domingo, 1 de enero de 2012

Vladimir Nabokov, el novelista de las mariposas y el ajedrez (III)


sábado 15 de octubre de 2011
Vladimir Nabokov, el novelista de las mariposas y el ajedrez (III)


(Continuación) Que es lo que el tiempo hizo. Demostrar que Nabokov tenía razón y que acertó con la migración de las mariposas azules. De modo que, medio siglo después, las pruebas han convertido la hipótesis en teoría. Estas cosas pasan en ciencia.

Aunque para ese paso evolutivo hubo que esperar hasta la década de los 90. Y algo más para que el resultado final viera la luz.

Polyommatus azul, la teoría migratoria
En efecto. Fruto de una revisión sistemática de los trabajos del entomólogo-escritor, llevada a cabo por un equipo de científicos de la Universidad de Harvard, comandado por la profesora Naomi Pierce, ha posibilitado a principios de este año del Señor de 2011, confirmar la validez de su, en principio, controvertido criterio clasificatorio.

Los análisis de ADN realizados sobre esos mismos insectos, en diferentes lugares de América han demostrado que las intuiciones científicas de Nabokov eran correctas. Y que él no fue un visionario.

El estudio de este análisis genético, publicado en Proceedings of the Royal Society corrobora que, como el escritor predecía, el estrecho de Bering “sirvió de pasillo biológico para la dispersión de esos insectos desde Asia al Nuevo Mundo”.


Las pruebas apuntan a que el primer linaje de la Polyommatus azul que hizo el viaje, pudo sobrevivir un rango de temperatura que coincidía con el clima de Bering de hace 10 millones de años. Y los linajes que llegaron después eran más resistentes al frío.

De modo que todas las variedades del lepidóptero llamado Polyommatus provenían de un tronco común, un espécimen que habitó en Asia.

Una hipótesis en principio increíble. Detalle que no tiene la menor importancia. Recuerden que la ciencia no tiene nada que ver con la creencia. De ahí su éxito.

Por supuesto que Nabokov no era un científico, pero sabía de lo que hablaba. Además no ignoraba que su trabajo científico perduraría en el tiempo. Y que él, como todos y todo lo humano, era sólo un jugador, uno más, en una empresa mayor.

Reconocimientos científicos
En reconocimiento a su gran labor como taxonomista varias especies de azulitas han sido bautizadas en su honor.


Unas con su nombre. Como el género de las Nabokovia o la recién descubierta Nabokovia cuzquenha.

Otras en una clara alusión a su faceta como escritor y su novela más famosa. Entre ellas, la Pseudolucia Humbert, en homenaje al atormentado profesor que mira a la niña tumbada en el jardín.

O la Pseudolucia Charlotte, en referencia a la madre de ese pecaminoso objeto de deseo de Humbert. O algunas otras del género Madeleinea.


Todas ellas constituyen un merecido tributo a un hombre extraordinario que nos ha hecho comprender, que los métodos más modernos que la tecnología puede ofrecer ahora, dependen en gran medida de su ordenación sistemática.

No olvidemos que Nabokov fue un pionero en morfometría, un sistema de clasificación basado en la forma. En este caso de las estructuras genitálicas de las mariposas. Y ése es uno de los caracteres clave de la ciencia de la taxonomía u ordenación jerarquizada.

Ni que decirles tengo que no voy a caer en el chiste fácil que imagino podrían estar pensando. Sí. (Continuará)

Vladimir Nabokov, el novelista de las mariposas y el ajedrez (II)


viernes 14 de octubre de 2011
Vladimir Nabokov, el novelista de las mariposas y el ajedrez (II)


(Continuación) También realizó varias expediciones por toda América, en busca de más ejemplares para su particular colección. En particular de un confuso grupo de estos animales que le había llamado la atención.

Una especie de la que se sabía poco y era conocida como Polyommatus azul, las mariposas azules o azulitas, de delicados reflejos metálicos en su alas.

A través de la disección de sus cuerpos Nabokov llegó a desarrollar diversos criterios para clasificarlas. A él se debe la primera clasificación de mariposas azules, basándose en sus diferencias genitales, observadas a través del microscopio.

Y lo que vio le hizo meditar acerca de la evolución de las mariposas azules. Fruto de ello tuvo una ocurrencia genial.

Polyommatus azul, la hipótesis migratoria

Elaboró una hipótesis, bastante controvertida para la época, según la cual el grupo conocido como Polyommatus azul llegó al Nuevo Mundo, nada menos que desde Asia, a lo largo de millones de años y en distintas oleadas.

Según el trabajo del entomólogo-escritor, de 62 páginas y publicado en 1945, las azulitas habrían llegado a América en cinco oleadas desde Siberia, cruzando a Alaska por el estrecho de Bering, para dispersarse luego hasta Chile, a lo largo de millones de años.

Ni que decirles que en el mundo científico la idea fue tomada a broma. Resultaba demasiado especulativa y pocos profesionales la tomaron en serio durante la vida del propio Nabokov.

