viernes, 22 de septiembre de 2017

Modelo Q (Quillian) Eco


Fundamentos neuropsicológicos del lenguajeEscrito por Luz Amparo Fajardo Uribe,Constanza Moya Pardo



https://books.google.com.ar/books?id=V453n-k6SIIC&pg=PA5&lpg=PA5&dq=Modelo+Q+de+Eco&source=bl&ots=u2SzRfD6qU&sig=0SRU7CxQueDIuZcch9j6en-Yr1M&hl=es&sa=X&ved=0ahUKEwivrO7y67jWAhWFHZAKHfmzB08Q6AEISzAI#v=onepage&q=Modelo%20Q%20de%20Eco&f=false

Dos amigos de Guy de Maupassant

Dos amigos

[Cuento - Texto completo.]
Guy de Maupassant

En un París bloqueado, hambriento, agonizante, los gorriones escaseaban en los tejados y las alcantarillas se despoblaban. Se comía cualquier cosa.
Mientras se paseaba tristemente una clara mañana de enero por el bulevar exterior, con las manos en los bolsillos de su pantalón de uniforme y el vientre vacío, el señor Morissot, relojero de profesión y alma casera a ratos, se detuvo en seco ante un colega en quien reconoció a un amigo. Era el señor Sauvage, un conocido de orillas del río.
Todos los domingos, antes de la guerra, Morissot salía con el alba, con una caña de bambú en la mano y una caja de hojalata a la espalda. Tomaba el ferrocarril de Argenteuil, bajaba en Colombes, y después llegaba a pie a la isla Marante. En cuanto llegaba a aquel lugar de sus sueños, se ponía a pescar, y pescaba hasta la noche.
Todos los domingos encontraba allí a un hombrecillo regordete y jovial, el señor Sauvage, un mercero de la calle Notre Dame de Lorette, otro pescador fanático. A menudo pasaban medio día uno junto al otro, con la caña en la mano y los pies colgando sobre la corriente, y se habían hecho amigos.
Ciertos días ni siquiera hablaban. A veces charlaban; pero se entendían admirablemente sin decir nada, al tener gustos similares y sensaciones idénticas.
En primavera, por la mañana, hacia las diez, cuando el sol rejuvenecido hacía flotar sobre el tranquilo río ese pequeño vaho que corre con el agua, y derramaba sobre las espaldas de los dos empedernidos pescadores el grato calor de la nueva estación, Morissot decía a veces a su vecino: «¡Ah! ¡qué agradable!» y el señor Sauvage respondía: «No conozco nada mejor.» Y eso les bastaba para comprenderse y estimarse.
En otoño, al caer el día, cuando el cielo ensangrentado por el sol poniente lanzaba al agua figuras de nubes escarlatas, empurpuraba el entero río, inflamaba el horizonte, ponía rojos como el fuego a los dos amigos, y doraba los árboles ya enrojecidos, estremecidos por un soplo de invierno, el señor Sauvage miraba sonriente a Morissot y pronunciaba: «¡Qué espectáculo!» Y Morissot respondía maravillado, sin apartar los ojos de su flotador: «Esto vale más que el bulevar, ¿eh?»
En cuanto se reconocieron, se estrecharon enérgicamente las manos, muy emocionados de encontrarse en circunstancias tan diferentes. El señor Sauvage, lanzando un suspiro, murmuró:
-¡Cuántas cosas han ocurrido!
Morissot, taciturno, gimió:
-¡Y qué tiempo! Hoy es el primer día bueno del año.
El cielo estaba, en efecto, muy azul y luminoso.
Echaron a andar juntos, soñadores y tristes. Morissot prosiguió:
-¿Y la pesca, eh? ¡Qué buenos recuerdos!
El señor Sauvage preguntó:
-¿Cuándo volveremos a pescar?
Entraron en un café y tomaron un ajenjo; después volvieron a pasear por las aceras.
Morissot se detuvo de pronto:
-¿Tomamos otra copita?
El señor Sauvage accedió:
-Como usted quiera.
Y entraron en otra tienda de vinos.
Al salir estaban bastante atontados, perturbados como alguien en ayunas cuyo vientre está repleto de alcohol. Hacía buen tiempo. Una brisa acariciadora les cosquilleaba el rostro.
El señor Sauvage, a quien el aire tibio terminaba de embriagar, se detuvo:
-¿Y si fuéramos?
-¿A dónde?
-Pues a pescar.
-Pero, ¿a dónde?
-Pues a nuestra isla. Las avanzadas francesas están cerca de Colombes. Conozco al coronel Dumoulin; nos dejarán pasar fácilmente.
Morissot se estremeció de deseo:
-Está hecho. De acuerdo.
Y se separaron para ir a recoger los aparejos.
Una hora después caminaban juntos por la carretera. En seguida llegaron a la ciudad que ocupaba el coronel. Éste sonrió ante su petición y accedió a su fantasía. Volvieron a ponerse en marcha, provistos de un salvoconducto.
Pronto franquearon las avanzadas, cruzaron un Colombes abandonado, y se encontraron al borde de las viñas que bajan hacia el Sena. Eran aproximadamente las once.
Frente a ellos, el pueblo de Argenteuil parecía muerto. Las alturas de Orgemont y Sannois dominaban toda la región. La gran llanura que se extiende hasta Nanterre estaba vacía, completamente vacía, con sus cerezos desnudos y sus tierras grises.
El señor Sauvage, señalando con el dedo las cumbres, murmuró:
-¡Los prusianos están allá arriba!
Y la inquietud paralizaba a los dos amigos ante aquella tierra desierta.
«¡Los prusianos!» Nunca los habían visto, pero los percibían allí desde hacía meses, en torno a París, arruinando Francia, saqueando, matando, sembrando el hambre, invisibles y todopoderosos. Y una especie de terror supersticioso se sumaba al odio que sentían por aquel pueblo desconocido y victorioso.
Morissot balbució:
-¿Y si nos los encontráramos? ¿Eh?
El señor Sauvage respondió, con esa chunga parisiense que siempre reaparece, a pesar de todo:
-Los invitaríamos a pescadito frito.
Pero dudaban de si aventurarse en la campiña, intimidados por el silencio de todo el horizonte.
Al final, el señor Sauvage se decidió:
-Vamos, ¡en marcha!, pero con cuidado.
Y bajaron a una viña, doblados en dos, arrastrándose, aprovechando los matorrales para cubrirse, con ojos inquietos y oídos alerta. Para llegar a la orilla del río les faltaba cruzar una franja de tierra desnuda. Echaron a correr; y en cuanto alcanzaron la ribera, se acurrucaron entre unas cañas secas. Morissot pegó la mejilla al suelo para escuchar si alguien caminaba por las cercanías. No oyó nada. Estaban solos, completamente solos. Se tranquilizaron y se pusieron a pescar.
Frente a ellos, la isla Marante, abandonada, les tapaba la otra ribera. La casita del restaurante estaba cerrada, parecía abandonada hacía años. El señor Sauvage cogió el primer zarbo, Morissot atrapó el segundo, y a cada instante alzaban sus cañas con un animalillo plateado coleando en el extremo del sedal: una verdadera pesca milagrosa.
Introducían delicadamente los peces en una bolsa de red de mallas muy finas, en remojo a sus pies. Y los invadía una alegría deliciosa, esa alegría que nos asalta cuando recuperamos un placer amado del que nos hemos visto privados mucho tiempo.
El buen sol dejaba correr su calor sobre sus hombros; ya no escuchaban nada; no pensaban en nada; ignoraban al resto del mundo: pescaban.
