primera mitad del siglo XVII que la isla tiene el aspecto que tiene hoy.

Un vistazo al viejo París del Renacimiento. Entre 1614 y 1644, el arquitecto Christophe Marie desarrolló toda la isla en lujosas casas adosadas y pequeñas mansiones y se ha mantenido sin cambios desde entonces. A diferencia de los edificios que se encuentran en otras partes de París con un patio interior, estas casas adosadas se abrieron hacia el exterior con ventanas y balcones para maximizar la vista del Sena. La forma más fácil de admirar estos tesoros arquitectónicos es caminar por la rue Saint-Louis-en-L’Ile, que atraviesa el centro de la isla, o por el quai de Béthune, que da a la orilla izquierda.

Escondido del ajetreo y el bullicio de la ciudad circundante, muchas personalidades políticas y celebridades residen en esta área. Dos visitas obligadas en el camino son el Hôtel Chenizot (número 53, en la rue Saint-Louis-en-Ile) y el Hôtel Lefebvre de la Malmaison (número 22, en el quai de Béthune) en los que Baudelaire vivió entre 1842 y 1843. Ambos de estos hoteles tienen frentes impresionantes. Este distrito siempre popular incluso ha albergado al ex presidente Georges Pompidou (número 24, rue de Béthune). Los residentes más ricos de París se mudaron aquí. Incluso hoy en día, es el hogar de los aristócratas franceses y se considera la zona más cara para vivir en París.


Rue Saint-Louis, que va de un extremo a otro de la isla, está repleta de adorables boutiques con atractivos frentes y deliciosos escaparates. Para los amantes de la comida, también se pueden encontrar restaurantes de buena calidad que sirven platos tradicionales franceses, así como agradables salones de té. Los helados de Berthillon son una parada casi obligada cuando pasas por la isla.

Atracciones principales
Ile Saint-Louis se encuentra en el corazón de París, en el distrito 4 y representa la vida parisina por excelencia. La mejor manera de familiarizarse con esta pequeña isla es caminar por el exterior, ya que se encuentra en medio del Sena con las orillas izquierda y derecha a ambos lados. En el centro de la isla se encuentra la Rue Saint-Louis en l’Île. Fuera de esta calle principal hay pequeñas calles laterales que se extienden a ambos lados de la orilla izquierda o derecha.

La única iglesia de la isla es la Iglesia de Saint-Louis-en-l’Île, obra del arquitecto François Le Vau, hermano menor de Louis Le Vau. El extremo superior de la isla está ocupado por Square Barye, que contiene un monumento al escultor Antoine-Louis Barye. La heladería Berthillon, cuyos sorbetes tienen fama de ser los mejores de París, se encuentra en 29-31, rue Saint-Louis-en-l’Île.

patrimonio arquitectónico
Île Saint-Louis conservó su tranquilidad, descubra la elegancia y el refinamiento de los hôtels particuliers en Île Saint-Louis. Pasee y admire la grandeza de la arquitectura intacta del siglo XVII. Hôtel Lambert, se considera la casa de ciudad más extravagante con una rotonda con vistas al río Sena (5, quai d’Anjou); El Hôtel de Lauzun está catalogado como sitio patrimonial (17, quai d’Anjou); La iglesia de Saint Louis-en-l’Isle es la única iglesia de la isla (19, rue Saint-Louis en Ile); Hotel Chenizot en 49-53 Rue Saint-Louis en l’Île.

Hotel Lambert (1640)
El Hôtel Lambert es una mansión privada ubicada en la Île Saint-Louis, en el n. 2 rue Saint-Louis-en-l’Île en el distrito 4 de París. Este hotel, cuya fachada, rotonda y jardín se encuentran entre los más notables de París, fue construido en 1640 por Louis Le Vau. Los pintores Charles Le Brun y Eustache Le Sueur trabajaron durante cinco años para decorar el interior. A pesar de su carácter comercial, todavía conserva muchos de los primeros edificios residenciales, el más notable de los cuales es el Hôtel Lambert, ubicado en el Quai Anjou en el extremo este de la isla. Esta gran casa de ciudad, con una rotonda con vistas al Sena, fue construida a partir de 1640 por el arquitecto real Louis Le Vau.