No porque no estuviera considerado como uno de los mayores expertos en mariposas de su tiempo, que lo estaba. Sino porque no se le tenía por un teórico con la talla intelectual suficiente, como para producir ideas científicamente notables.


Se valoraba su capacidad como investigador disciplinado y metódico pero, a la vez, mediocre. Al fin y al cabo Nabokov no tenía formación científica. Sólo era un escritor ruso, exiliado y famoso por una novela de temática muy, muy, controvertida.

Es evidente que los prejuicios también existen en el mundo científico. Cómo iba a ser si no. Al fin y al cabo todos somos humanos, demasiados humanos a veces. Al decir del filósofo alemán.

Lolita

Un escritor les decía al que, en 1958, le llegó el gran éxito con su novela Lolita. Y con el éxito la popularidad y, con ella, los chicos de la prensa detrás de él, en busca de detalles curiosos de su vida. Ya saben cómo son. Hoy igual que ayer.

Ni que decirles tengo que quedaron encantados al descubrir su vida paralela como científico. Su otra identidad. Su ‘alter ego’ como experto en mariposas.

Hay una famosa fotografía de Nabokov, que apareció publicada en el The Saturday Evening Post, cuando él tenía 66 años, y que demuestra este interés mediático.

Por supuesto que tiene que ver con las mariposas. Se le ve balanceando una red en una actitud concentrada y absorta. Causó sensación.

Sin embargo, hasta su muerte en 1977, su prestigio como científico no hizo otra cosa que devaluarse. No podía ser de otra forma, ya que no aparecían pruebas que confirmaran su imaginativa hipótesis.


Una hipótesis que el propio Nabokov reconocía que podía sonar bastante descabellada. Sin embargo tenía algo muy importante a su favor.

Se trataba de una hipótesis científica, es decir que se podía comprobar. (Continuará)

Vladimir Nabokov, el novelista de las mariposas y el ajedrez (I)


jueves 13 de octubre de 2011
Vladimir Nabokov, el novelista de las mariposas y el ajedrez (I)

De todos es conocido el escritor de ascendencia rusa Vladimir Nabokov (1899-1977).
Un autor imprescindible del recién pasado siglo XX que cuenta entre sus novelas, clásicos reconocidos como Lolita y Pálido fuego.

Se trata de una actividad, la de escritor, que es de dominio público. De hecho Lolita fue llevada incluso al cine. Un detalle bien significativo de su conocimiento por el gran público.

La que quizás no sea tan del dominio público es otra de las actividades de Nabokov. Su gran afición por ese deporte-ciencia que es el ajedrez. Tanto que, incluso, le dedicó una de sus primeras y más famosas novelas. Después les cuento algo al respecto de esta actividad.

La que ya es probable que no conozcan, y quizás pudiera sorprender a más de uno, es su faceta como científico, en concreto como entomólogo.


Por lo que sabemos, desde muy pequeño, Vladimir se sintió atraído por las mariposas. Una pasión que heredó de sus padres.

Según él mismo cuenta, con tan solo ocho años de edad, cuando su padre fue encarcelado por las autoridades rusas, a causa de sus actividades políticas, él le llevó una mariposa a la celda como regalo. Un regalo que seguro a su padre le encantó.


Ya de adolescente, a Nabokov le gustaba realizar excursiones para capturar mariposas. Unos ejemplares que después describía con todo cuidado y método, imitando a las revistas científicas que caían en sus manos.

Se trataba de una afición por estos lepidópteros, que le convertirían en un experto autodidacta y que no le abandonaría nunca a lo largo de su vida.

De exilio en exilio
De hecho solía decir que si no hubiera sido por la Revolución Rusa, que obligó a su familia a exiliarse en 1919, se hubiera convertido en lepidopterólogo profesional. Un sueño que por desgracia, o por suerte, con estas cosas nunca se sabe, no pudo llegar a cumplir.

En su exilio europeo, y ya con cierta fama como escritor, Nabokov se dedicó a visitar las mejores colecciones de mariposas existentes en los grandes museos.

Incluso empleó su dinero para financiar una expedición a los Pirineos, donde él y su esposa Vera, capturaron más de un centenar de especies.


Comentarles que Nabokov nunca aprendió a conducir, por lo que dependía de su esposa para que lo llevara a todos los sitios. Qué sería de nosotros sin ellas.

Eran buenos tiempos que, por desgracia, empezaron a oscurecerse con la llegada de los nazis al poder en Alemania. De nuevo los perros de la guerra ladraban en Europa. Y Nabokov, en 1940, emprendió un nuevo exilio, esta vez a Estados Unidos.

Sin embargo, como dice el refrán, “no hay mal que por bien no venga”. Porque fue en este país donde encontró su mayor fama como novelista y también donde más progresó en el estudio de las mariposas.