Pero de pronto un ruido sordo que parecía llegar de debajo de la tierra estremeció el suelo. El cañón volvía a retumbar.
Morissot volvió la cabeza, y por encima de la ribera divisó allá abajo, a la izquierda, la gran silueta del Mont-Valerien, que llevaba en la frente un copete blanco, el vapor de la pólvora que acababa de escupir.
Al punto un segundo chorro de humo partió de lo alto de la fortaleza; unos instantes después resonó una nueva detonación.
La siguieron otras, y a cada momento la montaña lanzaba su aliento mortal, resoplaba vapores lechosos que se elevaban lentamente, en el cielo tranquilo, formando una nube sobre ella.
El señor Sauvage se encogió de hombros:
-Ya vuelven a empezar -dijo.
Morissot, que miraba ansiosamente cómo se hundía una y otra vez la pluma de su flotador, se vio asaltado de pronto por la cólera del hombre pacífico contra los fanáticos que así luchaban, y refunfuñó:
-Hay que ser estúpido para matarse de esa manera.
El señor Sauvage replicó:
-Peor que los animales.
Y Morissot, que acababa de coger una breca, declaró:
-¡Y pensar que siempre ocurrirá lo mismo, mientras haya gobiernos!
El señor Sauvage lo detuvo:
-La República no habría declarado la guerra…
Morissot lo interrumpió:
-Con los reyes, hay guerras fuera; con la República, hay guerra dentro.
Y se pusieron a discutir tranquilamente, desembrollando los grandes problemas políticos con la sana razón de hombres bondadosos y limitados, siempre de acuerdo en un solo punto, que nunca serían libres. Y el Mont-Valerien retumbaba sin tregua, demoliendo a cañonazos casas francesas, segando vidas, aplastando seres, poniendo fin a muchos sueños, a muchas alegrías esperadas, a mucha felicidad deseada, sembrando en corazones de esposas, en corazones de hijas, en corazones de madres, allá lejos, en otros países, sufrimientos que nunca acabarían.
-Es la vida -declaró el señor Sauvage.
-Diga más bien que es la muerte -replicó riendo Morissot.
Pero se estremecieron asustados, oyendo que alguien caminaba detrás de ellos; y, volviendo la vista, vieron, pegados a sus espaldas, cuatro hombres, cuatro hombres altos armados y barbudos, vestidos como criados con librea y tocados con gorras de plato, apuntándoles con sus fusiles.
Las dos cañas se les escaparon de las manos y empezaron a descender río abajo. En unos segundos los cogieron, los ataron, se los llevaron, los arrojaron a una barca y los trasladaron a la isla. Y detrás de la casa que habían creído abandonada vieron una veintena de soldados alemanes. Una especie de gigante velludo, que fumaba, a horcajadas en una silla, una gran pipa de porcelana, les preguntó en excelente francés:
-¿Qué, señores? ¿Han tenido buena pesca?
Entonces un soldado dejó a los pies del oficial la red llena de peces, que se había preocupado de recoger. El prusiano sonrió:
-¡Ah, ah! Veo que no les ha ido mal. Pero se trata de otra cosa. Escúchenme y no se inquieten. Para mí, ustedes son dos espías enviados a vigilarme. Yo los cojo y los fusilo. Ustedes fingían pescar, con el fin de disimular sus intenciones. Han caído en mis manos, mala suerte; es la guerra. Pero, como ustedes han salido por las avanzadas, seguramente tienen una contraseña para regresar. Díganme esa contraseña y les perdono la vida.
Los dos amigos, lívidos, el uno junto al otro, con las manos agitadas por un leve temblor nervioso, callaban.
El oficial prosiguió:
-Nadie lo sabrá nunca, ustedes volverán tranquilamente a casa. El secreto quedará entre nosotros. Si se niegan, es la muerte… y en seguida. Elijan.
Ellos continuaban inmóviles, sin abrir la boca.
El prusiano, sin perder la calma, prosiguió, extendiendo la mano hacia el río:
-Piensen que dentro de cinco minutos estarán ustedes en el fondo de esa agua. ¡Dentro de cinco minutos! ¿No tienen ustedes familia?
El Mont-Valerien seguía retumbando.
Los dos pescadores permanecían en pie y silenciosos. El alemán dio unas órdenes en su lengua. Después cambió su silla de sitio para no encontrarse demasiado cerca de los prisioneros, y doce hombres fueron a colocarse a veinte pasos, con los fusiles al pie.
El oficial prosiguió:
-Les doy un minuto, y ni un segundo más.
Después se levantó bruscamente, se acercó a los dos franceses, cogió a Morissot del brazo, se lo llevó aparte, le dijo en voz baja:
-¡Rápido, la contraseña! Su compañero no sabrá nada, fingiré compadecerme…
Morissot no respondió nada.
El prusiano se llevó entonces al señor Sauvage y le propuso lo mismo.
El señor Sauvage no respondió.
Volvieron a encontrarse uno junto a otro.
Y el oficial se puso a dar órdenes. Los soldados alzaron sus armas.
Entonces la mirada de Morissot cayó por casualidad sobre la red llena de zarbos, que había quedado en la hierba, a unos pasos de él.
Un rayo de sol hacía brillar el montón de peces, que se agitaban aún. Y lo invadió el desaliento. A pesar de sus esfuerzos, se le llenaron los ojos de lágrimas. Balbució:
-Adiós, señor Sauvage.
El señor Sauvage contestó:
-Adiós, señor Morissot.
Se estrecharon las manos, sacudidos de pies a cabeza por invencibles temblores.
El oficial gritó:
-¡Fuego!
Los doce disparos sonaron como uno solo.
El señor Sauvage cayó de bruces. Morissot, más alto, osciló, giró sobre sí mismo y cayó atravesado sobre su compañero, boca arriba, mientras la sangre escapaba a borbotones por la guerrera agujereada en el pecho.
El alemán dio nuevas órdenes.
Sus hombres se dispersaron, regresando después con cuerdas y piedras que ataron a los pies de los dos muertos; después los llevaron a la orilla.
El Mont-Valerien no cesaba de retumbar, coronado ahora por una montaña de humo.
Dos soldados cogieron a Morissot por la cabeza y por las piernas; otros dos agarraron al señor Sauvage de idéntica manera. Los cuerpos, balanceados un instante con fuerza, fueron lanzados al río, describieron una curva, después se hundieron, de pie, en el río, pues las piedras arrastraban primero las piernas.
El agua saltó, burbujeó, se agitó, después se calmó, mientras unas pequeñas ondas llegaban hasta la orilla.
Flotaba un poco de sangre.
El oficial, siempre sereno, dijo a media voz:
-Ahora los peces se ocuparán de ellos.
Después regresó hacia la casa.
Y de pronto vio la red con los zarbos en la hierba. La recogió, la examinó, sonrió, gritó:
-¡Wilhelm!
Acudió un soldado de delantal blanco. Y el prusiano, lanzándole la pesca de los dos fusilados, le ordenó:
-Fríeme en seguida esos animalitos, mientras aún están vivos. Serán deliciosos.
Y volvió de nuevo a fumar su pipa.
FIN
MÁS CUENTOS DE GUY DE MAUPASSANT

