miércoles, 29 de octubre de 2008
lunes, 27 de octubre de 2008
Educared
1ª Jornada de Educación sexual "La educación sexual en las escuelas , un proyecto posible"
| ![]() | ||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||
|
La Jefatura de Región N° 9 de la Dirección Provincial de Educación de Gestión Privada, dependiente de la Dirección General de Cultura y Educación de la provincia de Buenos Aires, con el apoyo de Fundación Telefónica, organiza la 1º Jornada de Educación Sexual “La educación sexual en las escuelas, un proyecto posible”, que se llevará a cabo el día viernes 7 de noviembre en la Universidad de General Sarmiento (San Miguel, provincia de Buenos Aires), Tal como lo señala la Ley Nacional de Educación, uno de los objetivos de la política educativa nacional es “brindar conocimientos y promover valores que fortalezcan la formación integral de una sexualidad responsable”. La Ley de Educación provincial retoma esta especial preocupación, al afirmar que es menester trabajar desde el Estado en pos de la “… formación integral de una sexualidad responsable y la integración reflexiva, activa y transformadora, en los contextos socioculturales que habitan.” Atendiendo a las demandas del sistema educativo en la materia y en correspondencia con la normativa vigente –que establece desde el año 2006 que todos los alumnos tienen derecho a recibir educación sexual integral en los establecimientos educativos- la actividad de la Jornada propone a todos los docentes interesados en la temática:
La jornada se desarrollará en el Centro Cultural de la Universidad Nacional de General Sarmiento, ubicado en Julio A. Roca 850 (Esquina Muñoz), San Miguel, provincia de Buenos Aires. La inscripción se realiza a partir del miércoles 15 de octubre a través del portal EducaRed Argentina www.educared.org.ar/jornadaeducacionsexual La acreditación tendrá lugar el viernes 7 de noviembre a las 8 hrs. La inscripción a la jornada es libre y gratuita, hasta alcanzar un cupo máximo 150 participantes.
Temáticas a abordar a lo largo de la Jornada Mesa Redonda 1: Límites y alcances de la Educación Sexual
Mesa Redonda 2: Diferencias y acuerdos en la implementación de la Educación Sexual en el escenario escolar
Taller 1: Educación Sexual: miradas sobre la infancia y la adolescencia
Taller 2: VIH- SIDA: del concepto de riesgo al de vulnerabilidad
Taller 3: Estrategias Metodológicas en Educación Sexual
Ateneo 1: Anticoncepción y Sexualidad, prevención en Atención Primaria
Mesa Redonda 3: Sexualidad y Género
Cronograma de trabajo
Especialistas invitados (ver CV)
| |||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||
Campaña contra el Sida
FranciaVideo: http://www.lepoison.com/sidaction/
Le site « Le sida et les jeunes" répond à toutes les questions sur le VIH/sida, la contraception et les IST.
Synthétique, ludique, richement illustré, il est l'outil idéal pour se documenter, apprendre ou préparer un exposé.
En 2007, le site a été actualisé et enrichi de nombreux outils interactifs et dynamiques, notamment des vidéos (spots de prévention, témoignages de jeunes...) et des jeux (quiz "Le sida et toi").
Les spots vidéos
Les trois spots vidéo "Pour la vie"
Les trois spots vidéo « Pour la vie » déclinent tous les possibles en termes de prise de risques.
Trois sujets sont abordés : le test de grossesse suite à un rapport non protégé, le couple hétérosexuel et leur première fois et la tromperie dans le cas d'un couple homosexuel.
* L'épisode 1 « Chloé et Nadia » présente deux jeunes femmes qui parlent de prévention et de contraception. Une des jeunes filles fait un test de grossesse suite à un rapport non protégé. Son amie la rappelle à l'ordre.
* L'épisode 2 « Elodie et Thomas » développe le thème de la prévention autour d'un couple hétérosexuel et de leur première fois. Le jeune homme ne pense pas au préservatif. C'est sa copine qui le lui rappelle, « avec moi, c'est avec ou rien ».
* L'épisode 3 « Alex et Anthony » évoque la prise de risques dans un couple homosexuel. Anthony a des relations sexuelles avec un autre partenaire qu'Alex sans protection. Son petit ami régulier s'en aperçoit.
