domingo, 5 de julio de 2009
Ray Bradbury, las bibliotecas públicas y el futuro del libro
Posted: 04 Jul 2009 11:59 AM PDT
Ray Bradbury se ha convertido en un ícono incontrovertible en la defensa de los libros. En los últimos años ha hecho varias apariciones públicas para impedir el cierre de librerías independientes y ahora lo hace para resguardar la existencia de una biblioteca pública en California que se ve amenazada si no paga 280.000 dólares de los cuales, hasta ahora y a duras penas, ha podido recabar 80.000 .
Bradbury es reconocido principalmente por su novela Farenheit 451 que ha sido señalada como una de las obras fundamentales del siglo XX y como un texto fundamental para la defensa de los libros de papel y de la libertad de los seres humanos para tener acceso al conocimiento universal. Pero más allá de ello y de la desmitificación que él mismo se ha encargado de hacer de la importancia de su novela y de su relación con el futuro del libro, se trata de una figura cuyas declaraciones marcan una suerte de bisagra entre dos posturas contrapuestas sobre el tema.
De lo que no queda duda alguna es de la importancia que los libros, las librerías y las bibliotecas han tenido para este escritor nacido en 1920 en Waukegan, llinois y que desde mediados de los años 30 vive en el Estado de California. Bradbury pide que no le hablen de universidades sino de bibliotecas ya que fueron ellas las que le permitieron formarse gracias al acceso gratuito a los libros.
No creo en las universidades. Creo en las bibliotecas porque la mayoría de los estudiantes no tienen nada de dinero. Yo me gradué del secundario durante la gran depresión y no teníamos dinero. No pude ir a la universidad, entonces fui a la biblioteca pública tres días a la semana a lo largo de diez años.
Con esas palabras comenzó Bradbury su defensa de la Biblioteca H.P. Wright que lucha en estos meses para lograr el objetivo pecuniario que es la única manera de salvar su existencia. No es seguramente la única biblioteca que se encuentra en esta situación y es loable que Bradbury invierta su tiempo y energías en hacer ruido para llamar la atención al respecto. Como bien dice, no pierde nada pero otros pueden verse beneficiados.
La discusión en torno al futuro de las bibliotecas tal como las hemos venido conociendo hasta ahora no puede sostenerse sin hacer referencia al futuro del libro digital y a la tendencia cada vez más amplia de crear y alimentar repositorios de contenidos digitales. Internet, por supuesto, tiene aquí un papel preponderante y Ray Brandbury no tiene empacho en mandarlo al demonio. ¿Las razones? Su intengibilidad:
Es una distracción. No es real. Está en algún lugar en el aire.
Más allá del tremendismo y de las aparentes poses de divismo de un escritor que ya “está más allá de Dios y del Diablo” en términos literarios, estas declaraciones nos permiten observar que el debate sigue estando abierto y a fuego vivo entre aquellos que defienden a ultranza la legitimidad y permanencia del libro en papel y los que apuestan a que muy pronto éste dejará de existir para transformarnos a todos en portadores de equipos en los cuales podremos almacenar todo el conocimiento escrito y publicado a lo largo de la historia.
Esta es una postura, habrá muchas otras y cada uno tendrá sus argumentos. ¿Alguien quiere continuar con el debate?
Vía | Revista Ñ
Más información | New York Times
En Papel en blanco | Bradbury y su defensa de las librerías de viejo, Bradbury desmitifica Farenheit 451
Bradbury desmitifica a Farenheit 451
Ray Bradbury es el autor de una de las obras más emblemáticas de la literatura de ciencia ficción norteamericana. Me refiero a Farenheit 451 que es el relato de un hipotético mundo en el que su protagonista Guy Montag, es un bombero que provoca incendios para quemar libros ya que se supone que ellos provocan que los hombres piensen distinto en lugar de pensar igual.
