domingo, 26 de octubre de 2008

Jean-Marie Gustave LE CLÉZIO y la memoria


dimanche 4 mars 2007


Jean-Marie Gustave Le Clézio y la memoria

Considerado como uno de los mejores escritores franceses vivientes, el autor de El atestado (Premio Renaudot), cuenta en El africano (Adriana Hidalgo) la historia de su niñez y la lucha de su padre por los nativos en el Africa colonial.


Termes, hormigas y otros insectos
Por J. M. G. Le Clézio

Delante de la casa de Ogoja, pasado el límite del jardín (más una pared de matorrales que una cerca cuidada), empezaba la gran llanura herbosa que se extendía hasta el río Aiya. La memoria de un niño exagera las distancias y las alturas. Tenía la impresión de que esa llanura era tan vasta como el mar. Estuve horas en el borde del zócalo de cemento que servía de vereda a la casa, con la mirada perdida en esa inmensidad, siguiendo las olas del viento en la hierba, deteniéndome de tarde en tarde en los pequeños remolinos de polvo que bailaban por encima de la tierra seca y escrutando las manchas de sombra al pie de los irokos. Estaba de verdad en el puente de un barco. El barco era la cabaña, no sólo las paredes de piedra y el techo de chapa, sino todo lo que tenía la huella del imperio británico, a la manera del buque George Shotton , del que había oído hablar, ese vapor acorazado y armado con cañonera, cubierto por un techo de hojas, en el que los ingleses habían instalado las oficinas del consulado y que remontaba el Níger y el Benue en la época de lord Lugard.
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Sólo era un niño y el poderío del Imperio me era bastante indiferente. Pero mi padre aplicaba su regla como si sólo ella diera sentido a su vida. Creía en la disciplina, en el gesto de cada día: se levantaba temprano, enseguida se hacía la cama, se lavaba con agua fría en una palangana de cinc y había que guardar esa agua jabonosa para remojar calcetines y calzoncillos. Las lecciones con mi madre cada mañana, ortografía, inglés, aritmética. El rezo cada tarde, y el toque de queda a las nueve. Nada en común con la educación francesa, la carrera de desanudar pañuelos y las escondidas, las comidas alegres donde todo el mundo hablaba a la vez, y para terminar, los dulces romances antiguos que contaba mi abuela, las ensoñaciones en su cama mientras se escuchaba chirriar la veleta y en el libro La alegría de leer seguir las aventuras de una urraca piadosa que viajaba por la campiña normanda. Al irnos a Africa habíamos cambiado de mundo. Lo que compensaba la disciplina de la mañana y de la tarde era la libertad de los días. La llanura herbosa delante de la cabaña era inmensa, peligrosa y atractiva como el mar. Nunca había imaginado que gozaría de esa independencia. La llanura estaba allí, delante de mis ojos, lista para recibirme.
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No recuerdo el día en que mi hermano y yo nos aventuramos por primera vez por la sabana. Tal vez instigados por los chicos de la aldea, esa barra un poco heteróclita en la que había chicos muy pequeños, con grandes barrigas, y casi adolescentes de doce, trece años, vestidos como nosotros, con short caqui y camisa y que nos habían enseñado a quitarnos los zapatos y los calcetines de lana para correr descalzos por la hierba. Son los que veo en algunas fotos de la época, alrededor de nosotros, muy negros, desgarbados, por cierto burlones y combativos, pero que nos habían aceptado a pesar de nuestras diferencias.
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Es probable que estuviera prohibido. Como mi padre estaba todo el día ausente, hasta la noche, debimos comprender que la prohibición sólo podía ser relativa. Mi madre era dulce. Sin duda estaba ocupada en otras cosas, en leer o en escribir, dentro de la casa, para escapar al calor de la tarde. A su manera se había hecho africana. Pienso que debía creer que, para dos chicos de nuestra edad, no había lugar en el mundo más seguro.
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¿De verdad hacía calor? No tengo ningún recuerdo. Me acuerdo del frío del invierno, en Niza, o en Roquebillière, siento todavía el aire helado que soplaba por las calles, un frío de nieve y de hielo, a pesar de las polainas y los chalecos de piel de cordero. Pero no recuerdo haber tenido calor en Ogoja. Mi madre, cuando nos veía salir, nos obligaba a ponernos los cascos Cawnpore, en realidad sombreros de paja que nos había comprado en Niza, antes de irnos, en una tienda de la ciudad vieja. Mi padre, entre otras reglas, había establecido la de los calcetines de lana y zapatos de cuero encerado. Apenas se iba a su trabajo nos descalzábamos para correr. En los primeros tiempos me despellejaba con el cemento del suelo al correr. No sé por qué, siempre me arrancaba la piel del dedo gordo del pie derecho. Mi madre me ponía una venda y yo la ocultaba en los calcetines. Después volvía a empezar.
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Un día corrimos solos por la llanura leonada en dirección al río. En ese lugar el Aiya no era muy ancho pero lo sacudía una corriente violenta que arrancaba de las orillas terrones de barro rojo. La llanura, a cada lado del río, parecía no tener límites. Cada tanto, en medio de la sabana, se alzaban grandes árboles de tronco muy recto que, más tarde supe, servían para proveer de planchas de caoba a los países industriales. También había algodoneros y acacias espinosas que daban una sombra ligera. Corríamos casi sin detenernos, hasta quedar sin aliento, por las altas hierbas que azotaban nuestros rostros a la altura de los ojos, guiados por los troncos de los grandes árboles. Todavía hoy, cuando veo imágenes de Africa, los grandes parques de Serengeti o de Kenia, siento un vuelco en el corazón y me parece reconocer la llanura por la que corríamos cada día, en el calor de la tarde, sin objetivo, como animales salvajes.
