domingo, 9 de agosto de 2020

Un hombre de hoy

 Un hombre de hoy

Sinopsis
Reinhardt vuelve a Nueva Orleáns con la esperanza de recuperar la suerte perdida. Pasado un tiempo, se entera de que una emisora local busca un presentador dinámico que consiga hacer llegar a la audiencia el mensaje radical e intolerante de sus responsables. En ese momento entra en su vida Geraldine, una mujer con una cicatriz en el rostro, pero dotada de grandes cualidades humanas. (FILMAFFINITY)https://www.filmaffinity.com/es/film443838.html  https://m.ok.ru/dk?st.cmd=movieLayer&st.discId=1316554934845&st.retLoc=default&st.discType=MOVIE&st.mvId=1316554934845&st.stpos=chan_3&_prevCmd=movieLayer&tkn=8355#lst#







sábado, 8 de agosto de 2020

PLACER DE VERANO de Alphonse Allais (1854 – 1905)

 

(Humor negro)

Alphonse Allais (Francia)                                          

La mansión que ocupo durante la estación estival es vecina de una modesta casa habitada por la más odiosa arpía de todo el litoral.
Viuda de un ingeniero de caminos al que hizo morir de pena, esta bruja unía a la más sórdida avaricia un mal genio poco corriente, y todo ello bajo la cobertura de una devoción llevada al exceso.
¡Murió, paz a sus cenizas!
¡Murió, y yo reía de gusto cuando la vi batir el aire con sus grandes brazos esqueléticos y caer sobre el débil césped de su ridículo y excesivamente cuidado jardincillo!
Porque asistí a su defunción; mejor dicho, fui su autor, y pienso que esa pequeña aventura será siempre uno de mis mejores recuerdos.
Era preciso, por otra parte, que eso terminara así, pues tanto me obsesionaba la sola idea de aquella arpía que había llegado a perder el sueño.
¡Horrible, horrible mujer!
Llegué a mi fúnebre resultado mediante un cierto número de bromas todas del peor gusto, pero que, a fe mía, revelaban en su autor tanta astucia como implacabilidad.
¿Desean un breve relato de mis maquinaciones?

Mi vecina tenía la locura de la jardinería: ninguna ensalada del país era comparable a sus ensaladas, y en cuanto a sus fresales, eran todos tan hermosos que daban ganas de arrodillarse delante de ellos.
Contra las malas hierbas, contra los malos insectos, contra los más voraces gusanos, conocía y empleaba infatigablemente mil trucos de una temible eficacia.
Su caza a los limacos era todo un poema, hubiera podido decir Copec de caer sobre el país.
Convoqué a una miríada de mocosos (miríada es una manera de hablar) y entregándoles a cada uno un saco…:
-¡Vamos -dije-, amiguitos míos, id por los caminos del campo, y traedme cuantos caracoles encontréis! A la vuelta os esperan unas cuantas monedas.
Y mis golfos salieron de caza.
Les esperaban copiosas presas: jamás, en efecto, tantos caracoles habían irisiado el paisaje.
Congregué a todos los moluscos en una inmensa caja bien cerrada. Donde fueron irritados a ayunar durante más de un día.
Después de lo cual, en una radiante tarde de verano, solté ese ganado en el jardín de la vieja.
La salida del sol iluminó inmediatamente un Waterloo.
De las lechugas, tiempo no tan florecientes, las achicorias y los fresales, no quedaban más que los siniestros y mordisqueados nervios.
¡Ah, de no haber reído tanto, aquel espectáculo devastador me hubiese consternado!
¡La arpía no creía lo que sus ojos veían!
Mientras tanto, llenos pero no hartos, mis babosas proseguían su obra de aniquilación.
Desde mi pequeño observatorio, observaba cómo trepaban decididamente al asalto de los perales.
…En aquel momento, la campana convocó a misa de diez. Mi vecina partió a contar sus penas al buen Dios.