Hotel Chenizot
El Hôtel de Chenizot es una mansión privada ubicada en la Île Saint-Louis, en 51 y 53 rue Saint-Louis-en-l’Île. El hotel fue adquirido en 1719 por Jean-François Guyot de Chenizot, quien encargó al arquitecto Pierre Vigné de Vigny que lo transformara instalando un balcón y decorando las fachadas. Madame Tallien también residió allí con su primer marido M. de Fontenay, desde su matrimonio en 1788 hasta su exilio en Burdeos en 1793. El 19 de febrero de 1850, el Estado vuelve a alquilar el hotel Chenizot que fue habilitado para alojar al personal del 1. Legión de Gendarmería que permaneció allí hasta 1862. De 1904 a 1930, el metafísico René Guénon vivió en un apartamento del hotel.

Hotel de Lauzun
El Hôtel de Lauzun, o Hôtel Pimodan, es una mansión privada ubicada en la Île Saint-Louis en París, Francia. Su fachada exterior, que sigue la línea de los edificios que componen esta vía, tiene un elemento destacable, su ornamentado balcón de hierro forjado. Las puertas de entrada se instalaron en 1910. El patio interior, pavimentado, tiene tres fachadas y un muro ciego decorado con arcadas. Entre dos ventanas del segundo piso, en la fachada norte del patio, se encuentra un reloj de sol vertical decreciente por la tarde, que indica tanto las horas como el calendario. El edificio fue catalogado como monumento histórico en 1906 y desde 1928 el Hôtel de Lauzun es propiedad de la ciudad de París. Ya en el siglo XIX era propiedad municipal.

Fue comprada y habitada en 1682 por el duque de Lauzun. El escritor Roger de Beauvoir nació allí en noviembre de 1806 y vivió allí. Este hotel fue restaurado por el bibliófilo y coleccionista Jérôme Pichon, quien alquiló algunas habitaciones a creadores. Charles Baudelaire vive en estos lugares de octubre de 1843 a septiembre de 1845, en el último piso, en un pequeño apartamento que da al patio. Allí recibió a Madame Sabatier y escribió su poema L’Invitation au voyage. Desde el 12 de noviembre de 2013, el Hôtel de Lauzun alberga el Instituto de Estudios Avanzados de París 6, un instituto de investigación que alberga investigadores internacionales en humanidades y ciencias sociales en residencia.

Hotel Le Charron
l Hôtel Le Charron o Hôtel de Vitry es una mansión privada ubicada en la orilla norte de la Île Saint-Louis, en 13-15 quai de Bourbon. El hotel fue construido entre 1637 y 1640 por el arquitecto francés Sébastien Bruand por encargo de Jean Charron, Intendente de Finanzas. Desde 1912 albergó el estudio de la escultora belga Yvonne Serruys y su marido, el escritor francés Pierre Mille. El pintor Émile Bernard murió allí en 1941. Haroun Tazieff vive allí. El edificio fue registrado como monumento histórico en 1988. Hotel restaurado en 1979/1980 bajo el control de Construcciones de Francia por Ladislas de Diesbach, promotor, y Laurent Daum, arquitecto.

Iglesia de Saint-Louis-en-l’Île
La Iglesia de Saint-Louis-en-l’Île, en 19 bis rue Saint-Louis-en-l’Ile, es la única iglesia de la isla. Fue diseñado por el arquitecto François Le Vau, hermano menor del más conocido arquitecto real Louis Le Vau. Fue el único edificio que diseñó. El interior es un buen ejemplo de la arquitectura barroca francesa, con una cúpula o cúpula central y una abundancia de oro y blanco, un estilo tomado de Italia.

El Papa Pío VII celebró misa en el edificio en 1805, durante su viaje a París para la Coronación de Napoleón Bonaparte. El interior de la iglesia sufrió graves daños durante la Revolución Francesa, pero el daño se ocultó en gran medida en 1805 colgando tapices sobre las paredes dañadas. El campanario original fue destruido por una tormenta en 1740 y fue reemplazado por una nueva torre calada. Una característica inusual de la torre es el reloj, que cuelga sobre la calle como el letrero de una tienda. La iglesia tiene un órgano particularmente bueno, instalado en 2005, y la iglesia se usa con frecuencia como lugar para conciertos.

