sábado, 25 de febrero de 2012

Remando al viento- Introducción

LOTÓFAGO


Se dice del individuo de ciertos pueblos que habitaban en la costa septentrional de África.
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Del griego λωτοφάγος: "que come loto".

Nuestro custodio Ylagares nos sorprende hoy con este singular vocablo de ascendencia griega. Los lotófagos o "comedores de loto", según la mitología de la época, eran un pintoresco pueblo que se alimentaba únicamente a base de flor de loto (alimento que, tal y como narran los relatos, provocaba una inmediata e irremisible pérdida de memoria, sumiendo al sujeto en un estado de olvido profundo y perpetuo...)

El propio Ylagares nos brinda un fantástico ejemplo de nuestra voz de hoy en La Odisea, poema épico atribuido al poeta griego Homero (siglo VIII a.C.)...
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En su obra, Homero narra las peripecias de Ulises y sus compañeros al arribar a un país extraño en el que los nativos les ofrecen flores de loto. Al ingerirlas, los sufridos navegantes olvidan su patria por completo y deciden quedarse con los lotófagos. Compartimos con vosotros el fragmento alusivo:

…Así que desde allí fuimos arrastrados por fuertes vientos durante nueve días sobre el ponto abundante en peces, y al décimo arribamos a la tierra de los Lotófagos, los que comen flores de alimento. Descendimos a tierra, hicimos provisión de agua y al punto mis compañeros tomaron su comida junto a las veloces naves. Cuando nos habíamos hartado de comida y bebida, yo envié delante a unos compañeros para que fueran a indagar qué clase de hombres, de los que se alimentan de trigo, había en esa región; escogí a dos, y como tercer hombre les envié a un heraldo. Y marcharon enseguida y se encontraron con los Lotófagos. Éstos no decidieron matar a nuestros compañeros, sino que les dieron a comer loto, y el que de ellos comía el dulce fruto del loto ya no quería volver a informarnos ni regresar, sino que preferían quedarse allí con los Lotófagos, arrancando loto, y olvidándose del regreso. Pero yo los conduje a la fuerza, aunque lloraban, y en las cóncavas naves los arrastré y até bajo los bancos…

Para terminar, y como muestra de una aplicación contemporánea y actual de nuestra voz de hoy, os sugerimos un interesante artículo de Manuel José Díaz-Pacheco Galán: ¿Son los alumnos lotófagos?

... ... ... (¿¿¿???), ¡ah, sí!... ya me acuerdo qué venía ahora: ¡hasta el próximo olvido!

¿Son los alumnos lotófagos?

Por Bernardo Fdez.-Caballero Martín-Buitrago, el 13 de noviembre de 2007 a las 12:06 pm en Educación, General
Alguien dijo alguna vez que al final solo quedan las sensaciones… Ya hace tiempo de las Ferias y Fiestas de Herencia, en concreto un mes y 20 días, y solo nos quedan las sensaciones; las sensaciones, un puñado de fotos y un libro azul; un libro azul que durante 15 días estuvo dando vueltas por todas las casas de Herencia, y que ahora después de todo ese tiempo estará guardado en algún cajón de la casa.

En mi caso particular además retengo la sensación concreta de una lectura, una lectura del libro azul, y de un artículo, un artículo escrito por Manuel José Díaz-Pacheco Galán.

Para mí su descubrimiento fue especial, pues todavía recuerdo con agrado la sensaciones que me produjo su lectura, así como los comentarios y divagaciones que originó su disertación con el resto de compañeros.

Sin duda es un artículo que nos propone un gran debate, plural, flexible y participativo, pero sobre todo es un artículo que no deja indiferente, pues tiene la cualidad de invitarte, sin darte cuenta, a la reflexión.

No divago más y os dejo con lo que verdaderamente importa que es el artículo en sí. Aquellos que no lo hayan leído háganlo, no se arrepentirán y aquellos que ya lo conocen… que os voy a decir, vuelvan a disfrutar con su lectura, pero sobre todo con su reflexión.

¿Son los alumnos lotófagos?