Ponencia Sobre Dos Amigos. Greimas by Marcelo Astorga Veloso



https://es.scribd.com/document/349250860/Ponencia-Sobre-Dos-Amigos-Greimas#

jueves, 21 de septiembre de 2017

Gone Girl Official Trailer #2 (2014) Ben Affleck, Rosamund Pike HD

AGATHA NUNCA DORMÍA A OSCURAS

LA OTRA BIOGRAFÍA | AGATHA CHRISTIE
AGATHA NUNCA DORMÍA A OSCURAS
POR FERRÁN VILADEVALL
Nació en Torquay, Inglaterra, en 1890. Sólo fue al colegio un año, en su adolescencia. De sus viajes obtenía ideas para sus novelas, más de 80, que le valieron el sobrenombre de "Reina del Crimen". Solitaria. Richard Hark publica una biografía no autorizada en la que muestra a una Agatha de carácter débil y solitario que no maduró hasta los 36 años.
Nació en Torquay, Inglaterra, en 1890. Sólo fue al colegio un año, en su adolescencia. De sus viajes obtenía ideas para sus novelas, más de 80, que le valieron el sobrenombre de "Reina del Crimen". Solitaria. Richard Hark publica una biografía no autorizada en la que muestra a una Agatha de carácter débil y solitario que no maduró hasta los 36 años.
Era una fría mañana de diciembre del año 1926. La niebla todavía cubría la campiña inglesa cuando un gitano de 15 años descubrió un vehículo Morris Cowley en la cuneta. No había signos de accidente. En su interior, las pertenencias de su dueña: un abrigo de piel, dos pares de zapatos negros, un vestido de noche y un carné de conducir caducado a nombre de Agatha Christie.
En menos de una hora la policía estaba en casa de los Christie preguntando por la señora. «No está», les dijo una nerviosa Charlotte Fischer, la secretaria, consciente de que en el bolsillo de su vestido tenía una nota que la misma Agatha le había escrito la noche anterior. Una nota breve y directa: «No estaré en casa esta noche. Mañana ya te diré dónde estoy». Pero no lo hizo.
Pasaron los días, y lo que parecía una ausencia accidental tomó visos de asesinato. Archibald Christie, el marido de Agatha -un ex piloto militar de gran atractivo y menos personalidad- era el principal sospechoso. La noticia de la desaparición de su esposa, que él catalogó como un producto de su «naturaleza dramática» y a una «especie de crisis nerviosa», le había pillado en brazos de su amante, una joven de 26 años llamada Nancy Neele. Y tuvo suerte de que no trascendiera que había pedido el divorcio a su esposa ese mismo día.
Tras un barrido exhaustivo -con cientos de policías y voluntarios- y sin rastro del cadáver, la policía admitió lo que creían inadmisible, que la escritora había desaparecido sin dejar huella. Además, habían encontrado su pasaporte y las cuentas bancarias no habían registrado ninguna actividad en los días posteriores a su huida.
La prensa internacional enseguida se hizo eco del suceso. Que una escritora de misterios desapareciera de forma enigmática, cerca de su casa, era un tema morboso. Entonces llegó la primera pista. Una carta escrita por la autora, con el matasellos marcado tres horas después de que se descubriera el vehículo, dirigida al hermano de Archibald, también militar. En ella afirmaba que se desplazaba hasta un balneario de Yorkshire. La segunda pista apareció poco después, cuando un par de músicos de Yorkshire llamaron a la policía asegurando haber visto a la escritora en el Harrogate Hydropathic Hotel, un lugar remoto y exclusivo, conocido por las dotes curativas de su manantial de azufre.
Archibald se dirigió al lugar escoltado por la policía. Se sentó en la recepción a esperar, protegido por las páginas de un diario. Al rato, una mujer pelirroja, elegante y estilosa, apareció en lo alto de las escaleras. Se miraron. Con paso firme, la mujer cruzó la estancia en diagonal. Al llegar junto a Archibald, extendió su mano y se presentó. «Hola, me llamo Neele. Señorita Teresa Neele». Fin del misterio. Teresa Neele había sido el álter ego de Agatha Christie durante 11 días. La elección del nombre no fue casual, Neele era el apellido de la amante de su esposo.
Nadie supo nunca los motivos reales de su desaparición pero, con esta farsa, Christie dejó, a sus 36 años, de ser una ilusa emocional con problemas de autoconfianza y una timidez desbordante para convertirse en una mujer madura, aventurera y capaz de controlar sus emociones. Al menos eso dice Richard Hack en Duchess of Death (Duquesa de la muerte), la última biografía, no autorizada, publicada sobre la afamada novelista, fruto de una investigación basada en más de 5.000 notas, apuntes y cartas nunca antes revelados.
INFANCIA SOLITARIA
Agatha Mary Clarissa Miller -Christie después de casada- fue una persona introvertida y, hasta cierto punto, misteriosa. Luchaba por mantener a los extraños, la prensa y a los curiosos lejos de su círculo íntimo. Una actitud que se cimentó durante su infancia, una época que ella describió como «feliz», pero que no fue típica. En 1895, a los cinco años, aprendió a leer sola, en secreto, con una novela romántica. Creaba familias enteras de personajes invisibles y, sobre todo, buscaba con avidez su tiempo a solas. Momentos que aprovechaba para dar rienda suelta a su imaginación en los que completaba las historias que le contaba su madre, una mujer con una facilidad innata para la narración oral en las que el bien prevalecía sobre el mal. Pero una cosa era la soledad controlada y otra aquella a la que quedó expuesta a los seis años. Su familia -durante la época en que disfrutaban de solvencia económica- se fue a Nueva York para presentar a su hermana Margaret en sociedad. A falta de amigos, Agatha experimentó «un sentimiento de soledad y abandono que siempre permaneció con ella», escribe Hack.