Espacio publico
No hay malas vistas en Île Saint Louis. La Place Louis Aragon es una pequeña plaza tranquila en el extremo occidental de la isla, justo en la orilla del río. También es un gran lugar para ver la puesta de sol. Otra gran vista es a lo largo de Quai de Béthune y Quai d’Orléans con vistas a la catedral de Notre Dame que se encuentra en la isla más grande de Île de la Cite.

Plaza de Barye
Square Barye, en el extremo sureste de la isla, tiene la forma de la proa de un barco que apunta hacia el Sena. Originalmente fue el sitio de un convento. Ocupa 3.000 metros cuadrados (32.000 pies cuadrados) y es un popular parque y jardín. Toma su nombre del escultor francés del siglo XIX Antoine-Louis Barye, que se especializó en la escultura de animales. Su trabajo se exhibe de manera destacada en la plaza frente al Musée d’Orsay.

La obra de arte más destacada de la plaza es una escultura de Barye que representa el combate entre un centauro mitológico y un lapita, realizada en 1894 y colocada sobre un pedestal desproporcionadamente grande. La estatua fue retirada y fundida por su bronce durante la Segunda Guerra Mundial, pero fue reemplazada en 2011 con una copia financiada por un donante taiwanés.

Rue Saint-Louis en l’Île y Eglise Saint-Louis en l’Île
La Rue Saint-Louis en l’Île atraviesa la Île Saint-Louis y está llena de numerosos hôtels particuliers, restaurantes y tiendas. Esta calle principal está justo en el corazón de la isla y es especialmente popular entre los amantes del helado que acuden en masa al fabricante de helados de renombre mundial Berthillon. Visible desde ambos extremos de la calle, el campanario calado de la Eglise Saint-Louis en l’Île le da a la isla un ambiente de pueblo. Como el letrero de una tienda, el reloj de la iglesia está curiosamente montado en ángulo recto con respecto a la fachada del edificio. Construida entre 1664 y 1726, la iglesia está sobriamente decorada. Su característica más destacable es un órgano contemporáneo de inspiración barroca utilizado frecuentemente para conciertos.

Puentes
Los puentes de Pont Louis-Philippe y Pont Marie lo unen con la Margen Derecha, o rive droite. El puente Pont de la Tournelle une Ile Saint-Louis con la Margen Izquierda, o rive gauche. El puente de Pont de Sully es inusual, ya que cruza el extremo este de Ile St Louis para conectarlo a ambas orillas. Por último, la pasarela de Pont St-Louis te lleva a la isla más grande de Ile de la Cité.

Puente de San Luis
El Pont Saint-Louis es un puente situado en París. El Pont Saint-Louis está ubicado en el distrito 4 y conecta la Île de la Cité con la Île Saint-Louis. Diseñado por los arquitectos Jabouille y Creuzot y luego construido por los ingenieros Long-Depaquit y Coste, este puente de vigas, todo en acero, se inició en 1969 y se terminó en 1970 bajo la dirección del proyecto de la ciudad de París. Desde 2014, está prohibido para todo el tráfico motorizado y reservado para peatones y ciclistas. Es muy popular entre los turistas y los artistas callejeros suelen darle vida en verano.

Puente Tournelle
El Pont de la Tournelle es un puente que cruza el Sena en París. El Pont de la Tournelle es deliberadamente asimétrico, para resaltar la asimetría del paisaje del Sena en este lugar. Compuesto por un gran arco central conectado a las orillas por dos arcos más pequeños, está decorado en la orilla izquierda por una estatua de Santa Genoveva, patrona de París. Esta estatua, inaugurada en 1928, es el resultado de un concurso de arquitectura para la decoración del puente. Fue realizado por el escultor Paul Landowski. El santo se representa como una niña abrazando la nave (símbolo de París).

Puente Sully
El Pont de Sully es el nombre que recibe la alineación de dos puentes que cruzan dos brazos del Sena en París, Francia. El puente actual fue construido en 1876, en el contexto de las grandes obras del Barón Haussmann, e inaugurado el 25 de agosto de 1877. Esta doble estructura es obra de los ingenieros Paul Vaudrey y Gustave Brosselin. Le dieron un ángulo de unos 45 grados desde las orillas, lo que le permite ofrecer una espléndida vista de los muelles de la Île Saint-Louis y de la catedral Notre-Dame de Paris.