451 alude a la temperatura a la cual empieza a arder el papel. A pesar de ese referente y el de la anécdota, Bradbury nos sorprende ahora, despues de 54 años con unas declaraciones en las cuales dice que todos hemos estado equivocados y que la novela no habla de la represión, y mucho menos de la censura a los libros, sino que se refiere a la televisión.
En respuesta a una entrevista que le hiciera en su casa de California el periódico L.A.Weekly, enfatizó que Farenheit 451 no es una novela sobre censura gubernamental y que no fue, de ninguna manera, una respuesta al senador McCarthy, sino que es una denuncia de cómo la televisión era una amenaza para los libros. Según él, tal temor se ha visto confirmado (no me quiero ni imaginar qué es lo que piensa de los libros digitales, aunque me parece recordar que ya ha hecho algunas declaraciones al respecto).
Ray Bradbury: "¡Al infierno con Internet!"
El autor de Crónicas marcianas, que cumplirá 89 años en agosto, asistió este fin de semana a una colecta pública para impedir el cierre de una biblioteca en Ventura (California). por falta de presupuesto. Allí, el maestro de la ciencia ficción dijo que su educación se debe enteramente a las bibliotecas públicas y que Internet es algo irreal que sólo "existe en el aire".
AUTODIDACTA. "Las bibliotecas me criaron. No creo en las universidades", dijo el autor de Farenheit 451.
"Las bibliotecas me criaron -dijo el autor de Crónicas marcianas en una entrevista con The New York Times-. No creo en las universidades. Creo en las bibliotecas porque la mayoría de los estudiantes no tienen nada de dinero. Yo me gradué del secundario durante la gran depresión y no teníamos dinero. No pude ir a la universidad, entonces fui a la biblioteca pública tres días a la semana a lo largo de diez años".
En enero de este año el Estado de California le informó a la Biblioteca H.P. Wright que si no recaudaba 280 mil dólares tendría que cerrar sus puertas definitivamente. Contra reloj, la biblioteca ha llegado a reunir 80 mil dólares. Tiene hasta marzo del 2010 para llegar a la cifra establecida.
El sábado pasado Bradbury fue el invitado de honor en una colecta pública donde se proyectó una película basada en su cuento El maravilloso traje de helado. La entrada salía 25 dólares. Allí Bradbury dijo que ha visitado casi todas las bibliotecas públicas de California: "Yo ya estoy en una silla de ruedas. Entonces me pueden tirar en el auto y después tirarme en la biblioteca y vender libros, recaudar fondos y quedarse con todo el dinero. Lo hago gratis. Recaudo fondos para que puedan seguir".
Sin duda una de las causas del declive de las bibliotecas es el auge de Internet. En esta era de Wikipedia, ¿qué chico va a la biblioteca de su barrio para conseguir información para un trabajo del colegio?
Si uno cree que un autor de ciencia ficción como Bradbury estaría fascinado con el Internet, está equivocado. Lo detesta. "Es una distracción. No es real. Está en algún lugar en el aire", dijo el escritor.
Bradbury contó que hace poco Yahoo lo llamó para pedirle permiso para subir uno de sus textos a la web. "¿Saben qué les contesté? Les dije que se fueran al infierno. Al infierno con ustedes y al infierno con Internet".
Para rematarla, Bradbury enfatizó la centralidad de las bibliotecas para el aprendizaje y la auto-educación: "Yo leí todo en la biblioteca. Todo. Sacaba como 10 libros por semana, unos centenares de libros por año. Literatura, poesía, teatro; todos los grandes cuentos cortos... ¡todos! Me recibí de la biblioteca cuando tenía 28 años. Allí me educé. No en la universidad".
sábado, 4 de julio de 2009
Lo que la Tortuga le dijo a Aquiles
Lewis Carroll
Título original: What the Tortoise Said to Achilles
Traducción de: Humpty Dumpty
Originalmente publicado en Mind, No. 4, 1895, pp. 278-280
Aquiles ha alcanzado a la Tortuga y se ha sentado cómodamente en su espalda.
