viernes, 7 de junio de 2024

NEOSAPIENS : Edmund Dulac: Las Mil y Una Noches de la Creación por Zothique

 

NEOSAPIENS : Edmund Dulac: Las Mil y Una Noches de la Creación

Edmund Dulac

The Arabian Night - Cover presentation of interior - Edmund Dulac

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Ilustration Arabian Night - Ilustration 0I - Scheherazada - Edmund Dulac

Ilustration Arabian Night - Ilustration 02 - Woman with Black Panther - Edmund Dulac

Ilustration Arabian Night - Ilustration 03 - Edmund Dulac

Ilustration The Arabian Night 04 - Sinbad - Edmund Dulac

Ilustration The Arabian Night 04 - Sinbad Episode of Snake - Edmund Dulac

Ilustration The Arabian Night 06 - Sinbad - Edmund Dulac



Ilustration The Arabian Night 08 - The Fisherman and the Genie - Edmund Dulac

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Unas dulces palabras salieron de los labios de Scherezada, narrando otro de sus cuentos en largas noches sin fin. Su voz melodiosa apaciguaba la ira del Sultán Schariar, que le escuchaba con mucha  atención. Aquella noche, Scherezada no narró sus acostumbradas historias oníricas, sino,  algo que trascendía la barrera del tiempo y espacio. En su lecho nupcial, mientras sus delicadas manos acariciaban el cuerpo desnudo del sultán, habló sobre un lugar que se extiende más allá de aquel mundo imaginario en lejanas dimensiones;  habló de un hermoso planeta azul…. llamado tierra.

  Scherezada describió grandes ciudades rectangulares distribuidas por los cuatro continentes de aquel planeta, sobrecargadas de extraños carruajes y pájaros de acero que surcaban sus cielos. Pero, de todo lo descrito en este cuento maravilloso, nada sobrecogió más al sultán que los seres denominados «Djines líquidos»: artistas sumergidos en mundos imaginarios  donde el color y la forma eran parte de su ser. Lo paradójico de ese extraño relato, era que ella nunca imaginaría sus palabras como una invocación; un cíclico vaivén cósmico trasladado a lejanas dimensiones, donde la tinta del artista  convertía a su interlocutora en una sucesion de trazos. Una expresión imaginativa se grababa en un soporte de papel reflejando el momento exacto en que ella contaba su historia al sultán.

  El artista siguió trazando  nuevas ideas, dibujando historias de las noches de arabia, llegando a crear una de sus imágenes más enigmáticas y jamas contadas «El último acto del Djin oscuro»: la batalla sin fin de dos grandes genios, representados por su dualidad de la creación y destrucción, que fueron absorbidos por un acto cósmico realizado por uno de los rivales; convirtiéndose esta nigromancia en una reacción en cadena que afectó sus otros «yoes», y repitiéndose continuamente en las mil y una dimensiones de las infinitas Scherezades arquetípicas, volviendo luego al punto de origen donde terminaba de narrarse el relato. Aquel Djin arquetípico que se vio consumido por su propia obra, llego a salir de su lámpara humana en el país de los galos, Francia, siendo uno de los últimos protagonistas de la edad de  oro de la ilustración del siglo XX, nos referimos al prolífico ilustrador Edmund Dulac.

  Edmund Dulac  nace el 22 de octubre de 1882 en la bella ciudad de Toulouse, Francia. Estudió la carrera  de derecho en la universidad de su ciudad natal y simultáneamente tomó clases de dibujo en la escuela de bellas artes. Mostrando su verdadera vocación, abandona el derecho para dedicarse por entero a la pintura y la ilustración, ganando varios premios en la Ecola des Beaux Arts.

  A la edad de 22 años  se traslada a Londres. Iniciando acuerdos con la Galeria de Arte Leicester  y  la editorial Holder & Stoughton, vende sus primeras ilustraciones por comisión y luego hace un convenio con la editorial Holder & Stoughton,  comprando esta los derechos de su pinturas para utlilzarlas como ilustraciones de libros de lujo. Estas publicaciones se hacian de manera anual, siendo sus obras ediciones tales como: «The Arabian Nights» (1907), una edicion de William Shakespeare‘s «The Tempest» (1908), «El Rubaiyat» de Omar Khayyam (1909), «La Bella Durmiente y otros Cuentos de Hadas» (1910), «Cuentos de Hans Christian Andersen» (1911), «Las Campanas y otros Poemas» de Edgar Allan Poe (1912), entres otros.