Puente Luis Felipe
El puente Louis-Philippe es un puente situado en París y que cruza el Sena, entre la margen derecha y la isla de Saint-Louis. El puente colgante construido por Marc Seguin y sus hermanos, cruza el Sena en ángulo hacia el Quai aux Fleurs a través de Île Saint-Louis. Para hacer frente al aumento del tráfico, fue destruido para ser reemplazado por el puente actual en 1860. Con una longitud total de 100 m y un ancho de 15,20 m, el puente Louis-Philippe fue inaugurado en abril de 1862. Cada uno de los 4 m anchos pilares colocados en el Sena está decorado con una corona de follaje de piedra que rodea un rosetón de metal.

Puente de María
El Pont Marie es un puente que cruza el Sena en París. Conecta Île Saint-Louis con el Quai de l’Hôtel-de-Ville, en el distrito 4. Cada uno de los cinco arcos del Pont Marie es único y los nichos de los estribos nunca se han llenado de estatuas. El puente Marie ha sido clasificado como monumento histórico desde el 10 de febrero de 1887. Hace algunos años, las compañías de barcos de excursión que operan en París comenzaron a afirmar que el Pont Marie es un «puente de los enamorados» bajo el cual es una «vieja tradición» besar a la persona que está al lado y pedir un deseo. Sin embargo, no existe una base histórica para tal «tradición».

muelles
Île Saint-Louis está rodeada por cuatro muelles, cada uno de los cuales delimita aproximadamente una cuarta parte de la isla. El Quai de Bourbon y el Quai d’Anjou están en el lado norte más cercano a la orilla derecha. Mientras que Quai de Béthune y Quai d’Orléans están en el lado sur frente a la orilla izquierda de París.

Muelle de Anjou
El Quai d’Anjou en el lado norte de la isla recibió su nombre de Gaston, duque de Orleans, hermano de Luis XIII. Fue desarrollado por Christophe Marie a partir de 1614. Un edificio destacado es la casa de Louis Le Vau, arquitecto jefe del Rey (3 quai d’Anjou). Otro residente destacado del Quai fue Abel-Francois Poisson (5 quai D’Anjou), marqués de Marigny y hermano de Madame de Pompadour, superintendente de edificios reales de Luis XV. Más tarde, los residentes del muelle incluyeron al pintor Honoré Daumier, (9 quai d’Anjou) que tenía un taller de litografía en el último piso. El poeta Charles Baudelaire ocupó un pequeño apartamento en el último piso del patio del número 17 del Quai d’Anjou entre 1843 y 1846.

Muelle de Borbón
El Quai de Bourbon recibió su nombre de la familia real y tiene una serie de casas adosadas muy elegantes construidas a principios del siglo XVII. Fue brevemente el Quai de la Republique después de la Revolución, pero recuperó su nombre original en 1814. La casa en 1 quai de Bourbon fue ocupada por Philippe de Champagne, un artista favorito del cardenal Richelieu. La escultora Camille Claudel vivió en el número 19 entre 1899 y 1923, tenía su taller con vistas al patio, y permaneció aquí hasta que fue enviada a un manicomio durante treinta años.

Muelle de Béthune
El Quai de Bethune corre a lo largo del lado sureste de la isla. Fue construido poco después del asesinato de Enrique IV y lleva el nombre del primer ministro del difunto rey, Maximilien de Bethune, el duque de Sully. El puente Pont de Sully en el extremo sureste de la isla también lleva su nombre.

El quai originalmente se llamaba informalmente «Quai des Balcons» porque el arquitecto Louis LeVau promovió la idea de que todos los edificios deberían tener balcones, aprovechando la exposición sur de los edificios. Los residentes de este muelle a lo largo de los años incluyeron al fabricante estadounidense de cosméticos Helena Rubenstein (24 quai de Bethune), quien construyó los pocos edificios modernos en la isla en 24 Quai de Bethune entre 1934 y 1938. Las máscaras talladas de leones en la puerta de madera es el único vestigio de la casa del siglo XVII. El presidente francés Georges Pompidou tenía su residencia personal en 24 Quai de Bethune, además de su residencia oficial. El comediante francés Louis de Funès vivió por un corto tiempo en la misma dirección.