Se supone que la necesidad de comunicarse la llevó a empezar un diario antes de la preadolescencia, escribiendo «pensamientos y algunos intentos de poesía». Sobre todo después de perder a su padre por enfermedad. Por esa época empezaron también sus pesadillas y el sueño repetido del «hombre de la pistola». Un hombre enigmático de ojos azules que armado, siempre le aterrorizaba. A partir de ese momento, Agatha no pudo dormir a oscuras.
Lo fascinante de su caso es que no recibió una educación formal «aparte de un año en una escuela privada en su adolescencia y de algunas lecciones esporádicas impartidas por su padre», detalla Hack. Básicamente, Agatha Christie fue autodidacta. Ya en la adolescencia, las hormonas se pusieron en la lista de espera de sus prioridades. Rechazó propuestas de matrimonio. Duques, príncipes, caballeros, cualquier hombre salido de su imaginación era un candidato perfecto. Los que se aventuraban a hablar con ella -simples mortales-, no le interesaban. ¿Dónde estaban los hombres de verdad? ¿Los que matan dragones con las manos, los que luchan contra ejércitos? Hasta que llegó Archibald Christie.
UN MARIDO DE CUENTO
Fue junto a él que Agatha empezó a escribir. En plena Primera Guerra Mundial, la novelista estaba ejerciendo de enfermera cuando una gripe la retuvo en casa varias semanas. Sacó la máquina de escribir de su hermana. Comenzó a tontear con poesía hasta que la hermana le retó a crear una historia de asesinatos. Pero nada de narrar un crimen barato. La historia tenía que ser inteligente. Tanto que fuera casi imposible descubrir al asesino. La autora aprovechó el contacto que tenía con los medicamentos de la enfermería para familiarizarse con pócimas y venenos -protagonistas destacados en muchas de sus obras-. Así nació El misterioso caso de Styles, su primera obra, protagonizada por un detective belga, pequeño y observador de nombre curioso: Hércules Poirot. «No sé de dónde saqué el nombre. Igual me vino a la cabeza, lo leí en el periódico o en algún otro sitio. Lo importante es que me vino», recuerda la escritora en su autobiografía. A Poirot, luego le sucederían la solterona Jane Marple, Tommy y Tuppence Beresford, Parker Pyne y Harley Quin como protagonistas efímeros de sus novelas. Todos más preocupados con dar caza al criminal que con la naturaleza del crimen.
Tardó años en publicar su primer trabajo, pero una vez conseguido en 1920, ya no paró. No sólo por un contrato draconiano que firmó, casi regalando los derechos de sus primeras seis creaciones y la obligación de producir trabajos, sino por sus problemas económicos. Archibald Christie no era un buen hombre de negocios y camufló la necesidad de ingresos por interés en el pasatiempo de su esposa, como si fuera jardinería o punto de cruz. Incluso cuando la autora había publicado ocho libros, Archibald pensaba «que su afición era ridícula, como ella», explica Hack. Una visión que poco distaba de la que Agatha tenía de ella misma. «Veo mi trabajo como poco importante. Soy una simple proveedora de entretenimiento», dijo a pesar de haber vendido más de 2.000 millones de libros, y de estar traducida a más de 100 idiomas. «No me siento como una autora, más bien como alguien que pretende ser una».
De todas formas, el trauma de 1926 -su desaparición, la petición de divorcio de su primer marido y la muerte de su madre-, la convirtieron al profesionalismo. Eso sí, después de un breve paso por Tenerife, donde se recuperó emocionalmente. «Asumí la carga de la profesión que es escribir incluso cuando no tienes ganas, no te gusta lo que escribes o no escribes particularmente bien».
Empezó a viajar sin su hija Rosalind -habida de su unión con Christie-. Afición que mantuvo hasta que su salud se lo permitió y que le reportó inagotables ideas para sus novelas, siendo una de las más conocidas Asesinato en el Orient Express, tren que tomó en varias ocasiones. En uno de sus viajes a Oriente Próximo conoció a Max Mallowan, un arqueólogo 14 años más joven que se convertiría en su segundo marido. Un hombre más bien feo, pero trabajador, con temple ante los contratiempos y una posible relación homosexual previa, según explica Hack.
La primera década de esta relación estuvo «exenta de sombras» según Christie, que sin embargo, volvió a mostrarse pasiva en la relación incluso siendo la que más ganancias aportaba. «Fue una mujer que siempre buscaba la aprobación de sus padres y de sus maridos», detalla Hack. Con todo, la calma emocional se notó en sus obras. Una de sus creaciones maestras, Diez negritos fue publicada en 1939. Un título que ha vendido más de 100 millones de copias a lo largo de los años. El que más. Luego vino la Segunda Guerra Mundial -Christie rehusó esconderse en los refugios antiaéreos para seguir escribiendo-, los problemas físicos -había engordado demasiado-, la muerte de su hermano drogadicto y el cerco del fisco americano. Llegó a pasar épocas de sequía económica debido a que los yanquis congelaron sus ingresos. Un litigio que duró más de tres lustros y se saldó con el pago de más de 150.000 dólares.
En el último cuarto de su vida, Christie intentó cerrarse más en su mundo, alérgica a la creciente popularidad que la rodeaba. Murió en enero de 1976 a los 85 años, laureada con el título de Dama y con la Orden del Imperio Británico, aclamada por todo el mundo, pero sintiéndose un fracaso como mujer sofisticada. Una preocupación más bien poco misteriosa.
 