Mariposas azules
En la década de los 40, Nabokov se obtuvo un sobresueldo como cuidador de las colecciones de lepidópteros del Museo de Zoología Comparada de la Universidad de Harvard.

Y llegó a publicar varios trabajos con descripciones detalladas de cientos de especies. Una importante y reconocida labor como taxonomista. Por el contrario, sus primeras novelas fueron rechazadas por las editoriales. Cara y cruz. (Continuará)

La casa de Claude Monet en Giverny

Por Eduardo Berti

Revista La Nación, Buenos Aires, agosto de 2001


Visitar la antigua casa de Claude Monet, convertida en museo, fundación y máximo atractivo del pueblo de Giverny, ubicado a unos setenta kilómetros al noroeste de París y a orillas del río Sena, equivale a sentirse en medio de uno de sus cuadros más representativos, dentro de un sueño impresionista, hecho de agua, hojas y flores.

Claude Monet tenía 43 años y era ya un pintor reconocido cuando, en abril de 1883, resolvió instalarse allí, en compañía de Alice Hoschedé y de los hijos de sus respectivos matrimonios anteriores. Nacido en París, alumno de Renoir, Sisley y Courbet, Monet había pasado varias temporadas en Argenteuil (nada lejos de Giverny), trabajando literalmente sobre el agua, a bordo de una barca convertida en atelier; había viajado a Londres en 1871, y descubierto la pintura de Turner; había expuesto con regularidad desde que en 1872 el título de un cuadro suyo ("Impression, soleil levant") inspirase a los críticos la palabra impresionismo; había tenido dos hijos, Jean y Michel, con su primera mujer Camille, muerta de tuberculosis en 1879.

En Giverny, a poco de haberse alojado en una pensión, Monet quedó prendado de una casa que entonces era propiedad de un cierto Monsieur Singeot. Primero la alquiló. Luego, a medida que sus telas empezaban a venderse bien, fue urdiendo el proyecto de comprarla. Todo se resolvió por 22 mil francos de aquella época. Entonces Monet transformó el huerto, edificó tres invernaderos, repintó la casa escogiendo el verde para las ventanas y una mezcla de rosa y blanco para la fachada, levantó en 1895 el puente japonés inmortalizado en muchos de sus cuadros y erigió un segundo atelier (1899) en el que incluso alcanzó a montar un laboratorio fotográfico.

"Fue en Giverny que Monet se convirtió en el precursor de la pintura moderna, insensible a todas las tendencias de aquella época", sostiene Gerald Van der Kemp, curador del predio desde 1977. Fue ahí mismo que, trabajando en varias telas a un mismo tiempo ya que cada cual correspondía a una luz determinada, inició también sus famosas series temáticas: los almiares, los álamos, las glicinas y, por supuesto, las célebres ninfeas o nenúfares que diera a conocer a partir del año 1900.

La propiedad se divide en dos terrenos de alrededor de una hectárea, separados en aquellos tiempos por una vía de tren que unía Vernon con Gasny. De un lado quedan los ateliers --uno de ellos, originalmente un granero-- y la vasta casa de dos pisos, cuyos muros interiores han sido adornados no sólo con sus propias pinturas, sino con las estampas japonesas de Utamaro, Kitagawa, Hukai, Sunsho, Toyokuni y Utagawa, entre otros, que Monet había empezado a coleccionar más o menos en 1870. Los Degas, Manet, Delacroix y Cézanne que había comprado o recibido como obsequio de sus colegas se encuentran en la actualidad dispersos por varios museos del mundo.

Cruzando a través de un túnel subterráneo la antigua vía ferroviaria, hoy una ruta, se llega a un terreno vecino que Monet anexara a la mansión en 1893, con el objeto de llevar a cabo un jardín fluvial que, al decir de Van der Kemp, "era asimétrico, exótico, de influencias japonesas e ideal para el ensueño o la fantasía", es decir, todo lo opuesto al huerto normando que rodeaba la casa. Luego de numerosos trámites administrativos, Monet consiguió montar allí un gran estanque, en el que todavía flotan sus nymphées en torno a un bote que debió ser reconstituido tomando como modelo el que aparece en algunos de sus óleos como "La Barque".

"Me llevó algún tiempo entender a mis nenúfares. Los cultivaba por puro placer, sin pensar en pintarlos. Hasta que, de repente, tuve una revelación. Tomé mi pincel. Y desde entonces no he tenido otro modelo", diría el artista, en sus últimos años. Y también, sobre sus muchos óleos pintados a la orilla de su estanque: "Lo esencial del tema es en realidad el espejo de agua cuyo aspecto se modifica todo el tiempo, gracias a las porciones de cielo que allí se reflejan, y que esparcen vida y movimiento. La nube que pasa, la brisa que refresca, el copo que amenaza y que cae, el viento que sopla bruscamente, la luz que mengua y renace, y tantas otras cosas imperceptibles para el ojo de los profanos".