  Para el 17 de febrero de 1912, Dulac se convierte en ciudadano británico. Colabora en la Primera Guerra Mundial confeccionando una serie de ilustraciones de libros  de socorro, incluyendo  un libro ilustrado para la Cruz Roja Francesa (1915). Terminada la primera guerra mundial las ediciones ilustradas decaen convirtiéndose en rarezas de colección, finalizando de esa manera la carrera de Dulac en ese medio editorial y continuando en otras areas  tales como: la caricatura, el retrato, los trajes teatrales, escenografía, ex libris, cajas de chocolate, las medallas, entre otros.

  Se le encarga el diseño de los sellos de correo de Gran Bretaña, incluyendo el sello de la coronación del Rey Jorge VI. También contribuye con una serie de sellos para la conmemoración en 1948 de los Juegos Olímpicos de Verano y confecciona los billetes de la Francia libre durante La Segunda Guerra Mundial, continuando con una incansable produccion de libros hasta el día de su muerte

  Este Djin inmortal del lápiz y el pincel, muere de un ataque al corazón un 25 de mayo de 1953, dejando en su existencia física un legado ilustrativo y mágico. Imaginemos, como el cuento maravilloso de Scherezada, que la existencia de Edmund Dulac está en un plano donde la magia continúa su infatigable creación de otras dimensiones ilustradas; pero esta vez no en una hoja de papel, sino expulsada de planos cósmicos convirtiéndose en la matriz de otros djines que continuarán creando eternamente.

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Fin.

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Markus Edjical Goth

Las mil y una noches… para adultos

 

Las mil y una noches… para adultos

Las mil y una noches... para adultos
Hugo Masse

Hugo Masse

 Inspiración

Hay acontecimientos que suceden sólo una vez en la vida. Yo, por ejemplo, recuerdo la primera vez que escuché el álbum The Dark Side of the Moon de Pink Floyd, y casi podría afirmar que esa tarde fue cuando terminó mi infancia. Si alguna vez se patenta la tecnología para borrar la memoria con precisión quirúrgica, voy a pedir que se borre ese momento, tan sólo para volver a vivirlo.

Me imagino que algo parecido le ocurrió a la gente en la Inglaterra victoriana cuando lograba saltarse las cercas de la represión sexual de esa época. Una forma en que esto ocurría era a través del arte: los cuadros con ángeles y personajes mitológicos a menudo eran representados por mujeres que, a no ser por breves y vaporosos paños, estaban desnudas. Y en la literatura, cuando estas criaturas decimonónicas descubrieron el exotismo oriental, lo abrazaron con fuerza, pues les permitía escapar del corsé de las convenciones sociales. Y Las mil y una noches, traducido por el orientalista Richard F. Burton, cumplía muy bien con ese cometido, pues en su versión “directa y literal”, además de usar excesivamente arcaísmos del inglés, estaba fuertemente condimentada con escenas sexuales inusitadamente explícitas.

La fuerte impresión que esto debió de haber tenido en la sociedad está plasmada en una escena de Drácula (1992) de Francis Ford Coppola. El director buscó que el largometraje tuviera un aire de sueño erótico, y esto resulta evidente en una escena en la que vemos a las recatadas Mina y Lucy leyendo a escondidas un libro con ilustraciones que mostraban actos sexuales de parejas vestidas con ropas estrambóticas: sin duda era Las mil y una noches.

Tal vez la juventud actual, cada vez más partícipe del sexting, tenga un tanto complicado entender por qué en esa época se armó un gran revuelo por esta publicación. Curiosamente, las sociedades premodernas en las que las mujeres llevan el torso desnudo también se rascarían la cabeza al lado de nuestra juventud sexteadora: seguramente la clave está en el hecho de que basta con que algo se vuelva tabú para que se convierta en obsesión y objeto de nuestro deseo. Y el cuerpo humano —en especial el femenino—, con excepción del rostro y las manos, era un tabú en la Inglaterra victoriana.