El título va encabezado con el sustantivo alumnos, pero podría referirse a cualquier colectivo o a la sociedad en general. Ulises cuando regresa de la Guerra de Troya, después de diez años de guerra, tardará otros tantos años llenos de aventuras en regresar a su patria. Cuando se dirigían a Ítaca un fuerte viento los llevó a la costa de Citera, donde encontraron el país de los lotófagos. Los lotófagos formaban un pueblo extraño: eran pacíficos y se alimentaban de una flor carnosa y blanca llamada loto. Los comedores de loto parecían felices, vivían únicamente en el presente, no sabían quiénes eran sus ante¬pasados ni por qué estaban allí y parecía no importarles en absoluto. Los habitantes de aquellas tierras acogieron con excelente hospitalidad a Ulises y sus hombres, en ningún momento los trataron como extraños, sino como miembros de su propio pueblo. Aquellas gentes no sólo eran amigables, sino que parecían extraordinariamente felices, vivían en eterno presente, sin ningún tipo de preocupación.

Los lotófagos invitaron a Ulises y a los suyos a comer el fruto del loto, pero él, siempre prudente y precavido, les advirtió;
-“No comáis nada extraño. Más vale sufrir hambre que morir envenenado”. Pera ellos replicaron:
-“Nada Malo puede salir de estas gentes, mira cómo nos han tratado desde que llegamos a estas tierras.”

De esta forma, desobedeciendo los consejos de Ulises, algunos de sus hombres aceptaron la invitación y comieron de la dulcísima pulpa de La flor del loto. Ocurrió entonces- que junto al placer del gustoso alimento se sintieron como embriagados y olvidaron todas sus preocupaciones. Los que comieron loto reaccionaron de forma extraña cuando se encontraron con sus compañeros, como si no los reconocieran: habían olvidado sus propios nombres, el de su patria, el de sus padres y sus esposas, no sabían dónde estaban ni hacia donde se dirigían.

Cuando llegó a Ulises la noticia de semejante transformación ordenó que nadie probara ese fruto y se dispuso a alejarse del lugar Los hombres que habían comido loto tuvieron que ser introducidos a la fuerza en las naves, maniatados.
Hay algo extraño, seductor, atractivo, en esta historia. Una flor que produce el olvido es mucho más que una simple droga. Somos lo que somos por la memoria. El pasado nos constituye como personas y como sociedad. Sin pasado no hay futuro. Es lo que les ocurre a los hombres de Ulises, al olvidar el pasado han perdido el futuro, el sentido a sus vidas: han olvidado el regreso. Porque el regreso no sólo es el movimiento hacia atrás, sino hacia delante, es la onda expansiva del pasado.

En mis veinte años de profesor he visto como los alumnos cada vez son más parecidos a los lotófagos, viven sólo en el presente, en el mismo estado de aparente felicidad que tenían estas personas que se encontró Ulises. A la mayoría de los alumnos no les preocupa ni les ocupa lo más mínimo nuestro pasado. Los centros educativos depositarios de saber acumulado de la sociedad, seleccionan lo fundamental y se encargan de transmitirlo a las nuevas generaciones. No podemos despreciar lo que se enseña en las escuelas, deberíamos valorarlo como algo fundamental, para crecer como individuos y como sociedad.
¿No habremos convertido a nuestros chicos en lotófagos, a los que sólo les importa el presente, un presente disfrazado de artilugios, móviles, messenger, internet, MP3, PSP game boy, play station, i-pod, xbox…, que producen el mismo efecto que la flor de loto? Los chicos viven en un estado de aparente placidez, sin otra preocupación que poder tener la flor de loto para seguir en el continuo presente, olvidando lo fundamental para luchar por el futuro.

Se han olvidada muchos de los principios que gobernaban las familias, las escuelas y la sociedad, no importan porque son del pasado y el pasado no existe, no importa de dónde venimos y por lo tanto nos da igual el futuro. Hace 25 años los chicos nos sentíamos depositarios de una serie de principios que parecían irrenunciables. Por ejemplo cuando ibas a vendimiar o trabajar ajeno, se convertía en sagrado el cumplir con la obligación y que no te llamaran la atención, parecía que en estos actos se ponía en juego el honor familiar y tenías que actuar de manera que la consideración tuya y por extensión la de tu familia quedara en buen lugar. Ahora da la impresión de que todos esos principios se identifican con una sociedad arcaica y trasnochada, que todo da igual.