"Las ninfeas son las flores del verano", escribió el filósofo Gastón Bachelard, en un texto consagrado a Monet. "Cuando la flor aparece en el estanque, los jardineros prudentes sacan los naranjos del invernadero. Y si el nenúfar se queda sin flor desde septiembre, es señal de un crudo y largo invierno. Hay que levantarse temprano y trabajar de prisa para hacer, como Claude Monet, buen acopio de belleza acuática, y así contar la breve y ardiente historia de las flores fluviales".

Hacia 1916, cinco años después de la muerte de su esposa Alice, Monet mandó construir un "atelier de los nunéfares"; aunque en realidad para entonces toda la casa, con su huerto, su estanque y sus paseos, era un profundo atelier, como bien dijera su amigo el escritor y político Georges Clemenceau, asiduo visitante de Giverny, lo mismo que Matisse, Renoir, Pisarro, Cézanne, Sisley y otros artistas.

"Más allá de la jardinería y la pintura, no soy bueno para nada", sentenciaba Monet. A tal punto pintura y naturaleza se unían en él, que llegó a quemar en una misma hoguera las hojas caídas y los cuadros que no le satisfacían. "Me he fijado metas imposibles, por ejemplo pintar un espejo de agua con hierba que ondula en el fondo... algo hermoso de ver pero que, a la hora de llevar a una tela, está volviéndome loco", reflexionaba. "Qué difícil es pintar... una verdadera tortura".

Cuando Monet se hizo rico, gracias a la venta de sus obras, pudo contratar jardineros para que el paraiso luciese inmaculado. El jefe de los jardineros (que tenía cinco hombres a su cargo y era a su vez el hijo del jardinero de Octave Mirbeau) se encargó de plantar lirios, amapolas, cerezos, tejos y manzanos. Aun así, él continuaba controlándolo todo: le obsesionaba el paso de las estaciones que implicaba cambios de colores, le fascinaban los juegos infinitos de sombras y de luces, o cómo los narcisos, las azaleas y las lilas, las anémonas, las dalias y las rosas florecían y marchitaban, alternándose. "De ser posible, trato de fijar definitivamente lo que veo. Pero, en general, la visión desaparece rápidamente, para dejar lugar a otros colores".

Los paisajes del predio, ahora recorridos por turistas de todas las nacionalidades, pueden reconocerse de inmediato en muchas de sus obras: desde "Le jardin de l'artiste a Giverny" (1900), hoy expuesto en el Museo de Orsay, hasta "La Maison de Giverny vue du Jardin aux Roses" (1922-24), actualmente en el Museo Marmottan de París. "El hombre está ausente pero todo entero en el paisaje", diría Cezanne de estas telas, en las que Clemenceau creyó entrever hasta la menor "danza de los átomos".

Extasiado ante un cuadro de Monet, el escritor Emile Zola afirmó que éste "contaba toda una historia de energía y verdad", y añadió que, más que un pintor realista, Monet representaba para él "un intérprete delicado y poderoso que sabe plasmar cada detalle sin caer en la sequedad".

"El tema para mí es un objeto secundario, lo que deseo pintar es aquello que se encuentra entre el tema y yo", explicaba Monet al final de su vida, cuando había alcanzado ya a plasmar la ausencia de todo objeto en un cuadro, dando origen a la pintura abstracta contemporánea, tal como lo señalara el mismísimo Kandisnky.

El humor y la vitalidad de Monet decayeron tras la muerte de su hijo Jean, en 1914. Por entonces también empezó a tener problemas de visión. Su fiel amigo Clemenceau lo empujó a emprender una nueva serie en torno a los nenúfares, que acabaría siendo donada al estado francés a comienzos de 1922. Un año después, el artista fue operado con poco éxito de su ojo derecho. La muerte lo sorprendió en Giverny, el 5 de diciembre de 1926.

Su hijo Michel recibió en herencia la casa pero no se mudó a ella, al preferir que la siguiese ocupando y conservando Blanche, nuera del pintor. La decadencia del predio llegaría con la muerte de Blanche, en 1940, y con la del jardinero Lebret. El jardín estaba muy abandonado y algunas pinturas ya habían sido vendidas, cuando Michel Monet, a la sazón 88 años, sufrió un fatídico accidente automovilístico, el 19 de enero de 1966.

Nombrada heredera por Michel Monet, la Academia francesa de Bellas Artes tomó posesión inmediata de la propiedad. Los trabajos de restauración fueron coordinados por los arquitectos y académicos Jacques Carlu y Georges Luquiens. "Nos encontramos con los techos dañados y con las paredes impreganadas de humedad", recuerda Van der Kemp.

Los tres edificios fueron reconstruidos con sus piedras originales. Luego vino la tarea de los interiores, incluidos los dos dormitorios: el de Claude y el de Alice. Una de las empresas más arduas fue la recreación de la cocina y el comedor, que hoy presenta intactos azulejos blancos y azules.