Quai d’Orléans
El Quai d’Orleans continúa el Quai de Bethune hacia el oeste. Al igual que el Quai d’Anjou, lleva el nombre de Gaston d’Orleans, el hermano menor de Luis XIII. Durante la Revolución Francesa, pasó a llamarse Quai d’Egalite hasta 1806. Se une al Quai de Bourbon en el puente Saint-Louis, cerca del extremo occidental de la isla. Sus edificios notables incluyen la Biblioteca Polaca (número 6 quai d’Orleans), construida originalmente para Antoine Moreau, el secretario de Luis XIII. Se convirtió en la Biblioteca Polaca en 1838. Esta parte de la isla tenía otras conexiones polacas notables; el príncipe polaco Czartoryski vivía cerca del lado de Quai Anjou y entretenía a Chopin, mientras que Marie Curie vivía cerca del Quai Bethune. Un residente ficticio notable fue Charles Swann,

La responsabilidad del desarrollo de la Île Saint-Louis en el siglo XVII recayó en Christophe Marie, constructor general de Obras Públicas. A cambio de su trabajo pro bono, se le concedió una licencia para construir elegantes residencias. Junto con los nobles, los aristócratas, los ricos empresarios y los políticos vinieron aquí a vivir lejos del ruido del centro de la ciudad. Marie se asoció con dos constructores, Lugles Poulletier y François Le Regrattier, y eligió a Louis Le Vau como arquitecto. En 1614 se rellenó el foso entre los dos islotes; y casas adosadas se construyeron entre 1620 y 1650.

El proyecto de la isla, una revolución arquitectónica, utilizó un plan urbano cuidadosamente elaborado por primera vez en París. La planificación urbana fue revolucionaria, especialmente para París; fue solo bajo Napoleón III, más de 200 años después, que la planificación urbana se implementó en toda la ciudad. La opción de construir simplemente siguiendo la topografía del terreno ya no estaba disponible. Las nuevas calles se construyeron rectas y perpendiculares a un eje central. Para reducir el riesgo de incendios, la piedra y la pizarra sustituyeron a la madera, el yeso y los tejados de paja.

Por primera vez, las viviendas se orientaron hacia el exterior, en lugar de hacia un patio interior, con ventanas y balcones con vistas al río. Los patios eran estrechos, con los jardines habituales casi inexistentes. La mayoría de las fachadas eran bastante sobrias, aportando encanto al barrio. Solo unas pocas fachadas estaban decoradas con cabezas o rostros (mascrones). Solo algunos de los balcones estaban adornados con herrajes ornamentados. Las pocas puertas monumentales por las que se precipitaban los carruajes tirados por caballos insinuaban la riqueza de los propietarios. Junto con Faubourg Saint-Germain y Le Marais, Île Saint-Louis fue uno de los barrios más prósperos del París de los siglos XVII y XVIII. Los animadores de Pont Saint-Louis (es decir, bandas de jazz, malabaristas y mimos) actúan en un pequeño puente que conecta Île Saint-Louis con Île de la Cité.

Cocina
Para una parte tan pequeña y aislada de París, hay una gran cantidad de restaurantes para elegir. Brasserie de I’lle St-Louis que sirve platos clásicos franceses; Au Franc Pinot, un bar desde el siglo XVII; Le Flore en L’Ile es un bistró francés clásico perfecto para observar a la gente en su terraza exterior; Sorza ofrece platos italianos clásicos; Le Sergent Recruteu es un restaurante Michelin con una decoración de estilo precioso; Le Caveau de L’Isle es un restaurante de iniciación a la cocina francesa; L’Ilot Vache es un bistró francés clásico.

Compras
Una de las principales razones para ir a Ile Saint-Louis es visitar las tiendas del barrio. Casi todas las maravillosas tiendas especializadas se encuentran a lo largo de la calle principal, Rue Saint-Louis en l’Île. Oliviers & Co se especializa en aceitunas y aceites de oliva; Boulangerie San Luis; La Ferme Saint-Aubin es una tienda de quesos clásica; Les Delices de Saint-Louis es una maravillosa tienda de la esquina; Cacao et Chocolat es una tienda de chocolatero decadente; Pylones ofrece productos y juguetes únicos; L’Epicerie es una farmacia y un lugar perfecto para comprar productos de belleza franceses; L’ile Aux Images es un museo de fotografías y litografías antiguas del París antiguo; Jean-Paul Gardil’s es una carnicería local; Lafitte es una tienda para amantes de la comida y se especializa en foie gras.



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