He ahí el atractivo del exotismo oriental, cuyas corrientes profundas corren a lo largo de la literatura de hace dos siglos. En una sociedad como la victoriana, en la que cada persona tenía un lugar fijo que ninguno podía eludir, leer acerca de omnipotentes visires y rajás cuya sociedad y religión les permitía —o exigía— demostrar su valía con fastuosos palacios y con harenes en los que podían gozar de eso que para ellos era tabú, constituía un acto inmoral sólo excusable por el exotismo del asunto: sería impensable que la reina Victoria realizara actos similares, pero si era el maharajá de algún reino que ni siquiera se sabía si existía en realidad, nadie podía sentirse ofendido.

Richard F. Burton conocía bien a su sociedad y, cuando publicó sus diarios de viaje, había comprobado que estaba tan interesada como él en la sexualidad. En ellos, se extendía en detalles como la longitud peniana de diversas etnias y las prácticas sexuales de otros pueblos —implicando su propia participación en las mismas—, con los que exacerbaba el morbo de sus contemporáneos, quienes oscilaban entre el disgusto y la curiosidad, y quizá por ello toleraban su Sociedad Kama Shastra, un club privado con el cual eludió las leyes que prohibían cualquier publicación “obscena”. En asociación con Forster Fitzgerald Arbuthnot, Burton publicó diversas obras eróticas orientales, incluyendo el Kama Sutra, el Jardín perfumado y, por supuesto, la obra que inspiró este texto.

Cabe preguntarse si los detalles picarescos resultan necesarios en traducciones como la de Mardrus al francés, de la cual dice Borges que es licenciosa en ambos sentidos de la palabra, o la de Burton, “antropológica y obscena”. Desconozco la razón por la que hasta ahora nunca me había preguntado esto: ¿Por qué el rey Schahzaman de Salamarcanda Ti-Ajam decidió un día mandar degollar a su esposa, esclavas y esclavos, y pidió que su visir le llevara a una joven virgen, a quien desposaba, desfloraba y degollaba al amanecer? Cuando niños, esa parte del cuento era irrelevante e imprecisa, un detalle insignificante en el prólogo al desfile de maravillosos relatos —pues, como sabemos, Scheherezada, la hija del visir, terminó con la matanza al contarle una aventura distinta cada noche y abundar en los detalles a fin de dejarla inconclusa y, mediante esta táctica, postergar su ejecución una noche más—; pero la razón es la siguiente:

Cuéntase que hubo un rey entre los reyes de Sassan que tenía dos hijos. Llamábase el mayor Schahriar y su hermano, Schahzaman. Un día el mayor sintió vehementes deseos de ver a su hermano, por lo que ordenó a su visir que partiese y volviese con él, lo cual hizo; Schahzaman inmediatamente dispuso los preparativos de la partida, pero a medianoche recordó una cosa que había olvidado; volvió a su palacio apresuradamente y encontró a su esposa tendida en el lecho abrazada con un negro, esclavo entre los esclavos. Al ver tal cosa, el mundo se oscureció ante sus ojos.

Pero esa no fue la única ocasión que tuvo Burton para abundar en detalles lascivos. De visita con su hermano, Schahzaman, indispuesto por el recuerdo de la infidelidad de su esposa —a quien por cierto degolló, al igual que al esclavo—, es testigo de un infidelidad aún mayor por parte de su cuñada, en una orgía en la que participa una docena de esclavas y esclavos. Los hermanos, confundidos, se retiran al desierto a meditar en lo ocurrido, cuando se encuentran a un Efrit, genio poderoso y monumental, a quien contemplan desde lo alto de un árbol y que hace salir de una botella a una joven bellísima a la que había raptado el día de su boda. El Efrit cae dormido y, entonces, la joven obliga a los hermanos reales a fornicar con ella, bajo amenaza de despertar al genio y delatarlos. Ellos acceden a sus deseos y su sorpresa es mayor cuando ella les muestra quinientas setenta sortijas, una por cada amante que había tenido cuando el Efrit caía dormido. Los hermanos concluyen que si un ser tan formidable como el Efrit tampoco escapaba de las infidelidades femeninas, ¿qué podían hacer ellos?