Muchas donaciones para las obras (en las que ya fueron invertidas unos 14 millones de dólares) llegaron de los Estados Unidos, desde particulares como Laurence Rockefeller hasta empresas como el Reader's Digest. A partir de 1988 tres artistas norteamericanos, seleccionados justamente por Reader's Digest, gozan de una beca que les permite alojarse en la casa, usar los ateliers, visitar la región y pintar en los mismos paisajes y rincones donde lo hiciera Monet.

A pesar de los gastos millonarios, la Academia de Bellas Artes no tiene de qué quejarse: en los últimos siete meses, la casa recibió a unas 400 mil personas. "De hecho", informa Van der Kemp, lleno de orgullo, "se trata del lugar más visitado en toda la región de Normandía".

Yann Andréa, el otro amante de Duras

Marguerite Duras y Yann Andréa


por Eduardo Berti

Revista Planeta Humano, Madrid, febrero de 2002

Un hombre de mirada huidiza en el cementerio de Montparnasse. Merodea la tumba de la escritora Marguerite Duras. Cuando presiente que nadie lo ve, se aproxima y --palabras suyas-- "pone orden". Quita los billetes de metro dejados como ofrendas sobre la lápida. Cambia las flores marchitas por otras nuevas. Es como el guardián de un mauseleo.

El hombre se llama Yann Andréa, último amante y compañero de Duras. Desde la muerte de ella, en marzo de 1996, se siente "una basura". Desea morir pero no se atreve a matarse. Y, sin embargo, el 30 de julio de 1998, algo en él parece reaccionar. Llama a su madre. Pide auxilio. La madre apenas lo reconoce: veinte kilos de más. Y eso que, para evitarle un impacto todavía mayor, se afeitó por la noche una tupida barba.

Noviembre de 1998. Tras una cura otoñal junto a su madre, Yann Andréa vuelve a París, dispuesto a instalarse en casa de Duras, a pocos metros del célebre Café de Flore. Y allí, entre libros y objetos que la evocan, escribe en menos de dos meses, febrilmente, un libro que narra su vida con ella: Cet amour-là.

El libro, publicado hace un par de años por la editorial Pauvert, es todo un éxito. Lo invitan a la televisión. Lo nominan para varios premios literarios. Lo leen. Leen su libro que parece la contracara de todos aquellos de Duras con él como protagonista. Leen su prosa que, suscinta y punzante, trae enseguida a la memoria la prosa de ella.

Ahora el libro es llevado al cine. La película también se llama Cet amour là (Este amor) y acaba de ser estrenada en Francia. La directora, Josée Dayan, ha escogido sabiamente a Jeanne Moreau para que haga de Duras. En el rol de Yann, un actor joven: Aymeric Demarigny. Otros rotros pero la misma historia, compleja y tortuosa.

El que dice: "Si mañana me muero o me mato, usted hará un pequeño libro en quince días, estoy seguro". Ella que responde: "No diga eso, Yann, se lo suplico. No diga un pequeño libro. Diga un libro".



El lector absoluto



Yann Andréa tiene poco más de veinte años cuando por azar se topa con un Les Petits Cheveaux de Tarquinia de Marguerite Duras y queda tan deslumbrado por esa prosa que abandona todas las otras lecturas, Hegel, Kant, Stendhal, para consagrarse a esa autora de la que aún ignora el rostro. Se convierte en su lector absoluto, y un día de 1975 oye decir que Duras viajará a Caen, el pueblo donde él vive, para presentar su filme India Song.

Piensa en ir con un gran ramo de flores. No se atreve. Lleva en reemplazo un libro de ella, a la espera de una firma. "Ella firma. Le digo: Quisiera escribirle. Ella da una dirección en París", recuerda en Cet-amour là. Duras narra el encuentro de manera diferente en su Yann Andréa Steiner, publicado en 1992. Dice que él la acompañó luego hasta su auto y que le hizo dos preguntas: si tenía amantes y cuán deprisa conducía de noche. A la primera ella contestó que ninguno, "lo que era cierto". A la segunda: 140.

A partir del día siguiente, Yann empieza a escribirle, incontinente. A Duras le encantan esas cartas casi siempre cortas, como "llamados urgentes enviados desde un lugar invivible". A veces él pone, a guisa de encabezado, el lugar desde el que las remite. Otras veces la hora, el clima (sol o lluvia) o nada más que "frío" o "solo". En La Vie Materielle, Duras confiesa: "Yo también escribí cartas, como Yann hizo conmigo, durante dos años, a alguien que nunca había visto personalmente". Tal vez por esto no le contesta desde un principio.

La primera respuesta llega al cabo de cinco años, a comienzos de 1980. Duras le envía su nuevo libro: L'Homme assis dans le couloir. Yann queda descolocado porque no le gusta tanto como los antecesores. No comprende bien "esa historia de sexo". No quiere mentirle y deja de escribir. El correo trae un segundo ejemplar más una nota: "Tal vez no recibió el primero". Luego otros: Navire Night, Aurélia Steiner y Les Maines négatives. Sobre todo Aurélia Steiner, con una escueta carta que conmueve a Yann: " Estuve enferma, ando mejor, es el alcohol, acabo de terminar esto para el cine, creo que un texto es para usted".