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En el medio de la llanura, a una distancia suficiente para que no pudiéramos ver nuestra cabaña, había castillos. En un área vacía y seca, paredes rojo oscuro, con las cresterías ennegrecidas por el incendio, como las murallas de una antigua ciudadela. Cada tanto, a lo largo de las paredes, se levantaban torres cuyas cimas parecían picoteadas por pájaros, despedazadas, quemadas por el rayo. Estas murallas ocupaban una superficie tan vasta como una ciudad. Las paredes y las torres eran más altas que nosotros. Sólo éramos niños, pero en mi recuerdo imagino que esas paredes debían ser más altas que un hombre adulto y algunas de las torres debían superar los dos metros.
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Sabíamos que era la ciudad de los termes.
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¿Cómo lo habíamos sabido? Tal vez por mi padre o por algunos de los chicos del pueblo. Pero nadie nos acompañaba. Habíamos aprendido a demoler esas paredes. Habíamos debido empezar por lanzar algunas piedras, para sondear, para escuchar el ruido cavernoso que hacían al chocar contra los termiteros. Luego habíamos golpeado con palos las paredes, las altas torres, para ver desmoronarse la tierra polvorienta, mostrar las galerías y los animales ciegos que vivían en ellas. Al día siguiente, las obreras habían rellenado las brechas tratando de reconstruir las torres. Volvíamos a golpear, hasta que nos dolían las manos, como si combatiéramos a un enemigo invisible. No hablábamos, golpeábamos, lanzábamos gritos de rabia y otra vez pedazos de pared volvían a derrumbarse. Era un juego. ¿Era un juego? Nos sentíamos llenos de fuerza. En la actualidad me acuerdo no como de una diversión sádica de chico malo, con la crueldad gratuita que a los chicos puede gustarles ejercer contra una forma de vida indefensa, cortar las patas de los escarabajos, aplastar a los sapos con una puerta, sino como una especie de posesión que nos inspiraba la extensión de la sabana, la proximidad de la selva, el furor del cielo y las tormentas. Tal vez de esa manera rechazábamos la autoridad excesiva de mi padre devolviendo golpe por golpe con nuestros palos.
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Los chicos del pueblo nunca estaban con nosotros cuando íbamos a destruir los termiteros. Sin duda, esa rabia por demoler los hubiera asombrado ya que vivían en un mundo donde los termes eran una evidencia, en el que representaban un papel en las leyendas. El dios Termes había creado los ríos al comienzo del mundo y era el que guardaba el agua para los habitantes de la tierra. ¿Por qué destruir su casa? Para ellos no hubiera tenido sentido alguno la gratuidad de esa violencia: fuera de los juegos, moverse significaba ganar dinero, recibir una golosina, cazar algo vendible o comestible. Los mayores vigilaban a los más chicos que nunca estaban solos, librados a sí mismos. Los juegos, las discusiones y los trabajos menudos se alternaban sin un empleo preciso del tiempo: mientras paseaban recogían ramas y bosta seca para el fuego, iban a buscar agua y charlaban durante horas delante de los pozos, jugaban a la payana en el suelo o se quedaban sentados delante de la cabaña de mi padre, mirando el vacío, esperando por una tontería. Si hurtaban algo sólo podían ser cosas útiles, un trozo de torta, fósforos, un viejo plato oxidado. Cada tanto el garden boy se enojaba, y los echaba a pedradas, pero al instante siguiente ya habían vuelto.
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Nosotros éramos salvajes como jóvenes colonos, seguros de nuestra libertad, nuestra impunidad, sin responsabilidades y sin mayores. Escapábamos cuando mi padre estaba ausente, cuando mi madre dormía, y la llanura leonada nos atrapaba. Corríamos a toda velocidad, descalzos, lejos de la casa, a través de las altas hierbas que nos cegaban, saltando por encima de las rocas, por la tierra seca y resquebrajada por el calor, hasta las ciudades de las termitas. El corazón nos latía, la violencia desbordaba nuestro aliento, agarrábamos piedras, palos y golpeábamos, golpeábamos, hacíamos derrumbar paredes de esas catedrales, por nada, simplemente por la felicidad de ver subir las nubes de polvo, escuchar desmoronarse las torres, para que el palo resonara sobre las paredes endurecidas y quedaran al aire las galerías rojas como venas donde hormigueaba una vida pálida, color nácar. Pero tal vez al escribirlo hago demasiado literario, demasiado simbólico el furor que dominaba nuestros brazos cuando golpeábamos los termiteros. Sólo éramos dos niños que habían atravesado el encierro de cinco años de guerra, educados en un entorno de mujeres, en una mezcla de temor y astucia, donde el único destello era la voz de mi abuela maldiciendo a los "boches". Esos días en los que corríamos entre las altas hierbas en Ogoja eran nuestra primera libertad. La sabana, la tormenta que se formaba cada tarde, la quemadura del sol en la cabeza, y esa expresión demasiado fuerte, casi caricaturesca de la naturaleza animal, era lo que llenaba nuestros pequeños pechos y nos lanzaba contra la muralla de los termes, esos negros castillos que se levantaban hacia el cielo. Creo que desde ese entonces no volví a sentir semejante entusiasmo. Semejante necesidad de calcular y de dominar. Era un momento de nuestras vidas, sólo un momento, sin ninguna explicación, sin pesar, sin futuro y casi sin memoria.
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Traducción: Claudia Solans