 © 2017 Unidad Editorial Internet, S.L. - Política de privacidad
 
 Avenida San Luis 25-27. 28033. Madrid. ESPAÑA
Tfno.: (34) 91 443 50 00 Fax: (34) 91 443 58 44
E-mail: cronica@el-mundo.es
http://www.elmundo.es/suplementos/cronica/2009/722/1250373609.html

Agatha Christie


  • 1890-1976 (Británica)

    Escritora británica especializada en el género policial, por cuyo trabajo tuvo reconocimiento a nivel internacional. Además de 66 novelas policiales, también publicó seis novelas rosas bajo el seudónimo de Mary Westmacott y 14 historias cortas e incursionó exitosamente como autora teatral, con obras como La ratonera o Testigo de cargo.

"Aprendí que no se puede dar marcha atrás, que la esencia de la vida es ir hacia adelante. La vida, en realidad, es una calle de sentido único." "Cásate con un arqueólogo. Cuanto más vieja te hagas, más encantadora te encontrará"



Primeros años

Agatha Mary Clarissa Miller nació el 15 de septiembre 1890 en el seno de una familia de clase media alta en Torquay, Devon, al sudoeste de Inglaterra. Su madre, Clara Boehmer, originaria de Belfast, nació en 1854 como la única hija mujer del capitán Frederick Boehmer y Mary Ann West, matrimonio que tuvo otros cuatro varones, uno de los cuales murió joven. El capitán Boehmer pereció en un accidente de equitación durante una estadía en Jersey en abril de 1863, por lo que Mary Ann tuvo que criar a sus hijos sola bajo un magro ingreso económico. A causa de su situación financiera, envió a su hija Clara a vivir en Sussex Occidental con su tía Margaret Miller, casada desde 1863 con un norteamericano millonario, Nathaniel Frary Miller. Ahí conoció a su futuro marido, Frederick Alvah Miller, un agente de bolsa estadounidense e hijo de su padrastro. Miembro de la clase alta norteamericana, había estado radicado en Europa para estudiar en Suiza. Considerado agradable y amable por los que le conocían, pronto desarrolló una relación amorosa con Clara y se casaron en abril de 1878. El matrimonio tuvo dos hijos además de Agatha: Margaret «Madge» Frary Miller (1879-1950), nacida en Torquay, y Louis «Monty» Montant (1880-1929), nacido en Nueva York. Poco después, Clara adquirió una villa en Torquay llamada «Ashfield», donde vivió con su familia y tuvo a su última hija, Agatha.

Christie señaló que su infancia había sido «muy feliz» y había crecido rodeada de mujeres fuertes e independientes. Su vida alternaba entre su casa de Devonshire y las residencias de su abuela y tías en Ealing, West End y algunas partes del sur de Europa, donde su familia transcurría las vacaciones de invierno. Nominalmente cristiana, fue criada en un hogar de creencias esotéricas y, al igual que sus hermanos, creía que su madre Clara era una psíquica con percepciones extrasensoriales. Sus padres insistieron en que su hija recibiera una educación hogareña y se encargaron de enseñarle a leer y escribir, y a realizar operaciones aritméticas básicas. Si bien su madre creía que los niños no debían aprender a leer hasta la edad de ocho años, Agatha aprendió a los cuatro. También la instruyeron acerca de la música y aprendió a tocar el piano y la mandolina. Fue una lectora voraz desde una edad temprana y entre sus libros preferidos se hallaban los infantiles escritos por la señora Molesworth, incluyendo The Adventures of Herr Baby (1881), Christmas Tree Land (1897) y The Magic Nuts (1898). También leyó la obra de Edith Nesbit, especialmente títulos como The Story of the Treasure Seekers (1899), The Phoenix and the Carpet (1903) y The Railway Children (1906). Al crecer, pasó a leer versos surrealistas de Edward Lear y Lewis Carroll. Si bien pasó mucho tiempo con sus mascotas, gran parte de su infancia transcurrió en soledad y aislada de otros niños. Al relacionarse con un grupo de chicas en Torquay, señaló que «uno de los mejores momentos de mi existencia» fue su aparición con ellas en una producción operística juvenil de Gilbert y Sullivan, The Yeomen of the Guard, en la que interpretó a la héroe, Fairfax.

Su padre enfermaba a menudo y sufrió una serie de ataques al corazón hasta que murió en noviembre de 1901 a la edad de 55 años. Su muerte dejó a la familia devastada y con un futuro económico incierto. Agatha y su madre continuaron viviendo juntas en su casa de Torquay, mientras que Madge se trasladó a Cheadle Hall con su nuevo marido y Monty se unió al ejército para luego ser enviado a Sudáfrica donde luchó en la Guerra de los Boers. Agatha declararía más tarde que la muerte de su padre, que se produjo cuando ella tenía 11 años, marcó el fin de su infancia. En 1902, Agatha comenzó a recibir una educación formal en la Escuela de Niñas de la Señorita Guyer en Torquay pero encontró dificultades para adaptarse al régimen disciplinario. En 1905 fue trasladada a la ciudad de París, donde estudió en tres entidades, Mademoiselle Cabernet, Les Marroniers y la de la señorita Dryden.


Aspirante a la escritura y Primera Guerra Mundial

Al regresar a Inglaterra en 1910, descubrió que su madre estaba enferma y ambas decidieron pasar tiempo juntas en la zona más cálida de El Cairo, alojándose durante tres meses en el Gezirah Palace Hotel. Visitó monumentos egipcios antiguos como la Gran Pirámide de Giza pero no mostró interés por la arqueología y egiptología que en sus últimos años llegaron a ser un aspecto relevante en su obra. De regreso a Gran Bretaña, continuó con sus actividades sociales, la escritura y la realización de teatro para aficionados, incluso ayudó durante la producción de la obra The Blue Beard of Unhappiness con un grupo de amigas. Algunas de sus primeras obras fueron publicadas pero Christie decidió no enfocarse en esta tarea como futuro profesional.