Personalmente, esos episodios lúbricos me parecen totalmente relevantes y no me importaría saber más detalles, sólo para entender la frustración y la ira de los hermanos reales o su sorpresa al ser forzados, prácticamente violados, por la prisionera del Efrit. Aunque entiendo que esos pormenores me habrían resultado perturbadores de niño.

Pero ahora soy adulto…

jueves, 6 de junio de 2024

Los santos de Francia de Juan Valera

 

Los santos de Francia

En una de las mejores poblaciones de la Mancha vivía, no hace mucho tiempo, un rico labrador, muy chapado a la antigua, cristiano viejo, honrado y querido de todo el mundo. Su mujer, rolliza y saludable, fresca y lozana todavía, a pesar de sus cuarenta y pico de años, le había dado un hijo único, que era muy lindo muchacho, avispado y travieso.

Como este muchacho estaba mimadísimo por su padre y por su madre, era harto difícil hacer carrera con él. A pesar de su mucha inteligencia, a la edad de diez años, leía con dificultad y al escribir hacía unos garrapatos ininteligibles. Lo único que el chico sabía bien era la doctrina cristiana y querer y respetar al autor de sus días y a su señora mamá. El niño era tan gracioso y ocurrente, que tenía embobado a todo el vecindario. Cuantos le conocían le reían los chistes y ponían su ingenio por las nubes, con lo cual al rico labrador se le caía la baba de gusto.

-¡Qué lástima, decía, que este chico se críe cerril en el pueblo, sin hacer más que jugar al hoyuelo, a las chapas, al toro y al salto de la comba, con todos los pilletes! Si yo le enviase a un buen colegio, en una gran ciudad, sin duda que volvería hecho un pozo de ciencia, sería la gloria y el apoyo de mi vejez y serviría y honraría a su patria.

Tanto caviló en esto el labrador, que al fin, sobreponiéndose a la pena que le causaba el separarse de su hijo, le envió a que estudiase en París nada menos.

Seis años estuvo por allí estudiando en uno de los mejores colegios primero y después en la Sorbona.

Como él era, naturalmente, muy despejado, aprovechó mucho, y volvió a casa de sus padres sabiendo cuanto hay que saber, y además elegantísimo y atildadísimo: hecho un verdadero dije; lo que ahora llaman un dandy, un gomoso.

El padre y la madre estaban más encantados que nunca. Sólo no gustaban de cierto irreverente desenfado que el chico tenía y de que daba muestras a cada paso.

Iba a entrar o a salir por una puerta, y exclamando:

-San Fasón, San Complimán, San Ceremoní-, pasaba antes que su padre.

Hablaba su padre y le interrumpía, y no le dejaba hablar, diciendo:

-San Fasón, San Complimán, San Ceremoní.

Se ponían a la mesa y se servía antes que su padre y madre, tomando lo mejor de cada plato y diciendo siempre: -San Fasón, San Complimán, San Ceremoní.

El padre disimuló al principio, ya que por todo lo demás el muchacho le embelesaba: pero, al cabo, hubo de cargarse, perdió la paciencia, y dijo al chico con grande enojo:

-Mira, hijo mío, vete muy enhoramala y no me invoques ni me mientes más en tu vida a esos santos de Francia, que serán muy milagrosos, pero que están infamemente mal criados.

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La karaba de Juan Valera

 

La karaba

Había en la feria de Mairena un cobertizo formado con esteras viejas de esparto; la puerta tapada con no muy limpia cortina, y sobre la puerta un rótulo que decía con letras muy gordas:

LA KARABA
SE VE POR CUATRO CUARTOS

Atraídos por la curiosidad, y pensando que iban a ver un animal rarísimo, traído del centro del África o de regiones o climas más remotos, hombres, mujeres y niños acudían a la tienda, pagaban la entrada a un gitano y entraban a ver la Karaba.