Seria fastidioso un relato detallado de las feroces bromas que infligí a la mala mujer que me servía de vecina.
Pasaré en silencio los pedazos de carburo de calcio impuro que lanzaba al pequeño estanque frente a su casa: la pluma humana no puede llegar a describir el hedor a ajo que desprendía entonces su estúpido surtidor.
Y precisamente (detalle que supe más tarde y que me llenó de alegría) aquella bruja sentía una aversión insuperable por el olor a ajo.
Al pie del muro que separa su jardín del mío, cultivaba una soberbia planta de perejil. ¡Oh, el hermoso perejil!
A puñados, sin contarlas, inundé el arriate de semillas de cicuta, planta que se parece mucho, hasta poder confundirse, con el perejil.
(Compadezco a los nuevos inquilinos del jardín, si no se dan cuenta de la superchería)
Llegamos a las dos supremas bromas, la última de las cuales como ya he dicho antes, provocó la defunción súbita de la horrible vieja.
A fuerza de estudiarla, me sabía al dedillo la forma de vida de nuestra arpía.
Levantando con el alba, inspeccionaba con mirada suspicaz los menores detalles de su jardín, aplastaba una babosa por aquí, arrancaba una mala hierba por allá.
Al primer toque de campana de misa de seis, la devota salía, y luego, cumplido su deber religioso, regresaba y recogía del buzón el periódico La Croix, cuya edificante lectura emprendía mientras sorbía un café con leche.
Entonces, una mañana, leyó cosas extrañas en su diario favorito. El editorial, por ejemplo, comenzaba con la frase: «¡Nunca lograremos acabar con ese atajo de vuestra majestad de ratas de sacristía!», y el resto del artículo seguía con el mismo tono.
Después de lo cual se podía leer esta pequeña noticia:
«Aviso a nuestros lectores
»Nunca recomendaremos demasiadas preocupaciones a aquellos de nuestros lectores que, por una u otra razón, se ven obligados a introducir eclesiásticos en su domicilio.
»Así, el lunes pasado, el cura de Saint-Lucien, llamado por uno de sus feligreses para administrarle los últimos sacramentos, consideró oportuno al retirarse, llevarse el reloj de oro del moribundo y una docena de cubiertos de plata.
»Este hecho está lejos de constituir un caso aislado, etc., etc.»
¡Y vaya con los sucesos!
Se contaba especialmente que el nuncio del Papa había sido detenido, la víspera, en el baile del Moulin-Rouge, por embriaguez, alboroto público e insultos a los gendarmes.
¡Curioso periódico!
¿Es preciso que añada que ese extraño órgano había sido redactado, compuesto, linotipado y editado, no por damas como el periódico La Fronde, sino por su seguro servidor, con la complicidad de un impresor amigo, cuya perfecta complacencia en esta ocasión nunca podré elogiar bastante?
Una de las farsas que puedo recomendar con toda clase de garantías a mi elegante clientela es la siguiente. No se destaca por su extrema intelectualidad, ni por su exquisito tacto, pero su práctica procura a su autor un intenso regocijo.
Claro está, no dejé de aplicarla a mi odiosa vecina.
Desde primera hora de la mañana, y a diversas horas del día, enviaba, firmadas por la vieja y con su dirección, telegramas a personas habitando los rincones más dispares de Francia.
Cada uno de esos telegramas, acompañado de una respuesta pagada, consistía en una demanda de información sobre un tema diverso.
Difícilmente pueden hacerse una idea del estupor mezclado de horror que sentía la vieja dama cada vez que el repartidor de telegramas le entregaba un sobre azul donde aparecían las frases de la más desorbitada incongruencia.
Sucediendo de cerca a la lectura del número especial de La Croix, fabricado por mí, aquellos telegramas llevaron a mi odiosa vecina a una alucinación muy cómica.
Al final, se negó a recibir al cartero y llegó a amenazar al humilde funcionario con recibirle a escobazos en el caso de que volviera a presentarse.
Instalado en la ventana de mi granero, y provisto de unos excelentes gemelos, nunca me había reído tanto.

Y mientras tanto, llegó la noche,
Quería una buena costumbre que el gato de la buena mujer, un gran gato negro, delgado pero imponente, deambulara por mi jardín tan pronto como caía el día.
Ayudado por mí sobrino (un muchacho que promete) no tardamos en capturar al animal.
Y no menos prontamente le salpicamos copiosamente de sulfato de bario.
(El sulfato de bario es uno de los productos que tienen la propiedad de hacer luminosos los objetos en la oscuridad. Se puede encontrar en todos los comercios de productos químicos)
Era una noche opaca, una noche sin estrellas ni luna.
Inquieta al no ver regresar a su minino, la vieja gritaba:
-¡Polyte, Polyte! ¡Ven, mi pequeño Polyte!
(¡Vaya nombre para un gato!)
Bruscamente soltado por nosotros, ebrio de rabia y de miedo, Polyte huyó, saltó el muro en menos tiempo del que necesito para escribirlo, y se precipitó hacia su casa.
¿Han visto alguna vez aparecer un gato luminoso entre las tinieblas de la noche?
Es un espectáculo que vale la pena, y por mi parte, nunca he visto otro más fantástico. Era demasiado.
Oímos gritos, aullidos.
-¡Belcebú! ¡Belcebú! –vociferaba la vieja-. ¡Es Belcebú!
Luego le vimos soltar la vela que llevaba en la mano y caer sobre el césped. Cuando, atraídos por sus gritos, los vecinos llegaron para levantarla, ya era demasiado tarde: había dejado de tener vecina.