Fuente: http://revistaliterariaazularte.blogspot.com/2007/03/jean-marie-gustave-le-clzio-y-la.html

sábado, 25 de octubre de 2008

I. Grecia y Sicilia

Apolo trágico

Mediodía: la hora del crimen en Micenas.
-¡Apolo! ¡Oh, Apolo, mi asesino!
¿Quién está aullando de esa manera? Casandra. Ha caído Troya, arden hogueras en
las cumbres de la Argólida y los poetas se encargarán de que esos fuegos duren cerca de
treinta siglos. En las pendientes de Micenas florecen amapolas rojas, están como
engalanadas por orden de Clitemnestra. Pero su color no es el del crimen: sólo el del
verano. En lo alto de la Acrópolis, la cuadriga se detiene chirriando ante la puerta de las
Leonas; la puerta se abre con otro chirrido. Agamenón, víctima designada, toro que se cree
dios, pone el pie sobre alfombras de púrpura, demasiado fastuosas como sabe la misma
Reina, demasiado sagradas para un hombre, que atraen la envidia divina y justifican por
anticipado el desastre. Arriba, en el cuarto de baño de palacio, los amantes adúlteros afilan
sus cuchillos como posaderos decididos a sangrar al extranjero, porque después de diez
años de guerra, de gloria y de ausencia, Agamenón ya no es más que un extranjero para el
corazón de Clitemnestra.