L`engagement des médias
http://www.sidaction.org/ewb_pages/e/engagement-medias.php
domingo, 26 de octubre de 2008
Jean-Marie Gustave LE CLÉZIO y la memoria

Considerado como uno de los mejores escritores franceses vivientes, el autor de El atestado (Premio Renaudot), cuenta en El africano (Adriana Hidalgo) la historia de su niñez y la lucha de su padre por los nativos en el Africa colonial.
Delante de la casa de Ogoja, pasado el límite del jardín (más una pared de matorrales que una cerca cuidada), empezaba la gran llanura herbosa que se extendía hasta el río Aiya. La memoria de un niño exagera las distancias y las alturas. Tenía la impresión de que esa llanura era tan vasta como el mar. Estuve horas en el borde del zócalo de cemento que servía de vereda a la casa, con la mirada perdida en esa inmensidad, siguiendo las olas del viento en la hierba, deteniéndome de tarde en tarde en los pequeños remolinos de polvo que bailaban por encima de la tierra seca y escrutando las manchas de sombra al pie de los irokos. Estaba de verdad en el puente de un barco. El barco era la cabaña, no sólo las paredes de piedra y el techo de chapa, sino todo lo que tenía la huella del imperio británico, a la manera del buque George Shotton , del que había oído hablar, ese vapor acorazado y armado con cañonera, cubierto por un techo de hojas, en el que los ingleses habían instalado las oficinas del consulado y que remontaba el Níger y el Benue en la época de lord Lugard.
.
Sólo era un niño y el poderío del Imperio me era bastante indiferente. Pero mi padre aplicaba su regla como si sólo ella diera sentido a su vida. Creía en la disciplina, en el gesto de cada día: se levantaba temprano, enseguida se hacía la cama, se lavaba con agua fría en una palangana de cinc y había que guardar esa agua jabonosa para remojar calcetines y calzoncillos. Las lecciones con mi madre cada mañana, ortografía, inglés, aritmética. El rezo cada tarde, y el toque de queda a las nueve. Nada en común con la educación francesa, la carrera de desanudar pañuelos y las escondidas, las comidas alegres donde todo el mundo hablaba a la vez, y para terminar, los dulces romances antiguos que contaba mi abuela, las ensoñaciones en su cama mientras se escuchaba chirriar la veleta y en el libro La alegría de leer seguir las aventuras de una urraca piadosa que viajaba por la campiña normanda. Al irnos a Africa habíamos cambiado de mundo. Lo que compensaba la disciplina de la mañana y de la tarde era la libertad de los días. La llanura herbosa delante de la cabaña era inmensa, peligrosa y atractiva como el mar. Nunca había imaginado que gozaría de esa independencia. La llanura estaba allí, delante de mis ojos, lista para recibirme.
.
No recuerdo el día en que mi hermano y yo nos aventuramos por primera vez por la sabana. Tal vez instigados por los chicos de la aldea, esa barra un poco heteróclita en la que había chicos muy pequeños, con grandes barrigas, y casi adolescentes de doce, trece años, vestidos como nosotros, con short caqui y camisa y que nos habían enseñado a quitarnos los zapatos y los calcetines de lana para correr descalzos por la hierba. Son los que veo en algunas fotos de la época, alrededor de nosotros, muy negros, desgarbados, por cierto burlones y combativos, pero que nos habían aceptado a pesar de nuestras diferencias.
.
Es probable que estuviera prohibido. Como mi padre estaba todo el día ausente, hasta la noche, debimos comprender que la prohibición sólo podía ser relativa. Mi madre era dulce. Sin duda estaba ocupada en otras cosas, en leer o en escribir, dentro de la casa, para escapar al calor de la tarde. A su manera se había hecho africana. Pienso que debía creer que, para dos chicos de nuestra edad, no había lugar en el mundo más seguro.
.