 

https://es.scribd.com/doc/228593435/Alphonse-Allais-Placer-de-Verano

Cómo hacer un invernadero con botellas recicladas

viernes, 7 de agosto de 2020

CINE

El cofre volador

 

Hans Christian Andersen

Érase una vez un comerciante tan rico, que habría podido empedrar toda la calle con monedas de plata, y aún casi un callejón por añadidura; pero se guardó de hacerlo, pues el hombre conocía mejores maneras de invertir su dinero, y cuando daba un ochavo era para recibir un escudo. Fue un mercader muy listo… y luego murió.

Su hijo heredó todos sus caudales, y vivía alegremente: todas las noches iba al baile de máscaras, hacía cometas con billetes de banco y arrojaba al agua panecillos untados de mantequilla y lastrados con monedas de oro en vez de piedras. No es extraño, pues, que pronto se terminase el dinero; al fin a nuestro mozo no le quedaron más de cuatro perras gordas, y por todo vestido, unas zapatillas y una vieja bata de noche. Sus amigos lo abandonaron; no podían ya ir juntos por la calle; pero uno de ellos, que era un bonachón, le envió un viejo cofre con este aviso: «¡Embala!». El consejo era bueno, desde luego, pero como nada tenía que embalar, se metió él en el baúl.

Era un cofre curioso: echaba a volar en cuanto se le apretaba la cerradura. Y así lo hizo; en un santiamén, el muchacho se vio por los aires metido en el cofre, después de salir por la chimenea, y montóse hasta las nubes, vuela que te vuela. Cada vez que el fondo del baúl crujía un poco, a nuestro hombre le entraba pánico; si se desprendiesen las tablas, ¡vaya salto! ¡Dios nos ampare!

De este modo llegó a tierra de turcos. Escondiendo el cofre en el bosque, entre hojarasca seca, se encaminó a la ciudad; no llamó la atención de nadie, pues todos los turcos vestían también bata y pantuflos. Encontróse con un ama que llevaba un niño:

-Oye, nodriza -le preguntó-, ¿qué es aquel castillo tan grande, junto a la ciudad, con ventanas tan altas?

-Allí vive la hija del Rey -respondió la mujer-. Se le ha profetizado que quien se enamore de ella la hará desgraciada; por eso no se deja que nadie se le acerque, si no es en presencia del Rey y de la Reina.

-Gracias -dijo el hijo del mercader, y volvió a su bosque. Se metió en el cofre y levantó el vuelo; llegó al tejado del castillo y se introdujo por la ventana en las habitaciones de la princesa.

Estaba ella durmiendo en un sofá; era tan hermosa, que el mozo no pudo reprimirse y le dio un beso. La princesa despertó asustada, pero él le dijo que era el dios de los turcos, llegado por los aires; y esto la tranquilizó.

S sentaro uno junto al otro, y el mozo se puso a contar historias sobre los ojos de la muchacha: eran como lagos oscuros y maravillosos, por los que los pensamientos nadaban cual ondinas; luego historias sobre su frente, que comparó con una montaña nevada, llena de magníficos salones y cuadros; y luego le habló de la cigüeña, que trae a los niños pequeños.

Sí, eran unas historias muy hermosas, realmente. Luego pidió a la princesa si quería ser su esposa, y ella le dio el sí sin vacilar.

-Pero tendrás que volver el sábado -añadió-, pues he invitado a mis padres a tomar el té. Estarán orgullosos de que me case con el dios de los turcos. Pero mira de recordar historias bonitas, que a mis padres les gustan mucho. Mi madre las prefiere edificantes y elevadas, y mi padre las quiere divertidas, pues le gusta reírse.

-Bien, no traeré más regalo de boda que mis cuentos -respondió él, y se despidieron; pero antes la princesa le regaló un sable adornado con monedas de oro. ¡Y bien que le vinieron al mozo!