Mientras se recuperaba en la cama de una enfermedad, escribió su primer cuento, The House of Beauty, que consistió en alrededor de 6000 palabras sobre el mundo de «la locura y los sueños». El biógrafo Janet Morgan comentó más tarde que a pesar de «desaciertos de estilo», la historia fue «convincente». La mayoría de sus siguientes relatos, en especial The Call of Wings y The Little Lonely God, ilustraron su interés por el espiritismo y lo paranormal. Varias revistas rechazaron todas sus primeras presentaciones aunque algunas fueron reversionadas y publicadas más tarde a menudo con nuevos títulos.

A continuación, Christie editó su primera novela, Snow Upon the Desert, en El Cairo, basada en sus recientes experiencias en esa ciudad. Sin embargo, se encontró perturbada luego de que varias editoriales se negaran a publicarla. Clara le sugirió que pidiera consejo a un amigo de la familia, el escritor Eden Philpotts, quien alentó a que continuara con su obra y le envió una introducción a su agente literario, Hughes Massie. Sin embargo, él también rechazó Snow Upon the Desert y sugirió la preparación de una segunda novela.

En búsqueda de un marido en diversos eventos sociales, tuvo relaciones infructuosas de corta duración con cuatro hombres separados. Luego conoció a Archibald «Archie» Christie (1889-1962) —aviador de la Royal Flying Corps— en un baile ofrecido por lord y lady Clifford en Chudleigh, a 19 km de Torquay. Archie había nacido en la India como el hijo de un juez del servicio civil. Ambos se enamoraron rápidamente y, al enterarse de que sería destinado a Farnborough, Archie le propuso matrimonio y Agatha aceptó la propuesta. En 1914, con el estallido de la Primera Guerra Mundial, su marido fue enviado a Francia para combatir a las fuerzas alemanas. Por su parte, Agatha también colaboró durante la guerra y se unió a la Voluntary Aid Detachment (VAD),nota 1 donde atendió soldados heridos en el Hospital de Torquay. En su desempeño como enfermera, profesión a la que definió como «uno de los trabajos más gratificantes que cualquiera pueda tener», dedicó 3400 horas de trabajo no remunerado entre octubre 1914 y diciembre de 1916. Como dispensadora hospitalaria para la Cruz Roja, obtuvo £16 anuales hasta el final de su servicio en septiembre de 1918. Su trabajo ahí tuvo cierta influencia en su obra ya que muchos de los asesinatos que relató se llevaron a cabo con venenos. Finalmente Archie fue enviado de regreso a Gran Bretaña en septiembre de 1918 como coronel en el Ministerio del Aire y ambos se instalaron en un departamento en el número 5 de Northwick Terrace en St. John Wood, al noroeste de Londres.


Primeras novelas

Después de leer La dama de blanco y La piedra lunar de Wilkie Collins así como las primeras historias de Sherlock Holmes de Arthur Conan Doyle, Christie se convirtió en seguidora de los relatos detectivescos. Fue así como en 1920 escribió su primera novela policíaca, El misterioso caso de Styles, donde presentó al detective Hércules Poirot retratado como un exoficial de la policía belga que se había refugiado en Gran Bretaña después de la invasión alemana en Bélgica, conocido por sus «magníficos bigotes» y su cabeza en forma de huevo. Christie fue influenciada para la creación del personaje por los refugiados belgas asentados en Torquay.

La novela no fue aceptada por seis empresas de editoriales, entre ellas Hodder and Stoughton y Methuen. Sin embargo, John Lane en The Bodley Head analizó la petición durante varios meses y luego, se ofreció a publicarla si Christie modificaba el final. Luego de aceptar el pedido, firmó un contrato que más tarde percibió como abusivo y 2000 copias fueron vendidas. Según The Times Literary Supplement, «el único defecto que esta historia tiene es que es casi demasiado ingeniosa... Se dice que es el primer libro de la autora y... una historia de detectives en la que el lector no sería capaz de localizar al criminal». Por su parte, dio a luz a su hija Rosalind en Ashfield en agosto de 1919, donde la pareja pasaba gran parte de su tiempo. Archie salió de la Fuerza Aérea hacia el final de la guerra y comenzó a trabajar en el sistema financiero de Londres con un salario relativamente bajo.

La segunda novela de Christie, El misterioso señor Brown (1922), publicada por The Bodley Head, contó con una nueva pareja de detectives, Tommy y Tuppence Beresford. Una tercera novela, Asesinato en el campo de golf (1923), tuvo nuevamente a Poirot como protagonista al igual que los cuentos encargados por Bruce Ingram, director de la revista Sketch. The Times Literary Supplement comparó los métodos de detección de Poirot con los de Sherlock Holmes y concluyó favorablemente que el libro «ofrece al lector un misterio apasionante de tipo poco común». Por su parte, The New York Times Book Review señaló que «aquí hay una muy buena historia de detectives que puede ser cálidamente recomendada a los que les gusta ese tipo de ficción». Con el fin de recorrer el mundo para promocionar la Exhibición del Imperio Británico, la pareja dejó a su hija Rosalind con la madre y la hermana de Agatha para luego viajar por Sudáfrica, Australia, Nueva Zelanda y Hawái. En Waikiki se convirtieron en algunos de los primeros británicos en practicar el surfeo.


Desaparición

A finales de 1926, Archie reveló que estaba enamorado de otra mujer, Nancy Neele, y solicitó el divorcio. El 3 de diciembre de 1926, Christie y Archibald mantuvieron una discusión y él abandonó su residencia «Styles» de Berkshire para pasar el fin de semana con su amante en Surrey. Esa misma noche, alrededor de las 21.45 GMT, Christie desapareció luego de dejarle una carta a su secretaria donde informaba que estaría en Yorkshire.