“¿Así que has llegado al final del curso de nuestra carrera?” Dijo la Tortuga.
“¿Incluso a pesar de que consiste en una infinita serie de distancias? ¿No había probado algún sabiondo que la cosa no podía ser hecha?”
“Puede ser hecha” dijo Aquiles. “¡Ha sido hecha! Solvitur Ambulando. Verás, las distancias estaban disminuyendo constantemente: y así...”
“Pero si ellas se incrementaban constantemente” Interrumpió la Tortuga. “¿Cómo entonces?”
“Entonces yo no debiera estar aquí” Aquiles replicó modestamente; “!Y en éste momento tú ya deberías haber dado muchas vueltas alrededor de la tierra¡”
“Me aplastas...me aplanas, quiero decir” dijo la Tortuga; “!eres un peso pesado, es indiscutible¡ Ahora bien, ¿te gustaría saber de una pista de carreras, que la mayoría de la gente imagina que puede completar en dos o tres pasos, cuando en realidad consiste en un infinito número de distancias, cada una más larga que la anterior?”
“!Muchísimo, de hecho¡” dijo el guerrero griego, al tiempo que sacaba de su casco (Pocos guerreros griegos poseían bolsillos en aquellos días) una enorme libreta y un lápiz. “¡Procede! ¡Y habla lentamente, por favor! ¡La taquigrafía no ha sido inventada aún!”
“¡Aquella hermosa Primera Proposición de Euclides!” la Tortuga murmuró como entre sueños. “¿Admiras a Euclides?”
“¡Apasionadamente! ¡Tanto, al menos, como pueda uno admirar un tratado que no será publicado, sino en algunos siglos más!”
“Pues bien, tomemos un trocito del argumento en esa Primera Proposición, sólo dos pasos, y la conclusión extraída de ellos. Se tan amable de ingresarlos en tu Libreta. Y en orden a referirlos convenientemente, llamémosles A, B, y Z:
(A) Las cosas que son iguales a lo mismo, son iguales entre sí.
(B) Los dos lados del triángulo son iguales a lo mismo.
(Z) Los dos lados del triángulo son iguales entre sí.
“Los lectores de Euclides otorgarán, supongo, que Z se sigue lógicamente de A y B, así que quién acepte A y B como verdaderas ¿Deberá aceptar Z como verdadera?” “¡Indudablemente! El niño más joven en una secundaria –tan pronto como las secundarias sean inventadas, lo cual no ocurrirá hasta unos dos mil años más adelante– lo concederá”
“Y algún lector que no haya aceptado aún A y B como verdaderas ¿Puede aún aceptar la secuencia como válida? Supongo” “Sin duda un lector tal puede existir.
Él puede decir ‘Acepto como verdadera la Proposición Hipotética de que, si A y B son verdaderas, Z debe ser verdadera; pero no acepto A y B como verdaderas. Un lector como ese debiera abandonar juiciosamente a Euclides, y dedicarse al fútbol.”
“¿Y no podría también haber un lector que dijera ‘Acepto A y B como verdaderas, pero no acepto la Hipotética’?”
“Ciertamente puede haber. Él, también, haría mejor en dedicarse al fútbol.” “Y ninguno de esos lectores”, continuó la Tortuga, “¿está como bajo la necesidad lógica de aceptar Z como verdadera?”
“Correcto” Asintió Aquiles.
“Bueno, ahora, quiero que me consideres como un lector del segundo tipo, y que me fuerces, lógicamente, a aceptar Z como verdadera.”
“Una Tortuga jugando fútbol sería...” Empezaba a decir Aquiles.
“Una anormalidad, por cierto” interrumpió la tortuga apresuradamente. “No te desvíes del punto ¡Veamos Z primero y el fútbol más tarde!”