La lotofagia tiene unas consecuencias nefastas en la educación, porque cría a los chicos en la imagen despreciando la palabra, lo que les deja en una situación muy complicada para aprender, porque la palabra es fundamental para educar a las personas, porque, como dice José Antonio Marina, la inteligencia humana es una inteligencia lingüística. Sólo gracias al lenguaje podemos desarrollarla, comprender el mundo, inventar grandes cosas, con¬vivir, aclarar nuestros sentimientos, resolver nuestros problemas, hacer planes, Una inteligencia llena de imágenes y vacía de palabras es una inteligencia mínima, tosca, casi inútil.
Cuando intentas hablar con los alumnos en clase y se les pide que expresen su opinión sobre cualquier tema que estemos estudiando, las expresiones se limitan a monosílabos o en el mejor de los casos se dan las siguientes expresiones: “yo me entiendo, pero no sé explicarlo”, “yo es que no sé, es que.,.”, por no hablar de otras expresiones que me resultan irreproducibles por escrito. La palabra no es fundamental para la comunicación de muchos alumnos, lo que les ocasiona gravísimos problemas, no sólo en el ámbito educativo, sino también en lo emocional y social.

Para que nuestra inteligencia sea viva, flexible, perspicaz, divertida, racional, convincente, necesitamos, en primer lugar, saber muchas palabras. No se trata de un adorno, sino de algo más importante. Cada vocablo es una herramienta para analizar la realidad. Por ejemplo, el vocabulario sentimental nos permite aclarar lo que sentimos. En él está sedimentado el saber de nuestros antepasados, las diferencias que han descubierto en el complejo y resbaladizo mundo afectivo. Ser miedoso no es lo mismo que ser cobarde. Sentir celos no es lo mismo que amar. Ser listo no es lo mismo que ser inteligente. Podemos pasarnos de listos, pero nunca nos pasaremos de inteligentes.

La imagen es una totalidad que nos seduce por la rapidez con que la captamos. La explicación, el razonamiento, la argumentación son frutos pausados de la palabra. La lectura nos parece más lenta que la imagen porque en la imagen lo vemos todo de golpe, mientras que el lenguaje esta expuesto en líneas, Pero es precisamente al poner en líneas lo que vemos en bloques cuando la inteligencia se desarrolla, porque entonces puede explicar las cosas, es capaz de razonar, de decidir justamente, de elaborar planes. Aquí está la gran utilidad de la palabra, que nos enseña a explicar y a explicarnos lo que somos, lo que sentimos, lo que nos ha pasado, lo que nos gustaría que sucediera.

Leer, hablar, escribir, es decir, explicar, comprender y disfrutar el mundo con palabras es una condición indispensable para desarrollar la inteligencia humana. Huir de la línea escrita es huir del argumento, de la razón, de la claridad, del análisis, de la capacidad de crítica.

¿Qué podemos hacer para no sucumbir a la flor de loto?, Ulises ató a sus compañeros y los embarcó. ¿Seremos capaces de tomar decisiones en contra de lo que desean los navegantes?.

Fuente: Libro de Feria y Fiestas 2007
Autor: Manuel José Díaz-Pacheco Galán

En el WC

Estaba en un restaurante y mientras iba al baño, vi como otra persona tomaba el mismo camino que yo. Al entrar al baño, observé cómo ocupaba uno de los dos compartimentos, que eran de esos que no llegan hasta el techo.

Yo, lógicamente, entré en el otro. De repente, oigo que me dicen:

-¡Hola!

Yo seguí callado, pero el tipo vuelve a decir:

-¡Hola! ¿Me escuchas?

Yo, para no parecer mal educado, contesté:

-¡Hola!
Y el tipo pregunta:

-¿Cómo estás?

A lo que contesté:

-Bien, gracias, un poco cansado.

Y el tipo dice:

-¿Qué haces?

Yo ya estaba intrigado, pensé, siempre hay gente muy rara en este mundo, y contesté:

-¿Y qué voy a estar haciendo? Lo mismo que tú, ¡Cagando!

Inmediatamente oigo:

-¡Oye, te llamo después porque tengo a un imbécil al lado, que está contestando a todas mis preguntas!

Franz Kafka, Ante la Ley


Ante la ley hay un guardián. Un campesino se presenta frente a este guardián, y solicita que le permita entrar en la Ley. Pero el guardián contesta que por ahora no puede dejarlo entrar. El hombre reflexiona y pregunta si más tarde lo dejarán entrar.

-Tal vez -dice el centinela- pero no por ahora.