Yann reemprende la correspondencia. Agrega incluso poemas de su autoría. "Algunos me parecieron muy hermosos, otros menos pero no sabía cómo decírselo". Para ella las cartas son "los verdaderos poemas". Yann, entretanto, las raras veces que viaja a París, tiene tanto terror de cruzarse por la calle con Duras que evita la zona de Saint Germain.

Hasta que, en julio de 1980, ella empieza a escribir desde su casa de verano, en Trouville, una columna semanal para el diario Libération, en la que se dirige a cierto "niño de los ojos grises", y Yann tiene la certeza de que esas historias son para él. Resuelve llamar por teléfono. Duras oye su voz, "ligeramente alterada" por los nervios.

«Digo: es Yann. Ella habla. Por mucho tiempo. Tengo miedo de no tener suficiente dinero para pagar la comunicación. Estoy en el correo de Caen. No puedo decirle que pare de hablar. Ella se olvida del tiempo. Y dice: venga a Trouville, no es lejos de Caen.»

Cerca de Trouville, en Normandía, hay una aldea de pescadores denominada Honfleur. Duras propone subirse a su Peugeot y dirigirse allí. Quiere mostrarle "el esplendor del Havre". Ella conduce y él observa, callado. Al punto ella dice: "No va a pagar un hotel, además está todo completo, la habitación de mi hijo está vacía, él no está, puede dormir allí".

Esa noche "ningún ruido vino de esa habitación, igual que cuando estaba sola", escribió ella en Yann Andréa Steiner. La segunda noche conversaron de literatura. La tercera, hicieron el amor. "Usted vino a mi cuarto. No dijimos una palabra. Luego me dijo que yo tenía un cuerpo increíblemente joven". Duras llora. Yann le pide que no lo haga. Ella responde que podría "llorar con todo mi cuerpo". Que escribir, para ella, equivale a llorar.



El último amante



Casi cuarenta años de diferencia hay entre Duras y Yann. El nació en 1952. Ella en 1914. Así y todo, él será su amante. El último. Será el encargado de pasar a máquina sus libros. Será también, con el paso del tiempo, chofer o cocinero o enfermero. Y cuando en 1981 Duras publique Outside, una recopilación de viejos artículos y textos, Yann será quien se ocupe de la selección. "Yo no juzgué los papeles, no los releí. Yann Andréa lo hizo por mí".

El primer libro que él tipea es L'eté 80. Duras se lo dedica. "A Yann Andréa", reza el epígrafe. Lo ha rebautizado (él se llama Jean y Andréa es el nombre de su madre), del mismo modo que ella abandonara el apellido paterno, Donnadieu, para adoptar el nombre de un pequeño pueblo al norte de Marmande en el que su padre había adquirido, en 1931, una propiedad. Duras, se llama el pueblo. Duras, dirá Yann en lugar de Marguerite.

"Nunca pude tutearla. A ella le hubiese gustado. Que la tuteara, que la llamase por su nombre. Pero eso no salía de mis labios".

Llega pronto la primera crisis: Yann es homosexual, dato soslayado en ambos libros (el de ella acerca de él; el de él acerca de ella) pero dicho a las claras por Duras en La vie materielle: "Me ha ocurrido esta historia a los sesenta y cinco años con Y. A., homosexual. Es sin duda lo más inesperado de esta última parte de mi vida, lo más terrorífico, lo más importante".

En su novela La maladie de la mort, Duras pone en el centro de la escena a un homosexual. Algunos críticos entienden que Yann está en la base del personaje. Maurice Blanchot observa, sin embargo, que a lo largo del libro la palabra "homosexualidad" no aparece escrita ni una sola vez. "Todos los hombres son homosexuales en potencia, sólo les falta saberlo" afirma ella en La vie materielle.

Empieza a ocurrir por entonces que Yann abandona a Duras, que ella casi no lo ve. En La pute de la côte Normande puede leerse: "El nunca está aquí, en el piso que habitamos juntos, al borde del mar. Se va a los grandes hoteles, en busca de hombres hermosos. También busca en los campos de golf. Se sienta en el hall del Hotel du Golf y espera, observa. (...) A veces se queda dormido sobre los canapés del Hotel du Golf, pero está tan bien vestido, está tan elegante, Yann, todo de blanco, que lo dejan dormir".

La primera separación de importancia, en junio de 1981, depara el guión de una película. Cuando Yann regresa, Duras lo filma. El no sabe cómo comportarse ante las cámaras. Los planos serán empleados en L'Homme Atlantique. Filme extraño. El actor que aparece en la pantalla es el mismo personaje al que se dirige ella, como narradora en off: objeto y sujeto.