“¿Tengo que forzarte a aceptar Z?” dijo Aquiles meditativamente. “Y tu posición presente es que aceptas A y B, pero tú no aceptas la Hipotética...”
“Digamos que todo es C,” dijo la Tortuga.
“...pero tu no aceptas:
(C) Si A y B son verdaderas, Z debe ser verdadera:” “Esa es mi actual posición” dijo la Tortuga. “Entonces debo pedirte que aceptes C.” “Lo haré”, dijo la Tortuga, “tan pronto como lo hayas puesto en esa libreta tuya ¿Qué más tienes en ella?”
“Sólo unas pocas anotaciones” dijo Aquiles, dejando correr nerviosamente las hojas: “unos pocos apuntes de... ¡de las batallas en la cuales me he distinguido!”
“Lleno de hojas blancas, ¡ya veo!” la Tortuga alegremente recalcó. “¡Las necesitaremos todas!. Ahora escribe lo que dicte”:
(A) Las cosas que son iguales a lo mismo, son iguales entre sí.
(B) Los dos lados del triángulo son iguales a lo mismo.
(C) Si A y B son verdaderas, Z debe ser verdadera.
(Z) Los dos lados del triángulo son iguales entre sí.”
“Deberías llamarlo D, y no Z,” dijo Aquiles. “viene a continuación de las otras tres.
Si aceptas A y B y C, debes aceptar Z.”
“¿Y porqué debo?”
“Porque se sigue lógicamente de ellas. Si A y B y C, son verdaderas, Z debe ser
verdadera. ¿Tú no disputarás eso? Imagino” “Si A y B y C son verdaderas, Z debe ser verdadera,” meditabundamente repetía la Tortuga. “Esa es otra Hipotética, ¿no lo es? Y, si he fallado en ver su verdad, puedo aceptar A y B y C, y aún no aceptar Z, ¿no puedo?”
“Puedes” admitió el cándido héroe; “a pesar de que tal necedad sea fenomenal. Si es que es posible. Así es que debo pedirte que concedas una Hipotética más.” “Muy bien, estoy completamente dispuesta a concederlo, tan pronto como lo hayas escrito. Lo llamaremos:
(D) Si A y B y C son verdaderas, Z debe ser verdadera. ¿Lo has puesto en tu libreta?”
“¡Lo tengo!” Aquiles Gozosamente exclamó, al tiempo en que ponía al lápiz en su estuche. “¡Y al fin hemos llegado al fin de ésta ideal pista de carreras! Ahora que aceptas A y B y C y D, por supuesto aceptas Z?”
“¿Lo hago?” dijo la Tortuga inocentemente. “Hagámoslo completamente claro.
Acepto A y B y C y D. Supón que aún rechazo aceptar Z”
“Entonces la Lógica te tomaría por la garganta ¡y te forzaría a ello!” replicó Aquiles.
“La Lógica te diría ‘No puedes evitarte a ti mismo. Ahora que has aceptado A y B y C y D, debes aceptar Z!’ así que verás que no tenías elección!”
“Como sea La Lógica es suficientemente buena para decirme que vale la pena anotar” dijo la Tortuga. “Así que pon en tu libro por favor. Lo llamaremos (E) Si A y B y C y D son verdaderas, Z debe ser verdadera.
¿Ves que es un paso completamente necesario?”
“Ya veo” dijo Aquiles; y había un toque de tristeza en su tono.
Aquí el narrador, habiendo tenido negocios urgentes en el banco, fue obligado a dejar al feliz par, y no reparó en el punto nuevamente, hasta algunos meses después. Cuando lo hizo, Aquiles estaba aún sentado sobre la espalda de la muy resistente Tortuga, y escribía en su libreta, la cual parecía estar casi completamente llena. La Tortuga decía “¿Has anotado el último paso? A no ser que haya perdido la cuenta, son mil uno. Hay muchos millones más por venir.