La puerta que da a la Ley está abierta, como de costumbre; cuando el guardián se hace a un lado, el hombre se inclina para espiar. El guardián lo ve, se sonríe y le dice:

-Si tu deseo es tan grande haz la prueba de entrar a pesar de mi prohibición. Pero recuerda que soy poderoso. Y sólo soy el último de los guardianes. Entre salón y salón también hay guardianes, cada uno más poderoso que el otro. Ya el tercer guardián es tan terrible que no puedo mirarlo siquiera.

El campesino no había previsto estas dificultades; la Ley debería ser siempre accesible para todos, piensa, pero al fijarse en el guardián, con su abrigo de pieles, su nariz grande y aguileña, su barba negra de tártaro, rala y negra, decide que le conviene más esperar. El guardián le da un escabel y le permite sentarse a un costado de la puerta.

Allí espera días y años. Intenta infinitas veces entrar y fatiga al guardián con sus súplicas. Con frecuencia el guardián conversa brevemente con él, le hace preguntas sobre su país y sobre muchas otras cosas; pero son preguntas indiferentes, como las de los grandes señores, y, finalmente siempre le repite que no puede dejarlo entrar.

El hombre, que se ha provisto de muchas cosas para el viaje, sacrifica todo, por valioso que sea, para sobornar al guardián. Este acepta todo, en efecto, pero le dice:

-Lo acepto para que no creas que has omitido ningún esfuerzo.

Durante esos largos años, el hombre observa casi continuamente al guardián: se olvida de los otros y le parece que éste es el único obstáculo que lo separa de la Ley. Maldice su mala suerte, durante los primeros años audazmente y en voz alta; más tarde, a medida que envejece, sólo murmura para sí. Retorna a la infancia, y como en su cuidadosa y larga contemplación del guardián ha llegado a conocer hasta las pulgas de su cuello de piel, también suplica a las pulgas que lo ayuden y convenzan al guardián. Finalmente, su vista se debilita, y ya no sabe si realmente hay menos luz, o si sólo lo engañan sus ojos. Pero en medio de la oscuridad distingue un resplandor, que surge inextinguible de la puerta de la Ley. Ya le queda poco tiempo de vida. Antes de morir, todas las experiencias de esos largos años se confunden en su mente en una sola pregunta, que hasta ahora no ha formulado. Hace señas al guardián para que se acerque, ya que el rigor de la muerte comienza a endurecer su cuerpo. El guardián se ve obligado a agacharse mucho para hablar con él, porque la disparidad de estaturas entre ambos ha aumentado bastante con el tiempo, para desmedro del campesino.

-¿Qué quieres saber ahora?-pregunta el guardián-. Eres insaciable.

-Todos se esfuerzan por llegar a la Ley -dice el hombre-; ¿cómo es posible entonces que durante tantos años nadie más que yo pretendiera entrar?

El guardián comprende que el hombre está por morir, y para que sus desfallecientes sentidos perciban sus palabras, le dice junto al oído con voz atronadora:

-Nadie podía pretenderlo porque esta entrada era solamente para ti. Ahora voy a cerrarla.

viernes, 24 de febrero de 2012

Emilia Pardo Bazán, El alma de sirena

Emilia Pardo Bazán, El alma de sirena

Emilia Pardo Bazán y de la Rúa, condesa de Pardo Bazán (La Coruña, 16 de septiembre de 1851 - Madrid, 12 de mayo de 1921) fue una novelista, periodista, ensayista y crítica española introductora del naturalismo en España [+ Biografía]


Emilia Pardo Bazán (1851-1921): Vida y obra
Ya los cipreses del campo santo no resaltaban sobre fondo de púrpura, sino sobre el lánguido matiz de agua marina que precede a la obscuridad. Leonelo, llevando en un cestillo su cosecha de flores de muerte, salió del recinto, y por el sendero, apenas abierto entre la hierba húmeda, se dirigió a la quinta, en cuyas vidrieras aún espejeaba el último rayo del sol poniente.
Llenaban y acentuaban la soledad ruidos extraños, cadencias amortiguadas, suaves, que sugerían algo no perceptible para los sentidos. Eran quizás susurros de follaje estremecido por los dedos de sombra de la noche; revueltos de aves acomodándose en el nidal, para dormir erizando sus plumas; quejas flébiles del agua, que en las horas nocturnas solloza libremente, sin tener que reprimirse ante la alegre y burlona mirada del sol; resonancias del mar en la no lejana playa, propagadas en el aire tranquilo, con fúnebre solemnidad de hondo canto gregoriano, y, transmitidas de eco en eco, estrofas de cantares pastoriles, allá en el monte, donde se recogían al establo los lentos bueyes y las vacas de temblantes ubres. Leonelo se detuvo un instante, acortado de aliento, y se sentó en una piedra vieja, toda mullida de musgo, a escuchar aquel concierto vagamente difundido por los ámbitos del aire sosegado ya. De la cestilla ascendía aroma: Leonelo, al aspirarlo, sintió una embriaguez de recuerdos. Se levantó y continuó su camino.