Se marchó en volandas, se compró una nueva bata y se fue al bosque, donde se puso a componer un cuento. Debía estar listo para el sábado, y la cosa no es tan fácil.

Y cuando lo tuvo terminado, era ya sábado.

El Rey, la Reina y toda la Corte lo aguardaban para tomar el té en compañía de la princesa. Lo recibieron con gran cortesía.

-¿Vas a contarnos un cuento –le preguntó la Reina-, uno que tenga profundo sentido y sea instructivo?

-Pero que al mismo tiempo nos haga reír -añadió el Rey.

– De acuerdo -respondía el mozo, y comenzó su relato. Y ahora, atención.

«Érase una vez un haz de fósforos que estaban en extremo orgullosos de su alta estirpe; su árbol genealógico, es decir, el gran pino, del que todos eran una astillita, había sido un añoso y corpulento árbol del bosque. Los fósforos se encontraban ahora entre un viejo eslabón y un puchero de hierro no menos viejo, al que hablaban de los tiempos de su infancia”.

-¡Sí, cuando nos hallábamos en la rama verde -decían- estábamos realmente en una rama verde! Cada amanecer y cada atardecer teníamos té diamantino: era el rocío; durante todo el día nos daba el sol, cuando no estaba nublado, y los pajarillos nos contaban historias. Nos dábamos cuenta de que éramos ricos, pues los árboles de fronda sólo van vestidos en verano; en cambio, nuestra familia lucía su verde ropaje, lo mismo en verano que en invierno. Mas he aquí que se presentó el leñador, la gran revolución, y nuestra familia se dispersó. El tronco fue destinado a palo mayor de un barco de alto bordo, capaz de circunnavegar el mundo si se le antojaba; las demás ramas pasaron a otros lugares, y a nosotros nos ha sido asignada la misión de suministrar luz a la baja plebe; por eso, a pesar de ser gente distinguida, hemos venido a parar a la cocina.

-Mi destino ha sido muy distinto -dijo el puchero a cuyo lado yacían los fósforos-. Desde el instante en que vine al mundo, todo ha sido estregarme, ponerme al fuego y sacarme de él; yo estoy por lo práctico, y, modestia aparte, soy el número uno en la casa, Mi único placer consiste, terminado el servicio de mesa, en estarme en mi sitio, limpio y bruñido, conversando sesudamente con mis compañeros; pero si exceptúo el balde, que de vez en cuando baja al patio, puede decirse que vivimos completamente retirados. Nuestro único mensajero es el cesto de la compra, pero ¡se exalta tanto cuando habla del gobierno y del pueblo!; hace unos días un viejo puchero de tierra se asustó tanto con lo que dijo, que se cayó al suelo y se rompió en mil pedazos. Yo os digo que este cesto es un revolucionario; y si no, al tiempo.

-¡Hablas demasiado! -intervino el eslabón, golpeando el pedernal, que soltó una chispa-. ¿No podríamos echar una cana al aire, esta noche?

-Sí, hablemos -dijeron los fósforos-, y veamos quién es el más noble de todos nosotros.

-No, no me gusta hablar de mi persona -objetó la olla de barro-. Organicemos una velada. Yo empezaré contando la historia de mi vida, y luego los demás harán lo mismo; así no se embrolla uno y resulta más divertido. En las playas del Báltico, donde las hayas que cubren el suelo de Dinamarca…

-¡Buen principio! -exclamaron los platos-. Sin duda, esta historia nos gustará.

-…pasé mi juventud en el seno de una familia muy reposada; se limpiaban los muebles, se restregaban los suelos, y cada quince días colgaban cortinas nuevas.

-¡Qué bien se explica! -dijo la escoba de crin-. Se diría que habla un ama de casa; hay un no sé que de limpio y refinado en sus palabras.

-Exactamente lo que yo pensaba -asintió el balde, dando un saltito de contento que hizo resonar el suelo.

La olla siguió contando, y el fin resultó tan agradable como había sido el principio.

Todos los platos castañetearon de regocijo, y la escoba sacó del bote unas hojas de perejil, y con ellas coronó a la olla, a sabiendas de que los demás rabiarían. “Si hoy le pongo yo una corona, mañana me pondrá ella otra a mí”, pensó.