¿De verdad hacía calor? No tengo ningún recuerdo. Me acuerdo del frío del invierno, en Niza, o en Roquebillière, siento todavía el aire helado que soplaba por las calles, un frío de nieve y de hielo, a pesar de las polainas y los chalecos de piel de cordero. Pero no recuerdo haber tenido calor en Ogoja. Mi madre, cuando nos veía salir, nos obligaba a ponernos los cascos Cawnpore, en realidad sombreros de paja que nos había comprado en Niza, antes de irnos, en una tienda de la ciudad vieja. Mi padre, entre otras reglas, había establecido la de los calcetines de lana y zapatos de cuero encerado. Apenas se iba a su trabajo nos descalzábamos para correr. En los primeros tiempos me despellejaba con el cemento del suelo al correr. No sé por qué, siempre me arrancaba la piel del dedo gordo del pie derecho. Mi madre me ponía una venda y yo la ocultaba en los calcetines. Después volvía a empezar.
.
Un día corrimos solos por la llanura leonada en dirección al río. En ese lugar el Aiya no era muy ancho pero lo sacudía una corriente violenta que arrancaba de las orillas terrones de barro rojo. La llanura, a cada lado del río, parecía no tener límites. Cada tanto, en medio de la sabana, se alzaban grandes árboles de tronco muy recto que, más tarde supe, servían para proveer de planchas de caoba a los países industriales. También había algodoneros y acacias espinosas que daban una sombra ligera. Corríamos casi sin detenernos, hasta quedar sin aliento, por las altas hierbas que azotaban nuestros rostros a la altura de los ojos, guiados por los troncos de los grandes árboles. Todavía hoy, cuando veo imágenes de Africa, los grandes parques de Serengeti o de Kenia, siento un vuelco en el corazón y me parece reconocer la llanura por la que corríamos cada día, en el calor de la tarde, sin objetivo, como animales salvajes.
.
En el medio de la llanura, a una distancia suficiente para que no pudiéramos ver nuestra cabaña, había castillos. En un área vacía y seca, paredes rojo oscuro, con las cresterías ennegrecidas por el incendio, como las murallas de una antigua ciudadela. Cada tanto, a lo largo de las paredes, se levantaban torres cuyas cimas parecían picoteadas por pájaros, despedazadas, quemadas por el rayo. Estas murallas ocupaban una superficie tan vasta como una ciudad. Las paredes y las torres eran más altas que nosotros. Sólo éramos niños, pero en mi recuerdo imagino que esas paredes debían ser más altas que un hombre adulto y algunas de las torres debían superar los dos metros.
.
Sabíamos que era la ciudad de los termes.
.
¿Cómo lo habíamos sabido? Tal vez por mi padre o por algunos de los chicos del pueblo. Pero nadie nos acompañaba. Habíamos aprendido a demoler esas paredes. Habíamos debido empezar por lanzar algunas piedras, para sondear, para escuchar el ruido cavernoso que hacían al chocar contra los termiteros. Luego habíamos golpeado con palos las paredes, las altas torres, para ver desmoronarse la tierra polvorienta, mostrar las galerías y los animales ciegos que vivían en ellas. Al día siguiente, las obreras habían rellenado las brechas tratando de reconstruir las torres. Volvíamos a golpear, hasta que nos dolían las manos, como si combatiéramos a un enemigo invisible. No hablábamos, golpeábamos, lanzábamos gritos de rabia y otra vez pedazos de pared volvían a derrumbarse. Era un juego. ¿Era un juego? Nos sentíamos llenos de fuerza. En la actualidad me acuerdo no como de una diversión sádica de chico malo, con la crueldad gratuita que a los chicos puede gustarles ejercer contra una forma de vida indefensa, cortar las patas de los escarabajos, aplastar a los sapos con una puerta, sino como una especie de posesión que nos inspiraba la extensión de la sabana, la proximidad de la selva, el furor del cielo y las tormentas. Tal vez de esa manera rechazábamos la autoridad excesiva de mi padre devolviendo golpe por golpe con nuestros palos.
.