Pasó la verja de la quinta. Moro, el perro de guarda, le recibió con la alegre y humilde efusión de costumbre. Todas las puertas estaban abiertas; en la salita, sobre la gran mesa de rudo castaño, el criado había puesto la encendida lámpara, y contra su tubo de cristal, las falenas, idealistas empedernidas, soñadoras de la luz, se destrozaban las alas de polvillo de plata y los coseletes de felpa, cayendo abrasadas en un éxtasis de martirio. Leonelo se encajó en el sillón de cuero lustrado por el uso, y colocó ante sí el ligero cesto de mimbres: las flores cortadas lo colmaban en gracioso y artístico desorden.

-¡Las mismas flores, las mismas que crecen a la orilla de la presa del molino, en el sendero, en los matorrales de la linde, en cada rincón! -murmuró alto, con asombro inmenso.

Hasta aquel instante no se había dado cuenta del hecho sencillo y maravilloso: las flores del campo santo eran exactamente idénticas a las otras, a cualesquiera. Las manzanillas tenían el propio olor amargo, igual blancura abrasada en el centro por toque súbito de rubor; las trigueñas madreselvas, igual penetrante aroma; las cicutas, el eterno oro vivaz de sus pétalos; las digitales, la habitual primorosa elegancia de sus campanas atigradas y velludas. ¿Era posible que no se diferenciasen de las que sólo absorbían jugos de terruño, aquellas flores nutridas con la sustancia de alguien que le había amado a él, que le había amado tanto, hasta la última hora del vivir?

Sobre la fosa de Sirena -fue depuesta en tierra, hasta sin ataúd, por su expresa voluntad- brotaban aquellas flores que Leonelo contemplaba fascinado, a las cuales preguntaba secretos de la región desconocida. Si el mundo fuese algo más que incoherente sueño; si bajo las apariencias estuviese oculta la raíz sagrada de la verdad, las flores que Leonelo revolvía con diestra febril debían manar sangre y gotear llanto. No lucía en ellas sino el primer rocío vespertino, pálido aljófar apenas visible. El alma de Sirena no se escondía en sus cálices.

Por la ventana, abierta sobre el cortinaje movible y frondoso del jardín, entró con ímpetu algo negro, que vino a batir contra la lámpara y mató la luz, arrancándole un estertoroso gemido. La sala quedó a obscuras, y al rostro del aterrado Leonelo se adhirieron dos como palmas de manos frías, palpitantes, y unos labios glaciales, yertos para siempre. Leonelo echó atrás la cabeza y se desvaneció de terror, de superstición, de un miedo sobrenatural al beso funerario que recibía.

Cuando recobró el conocimiento, el criado estaba allí; había vuelto a encender la lámpara, cerrado la ventana, y a toallazos aturdido al murciélago, que semivivo yacía encima de las flores, apagando la alegría del colorido con la mancha de humo de sus alas encogidas y de su cuerpo de visión goyesca.

«¡Un avechucho horrible! -pensó dolorosamente Leonelo-. ¡No fue tampoco el alma de Sirena la que me acarició la cara!»