Sentada bajo un arco, en el patio, Casandra espera a que la llamen a aquel palacio
sepulcro. Amada por Apolo, Casandra negó antaño sus favores al dios. Con conocimiento
de causa, esta mujer que conoce el porvenir ha preferido las servidumbres humanas a los
abrazos del dios. Su castigo por haber rechazado al sol parece dimanar de su crimen: sus
predicciones siempre permanecerán oscuras. Apolo no le concedió el don de que sus
oráculos se entiendan. Todo sucede como si nadie la oyese gritar. Las calamidades no han
cesado de abatirse sobre su pueblo, pese a esta loca que profetiza en la sombra.
Esclava, exiliada, huérfana vestida de negro, Casandra no acusa al rey que la arrastra
a la muerte, ni a la esposa ofendida que ya está levantando el hacha, ni a la belleza fatal de
Helena que, sin embargo, es el origen de todos sus males. Acusa a Dios, se remonta al Sol
como causa de todo. Sabe que Apolo se reserva la venganza: Egisto y Clitemnestra
servirán, todo lo más, de mango y de filo al cuchillo celeste. Apolo, dios de los caminos,
dueño de las pistas por donde galopan los caballos de la mañana, ha llevado a la extranjera
a aquella mala posada.

Resuenan aullidos; en el cuarto de baño, Agamenón agoniza entre vapores rojos. La
reina la llama a gritos y, aunque sabe a donde va, Casandra se precipita para reunirse con
ese moribundo cuyo lecho compartió y cae en medio del patio fulminada por el sol. En la
pendiente fatal ya no queda nadie. El guardián de las ruinas duerme en la garita del portero
de palacio que ahora es de Egisto. Al final de la cuesta, el propietario del «Hotel de la Bella
Helena» cierra los postigos para escapar al fuego del cielo. Apolo, dios celoso, reina él solo
sobre la colina de Micenas, espléndido puñal en un seno de oro.

Peregrina y extranjera



Fuente:factorserpiente@gruposyahoo.com.ar

24 de octubre: Día de la biblioteca




Posted: 24 Oct 2008 06:31 AM PDT

Día de la BibliotecaHoy se conmemora, un año más desde su creación en 1997, el Día de la Biblioteca. En esta ocasión la celebración oficial tiene como escenario Santiago de Compostela, a través de distintas actividades organizadas por la Asociación de Amigos del Libro Infantil y Juvenil, y con el patrocinio del Ministerio de Cultura. Bajo el lema Donde hay una biblioteca, hay una luz esta iniciativa pretende subrayar la importancia de la biblioteca en la promoción de la lectura, especialmente entre niños y jóvenes.

Los principales actos tendrán lugar en la Biblioteca Pública Ànxel Casal de Santiago, en una jornada de puertas abiertas. Entre las diversas actividades encontraremos un maratón de lectura, varios cuentacuentos, un taller de cómic, la entrega de libros a diferentes instituciones y la conferencia de Blanca Roig a raíz de la publicación de su libro ‘La Literatura Infantil y Juvenil gallega en el siglo XXI. Seis llaves para entenderla mejor’.

Pero no sólo en Galicia se homenajea la labor bibliotecaria, ya que se trata de una celebración de la que participan diversos centros de la geografía española a través de lecturas, recitales, talleres, pasacalles y otras iniciativas relacionadas con el mundo del libro.

A pesar de todo tengo la impresión de que no será un evento ni demasiado publicitado ni con gran afluencia de público. Ojalá visitáramos más las bibliotecas, y no sólo para “pasar el rato” delante de los apuntes de clase.