¿Considerarías, como un favor personal –teniendo en cuenta que mucho de la instrucción de éste coloquio nuestro, proveerá a los Lógicos del Siglo XIX. ¿te importaría, digo, adoptar un juego de palabras que mi primo, la Falsa Tortuga inventará entonces, permitiéndote a ti mismo ser rebautizado como quien Nos Enseñó?
“¡Como desees!” replicó el cansado guerrero, en los huecos tonos de la desesperanza, al tiempo en que hundía la cara entre sus manos. “Con tal de que tú, por tu parte, adoptaras un juego de palabras que la Falsa Tortuga nunca hizo, y permitirte ser rebautizado ¡Fácil de Matar!”
Fuente: http://www.guiascostarica.com/alicia/aquiles.htmlviernes, 3 de julio de 2009
Uno de Cortázar que no conocía
"BREVE CURSO DE OCEANOGRAFIA"JULIO CORTÁZAR

Observando con atención un mapa de la Luna se notará que sus "mares" y "ríos" distan mucho de tener comunicación entre sí; por el contrario, guardan una reserva completa y perpetúan abstraídamente el recuerdo de antiguas aguas. De ahí que los maestros enseñen a sus boquiabiertos discípulos que en la Luna hubo alguna vez cuencas cerradas, y por cierto ningún sistema de vasos comunicantes.
Todo ello ocurre al no tenerse oficialmente noticia de la cara opuesta del satélite. Sólo a mí, ¡oh dulcísima Selene!, me es conocida tu espalda de azúcar. Allí, en la zona que el imbécil de Endimión hubiera podido sojuzgar para su delicia, los ríos y los mares se conjugaban otrora en una vastísima corriente, en un estuario ahora pavorosamente seco y enjuto, recubierto por las ásperas crines del sol que lo golpean y acucian, es verdad que sin resultado alguno.
No temas, Astarté. Tu tragedia será dicha, tu pena y tu nostalgia; pero yo la expondré bellamente, que aquí en el planeta del cual dependes cuenta más la forma que la ética. Déjame narrar cómo en antiguos tiempos tu corazón era un inexhaustible manantial del cual
fluían los ríos de voluptuosa cintura, devoradores de montañas, alpinistas amedrentados, siempre camino abajo hasta encontrarse todos, luego de petulantes evoluciones, en la magna corriente de tu espalda que los llevaba al OCÉANO. ¡Al Océano multiforme, de cabezas y senos henchido!
Acontecía la corriente de ancha envergadura, con aguas ya olvidadas de adolescentes juegos. La Luna era doncella y su río le tejía una trenza bajándole por el fino hueco entre los omóplatos, quemándole con fría mano la región donde los riñones tiemblan como potros bajo la espuela. Así por siempre, incesantemente la trenza descendía envuelta en paisajes minerales, asistida de grave complacencia, resumen ya de hidrografías vastísimas.
Si entonces hubiéramos podido verla, si entonces no hubiésemos estado entre el helecho y el pterodáctilo, primeros estadios hacia una condición mejor, qué prodigio de plata y espuma nos hubiera resbalado por los ojos. Cierto que la corriente colectora, la Magna, fluía sobre la faz opuesta a la tierra. Pero, ¿y los mares entre montañas, los estupendos circos entones henchidos de su sustancia flexible? ¿Y la reverberación de las ola, aplaudiendo la propia arquitectura? ¡Agua sorprendente! Después de mil castillos y manteles efímeros, después de regatas y pasteles de boda y grandes demostraciones navales frente a las rocas aferradas a su sinecura, la teoría rumorosa se encaminaba
hacia el magno estuario lado, ordenando sus legiones.
Déjame decir esto a los hombres, Selene cadenciosa; aquellas aguas estaban habitadas por una raza celeste, de fusiforme contextura, de hábitos bondadosos y corazón siempre rebosado. ¿Conoces los delfines, lector? Sí, desde la horda del transatlántico, una platea de cine, las novelas náuticas. Yo te pregunto si los conoces íntimamente, si has podido alguna vez interrogar la esfera melancólica de sus vidas al parecer tan alegres. Yo pregunto si, superando la fácil satisfacción que proporcionan los textos de zoología, has mirado a un delfín exactamente en el centro de los ojos...