Los chicos del pueblo nunca estaban con nosotros cuando íbamos a destruir los termiteros. Sin duda, esa rabia por demoler los hubiera asombrado ya que vivían en un mundo donde los termes eran una evidencia, en el que representaban un papel en las leyendas. El dios Termes había creado los ríos al comienzo del mundo y era el que guardaba el agua para los habitantes de la tierra. ¿Por qué destruir su casa? Para ellos no hubiera tenido sentido alguno la gratuidad de esa violencia: fuera de los juegos, moverse significaba ganar dinero, recibir una golosina, cazar algo vendible o comestible. Los mayores vigilaban a los más chicos que nunca estaban solos, librados a sí mismos. Los juegos, las discusiones y los trabajos menudos se alternaban sin un empleo preciso del tiempo: mientras paseaban recogían ramas y bosta seca para el fuego, iban a buscar agua y charlaban durante horas delante de los pozos, jugaban a la payana en el suelo o se quedaban sentados delante de la cabaña de mi padre, mirando el vacío, esperando por una tontería. Si hurtaban algo sólo podían ser cosas útiles, un trozo de torta, fósforos, un viejo plato oxidado. Cada tanto el garden boy se enojaba, y los echaba a pedradas, pero al instante siguiente ya habían vuelto.
.
Nosotros éramos salvajes como jóvenes colonos, seguros de nuestra libertad, nuestra impunidad, sin responsabilidades y sin mayores. Escapábamos cuando mi padre estaba ausente, cuando mi madre dormía, y la llanura leonada nos atrapaba. Corríamos a toda velocidad, descalzos, lejos de la casa, a través de las altas hierbas que nos cegaban, saltando por encima de las rocas, por la tierra seca y resquebrajada por el calor, hasta las ciudades de las termitas. El corazón nos latía, la violencia desbordaba nuestro aliento, agarrábamos piedras, palos y golpeábamos, golpeábamos, hacíamos derrumbar paredes de esas catedrales, por nada, simplemente por la felicidad de ver subir las nubes de polvo, escuchar desmoronarse las torres, para que el palo resonara sobre las paredes endurecidas y quedaran al aire las galerías rojas como venas donde hormigueaba una vida pálida, color nácar. Pero tal vez al escribirlo hago demasiado literario, demasiado simbólico el furor que dominaba nuestros brazos cuando golpeábamos los termiteros. Sólo éramos dos niños que habían atravesado el encierro de cinco años de guerra, educados en un entorno de mujeres, en una mezcla de temor y astucia, donde el único destello era la voz de mi abuela maldiciendo a los "boches". Esos días en los que corríamos entre las altas hierbas en Ogoja eran nuestra primera libertad. La sabana, la tormenta que se formaba cada tarde, la quemadura del sol en la cabeza, y esa expresión demasiado fuerte, casi caricaturesca de la naturaleza animal, era lo que llenaba nuestros pequeños pechos y nos lanzaba contra la muralla de los termes, esos negros castillos que se levantaban hacia el cielo. Creo que desde ese entonces no volví a sentir semejante entusiasmo. Semejante necesidad de calcular y de dominar. Era un momento de nuestras vidas, sólo un momento, sin ninguna explicación, sin pesar, sin futuro y casi sin memoria.
.
Traducción: Claudia Solans
Fuente: http://revistaliterariaazularte.blogspot.com/2007/03/jean-marie-gustave-le-clzio-y-la.html
sábado, 25 de octubre de 2008
I. Grecia y Sicilia
Mediodía: la hora del crimen en Micenas.
-¡Apolo! ¡Oh, Apolo, mi asesino!
¿Quién está aullando de esa manera? Casandra. Ha caído Troya, arden hogueras en
las cumbres de la Argólida y los poetas se encargarán de que esos fuegos duren cerca de
treinta siglos. En las pendientes de Micenas florecen amapolas rojas, están como
engalanadas por orden de Clitemnestra. Pero su color no es el del crimen: sólo el del
verano. En lo alto de la Acrópolis, la cuadriga se detiene chirriando ante la puerta de las
Leonas; la puerta se abre con otro chirrido. Agamenón, víctima designada, toro que se cree
dios, pone el pie sobre alfombras de púrpura, demasiado fastuosas como sabe la misma
Reina, demasiado sagradas para un hombre, que atraen la envidia divina y justifican por
anticipado el desastre. Arriba, en el cuarto de baño de palacio, los amantes adúlteros afilan
sus cuchillos como posaderos decididos a sangrar al extranjero, porque después de diez
años de guerra, de gloria y de ausencia, Agamenón ya no es más que un extranjero para el
corazón de Clitemnestra.