Su coche, un Morris Cowley, fue encontrado más tarde en Newlands Corner al lado de un lago cerca de Guildford junto con un permiso de conducir caducado y ropa. El hecho provocó gran conmoción entre sus seguidores y atrajo la atención de la prensa pública. El ministro del Interior, William Joynson-Hicks, presionó a la policía y un periódico ofreció £100 como recompensa. Más de mil agentes de policía, 15000 voluntarios y varios aviones rastrillaron e investigaron la zona rural. Incluso, Sir Arthur Conan Doyle le otorgó uno de los guantes de Christie a un médium para que lograra percibirla y Dorothy L. Sayers visitó la casa de Surrey, que posteriormente se convirtió en el escenario de su libro Unnatural Death.

La desaparición de Christie apareció en la primera plana de The New York Times y a pesar de la intensa búsqueda, no fue hallada hasta once días después. El 14 de diciembre de 1926 fue identificada como una huésped del Swan Hydropathic Hotel en Harrogate, donde apareció registrada como Teresa Neele (el apellido de la amante de su marido), de Ciudad del Cabo. La escritora no sabía por qué estaba ahí y tampoco fue capaz de reconocer a su marido cuando este llegó a su encuentro, por lo que debió recibir un tratamiento psiquiátrico en Harley Street.

Christie nunca dio explicaciones con respecto a su desaparición. Aunque dos médicos le diagnosticaron entonces fuga psicogénica, la opinión en cuanto a las razones de su desaparición continúa dividida. Una de las versiones indica que habría sufrido una crisis nerviosa ocasionada por su propensión a la depresión agravada por la muerte de su madre a principios de año y la infidelidad de su marido. La reacción pública fue principalmente negativa ya que muchos creyeron que había fingido su desaparición como truco publicitario o para hacerle creer a la policía que su esposo la había matado.

El autor Jared Cage entrevistó a múltiples testigos y familiares de la escritora para su libro biográfico, Agatha Christie y los 11 días perdida, y una gran cantidad sugirió que la escritora llevó a cabo su desaparición intencionalmente para avergonzar a Archibald sin imaginar la notoriedad pública que tomaría el hecho. La película de Michael Apted de 1979, Agatha, protagonizada por Vanessa Redgrave, Dustin Hoffman y Timothy Dalton, recreó a una Christie planificando su suicidio para culpar a la amante de su marido por «asesinato». Luego, un periodista estadounidense, interpretado por Hoffman, la sigue de cerca y detiene su plan.

Los Christie se divorciaron en 1928, Archie se casó al poco tiempo con Nancy Neele y Agatha recibió la custodia de su hija Rosalind. Durante su matrimonio, publicó seis novelas, una colección de historias cortas y una serie de cuentos en revistas. Madre e hija se trasladaron a las Islas Canarias, donde terminó de redactar El misterio del tren azul. A finales de 1928 Agatha escribió su primera novela bajo el seudónimo de Mary Westmacott, El pan del gigante, que no pertenece al género de detectives sino que es una obra ficcional sobre un compositor obligado a trabajar por razones financieras.


Éxito inicial y segundo matrimonio

Su primer gran éxito llegó con la publicación de El asesinato de Roger Ackroyd en 1926. La novela, de la cual se comercializaron 5000 copias durante la primera emisión, recibió muchas opiniones y generó una controversia por la forma en que cambia las reglas tradicionales de la novela policíaca. La autora se sirvió del relato en primera persona para ocultar y al mismo tiempo revelar la identidad del asesino. En la novela, el médico rural Sheppard no sólo representa el papel de ayudante del detective belga Hércules Poirot sino que es el responsable del asesinato. La necesidad de formular determinados pasajes del informe de una manera tan ambigua atraía a Christie.

En 1928, la publicación de El misterio de Sittaford produjo una notable cantidad de críticas. El Times Literaty Supplement tuvo una postura positiva y señaló, en su edición del 3 de mayo de 1928, que «el lector no se sentirá decepcionado cuando el distinguido belga, por motivos psicológicos, se niegue a sospechar del marido detenido y actúe por sugerencia de una muchacha fea que constantemente se burla de su madre absurda, construye deducciones casi desde el aire, las apoya con una amplia variedad de evidencia negativa [...]». Robert Barnard dijo que es «la historia que menos le gusta a Christie, por la cual ella luchó con el antes y después de la desaparición. El contexto internacional hace una lectura variada buena pero hay [...] algunas influencias nocivas de los thrillers». La trama de El misterio de Sittaford indica que Emily Trefusis lleva a cabo una serie de investigaciones luego del sorpresivo asesinato del arrendante Joseph Trevelyan mientras algunas de sus inquilinas se comunican con los espíritus.

Persuadida durante una cena, Christie partió hacia Bagdad y de ahí viajó a la zona arqueológica de Ur, donde forjó una amistad con los dirigentes de una excavación, Leonard y Katharine Wooley. Invitada de nuevo al año siguiente, conoció al arqueólogo Max Mallowan (1904-1978), a quien definió como un «hombre delgado, moreno, joven y muy tranquilo». Tras un breve noviazgo, contrajeron matrimonio en septiembre de 1930 en la isla de Skye realizaron su luna de miel alrededor de Italia, Yugoslavia y Grecia. Su matrimonio, a diferencia del anterior, fue fructífero y perduró hasta la muerte de la escritora en 1976. Ambos solían pasar los veranos en Ashfield con Rosalind, la Navidad con la familia del hermano de Mallowan en Abney Hall, los finales de otoño trabajando en excavaciones arqueológicas —principalmente en Siria e Iraq— y el resto del año en Londres y en su casa de campo en Wallingford, Oxfordshire.

Christie utilizó con frecuencia escenas en sus historias que estaban familiarizadas con ella. Sus viajes con Mallowan tuvieron una importante influencia sobre varias de sus novelas ambientadas en el Medio Oriente. Luego de una estadía en Turquía y Bagdad, su personaje Miss Marple adquirió protagonismo en su novela Muerte en la vicaría, representada en el Teatro de la Embajada en West End, Londres. Otras obras (como Diez negritos) transcurren alrededor Torquay, donde se crió. Su novela de 1934, Asesinato en el Orient Express, fue escrita en el Pera Palace Hotel de Estambul, edificio que mantiene intacta la habitación en la que permaneció Christie como un reconocimiento a la autora. Su propiedad en Greenway, Devon, adquirida por la pareja como residencia de veraneo en 1938, se halla en la actualidad bajo cuidado del National Trust. Christie visitaba a menudo la residencia de su cuñado James Watts en Abney Hall, que significó una gran influencia para la escritora a tal punto que se basó en ese lugar para confeccionar al menos dos producciones literarias, Pudding de Navidad para la colección de cuentos del mismo nombre y la novela Después del funeral.