Por las aguas de la gran corriente descendían pues los selenitas, seres entornados a toda evidencia excesiva, libres aún de comparación y de nombres, nadadores y lotógrafos. A diferencia de los delfines no saltaban sobre las aguas; sus lomos indolentes ascendían con la pausa de las olas, sus pupilas vidriadas contemplaban en perpetua maravilla la sucesión de volcanes humeantes en la ribera, los glaciares cuya presencia anunciaba de pronto en el frío de las aguas como manos viscosas buscando el vientre por debajo y furtivamente. Y huían entonces de los glaciares en busca de la tibieza que la corriente conservaba en sus profundas napas de crudo azul.
Es esto lo más triste de contar; es esto lo más cruel. Que la corriente colectora olvidase un día la fidelidad a su cauce, que por sobre la fácil curvatura de la Luna creara una húmeda tangente de rebeldía, que se desplazara apoyada en el espeso aire, rumbo al espacio y a la libertad... ¿cómo mirarlo sin sentir en las vértebras un acorde de agria disonancia?. Por sobre el aire se alejaba la corriente, proyectándose una ruta de definido motín, llevando consigo las aguas de la Luna desgarrada de asombro, repentinamente desnuda y sin caricias.
¡Pobres selenitas, pobres tibios y amables selenitas! Sumidos en las aguas nada sabían de su sideral derrota; tan sólo uno, abandonado del cauce de la gran corriente, podía lamentar ya tan incierto destino. Largo tiempo estuvo el selenita viendo alejarse la corriente por el espacio. No se atrevía a separar de ella sus ojos porque empequeñecía por momentos y apenas semejaba una lágrima en lo alto del cielo. Después el tiempo giró sobre su eje y la muerte fue llegando despacio hasta apoyar con dulzura la mano sobre la combada frente del abandonado. Y a partir de ese instante comenzó la Luna a ser tal como la enseñan los tratados.
La envidiosa Tierra -¡oh, Selene, lo diré aunque te opongas por temor a un más severo castigo!- era la culpable. Concentrando innúmeras reservas de sus fuerza de atracción en la cumbre del Kilimanjaro, era ella, planeta infecto, quien había arrancado a la Luna su trenza poliforme. Ahora, abierta de par en par la boca en una mueca sedienta, esperaba el arribo de la vasta corriente, ansiosa por adornarse con ella y esconder bajo el líquido cosmético la fealdad que sus habitantes conocemos de sobra.
¿Diré algo más? Triste, triste es asistir al arribo de aquellas aguas que se aplastaron contra el suelo con un chasquido opaco para tenderse después como babas de vómito, sucias de la escoria primitiva, aposentándose en los abismos de donde el aire huía con estampidos horrendos... Oh, Astarte, mejor es callar ya, mejor es acodarse en la borda de los buques cuando la noche es tuya, mirando los delfines que saltan como peonzas y vuelven al mar, reiteradamente saltan y retornan a su cárcel. Y ver, Astarté tristísima, como los delfines saltan por ti buscándote, llamándote; cómo se parecen a los selenitas, raza celeste de fusiforme contextura, de hábitos bondadosos y corazón siempre rebosado. Rebosado ahora de sucia resaca y apenas con la luz que tu imagen, que en pequeñísima perla fosforece para cada uno de ellos en lo más hondo de su noche. (*)
(*) Fuente: "Breve curso de oceanografía", en Julio Cortázar, Cuentos Completos 1, Buenos Aires, Alfaguara, 1999.
Fuente: http://www.geomundos.com/cultura/poemancipado/tu-mas-profunda-pieljulio-cortazar_doc_11231.html