Sentada bajo un arco, en el patio, Casandra espera a que la llamen a aquel palacio
sepulcro. Amada por Apolo, Casandra negó antaño sus favores al dios. Con conocimiento
de causa, esta mujer que conoce el porvenir ha preferido las servidumbres humanas a los
abrazos del dios. Su castigo por haber rechazado al sol parece dimanar de su crimen: sus
predicciones siempre permanecerán oscuras. Apolo no le concedió el don de que sus
oráculos se entiendan. Todo sucede como si nadie la oyese gritar. Las calamidades no han
cesado de abatirse sobre su pueblo, pese a esta loca que profetiza en la sombra.
Esclava, exiliada, huérfana vestida de negro, Casandra no acusa al rey que la arrastra
a la muerte, ni a la esposa ofendida que ya está levantando el hacha, ni a la belleza fatal de
Helena que, sin embargo, es el origen de todos sus males. Acusa a Dios, se remonta al Sol
como causa de todo. Sabe que Apolo se reserva la venganza: Egisto y Clitemnestra
servirán, todo lo más, de mango y de filo al cuchillo celeste. Apolo, dios de los caminos,
dueño de las pistas por donde galopan los caballos de la mañana, ha llevado a la extranjera
a aquella mala posada.
Resuenan aullidos; en el cuarto de baño, Agamenón agoniza entre vapores rojos. La
reina la llama a gritos y, aunque sabe a donde va, Casandra se precipita para reunirse con
ese moribundo cuyo lecho compartió y cae en medio del patio fulminada por el sol. En la
pendiente fatal ya no queda nadie. El guardián de las ruinas duerme en la garita del portero
de palacio que ahora es de Egisto. Al final de la cuesta, el propietario del «Hotel de la Bella
Helena» cierra los postigos para escapar al fuego del cielo. Apolo, dios celoso, reina él solo
sobre la colina de Micenas, espléndido puñal en un seno de oro.
Peregrina y extranjera
Fuente:factorserpiente@gruposyahoo.com.ar
24 de octubre: Día de la biblioteca

Posted: 24 Oct 2008 06:31 AM PDT
Día de la BibliotecaHoy se conmemora, un año más desde su creación en 1997, el Día de la Biblioteca. En esta ocasión la celebración oficial tiene como escenario Santiago de Compostela, a través de distintas actividades organizadas por la Asociación de Amigos del Libro Infantil y Juvenil, y con el patrocinio del Ministerio de Cultura. Bajo el lema Donde hay una biblioteca, hay una luz esta iniciativa pretende subrayar la importancia de la biblioteca en la promoción de la lectura, especialmente entre niños y jóvenes.
Los principales actos tendrán lugar en la Biblioteca Pública Ànxel Casal de Santiago, en una jornada de puertas abiertas. Entre las diversas actividades encontraremos un maratón de lectura, varios cuentacuentos, un taller de cómic, la entrega de libros a diferentes instituciones y la conferencia de Blanca Roig a raíz de la publicación de su libro ‘La Literatura Infantil y Juvenil gallega en el siglo XXI. Seis llaves para entenderla mejor’.
Pero no sólo en Galicia se homenajea la labor bibliotecaria, ya que se trata de una celebración de la que participan diversos centros de la geografía española a través de lecturas, recitales, talleres, pasacalles y otras iniciativas relacionadas con el mundo del libro.
A pesar de todo tengo la impresión de que no será un evento ni demasiado publicitado ni con gran afluencia de público. Ojalá visitáramos más las bibliotecas, y no sólo para “pasar el rato” delante de los apuntes de clase.
Vía | Espacio libros
Más información | Asociación de Amigos del Libro Infantil y Juvenil
En Papel en blanco | Día de la Biblioteca
Fuente:http://mail.google.com/mail/?shva=1#inbox/11d31f4510fb8db3
Paris |
|
Posters |
Envie de voir toutes les bandes-annonces ?Je regarde les vidéos à ne pas manquer ! | |||||||||||||||
| |||||||||||||||