Vía | Espacio libros
Más información | Asociación de Amigos del Libro Infantil y Juvenil
En Papel en blanco | Día de la Biblioteca

Fuente:http://mail.google.com/mail/?shva=1#inbox/11d31f4510fb8db3

Paris


Séances
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"El puente" Frank Kafka



Yo era rígido y frío, yo estaba tendido sobre un precipicio; yo era un
puente. En un extremo estaban las puntas de los pies; al otro, las manos,
aferradas; en el cieno quebradizo clavé los dientes, afirmándome.
Los faldones de mi chaqueta flameaban a mis costados. En la profundidad
rumoreaba el helado arroyo de las truchas. Ningún turista se animaba
hasta estas alturas intransitables, el puente no figuraba aún en
ningún mapa. Así yo yacía y esperaba; debía esperar. Todo puente que
se haya construido alguna vez, puede dejar de ser puente sin derrumbarse.
Fue una vez hacia el atardecer –no sé si el primero y el milésimo–, mis
pensamientos siempre estaban confusos, giraban siempre en redondo;
hacia ese atardecer de verano, cuando el arroyo murmuraba oscuramente,
escuché el paso de un hombre. A mí, a mí. Estírate puente,
ponte en estado, viga sin barandales, sostén al que te ha sido confiado.
Nivela imperceptiblemente la inseguridad de su paso; si se tambalea,
date a conocer y, como un dios de la montaña, ponlo en tierra firme.
Llegó y me golpeteó con la punta metálica de su bastón, luego alzó con
ella los faldones de mi casaca y los acomodó sobre mí. La punta del
bastón hurgó entre mis cabellos enmarañados y la mantuvo un largo
rato ahí, mientras miraba probablemente con ojos salvajes a su alrededor.
Fue entonces –yo soñaba tras él sobre montañas y valles– que saltó,
cayendo con ambos pies en mitad de mi cuerpo. Me estremecí en
medio de un salvaje dolor, ignorante de lo que pasaba. ¿Quién era? ¿Un
niño? ¿Un sueño? ¿Un salteador de caminos? ¿Un suicida? ¿Un tentador?
¿Un destructor? Me volví para poder verlo. ¡El puente se da vuelta!
No había terminado de volverme, cuando ya me precipitaba, me precipitaba
y ya estaba desgarrado y ensartado en los puntiagudos guijarros
que siempre me habían mirado tan apaciblemente desde el agua veloz.

Fuente: http://lafogonera. blogspot. com/

"Las mujeres son los nuevos actores sociales"

Alain Touraine, sociólogo y filósofo
Entrevistas - 08/10/2008 10:14 - Autor: Kamala Orozco / Florence Cassam-Chenaï - Fuente:
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Alain Touraine
Alain Touraine

Alain Touraine es uno de los más influyentes sociólogos y pensadores actuales. A sus 82 años, este filósofo francés y director de estudios de la École des Hautes Études en Sciences Sociales de París sigue investigando, trabajando incansablemente y reflexionando sobre la sociedad en la que vivimos. En su último libro El mundo de las mujeres considera que hemos entrado en una sociedad de mujeres para los próximos 500 años y que los hombres siguen el camino con dificultad.

Siempre optimista, anuncia que van a pasar cosas “increíbles, impensables” en los próximos años.

¿Cuáles son las características de la sociedad actual ?

Pienso que hemos pasado de una sociedad determinada por términos políticos y luego económicos, a una sociedad definida por términos culturales. Teniendo en cuenta este cambio, me percaté de que las mujeres durante mil años no habían tenido derecho a una subjetividad, a pesar de los papeles fundamentales que desempeñaban. A veces eran reinas o putas de lujo, pero ninguna de ellas tenía subjetividad, no eran un sujeto. Una mujer no tenía el derecho de decir “yo”, decía “ellos”, “nosotros”.

¿Esta subjetividad puede ser una herencia de mayo del ‘68 ?

No lo creo, ya que mayo del ‘68 no representa un punto muy importante dentro de la historia de las mujeres. Se habló más de homosexualidad que de mujeres, se habló más de minorías étnicas o regionales. Lo que decían las mujeres en aquella época era “los hombres hablan y nosotras lo pasamos a máquina”.

En 1967 en Francia, se legaliza el derecho a la contracepción y en 1975, con la ley defendida por Simone Veil, se autoriza el aborto. Son fechas mucho más importantes. No se puede negar que influyó mayo del ‘68, pero no fue un momento clave.