-¿Qué diantre de Karaba es esta? -dijo enojado un campesino. -Esta es una mula muy estropeada y muy vieja.

-Pues por eso es la Karaba, -dijo el gitano: -porque araba y ya no ara.

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A quién debe darse crédito de Juan Valera

 

A quién debe darse crédito

Llamaron a la puerta. El mismo tío Pedro salió a abrir y se encontró cara a cara con su compadre Vicentico.

Buenos días, compadre. ¿Qué buen viento le trae a usted por aquí? ¿Qué se le ofrece a usted?

-Pues nada... confío en su amistad de usted... y espero...

-Desembuche usted, compadre.

-La verdad, yo he podado los olivos, tengo en mi olivar lo menos cinco cargas de leña que quiero traerme a casa y vengo a que me empreste usted su burro.

-¡Cuánto lo siento, compadre! Parece que el demonio lo hace. ¡Qué maldita casualidad! Esta mañana se fue mi chico a Córdoba, caballero en el burro. Si no fuera por esto podría usted contar con el burro como si fuese suyo propio. Pero, qué diablos, el burro estará ya lo menos a cuatro leguas de aquí.

El pícaro del burro, que estaba en la caballeriza, se puso entonces a rebuznar con grandes bríos.

El que le pedía prestado dijo con enojo:

-No creía yo, tío Pedro, que usted fuese tan cicatero que para no hacerme este pequeño servicio, se valiese de un engaño. El burro está en casa.

-Oiga usted, replicó el tío Pedro. Quien aquí debe enojarse soy yo.

-¿Y por qué el enojo?

-Porque usted me quita el crédito y se lo da al burro.

Milagro de la dialéctica cuento de Juan Valera

 

Milagro de la dialéctica

De vuelta a su lugar cierto joven estudiante muy atiborrado de doctrina y con el entendimiento más aguzado que punta de lezna, quiso lucirse mientras almorzaba con su padre y su madre. De un par de huevos pasados por agua que había en un plato escondió uno con ligereza. Luego preguntó a su padre:

-¿Cuántos huevos hay en el plato?

El padre contestó:

-Uno.

El estudiante puso en el plato el otro que tenía en la mano diciendo:

-¿Y ahora cuántos hay?

El padre volvió a contestar:

-Dos.

-Pues entonces -replicó el estudiante,- dos que hay ahora y uno que había antes suman tres. Luego son tres los huevos que hay en el plato.

El padre se maravilló mucho del saber de su hijo, se quedó atortolado y no atinó a desenredarse del sofisma. El sentido de la vista le persuadía de que allí no había más que dos huevos; pero la dialéctica especulativa y profunda le inclinaba a afirmar que había tres.

La madre decidió al fin la cuestión prácticamente. Puso un huevo en el plato de su marido para que se le comiera; tomó otro huevo para ella, y dijo a su sabio vástago:

-El tercero cómetele tú.

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Las castañas de Juan Valera

 

Las castañas

El día de difuntos salió muy de mañana a misa una linda beata, que la noche anterior, según es costumbre en la noche de Todos los Santos, se había regalado, comiendo puches con miel y muchas castañas cocidas.

Como era muy temprano y apenas clareaba el día, la calle por donde iba la beata estaba muy sola. Así es que ella, sin reprimirse, con el más libre desahogo y hasta con cierta delectación, lanzaba suspiros traidores y retumbantes, y cada vez que lanzaba uno, decía sonriendo:

-¡Toma castañas!

Proseguía caminando, soltaba otros suspiros y exclamaba siempre:

-¡Las castañas! ¡Las castañas!

Un caballero, muy prendado de la beata, solía seguirla, hacerse el encontradizo, oír misa donde y cuando ella la oía, y hasta darle agua bendita al entrar en la iglesia, para tener el gusto de tocar sus dedos.

Iba aquel día el caballero tan silencioso y con pasos tan tácitos detrás de la beata, que ella no le vio ni sospechó que viniese detrás, hasta que volvió la cara, poco antes de entrar en el templo.

-¿Hace mucho tiempo que viene usted detrás de mí? -dijo muy sonrojada la linda beata.

Y contestó el caballero:

-Señora, desde la primera castaña.