Se levantó vacilando; se dirigió a su dormitorio y descolgó de la cabecera de la cama una pálida miniatura, con cerco de oro cincelado. La aproximó a la lámpara y surgió una figurita con traje blanco, encuadrada en una orla de castaños cabellos. Leonelo se esforzaba en reconstruir, con los rasgos de la miniatura, la imagen familiar de la mujer que ya iba borrándose allá dentro de su memoria. ¿Era Sirena, la verdadera Sirena? ¿Qué, tenía aquel cuello delgado, aquel talle redondo, aquel corte de cara que se prolongaba hacia la barbilla, aquellas sienes deprimidas, aquellos ojos? ¡No; los ojos de Sirena no podían retratarse! ¡Miraban de otra suerte, con una expresión tan distinta! Lo que miraba por los ojos de Sirena era también su alma, un alma intensa, de múltiples capas agitadas y espumantes que terminaban en sereno fondo, criadero de perlas magníficas. El pintor se había limitado a copiar un fugaz momento de expresión del mirar de Sirena; tal vez aquel en que, pudorosa o fatigada, su alma se recogía al santuario, y aparecía únicamente en las anchas pupilas el agua muerta, el cendal que encubre los misterios. Leonelo depositó la miniatura sobre la mesa, apoyó en ella los codos, descansó la frente en las cruzadas manos, y, cerrando los ojos, prestó oído, involuntariamente, al ritmo de su corazón.

Lo sintió desigual, ora precipitado y violento, ora desmayado, torpe, confuso. Ya se activase, ya se adurmiese, causaba a Leonelo un dolor sordo, fijo, cual si una mano estuviese comprimiendo la víscera, sin estrujarla, gozándose en percibir y prolongar el sufrimiento. Dominando la sensación flotaba en el cerebro la idea triste: «No la encuentro, no la encontraré en ninguna parte, nunca. Es inútil que llame a su alma; no está ni en las flores, ni en el aire, ni en la placa de marfil de una miniatura...» Como si desde lejos le respondiesen, su corazón, entre los dedos infatigables, atormentadores, se debatió, saltó, y con su aleteo, formó una palabra, zumbadora en los oídos. Decía: «Aquí.»

-¡Aquí! -repitió con alocada vehemencia Leonelo.

No podía dudarlo; el alma de Sirena, ¿dónde había de estar? Libre ya de su cuerpo, libre de toda traba, libre en absoluto, se había refugiado en el sitio preferido, de elección. Y era ella la que, poco a poco, para mejor delatar su presencia, oprimía el corazón olvidadizo, le obligaba al recuerdo. Quedamente, quedamente, zumbando de un modo sordo y fatídico, repetía:

-¡Aquí! ¿Por qué me buscabas fuera?

-¡Las mismas flores, las mismas que crecen a la orilla de la presa del molino, en el sendero, en los matorrales de la linde, en cada rincón! -murmuró alto, con asombro inmenso.

Hasta aquel instante no se había dado cuenta del hecho sencillo y maravilloso: las flores del campo santo eran exactamente idénticas a las otras, a cualesquiera. Las manzanillas tenían el propio olor amargo, igual blancura abrasada en el centro por toque súbito de rubor; las trigueñas madreselvas, igual penetrante aroma; las cicutas, el eterno oro vivaz de sus pétalos; las digitales, la habitual primorosa elegancia de sus campanas atigradas y velludas. ¿Era posible que no se diferenciasen de las que sólo absorbían jugos de terruño, aquellas flores nutridas con la sustancia de alguien que le había amado a él, que le había amado tanto, hasta la última hora del vivir?

Sobre la fosa de Sirena -fue depuesta en tierra, hasta sin ataúd, por su expresa voluntad- brotaban aquellas flores que Leonelo contemplaba fascinado, a las cuales preguntaba secretos de la región desconocida. Si el mundo fuese algo más que incoherente sueño; si bajo las apariencias estuviese oculta la raíz sagrada de la verdad, las flores que Leonelo revolvía con diestra febril debían manar sangre y gotear llanto. No lucía en ellas sino el primer rocío vespertino, pálido aljófar apenas visible. El alma de Sirena no se escondía en sus cálices.

Por la ventana, abierta sobre el cortinaje movible y frondoso del jardín, entró con ímpetu algo negro, que vino a batir contra la lámpara y mató la luz, arrancándole un estertoroso gemido. La sala quedó a obscuras, y al rostro del aterrado Leonelo se adhirieron dos como palmas de manos frías, palpitantes, y unos labios glaciales, yertos para siempre. Leonelo echó atrás la cabeza y se desvaneció de terror, de superstición, de un miedo sobrenatural al beso funerario que recibía.

Cuando recobró el conocimiento, el criado estaba allí; había vuelto a encender la lámpara, cerrado la ventana, y a toallazos aturdido al murciélago, que semivivo yacía encima de las flores, apagando la alegría del colorido con la mancha de humo de sus alas encogidas y de su cuerpo de visión goyesca.