-¡Voy a bailar! -exclamó la tenaza, y, ¡dicho y hecho! ¡Dios nos ampare, y cómo levantaba la pierna! La vieja funda de la silla del rincón estalló al verlo-. ¿Me vais a coronar también a mí? -pregunto la tenaza; y así se hizo.

-¡Vaya gentuza! -pensaban los fósforos.

Le tocaba entonces el turno de cantar a la tetera, pero se excusó alegando que estaba resfriada; sólo podía cantar cuando se hallaba al fuego; pero todo aquello eran remilgos; no quería hacerlo más que en la mesa, con las señorías.

Había en la ventana una vieja pluma, con la que solía escribir la sirvienta. Nada de notable podía observarse en ella, aparte que la sumergían demasiado en el tintero, pero ella se sentía orgullosa del hecho.

-Si la tetera se niega a cantar, que no cante -dijo-. Ahí fuera hay un ruiseñor enjaulado que sabe hacerlo. No es que haya estudiado en el Conservatorio, mas por esta noche seremos indulgentes.

-Me parece muy poco conveniente -objetó la cafetera, que era una cantora de cocina y hermanastra de la tetera – tener que escuchar a un pájaro forastero. ¿Es esto patriotismo? Que juzgue el cesto de la compra.

-Francamente, me han desilusionado -dijo el cesto-. ¡Vaya manera estúpida de pasar una velada! En lugar de ir cada cuál por su lado, ¿no sería mucho mejor hacer las cosas con orden? Cada uno ocuparía su sitio, y yo dirigiría el juego. ¡Otra cosa seria!

-¡Sí, vamos a armar un escándalo! -exclamaron todos.

En esto se abrió la puerta y entró la criada. Todos se quedaron quietos, nadie se movió; pero ni un puchero dudaba de sus habilidades y de su distinción. “Si hubiésemos querido -pensaba cada uno-, ¡qué velada más deliciosa habríamos pasado!”.

La sirvienta cogió los fósforos y encendió fuego. ¡Cómo chisporroteaban, y qué llamas echaban!

“Ahora todos tendrán que percatarse de que somos los primeros -pensaban-. ¡Menudo brillo y menudo resplandor el nuestro!”. Y de este modo se consumieron».

-¡Qué cuento tan bonito! -dijo la Reina-. Me parece encontrarme en la cocina, entre los fósforos. Sí, te casarás con nuestra hija.

-Desde luego -asintió el Rey-. Será tuya el lunes por la mañana -. Lo tuteaban ya, considerándolo como de la familia.

Fijóse el día de la boda, y la víspera hubo grandes iluminaciones en la ciudad, repartiéronse bollos de pan y rosquillas, los golfillos callejeros se hincharon de gritar «¡hurra!» y silbar con los dedos metidos en la boca… ¡Una fiesta magnífica!

«Tendré que hacer algo», pensó el hijo del mercader, y compró cohetes, petardos y qué sé yo cuántas cosas de pirotecnia, las metió en el baúl y emprendió el vuelo.

¡Pim, pam, pum! ¡Vaya estrépito y vaya chisporroteo!

Los turcos, al verlo, pegaban unos saltos tales que las babuchas les llegaban a las orejas; nunca habían contemplado una traca como aquella, Ahora sí que estaban convencidos de que era el propio dios de los turcos el que iba a casarse con la hija del Rey.

No bien llegó nuestro mozo al bosque con su baúl, se dijo: «Me llegaré a la ciudad, a observar el efecto causado».

Era una curiosidad muy natural.

¡Qué cosas contaba la gente! Cada una de las personas a quienes preguntó había presenciado el espectáculo de una manera distinta, pero todos coincidieron en calificarlo de hermoso.

-Yo vi al propio dios de los turcos -afirmó uno-. Sus ojos eran como rutilantes estrellas, y la barba parecía agua espumeante.

-Volaba envuelto en un manto de fuego -dijo otro-. Por los pliegues asomaban unos angelitos preciosos.

Sí, escuchó cosas muy agradables, y al día siguiente era la boda.

Regresó al bosque para instalarse en su cofre; pero, ¿dónde estaba el cofre? El caso es que se había incendiado. Una chispa de un cohete había prendido fuego en el forro y reducido el baúl a cenizas. Y el hijo del mercader ya no podía volar ni volver al palacio de su prometida.

Ella se pasó todo el día en el tejado, aguardándolo; y sigue aún esperando, mientras él recorre el mundo contando cuentos, aunque ninguno tan regocijante como el de los fósforos.

FIN

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