Duras escribe un artículo en Le Monde, anunciando el estreno. Visto que el cine se halla a trasmano, aconseja qué ómnibus tomarse. Pero al final pone: "No vayáis, este filme no está hecho para vosotros". Yann sospecha el motivo de estas frases:

«Quiere guardar la imagen, mi rostro, para ella y nadie más. No soporta que alguien pueda mirarme.»

Siente que Duras lo esconde, que lo mantiene al margen de sus excursiones a la mundanidad de París. "Me encierra", protesta. Un día ella decide presentarlo en público.

«Estamos en Lisboa. Hay una restrospectiva de los films de Duras. Es mi primera salida oficial con ella. No sé dónde ponerme. Ella no me presenta a nadie, no dice nada, me deja olvidado. (...) Durante la cena, alguien me pregunta qué hago. No sé qué responder y entonces digo: nada. Ella está sentada cerca del embajador, al otro lado de la mesa, y escucha la palabra: nada. Dice muy fuerte: es fantástico lo que usted acaba de decir. Ya no sé a quién mirar. Cómo comer. Ella sigue hablando con el embajador. Y luego agrega dirigiéndose a mí, la voz siempre muy fuerte sobre la mesa inmensa: es magnífico, hay que tener coraje para decir estas cosas, usted no hace nada, es exactamente así.»





El periodo Yann Andréa



La relación entre Duras y Yann Andréa dista de ser plácida o sencilla. El parece acomplejado ante la famosa escritora. Ella no se explica su presencia. Un día le dice: "Si yo no fuera Duras, usted nunca me habría mirado". Otro día le da un bolígrafo, una hoja y lo conmina a escribir: "Yo no amo a Marguerite". El no acata. Ella pregunta en seguida: "¿Pero quién demonios es usted? Yo no lo conozco, Yann, no sé quién es ni qué hace aquí conmigo. Si es por el dinero, le advierto que no tendrá nada, nada".

A las sospechas siguen las disputas. En Yann Andréa Steiner, él la acusa de locura por "querer pasarse el día entero escribiendo", mientras Duras lo acusa de querer asesinarla. "Tengo miedo. Como todos los hombres, cada día, aunque más no sea por unos segundos, usted se convierte en un asesino de mujeres". Como un eco resuena aquella frase de Hiroshima, mon amour: "Tú me matas, tú me haces bien". También una vieja declaración: "Siempre he sentido un miedo físico de los hombres con los que viví".

A veces es Duras quien pone patas en la calle a Yann. "Dice: no lo soporto más. Regrese a Caen, se acabó". Pero él regresa a la mañana siguiente o incluso esa misma noche. Ella abre la puerta murmurando: "Se lo echa y vuelve. Usted no tiene dignidad".

Otras veces es Yann quien dice "no puedo más se terminó".

«Ella deja lugar al enojo, deja pronunciar los insultos y luego se acerca, me coge la mano: no, no diga eso, no es cierto, nunca se ha terminado con Duras, y usted lo sabe».

En 1983 Yann Andréa da a conocer un libro titulado M.D. Curiosamente él es el primero de ambos en romper el silencio que envuelve a su relación. Y lo hace, para colmo, con un relato de los excesos alcohólicos de Duras y de su cura de desintoxicación en 1982. El estilo de M.D. es tan parecido al de ella, sus revelaciones tan íntimas (y al mismo tiempo consignadas en un tono tan distante), que muchos llegan a insinuar que acaso el verdadero autor del libro no sea Andréa sino Duras.

En un estudio consagrado a la escritora, Aliette Amel dice que el primer libro de Yann "juega un rol primordial en la evolución de la obra de Duras". Un año después de M. D., ella escribe su "primer libro en primera persona", como le dice por TV a Bernard Pivot. Se trata, claro, de El amante. Premio Goncourt. Exito de críticas y ventas. Para esa misma época los llamados apóstoles del nouveau roman están editando relatos autobiográficos: Claude Simon con Les Géorgiques (1981), Nathalie Sarraute con Enfance ('83) y Robbe-Grillet con Le mirroir qui revient ('85).

Vinculada de forma tangencial al nouveau roman, la obra de Duras será a partir de entonces netamente autobiográfica. Comienza lo que Arnel y otros denominan "el ciclo Yann Andréa". Puede resultar una exageración. Pero en los libros de los años siguientes él aparecerá como personaje más o menos explícito (Les yeux bleus, cheveaux noirs) o incluso, en las novelas tardías, Duras mantendrá un diálogo con él.

Es el caso de Emily L. (1987) o del último libro C'est Tout, que abre:

Y. A.: ¿Que diría usted de usted misma?

M. D.: Duras.

Y. A.: ¿Qué diría usted de mí?

M. D.: Indescifrable.



(Los párrafos en itálica corresponden al libro Cet-amour là, de Yann Andréa, publicado por éditions Pauvert)

viernes, 23 de diciembre de 2011

La cueva de los sueños olvidados



TÍTULO ORIGINAL
Cave of Forgotten Dreams

SINOPSIS
Narrada por Werner Herzog, es la experiencia única de su incursión en la cueva de Chauvet-Pont-d'Arc en Francia. Con 32.000 años de historia en su interior: un tesoro del arte rupestre del Paleolítico, cerrado durante 20.000 años a los ojos del hombre debido a una avalancha de rocas que preservó su pasado.