Con esta transformación de la sociedad y la declaración de este nuevo feminismo o, mejor dicho, movimiento femenino, las mujeres son los nuevos actores, es decir, son ellas las que introducen ideas nuevas en la sociedad. Con la toma de conciencia de su subjetividad, las mujeres ven un mundo organizado alrededor de la creación del ‘yo mujer’. Es mi opinión, y creo que el resultado esencial de mi investigación es que las mujeres piensan que lo fundamental para ellas es construirse como mujeres.

¿En qué lugar quedan los hombres en sus relaciones ?

Puede ser un proceso esencial, pero la meta no es enamorarse o tener una relación de fusión con otra persona. No, se trata de crear una nueva relación consigo misma. No significa tratar a los hombres como instrumentos, pero estas mujeres se niegan a considerarse como parte de la pareja. La mujer es primero una mujer.

¿En qué momento cree que se encuentra Europa ?

Los europeos están en peligro de extinción, son incapaces de apasionarse con nada. Ahora estamos en una época en la cual los europeos y las europeas se aburren, y ¡las mujeres europeas se aburren aún más ! El periodo anterior de lucha se ha terminado, excepto quizás para el grupo más intelectual de un movimiento que es norteamericano y que piensa que hay que destruir no sólo el género, las construcciones de dominio del masculino sobre el femenino, sino también los sexos : el movimiento queer. Tienen ideas interesantes : no hay hombres, no hay mujeres, son conceptos construidos más que elementos biológicos.

En Francia por ejemplo, la imagen que prevalece es que las mujeres son víctimas : están mal pagadas, sufren violaciones, hay casos de incestos… Se trata de una visión totalmente negativa, pero en gran parte real. Descubrimos que el nivel de violencia es mucho más alto de lo que se pensaba. Una de cada cinco mujeres en Francia ha sufrido actos de violencia fuerte. Se inventó, por ejemplo, un concepto que no conocía que es el de la ‘violación conyugal’, es decir, la mujer violada por su propio marido. Pasa lo mismo con el incesto, que está mucho más difundido de lo que se creía.

Usted vivió el mayo del ‘68 como profesor en la Universidad de Nanterre y defendió a Daniel Cohn- Bendit ante el comité disciplinario. Muchos aspectos libertarios de entonces, al ser absorbidos por los medios de comunicación, han desaparecido totalmente, ¿no es así ?

Cada 15 días hay una exposición de las serigrafías, recordamos “Il est interdit d’interdir” (Está prohibido prohibir), “Sous les pavés, la plage” (Debajo de los adoquines, la playa). Fundamentalmente, la imagen que se mantiene es la de la libertad sexual, aunque no fue tan grande en mi opinión. Las numerosas referencias a los homosexuales, la separación entre gays y lesbianas ocurrió más tarde, y otras cosas más, algunas infantiles desde mi punto de vista. Hubo un exceso de palabras porque la ideología oficial se entendía a través de los siguientes términos : anticapitalista, clase obrera, sindicalismo. La gente inventó un falso lenguaje que desapareció, pero los temas culturales, los que estaban vinculados con el cuerpo, el sexo, la lucha en contra de la manipulación del cuerpo de la mujer por servicios económicos, todo eso estuvo permanentemente presente.

¿Qué nos queda del ‘68, aparte de las serigrafías, de los lemas ?

Creo que la relación de la mujer con su cuerpo, su sexo, con los hombres, ha cambiado profundamente. Para mí, la mujer ha puesto el centro de su existencia, de su identidad, de sus problemas, en ella misma. Me acuerdo de una mujer musulmana que me contó su historia, que me decía que el problema de la virginidad era insoportable, que su padre siempre la vigilaba. Era musulmana pero no aceptaba la sharia. Acabó llorando, y todo el grupo de estudio de mujeres lloró con ella. Todas habían vivido situaciones similares. Después de un momento, la chica levanta la cabeza y dice : “me doy cuenta de que es la primera vez en mi vida que he dicho yo”. Eso es el ‘68.

http://www.webislam.com/?idt=11111