Segunda Guerra Mundial

Durante la Segunda Guerra Mundial, mientras su esposo consiguió un trabajo en El Cairo, Christie se desempeñó en la farmacia del University College de Londres, donde adquirió más conocimientos sobre los venenos sumados a los que había recopilado durante su trabajo en el dispensario. Sus estudios sobre químicos a menudo se vieron reflejados en sus historias publicadas en los años de posguerra. Por ejemplo, el jefe farmacéutico Harold Davis, posteriormente trasladado al Ministerio de Salud del Reino Unido, le informó sobre el uso del talio como veneno y en El misterio de Pale Horse, publicado en 1961, Christie se sirvió de eso para el método de ejecución de las víctimas al que agregó indicios como la caída del cabello. Su descripción de la intoxicación con talio fue tan precisa que curiosamente ayudó a resolver un caso médico que resultó desconcertante para los especialistas.

Alrededor de 1941-1942, la agencia de inteligencia británica MI5 investigó a Agatha Christie luego de descubrir que El misterio de Sans Souci relataba una historia basada en la cacería de dos de los principales agentes de espionaje secretos de Adolf Hitler en Gran Bretaña. Uno de sus personajes, Major Bletchley, es presentado como un exoficial del Ejército Indio que afirma conocer los secretos de los esfuerzos de guerra de Gran Bretaña. Los temores de la agencia MI5 de que Christie supiera de los planes de Hitler fueron tan grandes que decidieron investigar sus contactos, especialmente al criptógrafo Dilly Knox debido a la sospecha de que los conocimientos de la escritora sobre el asunto provenían de él. Los rumores se disiparon cuando Christie le confesó a Knox que Major Bletchley era simplemente el nombre de «uno de mis personajes menos adorables». Poco después, quedó sorprendida al notar que la publicación del libro en Estados Unidos se demoró hasta que este país se unió a los aliados en el conflicto bélico.

El período de guerra fue el momento de mayor prestigio de la carrera de Christie. Algunas de sus obras más destacadas durante esa época fueron Cinco cerditos, Diez negritos, El caso de los anónimos, Un cadáver en la biblioteca y Maldad bajo el sol. Diez negritos es la novela de misterio más vendida de la historia y es considerado uno de los libros más vendidos de todos los tiempos.


Continuación de su carrera literaria

En 1945, luego del regreso de Mallowan de la guerra, Christie se dio cuenta de las consecuencias fiscales de escribir tanto. Para comienzos de la década de 1950, disminuyó su ritmo de vida y escribió con menor asiduidad. A finales de 1946, la utilización de su seudónimo Mary Westmacott fue seriamente cuestionado por un revisor de Lejos de ti esta primavera, lo que generó la decepción de la autora, que había disfrutado de la libertad de escribir sin la presión de ser Agatha Christie.

A lo largo de los años de 1940 y 1950, dedicó gran parte de su tiempo a producciones teatrales, lo que redujo la cantidad de libros publicados a partir de ese momento.78 Su mayor éxito teatral, La ratonera (1952), en 1982 cumplió treinta años de representaciones en el Teatro St. Martin de West End y alcanzó 12483 escenificaciones. Para ese entonces, la obra había sido vista solamente en Londres por más de cinco millones de personas, lo que supuso la venta de 252 toneladas de programas. Sin embargo, también fue presentada en una notable cantidad de ciudades británicas y 41 países.

En 1955 se fundó Agatha Christie Limited con el fin de preservar los derechos de la mayoría de sus publicaciones. La organización recibió variadas críticas ya que surgieron dudas con respecto a su propósito y la conveniencia de que una autora necesitara una empresa para cuidar sus intereses comerciales. En 1968, Booker Books, una subsidiaria del conglomerado agroindustrial Booker-McConnell, adquirió el 51% de las acciones aunque más tarde la empresa aumentó el porcentaje al 64%. En 1998, Brooker vendió sus acciones a Chorion, una empresa cuya cartera incluye las propiedades literarias de Enid Blyton y Dennis Wheatley.

Para honrar sus variadas obras literarias, recibió el primer Grand Master Award concedido por la Asociación de Escritores de Misterio y fue nombrada Comendadora de la Orden del Imperio Británico en 1956, un año antes de convertirse en presidenta del Detection Club. En 1961 recibió el doctorado honorario de la Universidad de Exeter y en 1971, la reina Isabel II la promovió a Dama Comendadora, tres años después de que su marido fuera nombrado Comendador de la Orden del Imperio Británico por su trabajo arqueológico. Desde 1968, luego de que su marido recibiera el título, la escritora podía ser llamada lady Agatha Mallowan o simplemente lady Mallowan.


Muerte

Desde 1971 a 1974, la salud de Christie se deterioró considerablemente aunque continuó trabajando. Su última aparición pública ocurrió en 1974 cuando asistió al estreno de la versión cinematográfica de Asesinato en el Orient Express protagonizada por Albert Finney. La última historia con Poirot, Telón, escrita en los años de 1940, fue publicada en diciembre de 1975, mientras que el último libro con Miss Marple, Un crimen dormido, fue lanzado en octubre de 1976 aunque también fue redactado durante la Segunda Guerra Mundial. En enero de 1976 sufrió un severo estado gripal y,66 ante el debilitamiento de su estado físico, otorgó los derechos de autor de La ratonera a su nieto. Algunos investigadores canadienses manifestaron luego de estudios su opinión de que Christie pudo haber padecido mal de Alzheimer o demencia senil en sus últimos años.

Falleció de causas naturales el 12 de enero de 1976 a los 85 años en su residencia Winterbrook House de Wallingford, Oxfordshire. Sus restos fueron inhumados en el cementerio de Santa María en Cholsey.

Su esposo Max Mallowan, luego de enviudar, contrajo matrimonio con su colega Barbara Hastings Parker y falleció apenas dos años después, en 1978. La única hija de Christie, Rosalind Margaret Hicks, murió el 28 de octubre de 2004 a la misma edad y de las mismas causas que su madre. Su nieto, Mathew Prichard, nacido en 1943, heredó los derechos de algunas obras de su abuela y en la actualidad es presidente de Agatha Christie Limited.

LA MISTERIOSA DESAPARICIÓN DE AGATHA CHRISTIE