ELENCO
Werner Herzog • Dominique Baffier • Jean Clottes • Jean-Michel Geneste • Carole Fritz •

FECHA DE ESTRENO
29 de diciembre 2011

DURACIÓN
01:30

CLASIFICACIÓN
G

GÉNERO
Documental

DISTRIBUIDORA
IFC Films

La cueva de los sueños olvidados





La cueva de los sueños olvidados
19 enero 2011

Imagen: Revista Time, Feb 1995. (Fuente)

El domingo 18 de diciembre de 1994, tres espeleólogos franceses abrieron una puerta que llevaba 25.000 años cerrada. Mientras paseaban por cerca del río Ardèche, Jean-Marie Chauvet, Éliette Brunel y Christian Hillaire detectaron una grieta en el suelo que llamó su atención y regresaron al cabo de unas horas con el equipamiento necesario para explorarla. Una vez preparados, se descolgaron con cuerdas y accedieron a una gran cámara, de techos muy altos, y un suelo lleno de huesos de animales. Al enfocar con su lámpara a uno de los saledizos del techo, Brunel descubrió un pequeño mamut pintado en color ocre sobre la pared y no pudo evitar exclamar: “¡Ellos estuvieron aquí!”

¿A quién se refería con la expresión “ellos”? Los autores de aquel mamut pintado en la pared dejaron cientos de pinturas en las galerías de la cueva, las huellas humanas más antiguas datadas hasta la fecha, si los cálculos de los científicos son correctos, y una de las colecciones de arte rupestre más valiosas y sorprendentes del mundo. A lo largo de los 400 metros de la cueva de Chauvet, se han encontrado más de un centenar de pinturas de animales que representan a trece especies diferentes, desde rinocerontes a bisontes o ciervos gigantes, y una abundancia poco habitual de predadores, como los leones, panteras y hienas que se amontonan en las partes más profundas de la cueva.

Imagen: Universidad de Yale

Quien quiera que fueran aquellos artistas, fueron capaces de elaborar unos trazos más sofisticados que los de pinturas datadas en fechas posteriores y de raspar las paredes de la cueva para pintar mejor o simular la tercera dimensión. Después, desaparecieron de aquel lugar y la entrada de la cueva quedó sepultada durante miles de años hasta que Chauvet y sus amigos descubrieron la hendidura y aquel tesoro perfectamente conservado en su interior. “Los restos parecen tan frescos”, asegura uno de los arqueólogos que han tenido ocasión de inspeccionar la cueva, “que da la impresión de que acabamos de interrumpir a los “auriñacienses” en su tarea y acaban de salir precipitadamente”. (Seguir leyendo)

Seducido por la lectura de un artículo sobre la cueva de Chauvet en The New Yorker (ver Fisrt Impressions), el inquieto director Werner Herzog decidió dedicarle su siguiente documental y rodarlo en tres dimensiones para mostrar las sutilezas formales de aquellos primeros artistas. El tráiler de la película ("La cueva de los sueños olvidados"), que se ha publicado hace unos días, permite respirar ese ambiente inquietante de los documentales de Herzog y asomarse a las profundidades de este santuario de los primeros humanos, donde se autoriza a bajar sólo a unos cuantos especialistas.

Cave of Forgotten Dreams from Nate Calloway on Vimeo.



Cave of Forgotten Dreams (Vimeo, 2:12 min)


A medida que se desciende por la cueva, las concentraciones de dióxido de carbono y de radón comienzan a ser peligrosas y pueden provocar alucinaciones. La distribución de las pinturas en la cueva, en etapas progresivas que llevan hasta una oscura cámara donde uno parece rodeado de monstruos, ha llevado a algunos autores a especular con la posibilidad de que la cueva fuera utilizada en una especie de rito “chamánico” de descenso al inframundo.

Mientras se desentraña el misterio, las palabras de Brunel al ver el primer mamut siguen resonando en el interior de la cueva. “¡Ellos estuvieron aquí!”. La respuesta a quiénes eran “ellos”, como apunta el artículo que inspiró a Herzog, tiene mucho que ver con otra más directa: quiénes somos nosotros y qué hacíamos allí hace 30.000 años.

Imagen: Jean Clottes (Smithsonian)

* Nota: Aunque son muy pocos los que pueden bajar a la cueva, tienes la oportunidad de hacer un recorrido virtual en la web oficial. Recomendable.

Ver también: First Impressions (The New Yorker), Cueva de Chauvet (Wikipedia) | La caverna de las ideas (Página 12)