«¡Un avechucho horrible! -pensó dolorosamente Leonelo-. ¡No fue tampoco el alma de Sirena la que me acarició la cara!»


Se levantó vacilando; se dirigió a su dormitorio y descolgó de la cabecera de la cama una pálida miniatura, con cerco de oro cincelado. La aproximó a la lámpara y surgió una figurita con traje blanco, encuadrada en una orla de castaños cabellos. Leonelo se esforzaba en reconstruir, con los rasgos de la miniatura, la imagen familiar de la mujer que ya iba borrándose allá dentro de su memoria. ¿Era Sirena, la verdadera Sirena ? ¿Qué, tenía aquel cuello delgado, aquel talle redondo, aquel corte de cara que se prolongaba hacia la barbilla, aquellas sienes deprimidas, aquellos ojos? ¡No; los ojos de Sirena no podían retratarse! ¡Miraban de otra suerte, con una expresión tan distinta! Lo que miraba por los ojos de Sirena era también su alma, un alma intensa, de múltiples capas agitadas y espumantes que terminaban en sereno fondo, criadero de perlas magníficas. El pintor se había limitado a copiar un fugaz momento de expresión del mirar de Sirena; tal vez aquel en que, pudorosa o fatigada, su alma se recogía al santuario, y aparecía únicamente en las anchas pupilas el agua muerta, el cendal que encubre los misterios. Leonelo depositó la miniatura sobre la mesa, apoyó en ella los codos, descansó la frente en las cruzadas manos, y, cerrando los ojos, prestó oído, involuntariamente, al ritmo de su corazón.

Lo sintió desigual, ora precipitado y violento, ora desmayado, torpe, confuso. Ya se activase, ya se adurmiese, causaba a Leonelo un dolor sordo, fijo, cual si una mano estuviese comprimiendo la víscera, sin estrujarla, gozándose en percibir y prolongar el sufrimiento. Dominando la sensación flotaba en el cerebro la idea triste: «No la encuentro, no la encontraré en ninguna parte, nunca. Es inútil que llame a su alma; no está ni en las flores, ni en el aire, ni en la placa de marfil de una miniatura...» Como si desde lejos le respondiesen, su corazón, entre los dedos infatigables, atormentadores, se debatió, saltó, y con su aleteo, formó una palabra, zumbadora en los oídos. Decía: «Aquí.»

-¡Aquí! -repitió con alocada vehemencia Leonelo.

No podía dudarlo; el alma de Sirena, ¿dónde había de estar? Libre ya de su cuerpo, libre de toda traba, libre en absoluto, se había refugiado en el sitio preferido, de elección. Y era ella la que, poco a poco, para mejor delatar su presencia, oprimía el corazón olvidadizo, le obligaba al recuerdo. Quedamente, quedamente, zumbando de un modo sordo y fatídico, repetía:

-¡Aquí! ¿Por qué me buscabas fuera?

Emilia Pardo Bazán
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Obras recomendadas de las distintas etapas de la literatura española

Emilia Pardo Bazán (1852 - 1921)



Biografía | Obra Literaria

Biblioteca Virtual: Cuentos de Emilia Pardo Bazán y otras lecturas recomendadas de la literatura española del s.XIX
Biografía:

Emilia Pardo Bazán nació en La Coruña el año 1852, hija de una familia aristocrática. Ya desde muy niña demostró una gran afición por la lectura y empezó a escribir con gran precocidad. En 1868 se casó y se fue a vivir a Madrid.

Viajó mucho por Europa y dio conferencias en París. Siempre se mantuvo atenta a las novedades literarias europeas, y en 1881 fue la primera que divulgó y defendió el Naturalismo francés en España en una serie de artículos recogidos después en libro con el título de La cuestión palpitante . Unos años después fue también una de las primeras en señalar el declive del Naturalismo y su sustitución por nuevas corrientes espiritualistas. Sostuvo una relación con Galdós, de la que se ha conservado la correspondencia amorosa. Fue una mujer independiente, excepcional en la España de su época y precursora de las ideas feministas actuales.

La escritora siempre encontró serios obstáculos para lograr el reconocimiento de los ambientes intelectuales, reacios a admitir mujeres. Tuvo que esperar hasta 1916 para ser nombrada catedrática de Literatura, venciendo la oposición de los profesores de la Universidad Central de Madrid. No logró, sin embargo, ser admitida en a Real Academia Española.

Murió en 1921.